28 agosto 2026

Mis vacaciones

«Os dejo este cuento hasta el mes de octubre que por motivos médicos no podré volver a publicar. Que paséis un buen, "lo que queda de verano"»



Mis vacaciones


Este año quise probar otra forma de pasar las vacaciones.


Gracias a que uno es deportista, y físicamente completo, vi la oportunidad de ocupar la plaza de socorrista en una piscina. Y al mismo tiempo ganar algo del dinero.


Pasé las pruebas pertinentes y me presenté en mi sitio, dispuesto para vigilar a machitos y admirar esculturales jovencitas. ¿Mi misión? ¡Relax!, tomar el sol, y ligar si se terciaba. Para ello estrené un bañador algo…, ajustado y de color rojo –por lo de llamar la atención al lugar… ¿Correcto?—, gafas de sol, gorra, y mi frasco de crema, que da distinción y evita quemaduras. Todo estaba preparado.


¿La piscina? ¡Grande, muy grande! Pertenecía a un hotel, por lo tanto era privada. ¿Mi primera sorpresa? Pocas toallas y muy desperdigadas, ocupadas por señoras tomando el sol, que a juzgar por las arrugas deberían ser de la cuarta, quinta o ¡vaya usted a saber qué edad!


¿El primer día? ¡Tranquilidad absoluta!, la piscina intacta, transparente, ¡pero claro! La humedad aumenta los rizos, y aquellas pasas no estaban para fruncirse más. Las amables ancianas no hicieron otra cosa que preguntar por mi estado de salud. ¡Cosas de viejecitas!


Al día siguiente estaba limpiando la piscina—, con otro bañador, tipo vigilantes de la playa—, cuando aparecieron las ancianitas del día anterior acompañadas por unas cuantas amigas, todas de la misma arruga más o menos. Muy amables ellas, e interesadas en saber cosas sobre mi labor. “¿Ha salvado muchas vidas?”; “¿Sabe hacer el boca a boca?”.


Las más atrevidas me perseguían con preguntas un poco… “¿Tiene el paquete… De salvamento preparado?”; “¿me pone crema?”.


O las oía comentar sin pudor. “Es muy joven. ¿No?”; “¡Uy! Casi podría ser tu nieto, sólo casi”; “el otro bañador le sentaba mejor”.


A cada paso que daba una u otra tenía alguna pregunta. ¡Y el agua sin tocar! Cuando llegó la hora de comer me acerqué a ellas para decirles que la piscina se cerraba durante tres horas. «Cuando se vayan me daré un bañito antes de la comida». Pensé. ¡Já,já! ¡A rastras tuve que sacarlas!


Aún no había terminado mi almuerzo cuando mi jefe me indicó que en la entrada a la piscina había clientas pidiendo que se abriera. “Come aprisa y abre”. “¿Y mi descanso?”, repliqué. “¡Anda que te dan trabajo esas señoras!”. Con la comida en la garganta fui a mi puesto.


Como medida de precaución, por aquello de los cortes de digestión, me senté en el borde de la piscina con los pies en el agua. ¡Grave error! En pocos instantes estaban todas dentro, rodeándome e intentando que me echara.


“Tírate, no tengas miedo yo te cojo”.

“Me estoy mareando, ayúdame”.

“¿Cómo es el boca a boca?”.

¡Vaya tarde! Larga como la piscina.


Al tercer día las viejecitas acudieron en masa. ¡Vamos que en el hotel no quedaba una! Algunas se atrevieron hasta con biquini, pero no uno normal. ¡No! Uno de esos mini, mini. ¡Dios mío!


Esa mañana el sol quemaba con más fuerza que otros. Como verdaderas gambas se pusieron algunas. ¡No daba abasto! Hay que ver que manías tenían algunas de ellas. Se quitaban la parte de arriba para evitar rayas, ¡señor! Y pretendían que les pusiera crema en las… ¡Bueno!, lo que quedaba de ellas.


Esa mañana sí, el agua se estrenó. Desde el primer momento se tiraron a la piscina. ¡Señor, qué sueldo más bien ganado! Y digo yo. ¿Si no saben nadar por qué se tiran donde más cubre? Cuándo conseguía llevarlas donde hacían pie me rodeaban, me manoseaban, me pedían que les hiciera el boca a boca. ¡Y hasta me…! ¡Pero, señora!


Lo peor fue cuando aparecieron sus maridos. ¡Bueno, las que aún lo conservaban! Ellos no dejaban de observarme vigilantes, atentos a todos mis movimientos. Mientras que ellas, con el morro torcido, no hacían más que preguntarles con sorna si esa mañana no jugaban la partida. Las otras, las solitarias, fueron las que organizaron el motivo de mi despido.


“Soy viuda, ¿sabe?”; “yo divorciada”; “¿me ve alguna raya?”.


Lo peor comenzó cuando una de ellas se me abalanzó. “¡Hay hijo, te vas a quemar! ¿Te pongo crema?”.


Y digo lo peor porque las demás empezaron una guerra por la que es difícil mediar. “¡Atrevida!”; “¡buscona!”; “¡guarra!”; “¡vieja!”; “¡tápate esos colgajos, asquerosa!”.


Me gané el sueldo, ¡y un ojo morado! En medio del alboroto que se organizó, e intentando separar aquellas fieras, uno de los maridos me acusó de meterle mano a su mujer, y lo hizo ayudado por los otros. Mientras, ellas gritaban para que me dejaran, al tiempo que los golpeaban.


Acabamos todos dentro del agua. Yo intentando huir, los hombres queriendo darme caza, y las viejecitas peleándose entre ellas. ¡Nunca aquella piscina estuvo tan llena!


Con mi finiquito y mi carta de despido en la mano, me marché. Pero antes quise pasar por la puerta de la piscina para; de alguna manera, despedirme. ¡Y la vi! Hermosa, esbelta, reluciente, limpia, intacta y con el agua transparente, llena a rebosar por todos los viejecitos del hotel, que no dejaban en paz a mi sustituta, a quien le faltaban manos para apartar las que se lanzaban sobre ella. Sonreí, y me marché pensando en qué ocupar el tiempo que me quedaba de vacaciones. Pero eso es motivo para otra historia.

05 agosto 2026

Un día de playa

Lo siento, pero no he podido resistirme, (quizá porque el personaje me ha obligado o quizá por esas olas de calor que nos están martirizando con mucha fuerza), este relato ya lo publiqué hace unos años. Perdonar


                             Un día de playa


Un día mirándome al espejo observé con horror que tenía la piel tan blanca como la leche, estaba claro que necesitaba con urgencia un buen baño de sol.

El primer problema fue el bañador. Busqué y rebusqué, revolví y puse la casa patas arriba sin hallar nada que se pareciera a un traje de baño. ¿Y la toalla? Ni flores, no existía. Encontré, sin embargo, una pala y un cubito de plástico. ¡Qué alegría!, pero el bañador sin aparecer.

 Así que tuve que equiparme. Entré en unos grandes almacenes y me dirigí a la planta de ropa para hombre, sección de baño. Busqué un dependiente y una dependienta muy amable se me acercó. No es que esté en contra de que una mujer sea dependienta de ropa para caballeros, pero eso de tener que explicarle a una mujer desconocida que talla uso de… o que no apriete los… ¡Caray, que uno tiene su pudor!, y no va por ahí alardeando.

El caso es que le dije qué quería comprar. Fue nombrarle la palabra bañador, y con un: “Sígame”, tuvo suficiente para que yo fuera detrás de ella como un perrito faldero. Y surgió la pregunta: “¿Qué talla usa?”. Yo podría haberle contestado con firmeza y seguridad: la cuarenta y dos, y no hubiera pasado nada, pero cuando una mujer te pregunta en un sitio público, y en voz alta, qué talla de bañador usas, y además lo hace mirándote la pernera del pantalón, o eres un pasota, o, ¡caramba, corta un poco!, estuve a punto de ponerme las manos delante.

Con timidez le susurré la cuarenta y dos, y ella sin cortarse un pelo, y haciendo una mueca de desaprobación, me dijo: “Le voy a dar la cincuenta y dos, se la prueba y a ver qué tal le va”. ¡Pero, bueno, que no estoy gordo! Me miré en un espejo que había cerca. Una esbelta figura se reflejaba en aquel cristal, hasta que me puse de perfil.

Y allá fui a los probadores con varios tipos de bañadores, todos de la talla cincuenta y dos. Los probadores eran departamentos diminutos, eso sí, tenían un espejo y una diminuta percha, que más que percha era un clavo, y con una cortina que le faltaba tres palmos para llegar al suelo, ¡como para no tener vergüenza, que uno se iba a poner en bolas en aquel…!. Bueno, me encerré y comencé el ritual para probarme los bañadores.

Me desnudé de cintura para abajo, y comenzó la primera pelea. Sí, sí una verdadera lucha, la percha no quería albergar mis pantalones que acabaron por el suelo a la vista de quien estuviera al otro lado de la cortina. Mis codos, acostumbrados a espacios más anchos, tropezaban con las paredes.

Después de darme por vencido con aquel clavo cogí el primer bañador y me lo probé. ¡Ajá!. Qué vista tenía la dependienta. ¡Era mi talla!.

Una vez me había probado todos los bañadores, con muchos malabarismos, todo sea dicho, elegí el que luciría en la playa.

La dependienta, sonriente, no me preguntó si me venían bien o no, ¡noooo!, bien lo sabía ella. Y luego vino la toalla, ¡Já!, las había de todos los tamaños, formas y colores, me costó decidirme, pero al final me lleve la que eligió la dependienta.

A la mañana siguiente me levanté temprano, desayuné fuerte, me vestí para la ocasión, y con mi coche me encaminé a la playa.

Cuando llegué no había un solo coche, al encontrarme con todo aquel enorme espacio vacío dudé dónde aparcar mi vehículo, pero al final lo dejé lo más cerca de la arena que pude. La playa estaba desierta, bueno salvo dos o tres personas a lo lejos. Extendí mi toalla con las grandes letras de un conocido refresco, y me tumbé al sol con mi flamante bañador.

¡Qué delicia notar el calorcito del sol sobre la piel!, me sentí tan a gusto que durante un rato no me enteré de nada. Una pelota hizo que despertara de aquel sueñecito bajo el sol, y, ¡oh, Dios!, la playa estaba abarrotada. A tan sólo dos centímetros había toda una maraña de toallas ocupadas por cuerpos dorados, morenos y hasta negros. Vamos, que yo era la gota de leche que cae en el centro de una taza de chocolate. Y digo yo, si aquella multitud ya había erradicado el blanco de su piel: ¿Por qué seguían tumbados en la playa? ¿Acaso querían cambiar de raza?

Como sentí mucho calor decidí darme un bañito en el mar, así que levantando mi metro setenta y ocho, hinché pecho, metí barriga y creyéndome “Tarzán”, me encaminé a la orilla, eso sí, pidiendo perdón y permiso por toda la alfombra humana que ocupaba los cincuenta metros hasta el agua. Cuando mis pies, chamuscados por la ardiente arena, notaron el frescor del agua respiré aliviado, pero una muralla humana me impedía poder refrescarme. Si la parte seca de la playa estaba que no se podía ver ni un centímetro de arena, la parte húmeda estaba peor. Los niños jugaban a salpicarse, mientras que sus madres o abuelas, sentadas en el agua, les gritaban que no molestaran. Alcé la vista y pude distinguir un lugar donde la multitud acababa, ideal para tomar un buen baño, no había olas y parecía estar todo en calma, y allí me dirigí, volviendo a pedir permiso para pasar, claro está.

Cuando por fin llegué comencé a flotar boca arriba y a la deriva. ¡Qué maravilla!, el sol en la cara, mi cuerpo fresquito por el contacto con el agua, y sin que nadie molestara.

Una voz llamó mi atención. Un hombre en una barca, pescador sin duda, se interesaba por mí. Quedé algo sorprendido, ¿qué hacía esa barca tan cerca de la orilla?, miré hacia ella y apenas pude distinguir las cabezas de los que invadían la playa. Estaba claro, las corrientes marinas, caprichosas en exceso, me alejaron tanto, que un poco más y tropiezo con el Titanic.

Algo abochornado, le pedí al buen hombre que me acercara a la playa. Dijo que lo tenía prohibido, por aquello de la seguridad de los bañistas. ¿Seguridad? ¡Pero si allí si no estás de pie te ahogas!. En fin, el pescador se ofreció amablemente a llevarme al embarcadero del que salió de madrugada. Cuando llegamos salté a tierra con la misma elegancia que lo habría hecho Colón en tierras americanas. Bueno con tanta gracia posiblemente no, porque casi me doy de morros contra el duro suelo al no calcular la distancia entre la barca y el malecón. Y así fue como con mi bañador nuevo, descalzo y abrasado por el sol, comencé a recorrer el paseo marítimo en busca de la playa.

Ni que decir tiene que fui el objetivo de toda clase de miradas y comentarios. Los que habían decidido pasear, en lugar de ir a tomar el sol, se apartaban sorprendidos, y preguntándose qué narices hacía yo allí y con esa pinta. Cuando divisé la playa respiré aliviado, pero otra voz, esta con autoridad, sonó fuerte ordenándome que fuera hacia él. Era un guardia municipal, algo alterado al ver un hombre semidesnudo por un lugar tan decente como el paseo marítimo. Cumpliendo las ordenanzas me impuso una multa por desorden público, y otra por deambular indocumentado. A punto estuvo de llevarme a la comisaría, pero al explicarle lo ocurrido se rió en mis narices, y con un: “¡Ande, ande continúe!”, me dejó marchar.

Dolorido por andar descalzo por terreno empedrado, con la piel reseca, rojiza y dolorida, sediento y con un calor abrasador, llegué al lugar donde por la mañana temprano iba a pasar un día estupendo. Tuve que esquivar, con dificultades, a los lagartos que tumbados al sol dedicaban improperios a mi persona, y a mi santa madre.

Cansado recogí mi toalla y mis pertenencias, que afortunadamente seguían intactas, y decidí volver a casa y descansar de un día de asueto, no sin antes volver a oír los piropos dirigidos a mi santa madre camino del coche. Cuando llegué a él y abrí la puerta, una bocanada de aire caliente salió de su interior, tal fue la bofetada que casi me tira de espaldas. Al cabo de un buen rato conseguí airearlo, después de abrir todas las puertas y ventanas, y pude entrar para poner en marcha el motor y el aire acondicionado. Pero aún quedaba un obstáculo.

El espacio para aparcar, que cuando llegué estaba vacío, se encontraba a rebosar de vehículos, y tuve que hacer gala de todos mis conocimientos aprendidos en la autoescuela, para poder salir y encaminarme hacia mi hogar.

Cuando por fin llegué a casa, ¡ah, dulce hogar!, tuve que buscar una farmacia, y comprar toda la crema hidratante que tenían para aliviar los efectos del sol sobre mi dulce y delicada piel blanca, que se había convertido en la de un cangrejo.

Ahora, cuando miro mi cuerpo blanco como la nieve, me acuerdo de lo ocurrido en la playa. Entonces decido tumbarme en el sillón, con una cerveza bien fría, y poner en la tele: “Los vigilantes de la playa”, que es lo mas cerca que juré estar de ella aquel día que se me ocurrió tomar un baño de sol.