25 septiembre 2009

Criticad, y hacerlo sin piedad.

Sí. Habeis leído bien. Hay muchos lectores de este blog que nunca han dejado un comentario por no querer ofender, otros por no merecer la pena decir la verdad, y los últimos no han pasado de la segunda línea.

¡Pues, bien! Os ofrezco con este relato la oportunidad de decir lo que pensais, prometo contestaros a todos(lo que no hago es que sea inmediatamente)y siempre aceptando vuestras críticas.

Ánimo y al toro.



El semáforo




«Querido lector. —Perdón por las confianzas— La historia que a continuación vas a leer tiene como protagonista tu imaginación, única y exclusivamente.»





Era una noche cerrada, sin luna. Solo la luz emitida por los faros, dejaba ver el camino y su defectuoso asfalto.

«No tenía que haber cogido este atajo», se recriminaba una y otra vez, intentando encontrar algún punto de referencia.

Su tendencia siempre impulsiva, le había obligado a localizar un buen itinerario, y ahorrar así kilómetros. Esa fue la razón por la que, hacía más de media hora que desvió su recorrido abandonando el seguro y llano pavimento, de la carretera nacional.

Por un instante observó un relámpago acompañado casi al instante, por el estruendo del trueno. «“¡Vaya!. Lo que faltaba, una tormenta”».

No se equivocó. Un goteo pertinaz cubrió el cristal. La visión se enturbió y sólo el funcionamiento de los limpiaparabrisas dejó ver el camino. El movimiento sincronizado del barrido de agua, alejó por unos instantes el mal talante producido por aquel asfalto degradado. Su mente reprodujo las imágenes de alborozo al volver con los suyos, después de unas semanas de viaje.

Siempre ocurría lo mismo. Sus hijos de ocho y diez años, abrazándole nerviosos, la alegría de su mujer al tenerlo otra vez en casa. Y su satisfacción de encontrarse en terreno familiar.

«¡Qué malo es ser viajante de comercio! Poca paga y siempre fuera de casa». Frases que siempre repetía cuando su memoria se inundaba de hogar.

Otro resplandor hizo que volviera a la realidad. Las gotas repiqueteaban sobre el cristal y tamborileaban sobre el coche con más intensidad.

Intentó aprovechar la iluminación que le proporcionaba la tormenta para averiguar su situación, pero la viveza del aguacero hacía imposible ver con claridad.

«¡Vaya por Dios! Paciencia Juan», pensó mientras saltaba en su asiento a causa de un bache.

Por un instante le pareció ver a lo lejos una luz. Agudizó su visión para cerciorarse que realmente había visto aquel resplandor.

¡Sí! ¡Era cierto! Había una luz allí delante. No la distinguía con claridad, pero su instinto le indicaba que debía dirigirse a ella con rapidez.

Apretó con fuerza el acelerador en su impulso de llegar cuanto antes. No le importó la humedad, el mal estado del camino, ni el peligro que corría al coger velocidad. Solo fijaba su atención en aquel punto donde habría un lugar habitado.

Podrían indicarle el camino e incluso telefonear a su casa. «¿Por qué no le haría caso a mi mujer con el teléfono móvil?». Pensó.

A medida que se acercaba iba creciendo su nerviosismo. A pocos metros pudo ver con claridad de qué se trataba.

Un semáforo. Su luz verde resaltaba con intensidad sobre el espacio que abarcaba. Su ánimo no se turbó, pensó que aquello era signo de civilización.

Cuando faltaban escasos metros para llegar, la luz cambió a rojo. Frenó con rapidez instintiva. Con tal fuerza apretó su pie el pedal que el coche le patinó.

Parado allí delante, comprobó que aquello era un paso a nivel sin guarda ni barrera. Le pareció extraño que aún quedaran en este país pasos de ferrocarril en esas condiciones, pero no dio más importancia al hecho.

Intentó encontrar algún indicio de civilización entre tanta extensión negruzca. No había nada, la oscuridad más allá del semáforo era intensa.

«¡Qué raro!». Pensó. «Quizás haya un apagón en el pueblo…». Le pareció lógico, y más en una noche tormentosa como aquella. No había nada por lo qué preocuparse, lo único que debía hacer era esperar a que el tren pasara. Luego el color verde le indicaría que podía continuar su camino.

La intensidad de la luz roja iluminaba toda la parte delantera e interior del vehículo. Podía ver con nitidez el aparato de radio que llevaba instalado. Intentó aprovechar aquella claridad y averiguar por qué no pudo poner en marcha aquel receptor unas horas antes.

«Tenía que haberme instalado hace tiempo uno de esos modernos con CD ¡En fin…!». Su resignación fue absoluta. Buscó en su bolsillo la cajetilla de tabaco y el encendedor. La llama iluminó con viveza el interior del coche, e inundó de humo el pequeño habitáculo.

Mientras respiraba aquel humo denso, pensó en lo primero que haría cuando llegara a casa. La ducha le parecía un placer de dioses. Las zapatillas y un vaso de licor frente al televisor, un regalo. Luego la cama, su cama, y no esas tablas de tortura que tienen los hostales, levantándote por la mañana con los riñones hechos polvo.

El tiempo pasaba sin darse cuenta. Abrió la ventanilla y lanzó lejos la colilla. Rápidamente subió el cristal al notar el frío del exterior, se frotó las manos, los ojos, y comprobó que la luz roja del semáforo seguía allí, dominando la oscuridad con prepotencia.

—¡Cuánto está tardando este tren en pasar! — dijo en voz alta con un suspiro desconsolador.

«Anda que RENFE también…». Aquel reproche era el primer signo de impaciencia. «¿Y si pasara? No se oye nada tampoco, igual me da tiempo a cruzar, esto está tan solitario que nadie me verá». Con este pensamiento puso la primera velocidad, cuando su pie iba camino del acelerador le invadió una duda. La duda.

«¿Y si resulta que aparece el tren cuando esté en medio? No, mejor será esperar». Colocó la palanca de cambios en punto muerto. Volvió a quejarse de su mala suerte.

Con un suspiro de resignación repitió el acto del fumador enturbiándose el recinto, obligándole a guiñar los ojos para evitar llorar. Pensó en el disgusto que cogería su mujer si lo viese fumando. En casa reprimía el vicio hasta la desesperación con tal de no tener bronca.

«¡Juraría haber oído un silbato! A ver si es el dichoso tren y sigo camino». Pero allí no aparecía nada, y mucho menos algo que se pareciera a una locomotora.

Una fría sensación recorrió su espalda. Se volvió con rapidez intentando averiguar si alguien andaba cerca del coche, no vio nada más que oscuridad.

«A ver si me dan un susto, ¡maldita sea!», pensó al tiempo que presionaba el seguro. Su estado empezaba a cambiar, el nerviosismo le invadía y tornó a preguntarse por la posibilidad de cruzar las vías. En esta ocasión la herramienta de la conciencia no actuó, al contrario, la prudencia hizo mutis por el foro. «No tiene porque pasar nada, si acelero y cruzo con rapidez…». Cada vez tenía el ánimo más dispuesto a intentarlo.

Apagó el cigarro en el cenicero con diligencia, se acomodó en su asiento, y se dispuso a cometer la infracción. Cogió la palanca de cambios con firmeza, colocó la primera velocidad, y presionó con seguridad el acelerador. Muy lentamente levantó el pie del embrague y el coche comenzó a moverse. La luz roja del semáforo recorrió el vehículo en su avance, éste remontó una pequeña pendiente e inició su andadura por encima de las vías.

Movimientos bruscos producidos por el desnivel, y el empedrado le obligaban a avanzar despacio y muy acelerado.

Cuando se encontraba en medio del paso a nivel, sintió un escalofrío. El instinto le hizo volver la cabeza a la derecha. Un gesto de horror le cubrió la cara. Vio con asombro como una luz intensa y cruel se aproximaba hacia él a gran velocidad.

Un reflejo de supervivencia le hizo apretar el acelerador a fondo, pero el empedrado, el desnivel y el nerviosismo hicieron que el motor se parara. En ese instante presintió algo a su izquierda. Su asombro fue total.

Otra luz gemela se le abalanzaba en el sentido contrario.

Su mano no acertaba a encontrar la llave de contacto. Miraba a un lado y a otro con horror mientras intentaba volver a poner el coche en marcha. Lo intentó una y otra vez, pero no lo conseguía.

Ante tal situación, intentó salir de aquel recinto de metal que tenía todas las posibilidades de convertirse en su ataúd. Sin perder de vista aquellas luces, palpó la manivela de la puerta. Su estado de máxima excitación, hizo que forzara aquella débil palanca y se rompiera, entonces lo vio todo claro. Iba a morir por lo que parecía un absurdo. Dos trenes circulando por la misma vía en dirección contraria y él en el medio.



«En este momento, el lector puede haber llegado a dos conclusiones. Que todo ha sido un sueño, o que el coche le responde en el último momento y se salva. En cualquier caso, predecible desde párrafos atrás.

»Sin embargo, querido lector. —Vuelvo a pedir perdón — La conclusión está en el protagonista de la historia. Tu imaginación. Pero te daré una pista.»




La tormenta cedió. La calma volvió a inundar la noche, y el semáforo tornó de la luz roja, a la luz verde.

La trampa, volvía a colocarse.

17 septiembre 2009

Diálogos

Una compañera del País Vasco, lanzó en su blog una propuesta. Realizar un ejercicio de diálogo en un texto donde todas las líneas comiencen con un guión, como ella dijo: “esto es, diálogo prácticamente puro.” Pues aquí está el mío.


Diálogos


—¡Mato!
—Eso no puede ser… Hombre.
—¿POR QUÉ?
—No chilles, por favor.
—¡YO GRITO LO QUE ME DA LA GANA!¿PASA ALGO?
—Pues pasa… ¡QUE NO ME GUSTA QUE ME GRITEN!
—¡AH, NOOO!
—¡NO!


—¿Qué ocurre?
—Nada, lo de siempre, ¡cuando se juega por dinero…!
—Pues tendrás que hacer algo. ¡Mira! Estás perdiendo clientela. ¡Mira, mira! Ya tienes dos menos.
—¡Me cagüen tó!
—¡Pero…! ¿Dónde vas con el garrote?


—¡SE ACABÓ! ¡AQUÍ NO GRITA NADIE MÁS QUE YO! ¿ESTÁ, CLARO?
—¡Bueno, bueno! Pero baja ese bastón. No volverá a ocurrir. ¿Verdad tú?
—Verdad.
—¡Vale! La próxima vez os tiro del bar. ¡Y SIN CONTEMPLACIONES, EH!


—¡Vaya! Ha surtido efecto. Si ya no golpean las fichas sobre la mesa, las dejan con cuidado. ¡Ya veremos mañana!
—¿Mañana? Veremos si entran en el bar.
—¡Calma, hombre! Que son buenos clientes. Mañana nada más entrar, les pones los puntos sobre las íes y ya está.
—¿Tú… Crees?
—Sí, hombre sí, ¡Ya verás!
—¡Bueno!, ¡Hale, tú a la cocina, que de todo esto ya me encargo yo!
—¡Será… Posible! Una intenta ayudar y mira como le pagan.
—¡Que te oigo! Aunque hables bajito.

03 septiembre 2009

El genio

Cuentan que Beethoven escribió a su hermano pidiéndole dinero, éste le contestó negándoselo y recriminándole su faceta de músico, y firmando:”Tu hermano, el abogado”. A lo que Beethoven respondió a sus galanterías firmando: “Tu hermano, el genio”.


El genio



Llorar, notar anudada la garganta, creer alcanzar el cielo al oír una melodía. Sentirse vivo. En esas ocasiones es totalmente indiferente el sexo y la edad.

Quebrar el silencio con breves y fugaces notas. Volverlo a romper con maestría extrema hasta el éxtasis.

El compositor oye en su corazón la orquestación, navegando por las líneas del pentagrama. Olas por las que surcarán las barcas blancas y negras, que impulsadas por el sentimiento, llevan al navegante al lugar más recóndito jamás imaginado.



Su dedo pulsó la tecla del piano. No brotó sonido alguno. Volvió a pulsarla con fuerza. Nada.

Con celeridad fue a la mesa. Lanzó su mano sobre la madera, y sólo sintió dolor, pero ningún ruido.

La angustia y el desasosiego se apoderaron de él. Dio una palmada frente a su cara. Silencio.



Jaime acudió al conservatorio como todos los días. Esa tarde tocaba clase de “Historia de la música”.

—Hoy hablaremos de un compositor que escribió el periodo del clasicismo e inicio del romanticismo con notas de oro, ¿quién podría decirme…? ¡Jaime!.
—Ludwig van Beethoven.
—Muy bien, ¿qué instrumento toca? ¡No me lo diga! —. Dijo con un gesto teatral—. El piano, seguro.
—Sí —contestó Jaime sin bajar la guardia.
—¿Podría deleitarnos con alguna anécdota de su compositor favorito ¿Porque lo es, no?
—Uno de ellos, sí. —Ante el gesto del profesor continuó —.Tuvo un fugaz encuentro con Mozart y este dijo a quienes les rodeaban, "recuerden su nombre, este joven hará hablar al mundo". Beethoven contaba dieciocho años.
—¡Le he pedido una anécdota, no una leyenda! Es cierto que hubo un encuentro, pero de ahí a que Mozart dijera de Beethoven… ¡No, señor mío! Aquí no valen historias de bar.



Encerrado en el silencio, cárcel amarga, descubrió que su mente y su corazón oían la nota escrita sobre el papel pautado. Pasaba de pentagrama en pentagrama dibujando notas para cada instrumento, que luego en su conjunto haría estremecer al corazón.

Días de obsesión y noches de trabajo. Así nació una sinfonía.



En la clase de piano Jaime repentizaba una obra de Mozart. Su profesor, exultante, apagó el metrónomo con cuidado, aprovechando el paso de la página.

Al terminar, en el aula sonó un aplauso.

—¡Vaya! Veo que el piano se le da mejor que la historia. —Y haciendo caso omiso del profesor de piano, continuó —sin conocer su vida y cómo la vivió, tocará su música, pero no la interpretará.



La obra estaba terminada. Comenzó a leerla Da Capo. El primer movimiento le produjo escalofríos, en el segundo las lágrimas impidieron su lectura. El tercero lo desplomó sobre una silla, exhausto. «¡Oh, muerte fatal! Ya puedes venir», pensó.



Jaime solicitó una reunión con el profesor de historia.

—¿Por qué? —Jaime empleó un tono que no cabía lugar a dudas.
—¿Se refiere a por qué le he puesto matrícula, o a por qué no le he suspendido? —.La cara de Jaime manifestó confusión —.El día que le vi tocar el piano, supe que era usted brillante. Algo pedante, pero excepcional. Sabe ponerse en la piel del compositor y sentir lo que sintió. Por qué, cómo y cuándo. Quizá su carrera se trunque por algún otro motivo, pero no por el de interpretar. Si alguna vez decide crear música, ¡hágalo con el corazón! Sólo así comprenderá los años pasados en el conservatorio. ¡Y ahora déjeme que tengo mucho trabajo!



El director levantó los brazos. Los músicos atentos. Cuando se marcó el primer tiempo, la música brotó y recorrió cada rincón de la sala, invadiendo el espacio.

Lágrimas, nudos en gargantas que impedían hasta el respirar, éxtasis.

Cuando la orquesta terminó, los aplausos atronadores, febriles y entusiastas, sustituyeron a la música.

Jaime, en completa soledad auditiva, derramó todo su ser por los ojos. El público le devolvió aquellos sentimientos olvidados y despertados por su sinfonía.

Al día siguiente en clase de historia de la música, escribió en el encerado: “Mi nombre es Jaime, soy su profesor y estoy sordo”. Se apartó. Miró a sus alumnos cuyas caras reflejaban asombro y les dijo: “No se equivoquen, su condición auditiva no les hará mejores músicos. El saber el porqué, el cómo, el dónde, cuándo su compositor favorito hizo o deshizo, eso sí. Y sonrió.

28 agosto 2009

Las vacaciones

¡Por fin llegaron las vacaciones! Año tras año, fueron marcadas por fiestas nocturnas, hoteles caros, lugares como Benidorm, claramente turísticos, rodeado de fiestas, sin reparar en gastos.

En esta ocasión serían diferentes. Días de asueto, tranquilidad y sosiego, olvidando así el estrés y las aglomeraciones.

¿Y qué mejor que un monasterio? Allí la paz estaba asegurada. Mi “yo” interior florecería en toda su extensión. A través de internet conseguí el lugar deseado. Edificio antiguo, piedras llenas de historia, calma, naturaleza.

¡Qué bonito!, ¿verdad? ¡Pues, no! La primera en la frente, como diría uno de los… ¡Monjes! Allí estaba yo con mi maleta llena de ilusión, en la puerta del convento oyendo aquello de “¿Qué trae el hermano?” Pero… ¿Qué es eso de que trae el hermano? Hola, buenos días, tardes o noches. Pero no, ¿Qué trae…? ¡Encima que me ha costado un pastón! ¡Que luego dicen que los hoteles son caros!, ¿tenía que llevarles algo?

Bueno, bueno. La cosa no quedo ahí, ¡no! Me dijeron que el hecho de encontrarme en ese lugar no afectaría a las costumbres del monasterio, por lo que debería aclimatarme a ellas. ¡Ajá! Trampa mortal. Sí, sí, mortal de necesidad. Tú piensas que ellos harán su vida y que te dejarán a tu bola, ¡gran equivocación! Me di cuenta de ello a las tres de la mañana, cuando por el pasillo de mi celda oí los cantos matutinos, o como quiera que le llamen, de los monjes. Al parecer era el único lugar en todo el monasterio donde se realizaban esos rezos.

Luego, cuando conseguí conciliar el sueño, tocan a la puerta de mi celda para anunciarme el desayuno, miré el reloj y, ¡eran las cuatro y media de la mañana! ¿Es que estos monjes no duermen nunca?

El desayuno. No entiendo como alguno de aquellos monjes estaban gordos. En los medios públicos están cansados de repetir, una y otra vez, que el desayuno es la comida más importante del día, ¡pero claro! Como estos… ¡Santos monjes!, no tienen televisión pues no se enteran.

Un trozo de pan duro, ¡sí, duro!, y un café con leche. En cuanto el pan tocó el café la taza se quedó vacía. Intenté que me pusieran otro café con leche, ¡já!

Después de beberme el café con leche chupando el pan, y comérmelo a continuación, me invitaron a realizar las labores habituales con ellos. «¡Ah! Trabajar la tierra en el huerto, o realizar algún trabajo manual», pensé. ¡Y una mierda! Me dieron un mocho, que por su aspecto debía ser del siglo dieciocho, y un cubo sin escurridera, con lo que tenía que escurrirlo a mano, y me dijeron que tenía que mantener limpia la celda, “que la higiene es la prevención de las enfermedades, y nuestro Señor nos quiere sanos”. Menos mal que aquella habitación no media más de dos metros cuadrados, y sólo contenía una cama, un armario y un lavabo (no en balde le llaman celda).

Terminado el aseo de mi estancia, salí al pasillo con mi cubo e hice lo que vi, ¡fregar el pasillo! Bueno, sólo el trozo de mi celda.

A las siete de la mañana, terminada mi labor higiénica, decidí conocer aquel monasterio y comencé a recorrerlo con la expectación con la que descubres algo nuevo. ¡Precioso! Del siglo doce creo, piedras antiguas que me hablaban a cada paso, contándome sus secretos, su historia. O al menos así lo imaginé hasta que me di cuenta que un monje flaco, casi famélico, me estaba contando que Don Rodrigo Díaz de Vivar, apodado El Cid, puso su glorioso pie, cansado y exiliado, en aquel convento para pedir agua, y que debido al decreto Real, se lo negaron. ¡Hay que tener huev…!

Después del rezo del ángelus que duró una interminable hora, y que por no hacerles un feo, lo recé con ellos, me comunicaron que hasta la hora de la comida podía descansar en mi celda, así no distraería a los hermanos. ¡Ósea! Que me confinaban en mi habitación.

La comida. Repito, no entiendo como alguno de ellos están gordos. La suculenta comida constaba de tres platos. Primero un hervido de cuatro patatas enanas y un trozo de pan. Segundo, un trozo de carne a la plancha, que seguramente al hermano cocinero se le habría olvidado que la tenía al fuego, porque una suela de zapato estaba más tierna que aquel trozo de vaca. Y tercero, una rodaja de melón del huerto propio, que para ser sinceros estaba de muerte.

Bueno, la tarde se presentaba tranquila. Mientras los hermanos se dedicaban a sus quehaceres, yo me dispuse a realizar la sagrada siesta española, interrumpida varias veces por los rezos de los santos hermanos y por el calor intenso de un día de poniente.

Después de una cena indescriptible por la ausencia de la misma, me fui agotado a mi celda. La noche transcurrió entre los rugidos de mi estómago reclamando alimento y los rezos matutinos, y vuelta a empezar.

La tercera noche y el resto de mis vacaciones, las pasé en un ruidoso hotel de Benidorm, donde la tranquilidad brillaba por su ausencia, el aire acondicionado era el reposo del guerrero, las tres comidas del día abundantes, la siesta sagrada y la diversión asegurada.

21 agosto 2009

El mejor amigo

A veces la ceguera no es lo más desconcertante.




El mejor amigo



Gotas de oro salpicaron el suelo una y otra vez. Debería cotizar en Bolsa el llanto de lo imposible.

Su fino bastón blanco lo acompañaba con sus golpes.

Alguien fumaba un puro cuyo hedor invitaba a no acercarse.



Jaime tan solo contaba con la escasa experiencia vivida que dan los veinte años. Medio incorporado en la cama, esperaba el diagnóstico.

Su mente revivía, una y otra vez, las luces intensas de aquella noche que acercándose a gran velocidad acabaron con todas las risas.

Por fin la voz del médico. «¡Malditas vendas que no me dejan verlo!» Un estallido retumbó en sus oídos. “Ceguera irreversible”.



Su bastón golpeaba el suelo. Con uno de los cuatro sentidos que le quedaban, podía oír los exabruptos de una mujer al recriminar a sus hijos.



Sus lágrimas humedecieron las vendas. ¡Ciego! Dependencia. Oscuridad. ¿Cómo vestir? ¿Con quién salir?

Su mente negaba poco a poco su vida. En un desesperado y último intento de ver, su memoria acumuló imágenes de sus amigos, su coche, su... Novia.



El humo de aquel puro le ahogaba. Pero un nuevo olor, uno diferente, intenso. Un perfume de mujer le permitió aliviar la angustia.



El día que le quitaron las vendas no notó diferencia. Cuando le dijeron que estaba frente a la ventana en un día de sol, se sintió morir.

Semanas intensas de rehabilitación. ¡Como si la furia y la desesperación por lo perdido se pudieran rehabilitar!



Buscó un lugar donde sentarse, su bastón sólo encontró un poste indicador donde apoyar su espalda.

Seguía percibiendo aquel perfume que se mezclaba con otro que el viento le traía. Al principio no lo identificó, luego fue reconocible.

Ese olor a ozono que precede a la tormenta iba acrecentándose.



La visita de su amiga Alicia fue el detonante. Siempre le pareció que tenía una voz dulce, pero nunca tanto como cuando la oyó a través de la oscuridad.

Al principio le incomodó su presencia en el hospital. Ciego, torpe y sin poder saber qué expresión tenía, le hizo comportarse inadecuadamente. Pero Alicia tenía un don. Sabía cómo hacer que Jaime cambiara su actitud, y al rato de estar hablando con ella se sintió relajado y confiado.

Cuando salió del hospital, se refugió en casa, al cobijo de los suyos.

Solo Alicia lo arrancó de la seguridad de lo conocido, cuando al buscarlo salieron a dar una vuelta.

Un día tomó la decisión. Saldría solo. Sería la prueba final de su rehabilitación.



Notó como la lluvia golpeaba su cabeza.

Su bastón no acertaba a encontrar un lugar donde esconderse de la furia del cielo. Sus ropas empezaban a estar empapadas, y sintió frio.
Bajo aquel diluvio y mojado hasta la medula, oyó como se acercaba un autobús a la parada.

Una voz femenina se dirigió a él.

—¿Qué número espera?
—El veintisiete.
—Lo siento, se ha equivocado, aquí no para esa línea.
—¿Entonces…?
—Debe ir más abajo, a unos doscientos metros.
—¿Hacia qué lado?
—A su derecha.

Jaime, mojado y llorando lágrimas de oro, se alejó acompañado por su mejor amigo. Su bastón.

14 agosto 2009

La música forma parte de la conquista. Y si no que se lo digan a Bon, James Bon.



La conquista



La melodía de “Cantando bajo la lluvia” llegaba a través de la mampara de baño. Cuando el disco terminó solo quedó la voz desafinada de Ernesto.

Su alegría se debía a una cita. La primera desde su divorcio. Lo tenía todo bien planeado. Una cena en un restaurante lujoso para impresionarla. Un paseo por la playa para enamorarla, y para rematar la cita una última copa en su piso.

Esa misma mañana hizo instalar en el salón, unos reguladores de luz activados por el sonido haría que a una determinada frecuencia, la luminosidad bajara hasta el placer sensual, para volver a subir con otra.

Desde la mesa donde cenaban se podía ver las luces de los yates reflejadas en el mar Mediterráneo. El dulce sonido de un violín, que a un gesto se acercó, provocó en ella un guiño de agradecimiento.

El paseo por la orilla del mar, con los pies descalzos e iluminados por el reflejo de la luna, fue romántico.

Luego el momento esperado, la proposición aceptada de la última copa.

Ernesto abrió la puerta y encendió las luces. Mientras él preparaba las copas, ella puso música. Con el inicio de la melodía las luces bajaron a un estado de relax. Ella sonrió y se dejó acariciar por la suave luz. Él llegó con las copas y la vió allí, esperándolo con una bella mirada de incitación.

Mientras, en el piso de al lado, un joven marchoso llegaba con su novia con el mismo propósito que Ernesto, pero con distinta estrategia.

El portazo dado en el piso de Ernesto pasó desapercibido entre los gritos de los vecinos para que acabase aquella discoteca improvisada.

Mientras que Ernesto, con una copa en la mano veía como sus luces oscilaban de la oscuridad al cegador resplandor, siguiendo el fuerte sonido de heavy metal de su vecino.

07 agosto 2009

Aquel callejón...

Hay sueños y sueños, y al despertar los que los son se olvidan.



Aquel callejón…


Una luz blanca e intensa, a la vez que atrayente, me iluminó. Me llamaba. Con paso corto y precavido, ligero y decidido después, me dirigí hacia ella.

Las puertas del cielo siempre las imaginé grandes, majestuosas, de madera noble y con grandes aldabas, rodeadas de un indefinido y difuso mar de nubes blancas, esponjosas, y de caramelo.

Sin embargo me encontré frente a un ángel con barba a medio crecer, detrás de una mesa de despacho donde un ordenador ocupaba todo el espacio. Las paredes, casi inexistentes y a la vez presenciales, difuminaban un azul que cambiaba en todos sus tonos. El suelo, firme bajo mis pies, y el techo descubierto, como en un día claro de verano.

Solos, el espíritu celestial y yo, en aquel… Preámbulo. Contestando con premura a toda clase de preguntas inverosímiles e inocuas, que me dirigía.

De pronto pude comprobar su cara de asombro. Le dio un golpecito a la pantalla, suave, como sólo lo puede dar un ser alado, y sin cambiar su expresión se volvió hacia la efímera pared, de donde sin saber cómo, cogió un gran libro de la nada. Lo abrió, buscó y, con voz femenina me dijo: “Usted no debería estar aquí”.

—¿No me diga que debo ir…? —mi dedo apuntó hacia abajo casi con miedo.
—No sé, voy averiguarlo.

Su voz dulce, sensual, casi cantarina, era… Algo chocante en una cara barbuda.

—¿Entonces…? —Pregunté asombrado.
—Espere allí. —Señaló sin mirar.

Me volví en la dirección indicada y la vi. No la puerta del cielo, claro está, pero sí una muy parecida aunque algo más pequeña. Se abría lentamente, como resistiéndose a mostrar el otro lado, y la crucé.

Me encontré en un callejón digno de los años cuarenta. Parecía que en cualquier momento aparecería un gánster de aquellos de traje a rayas ajustado, sombrero con cinta ancha, y zapatos de charol. ¡Pero estaba en el cielo!, o al menos no en el infierno, y un gánster no pegaba nada allí.

Al fondo de aquella calleja estrecha y, curiosamente, con un olor agradable, me pareció oír una música conocida. Me dirigí hacia allí.

¡Qué ritmo! Era buenísimo. Aceleré el paso, y comprobé con asombro que tenía ante mí cinco grandes músicos. Gene Krupa a la batería, Louis Armstrong con la trompeta, Dexter Gordon al saxo tenor, Benny Goodman realizando maravillas con el clarinete, y Glenn Miller con su trombón.

Mis pies se dejaron llevar por los compases del swing, jazz y blues. Sin darme cuenta me encontré chasqueando mis dedos al son de aquella música.

Cerré los ojos. Sentí las vibraciones de cada instrumento invadiendo mi cuerpo. En un momento determinado pensé que faltaba un piano, y al abrir los ojos lo vi.

Duke Ellington con su esmoquin negro sentado al piano tocando las notas del tema “Perdido”

A un gesto de Armstrong se hizo el silencio, me quedé paralizado, y con la voz que caracterizaba al gran Louis, se dirigió hacia mí y me preguntó a qué se debía mi visita.

—Bueno… Yo… Me dijeron que esperara… Les oí tocar…
—¿Tocas algún instrumento? —preguntó Miller esperando una respuesta directa y escueta.
—El clarinete. —Contesté con seguridad.
—Benny, préstaselo, vamos a ver de qué es capaz.

De pronto sostuve en mis manos el famoso clarinete de Benny Goodman. Los dedos me temblaron, mi boca se secó. En aquellas condiciones no iba a salir ninguna nota por aquel instrumento, pero ellos me miraban expectantes. Cerré los ojos, y con más miedo que vergüenza, toqué las primeras notas de “Stompin At The Savoy”

Sin darme cuenta formaba parte de aquella banda, pues podía sentir el acompañamiento de aquellos músicos. Pude ver como el dedo pulgar de Goodman, me daba su aprobación.

Al instante todo desapareció. En mis manos ya no había nada. Mi boca soplaba emitiendo sólo el sonido del aire al salir, y volví a encontrarme en aquel despacho delante de aquel ángel barbudo con voz aterciopelada.

—Efectivamente ha sido un error. Por lo tanto vamos a devolverle a su mundo.

Antes de que pudiera incluso pensar, me encontré en la “Unidad de Cuidados Intensivos”, oyendo aquella voz femenina que me llamaba por mi nombre. En mi oscuridad, levanté mi mano y le toque la cara.

—¿No tienes barba?
—¡Qué cosas tiene!

Al momento una voz de hombre me hizo multitud de preguntas. Las contesté como pude al tiempo que yo hacía las mías. Me informaron de un robo y de cómo unos músicos de la calle me encontraron en un callejón, sangrando por las heridas recibidas con un arma blanca.

—¿No se acuerda?
—No —contesté.
—Pues es un milagro que esté vivo.

Cuando salí del hospital, ya recuperado, cogido del brazo de mi mujer y con mi bastón. Tanteando los obstáculos, nos dirigimos; a petición mía, al local de ensayo de mi banda que no estaba muy lejos de allí.

El recibimiento fue inolvidable, abrazos, alegría y amistad. Me obsequiaron con un regalo de bienvenida.

Cuando sostuve en mis manos aquel clarinete se me saltaron las lágrimas, alguien dijo “A ver de que eres capaz” Sonreí, me llevé el instrumento a la boca y comencé una escala para tantear la caña, y al momento estábamos todos inmersos en un swing.

Gene Krupa marcaba el ritmo con su batería, Louis Armstrong tocando la trompeta, Dexter Gordon y su saxo tenor, Glenn Miller con su trombón y Duke Ellington al piano, me acompañaban en un callejón poco iluminado, mientras Benny Goodman me indicaba con el dedo pulgar su aprobación.