01 agosto 2020

Un día de playa



Un día mirándome al espejo observé con horror que tenía la piel tan blanca como la leche, estaba claro que necesitaba con urgencia un buen baño de sol.

El primer problema fue el bañador. Busqué y rebusqué, revolví y puse la casa patas arriba sin hallar nada que se pareciera a un traje de baño. ¿Y la toalla? Ni flores, no existía. Encontré, sin embargo, una pala y un cubito de plástico. ¡Qué alegría!, pero el bañador sin aparecer.

 Así que tuve que equiparme. Entré en unos grandes almacenes y me dirigí a la planta de ropa para hombre, sección de baño. Busqué un dependiente y una dependienta muy amable se me acercó. No es que esté en contra de que una mujer sea dependienta de ropa para caballeros, pero eso de tener que explicarle a una mujer desconocida que talla uso de… o que no apriete los… ¡Caray, que uno tiene su pudor!, y no va por ahí alardeando.

El caso es que le dije qué quería comprar. Fue nombrarle la palabra bañador, y con un: “Sígame”, tuvo suficiente para que yo fuera detrás de ella como un perrito faldero. Y surgió la pregunta: “¿Qué talla usa?”. Yo podría haberle contestado con firmeza y seguridad: la cuarenta y dos, y no hubiera pasado nada, pero cuando una mujer te pregunta en un sitio público, y en voz alta, qué talla de bañador usas, y además lo hace mirándote la pernera del pantalón, o eres un pasota, o, ¡caramba, corta un poco!, estuve a punto de ponerme las manos delante.

Con timidez le susurré la cuarenta y dos, y ella sin cortarse un pelo, y haciendo una mueca de desaprobación, me dijo: “Le voy a dar la cincuenta y dos, se la prueba y a ver qué tal le va”. ¡Pero, bueno, que no estoy gordo! Me miré en un espejo que había cerca. Una esbelta figura se reflejaba en aquel cristal, hasta que me puse de perfil.

Y allá fui a los probadores con varios tipos de bañadores, todos de la talla cincuenta y dos. Los probadores eran departamentos diminutos, eso sí, tenían un espejo y una diminuta percha, que más que percha era un clavo, y con una cortina que le faltaba tres palmos para llegar al suelo, ¡como para no tener vergüenza, que uno se iba a poner en bolas en aquel…!. Bueno, me encerré y comencé el ritual para probarme los bañadores.

Me desnudé de cintura para abajo, y comenzó la primera pelea. Sí, sí una verdadera lucha, la percha no quería albergar mis pantalones que acabaron por el suelo a la vista de quien estuviera al otro lado de la cortina. Mis codos, acostumbrados a espacios más anchos, tropezaban con las paredes.

Después de darme por vencido con aquel clavo cogí el primer bañador y me lo probé. ¡Ajá!. Qué vista tenía la dependienta. ¡Era mi talla!.

Una vez me había probado todos los bañadores, con muchos malabarismos, todo sea dicho, elegí el que luciría en la playa.

La dependienta, sonriente, no me preguntó si me venían bien o no, ¡noooo!, bien lo sabía ella. Y luego vino la toalla, ¡Já!, las había de todos los tamaños, formas y colores, me costó decidirme, pero al final me lleve la que eligió la dependienta.

A la mañana siguiente me levanté temprano, desayuné fuerte, me vestí para la ocasión, y con mi coche me encaminé a la playa.

Cuando llegué no había un solo coche, al encontrarme con todo aquel enorme espacio vacío dudé dónde aparcar mi vehículo, pero al final lo dejé lo más cerca de la arena que pude. La playa estaba desierta, bueno salvo dos o tres personas a lo lejos. Extendí mi toalla con las grandes letras de un conocido refresco, y me tumbé al sol con mi flamante bañador.

¡Qué delicia notar el calorcito del sol sobre la piel!, me sentí tan a gusto que durante un rato no me enteré de nada. Una pelota hizo que despertara de aquel sueñecito bajo el sol, y, ¡oh, Dios!, la playa estaba abarrotada. A tan sólo dos centímetros había toda una maraña de toallas ocupadas por cuerpos dorados, morenos y hasta negros. Vamos, que yo era la gota de leche que cae en el centro de una taza de chocolate. Y digo yo, si aquella multitud ya había erradicado el blanco de su piel: ¿Por qué seguían tumbados en la playa? ¿Acaso querían cambiar de raza?

Como sentí mucho calor decidí darme un bañito en el mar, así que levantando mi metro setenta y ocho, hinché pecho, metí barriga y creyéndome “Tarzán”, me encaminé a la orilla, eso sí, pidiendo perdón y permiso por toda la alfombra humana que ocupaba los cincuenta metros hasta el agua. Cuando mis pies, chamuscados por la ardiente arena, notaron el frescor del agua respiré aliviado, pero una muralla humana me impedía poder refrescarme. Si la parte seca de la playa estaba que no se podía ver ni un centímetro de arena, la parte húmeda estaba peor. Los niños jugaban a salpicarse, mientras que sus madres o abuelas, sentadas en el agua, les gritaban que no molestaran. Alcé la vista y pude distinguir un lugar donde la multitud acababa, ideal para tomar un buen baño, no había olas y parecía estar todo en calma, y allí me dirigí, volviendo a pedir permiso para pasar, claro está.

Cuando por fin llegué comencé a flotar boca arriba y a la deriva. ¡Qué maravilla!, el sol en la cara, mi cuerpo fresquito por el contacto con el agua, y sin que nadie molestara.

Una voz llamó mi atención. Un hombre en una barca, pescador sin duda, se interesaba por mí. Quedé algo sorprendido, ¿qué hacía esa barca tan cerca de la orilla?, miré hacia ella y apenas pude distinguir las cabezas de los que invadían la playa. Estaba claro, las corrientes marinas, caprichosas en exceso, me alejaron tanto, que un poco más y tropiezo con el Titanic.

Algo abochornado, le pedí al buen hombre que me acercara a la playa. Dijo que lo tenía prohibido, por aquello de la seguridad de los bañistas. ¿Seguridad? ¡Pero si allí si no estás de pie te ahogas!. En fin, el pescador se ofreció amablemente a llevarme al embarcadero del que salió de madrugada. Cuando llegamos salté a tierra con la misma elegancia que lo habría hecho Colón en tierras americanas. Bueno con tanta gracia posiblemente no, porque casi me doy de morros contra el duro suelo al no calcular la distancia entre la barca y el malecón. Y así fue como con mi bañador nuevo, descalzo y abrasado por el sol, comencé a recorrer el paseo marítimo en busca de la playa.

Ni que decir tiene que fui el objetivo de toda clase de miradas y comentarios. Los que habían decidido pasear, en lugar de ir a tomar el sol, se apartaban sorprendidos, y preguntándose qué narices hacía yo allí y con esa pinta. Cuando divisé la playa respiré aliviado, pero otra voz, esta con autoridad, sonó fuerte ordenándome que fuera hacia él. Era un guardia municipal, algo alterado al ver un hombre semidesnudo por un lugar tan decente como el paseo marítimo. Cumpliendo las ordenanzas me impuso una multa por desorden público, y otra por deambular indocumentado. A punto estuvo de llevarme a la comisaría, pero al explicarle lo ocurrido se rió en mis narices, y con un: “¡Ande, ande continúe!”, me dejó marchar.

Dolorido por andar descalzo por terreno empedrado, con la piel reseca, rojiza y dolorida, sediento y con un calor abrasador, llegué al lugar donde por la mañana temprano iba a pasar un día estupendo. Tuve que esquivar, con dificultades, a los lagartos que tumbados al sol dedicaban improperios a mi persona, y a mi santa madre.

Cansado recogí mi toalla y mis pertenencias, que afortunadamente seguían intactas, y decidí volver a casa y descansar de un día de asueto, no sin antes volver a oír los piropos dirigidos a mi santa madre camino del coche. Cuando llegué a él y abrí la puerta, una bocanada de aire caliente salió de su interior, tal fue la bofetada que casi me tira de espaldas. Al cabo de un buen rato conseguí airearlo, después de abrir todas las puertas y ventanas, y pude entrar para poner en marcha el motor y el aire acondicionado. Pero aún quedaba un obstáculo.

El espacio para aparcar, que cuando llegué estaba vacío, se encontraba a rebosar de vehículos, y tuve que hacer gala de todos mis conocimientos aprendidos en la autoescuela, para poder salir y encaminarme hacia mi hogar.

Cuando por fin llegué a casa, ¡ah, dulce hogar!, tuve que buscar una farmacia, y comprar toda la crema hidratante que tenían para aliviar los efectos del sol sobre mi dulce y delicada piel blanca, que se había convertido en la de un cangrejo.

Ahora, cuando miro mi cuerpo blanco como la nieve, me acuerdo de lo ocurrido en la playa. Entonces decido tumbarme en el sillón, con una cerveza bien fría, y poner en la tele: “Los vigilantes de la playa”, que es lo mas cerca que juré estar de ella aquel día que se me ocurrió tomar un baño de sol.


© Texto de Jesús García Lorenzo

27 julio 2020

La carta


“Desestimada y poco seductora Muerte: 
La presente es para pedirte, que si por un casual estoy en tu base de datos, me pongas al final. 
¡Verás! Resulta que a pesar de mis achaques en los que pensar me he acordado de ti.
El otro día, así sin más, comprendí que me quedan muchas cosas por hacer. Además, me gustaría poder irme contigo, dejando atrás algo por lo que mis hijos y mis nietos me recuerden.
Ya sé que he tenido una vida para conseguirlo, pero la he pasado aprendiendo, y ahora que ya sé, quiero realizarlo.
Por esa razón te pido que me des algún tiempo más. Tú, que el reloj lo controlas, retrásalo.
Si tienes a bien concederme este pequeño deseo, te estaré eternamente agradecido.
Fdo: Yo, el que tu sabes."
Juan dobló la carta con esmero y la introdujo en un sobre. Luego en la parte delantera del sobre escribió “La muerte (a recoger en cartería)”
Salió a la calle y en el primer buzón de correos que encontró la introdujo, no sin antes desear que llegara a su destino lo más pronto posible.
Cuando el furgón de recogida llegó a la central de correos, un funcionario comenzó su trabajo de clasificar, vio la carta, sonrió y la lanzó en el casillero marcado como “Cartas imposibles” 
Los días transcurrieron, pero un día…
Un hombre alto, enjuto y vestido de negro, se acercó a cartería y con voz profunda pidió una carta dirigida a él “¿A qué nombre?” Preguntó el funcionario sin levantar la vista “A la Muerte” Respondió aquel hombre. El funcionario sonrió, y al mirarlo comprendió. Algo asustado, fue al cajón de cartas imposibles.
Al volver Juan del trabajo como de costumbre miró el buzón, y entre publicidad y facturas encontró una carta dirigida a él, sin remite y sin sello. Antes de abrirla miró el tabaco que le quedaba, y salió en busca de un estanco.
Mientras encendía un cigarro del nuevo paquete, vio esperando el verde del semáforo, a una mujer que llevaba de la mano un niño de la edad del suyo. Sonrió.
De pronto el niño se soltó de su madre y cruzó. Todo sucedió muy rápido. Un autobús, y el niño en medio. Un empujón y el niño a salvo.
A la mañana siguiente en la morgue, una mujer desconsolada esperaba que le dieran el cuerpo de su marido, para llevarlo al Tanatorio.
Alguien se acercó y dándole una pequeña bolsa con los efectos personales le dijo “Su marido fue un héroe”
En el Tanatorio recibió miles de visitas, entre ellas la de una madre agradecida.
En un momento de tranquilidad, cogió la bolsa que le entregaron, y vio una carta sin remite ni sello, la abrió y en medio de una página en blanco, una palabra “Concedido”.

© Texto de Jesús García Lorenzo

22 julio 2020

Él


Elena, María y Alba entraron en el Pub para celebrar que habían encontrado trabajo. Pidieron un vodka con naranja cada una.
Sentado en la barra estaba él. Se acercó entablando una conversación, que comenzó siendo banal, y que fue transformándose en interesante. 
Él, recibió una llamada en el móvil con la que se excusó dejándolas solas.
Las tres comenzaron a recriminarse comentarios, echándose en cara actitudes. La amistad comenzó a resquebrajarse.
Él, de espaldas, sonreía.
Cuando el tedio disminuye el diablo deja de cazar moscas.

© Texto de Jesús García Lorenzo

15 julio 2020

Asesinos del siglo XXI


Andaba discutiendo con mi amigo Lucifer sobre los asesinos a lo largo de la historia.
Su teoría era la evolución a través de la sofisticación. Antes se usaban armas físicas como cuchillos, espadas, pistolas, y demás armas de fuego, sin olvidar la forma más sutil que es la del envenenamiento.
Para mi amigo, hoy en día se ha encontrado una formula que califica como casi mágica.
—No sabes lo fácil que es engañar hoy en día para que se presten a matar.
Su elocuencia era tremenda, me lo explicaba con todo lujo de detalles. En primer lugar se propaga un virus muy virulento, dañino, mortal…, luego se crea la ilusión de que sólo mata a viejos, y el engaño está servido.
—…alentar fiestas, manifestaciones, aglomeraciones…, y entonces comienzo a darte trabajo.
Eso es lo malo, dije yo, el trabajo extra que me crea Lucifer.

©Texto de Jesús Garcia Lorenzo

08 julio 2020

La otra cara de "Una historia"

—No lo haré.
—¡Lo harás!
Mamá loba impuso su autoridad al tiempo que recogía en su regazo al lobezno herido. Su mirada era dura, indicando a su esposo que no iba a doblegar su decisión.
Papá lobo salió de la cueva en plena noche refunfuñando en busca de la mujer que curaba.
No le costó mucho encontrarla. Sabía que vivía en una cabaña, como la que construyen los humanos, en un claro del bosque. Pudo ver que por la chimenea salía humo, y a través de una ventana pudo distinguir su figura.
Oteó el bosque asegurándose que estaba solo. La luz de la luna llena le ayudó. Cuando se sintió seguro se acercó y rascó la puerta. La mujer no le oyó, entonces optó por aullar. Tuvo que lanzar hasta tres aullidos para que la mujer abriera la puerta.
—Tienes que venir conmigo.Te necesitamos.— dijo el lobo en su idioma.
La mujer le hablaba en ese lenguaje humano que los lobos, a fuerza de golpes, heridas y muertes llegaron a entender por su tono y gesticulación. Pero ella no le comprendía, por lo que tuvo realizar movimientos para que ella entendiera.
Tuvo que esperar a que la mujer recogiera una bolsa antes de que emprendieran la marcha hacia la cueva. Cuando llegaron el lobo entró, pero se dio cuenta que ella no lo hacía.
—Esta es mi casa y eres bienvenida en ella. Entra sin miedo.
La mujer sólo escuchó ladridos, pero pareció entender lo que decía Lobo, pues buscó varias ramas a las que prendió fuego.
—Ya hemos llegado. —dijo papá lobo a su esposa.
—Habéis tardado mucho.
Mamá loba levantó la pata para que la mujer viera a su hijo herido. Cuando la mujer tocó al lobezno éste lanzó un alarido de dolor. Papá lobo gruño y se erizó, pero un gesto de mamá loba lo paralizó.
La mujer dijo algo que papá lobo interpretó como que iba a necesitar unos palos. En su juventud su padre le acercó a un poblado humano y vio cómo uno ataba a otro unos palos para que pudiera andar. Aquellas palabras y su forma de expresarlas fueron las mismas. Salió corriendo de la cueva en busca de dos palos, no tardó en entrar con ellos, el gesto de sorpresa y de agradecimiento de la mujer le gustó.
Una vez hubo terminado la mujer se dirigió a la salida de la cueva.
—¡No te quedes ahí parado, ve con ella!
Mamá loba fue muy directa, tanto que papá lobo se vio en la obligación de acompañarla hasta su casa en el claro del bosque.
De vuelta a la cueva olisqueó la pata herida de su hijo.
—Se ha portado bien. Hay que agradecérselo. —dijo Mamá loba.
—¿Qué quieres que haga?
—Hasta que nuestro hijo esté bien cuídala, que nadie le haga daño.
—Pero vosotros…
—Estaremos bien.
Lobo vigiló la casa de la mujer día y noche.
Un día vio que la mujer se dirigía a la cueva, papá lobo cogiendo un atajo llegó antes que ella.
—Viene la mujer. —dijo a mamá loba.
—Ve a recibirla.
La mujer llegó y Lobo la estaba esperando, agachó la cabeza y la dejó entrar.
La vigilancia no cesó, al menos mientras mamá loba no dijera lo contrario. Un día la mujer salió como hacía casi todas la mañanas a recoger plantas. Lobo la siguió de lejos sin preocuparse mucho, pues era la rutina de siempre. Al cabo de un rato escuchó un ruido extraño seguido de un olor que no le gustó nada. Olisqueó el aire buscando a la mujer, una vez encontrado se dirigió hacia ella. La encontró mirando con terror hacia un perro salvaje. El olor del miedo anulaba el olor de muerte que manaba del perro. Lobo tensó sus músculos y esperó.
Todo transcurrió deprisa. Los ojos de Lobo vieron la boca del perro deseando sangre. Lobo se lanzó mordiendo la garganta del atacante con fuerza. El salto realizado por el perro fue al mismo tiempo que el salto de Lobo, pero su ventaja fue mayor al no ser descubierto.
Cuando el olor a muerte inundó la nariz de Lobo soltó la garganta del perro, levantó la cabeza y vio una sonrisa en la cara de la mujer. 
Con la boca ensangrentada Lobo volvió a la cueva y se puso delante de su esposa.
—La deuda está saldada.

© Texto de Jesús García Lorenzo

02 julio 2020

Una historia

El autor escribía aventuras. Una sonrisa. Había acertado con aquella frase.

Cuentan los mayores del lugar que tiempo atrás existía una mujer que vivía en el bosque. Recogía plantas y hierbas con las que preparaba ungüentos y bebidas para curar.
Una noche se acercó a su puerta un lobo. Aulló para llamar la atención de la mujer que tardó en oír los aullidos. Movida por la curiosidad abrió la puerta. Aquellos ojos color chocolate le pedían a gritos ayuda.
—¿Estas herido? —preguntó la mujer. 
El lobo emitió unos gemidos al tiempo que se movía indicando una dirección. El recorrido no fue muy largo. El lobo la llevó a una cueva. Estaba muy oscura, y la luna nueva no ayudaba a ver bien la entrada. La mujer dudó, pero cuando el lobo se dio cuenta de que ella no entraba ladró.
La mujer encendió una antorcha improvisada y entró. La escena que encontró llamó su atención. La hembra del lobo estaba rodeada por varios lobeznos, pero había uno que recostado en su regazo gemía de dolor.
La curandera se acercó despacio y con movimientos cortos…
—Déjame que vea lo que le ocurre a tu hijo.
Al tocarle la pata el lobezno emitió un alarido de dolor.
—Tiene la pata rota, voy a tener que entablillarla.
 Miró a su alrededor buscando dos palos. Su asombro fue mayúsculo cuando vio que el lobo se los traía entre sus dientes.
Preparó un ungüento y lo administró con parte de su vestido al que había arrancado una tira. También preparó una bebida que dio al lobezno, éste la bebió, al principio con miedo, pero como su madre le movió la cabeza dando su aprobación, se lo bebió todo.
Una vez hubo acabado, cogió su antorcha y salió de la cueva.
—Que no se quite el apósito al menos en dos días —le dijo al lobo que le había acompañado a la entrada de la cueva.
Aquellos ojos chocolate emitían agradecimiento.
Pasada una semana, la curandera se acercó a la cueva y vio que el lobezno, con la dificultad propia de una pata entablillada, jugaba con sus hermanos.
—En dos semanas vendré y le quitaré la tablillas.
A las dos semanales lobezno corría alegre sin el entablillado.
Un día recogiendo plantas en el bosque, un perro salvaje, hambriento, se le acercó con los ojos inyectados en sangre, el morro arrugado enseñando sus incisivos, mientras un hilo de baba se descolgaba pesada hasta el suelo.
La mujer retrocedió asustada, el perro tensó sus músculos y se lanzó hacia su presa. Cuando estaba en el aire una figura surgida de la nada enganchó al perro por la garganta haciéndolo caer, al tiempo que emitía un sonido gutural de muerte.
—Gracias —dijo la curandera al lobo.

Un ladrido dio a entender al escritor que era tiempo de acabar la historia y acostarse.
Su viejo amigo se acostó a los pies de su cama.
—Buenas noches, lobo —dijo al tiempo que apagaba la luz.

 ©Texto de Jesús García Lorenzo

26 junio 2020

Página en blanco


Odiosa pureza martirizando mi mente
la estruja hasta el sufrimiento,
y la inunda doliente.

Virginidad impaciente,
que se rompe para siempre 
con pluma infame y coherente.

Un grito de dolor,
una lágrima azul
mancha su candor.

Naciendo de esa violación,
un relato, un poema
escrito con el corazón.

©foto y texto de Jesús García Lorenzo