26 mayo 2026

Mi muerte


Algunas veces, sobretodo cuando me encuentro algo deprimido, he pensado cómo sería mi muerte ¿En un hospital? ¿En mi cama? ¿Sólo? ¿Rodeado de mi familia?, pero nunca pensé que ocurriría lo que de verdad ocurrió.

Comenzó el peor día de mi vida cuando el médico me informó de que tenía la “Enfermedad”, esa a la que todos temen, esa cuyo propio nombre significa “Muerte”, pero no fue hasta que regresé a mi habitación del hospital, y llegó la noche, cuando en la oscuridad, me encontré sólo.

Aquel lugar, con un gotero que introducía medicación en mis venas, resultó especialmente lúgubre cuando comencé a pensar en las palabras de aquel doctor:

—No puedo contestar a su pregunta, pero ponga su vida en orden durante la próxima semana.

Cuando las pronunció no me parecieron tan impresionantes como lo fueron después en la oscuridad solitaria de aquella sala.

Pensé :

«¿Cómo narices pongo mi vida en orden? ¿Qué quiere decir realmente esa frase que habrán pronunciado en multitud de ocasiones?». 

Una voz me hizo dirigir la mirada hacia la entrada de la estancia, una voz que retumbaba, y la vi. Sí, era ella, maravillosa, hermosa y con una sonrisa en los labios que inspiraban tranquilidad y confianza.

—¡Hola! —me dijo muy femenina.

—Hola —contesté sin mucho entusiasmo.

Durante unos segundos no cruzamos más palabras, simplemente nos miramos a los ojos, como si a través de ellos pudiéramos comunicarnos. Bueno, no sé si lo hicimos o no, pero mantuvimos una conversación.

—No me esperabas, ¿verdad?

—No, sinceramente no. El médico me había dado una semana, en parte ha sido una sorpresa verte hoy.

Se acercó a mi cama, pude entonces contemplarla en todo su esplendor. Rubia, alta, bien formada. Llevaba un vestido de color azul que resaltaba su figura. Su cara…, su cara me resultaba familiar. 

¡Ah! Kim Novak, ¡Eso era! Se parecía a Kim Novak en aquella escena bajando las escaleras en “Picnic” o acariciando un gato en “Me enamore de una bruja”.

—Los médicos —dijo mientras se sentaba en mi cama— saben poco de estas cosas.

—¿Tu presencia aquí y ahora significa que ya ha terminado mi tiempo?

—Puede… pero antes hablemos un poco ¿Te arrepientes de lo que has vivido? ¿De cómo lo has vivido? ¿De las decisiones que has tomado? ¿De…?

—Espera, espera un poco, que son muchas preguntas para responderlas sin pensar.

En ese momento entró una enfermera que, encendiendo una linterna miró el gotero. Al ver que aún le quedaba liquido, apagó su luz portátil y se marchó. Me quedé mirando a aquella profesional que no reaccionó ante la presencia de mi compañera.

—Tranquilo, nadie puede verme ni oírnos hablar. Para esa enfermera tu estas durmiendo.

Moví la cabeza asintiendo lo dicho por Ella. Lo extraño fue que no sentía ninguna sensación de agobio o miedo; me sentía relajado.

—Contestando a tus preguntas —dije— sí, me arrepiento de lo que he vivido porque podría haberlo hecho mejor. Sí, me arrepiento de las decisiones que he tomado porque la mayoría las tomé sin analizarlas, aunque algunas no tuve tiempo para hacerlo. Y sí, también de cómo lo he vivido, sobre todo en aquella época en que era joven. A la juventud no le apetece reflexionar, y luego, de mayor, cargas con los errores que ya no puedes hacer desaparecer. Sí, quisiera volver a vivir para deshacer entuertos.

—¡Vaya! Es toda una declaración de intenciones ¿Cuándo volverías? Mejor dicho, ¿a qué época volverías?

Me quedé pensando para decidir cuándo y cómo, pero de repente las luces de la habitación se encendieron y entró una enfermera acompañada de un doctor.

—Bueno jovencito —dijo el médico—, los huesos del brazo y la pierna sanarán, pero tu moto ha quedado hecho un desastre.

Mis padres aparecieron diciéndome que no iban a reparar la moto ni a comprarme otra. Les miré a los ojos y…

—No os preocupéis, no quiero una moto, voy a esforzarme en mis estudios y, cuando llegue el momento me sacaré el carnet. Y cuando pueda, me compraré un coche.

Mis padres quedaron sorprendidos ante mi reacción y miraron, al doctor el cual les dijo que habían hecho muchas pruebas y mi mente estaba intacta.

Desde la puerta, ella —Kim Novak— me decía adiós al tiempo que desaparecía.

16 mayo 2026

El dominico


Una mañana entró en mi despacho una mujer joven. Se identificó como Estenóloga Forense. Dejó sobre la mesa un dosier; después, sin decir palabra, la vi marcharse.

Pasé la noche junto a la chimenea leyendo con intriga cada párrafo escrito que comenzaba…

«Un día, me llegaron unos huesos encontrados en una cuneta. Lo extraordinario fue que la cabeza estaba separada del resto del cuerpo. Mis superiores quisieron saber si la cabeza y el cuerpo pertenecían a la misma persona. Al realizar las pruebas, dieron como resultado que sí lo eran, y pertenecientes al siglo XVIII. 

»Con el cuerpo encontré  tejidos de una vestimenta de monje de la época. Aquel cuerpo tenía señales de haber padecido tortura.

»Realicé una extracción de la médula para que los patólogos pudieran indicar la posibilidad de alguna enfermedad. Al realizar el raspado, tuve la desgracia de hacerme una pequeña herida a la que no di importancia, pero que contaminó la muestra con mi sangre.

»El resultado no indicó nada, salvo por un detalle que me hizo repetir la prueba. El ADN indicaba una concordancia con la muestra de la sangre que la acompañaba. Aquello me hizo recordar mi pequeña herida. El resultado del segundo examen coincidió. ¿Acaso aquellos huesos pertenecían a un antepasado mío? La curiosidad me llevó a investigar entre mi familia. No encontré nada que indicara la existencia de un religioso, salvo cuando hablé con mi abuela. En principio negó la existencia, pero insistí y se rindió.»

Llegado este punto, me dispuse a descubrir una parte que la familia de la doctora ocultó durante siglos.

»1753. A un joven dominico recién salido del seminario se le asignó el caso de una mujer a la que se le acusaba de ser una bruja. El joven dominico interrogó a la mujer con los métodos habituales en la Santa Inquisición. Torturas inaguantables para un ser humano. La mujer lo confesó todo.»

»Un día conoció a una joven que le atrajo e intentó que le diera  lo que él creía suyo, pero la joven se lo negó; entonces lo tomó por la fuerza. Para esconder lo ocurrido, la acusó de bruja. Pronto fue interrogada. El interrogatorio no rompió su voluntad, por lo que la táctica cambió. Llevaron ante ella a su hermano de diez años de edad; cuando el potro le hizo gritar de dolor, la joven cambió. Durante el tiempo que la joven estuvo en la prisión, él fue aprovechándose de ella.

»Un día fue él el acusado de ser un discípulo de Lucifer. Por su condición de miembro de la Santa Inquisición no fue interrogado.

»En el juicio los acusadores presentaron a una joven que afirmó que había participado en un aquelarre. Describió con exactitud una señal en su nalga izquierda. Al ser preguntada cómo lo sabía, dijo que en el aquelarre iba desnudo. Le arrancaron la ropa y sonó un aplauso pues la señal era exacta. También describió su transformación en Lucifer y cómo fue adorado por las brujas. El dominico hizo memoria y la recordó. Era ella la presa que  tomó por la fuerza en la celda después de torturar a su hermano.

»Tras aquello no cabía duda. Era un brujo, o Lucifer o ambas cosas. El tribunal, con gran rapidez, lo condenó a morir en la horca. 

»Siguiendo las instrucciones del libro de actuación que poseía la Santa Inquisición ante la ejecución de un monje, le cortaron la cabeza, y fue enterrada, separada del resto del cuerpo.» 

¿Realmente aquel libro de la Santa Inquisición existía? ¿Y dónde podría encontrarlo?

Unos días después apareció en mi despacho la doctora con magulladuras en la cara claramente visibles.

—¿Qué le ha pasado?

—Fui atacada en mi laboratorio y se llevaron la cabeza y el resto del cuerpo.

—¿Por quién?

—No lo sé, pero todos llevaban un tatuaje de una cruz rota en el brazo.

Le hablé del libro y manifesté mi deseo de averiguar si existía.

—¿Para qué? Ya no tengo el cuerpo. Dejémoslo tranquilo en su infierno.

—Se trata de amor propio.

—De acuerdo, avíseme si lo encuentra. 

Llegué a descubrir que el libro existía. Me costó un buen dinero conseguirlo, pero al tenerlo entre mis manos sentí que una hoja de metal muy afilada segó mi garganta con tanta habilidad que, antes de que la vida me abandonara, pude ver con claridad el tatuaje de la cruz rota en su antebrazo. Arrancó de mis manos el libro, pero por su vestimenta, no había duda, mi asesino era un dominico.

01 mayo 2026

El miedo


Tap, tap, tap. El ruido de los disparos se asemejaba a un petardo dentro de un cubilete cerrado. Tap, tap, tap. Otra vez los disparos. Por la cadencia del ruido, el tirador es experto; las ráfagas son cortas, seguramente precisas, no se oyen quejidos de ningún tipo, por lo que deduzco que o bien no está disparando contra alguien, o no estoy lo suficientemente cerca para oír caer el cuerpo.

Los disparos han cesado; no sé si atreverme a salir de mi agujero o esperar un poco más; quizás debería hacerlo a que la noche avanzara. No hay luna, lo que me favorece. Sí, esperaré un rato más.

La humedad del suelo me está calando; los pies apenas los noto. Estoy de barro hasta las rodillas. Comienzo a ponerme nervioso. Agudizo mi oído intentando adivinar si hay alguien cerca. No oigo nada. Mi cerebro me insiste en que salga y corra a un lugar más seguro, pero hay una vocecita dentro de mi, que me dice que espere un poco más, acaso hasta que se haga de día y pueda valorar mejor la situación.

¡Dios mío! Una rata se me acerca, mi musofobia me altera. ¡Es enorme! Se acerca husmeando todo su alrededor. Todavía no me ha visto u olido. ¡Dios mío! ¿Qué hago?

«Sal, sal», me dice la vocecita de mi conciencia. «No seas cobarde», me dice mi cerebro. «¿No ves que es un insignificante roedor? ¡tú puedes con él!». La rata se sigue acercando. Se ha parado, su ocio husmea con rapidez, parece que me ha detectado. Tap, tap, tap. Otra vez ese sonido; la rata también lo ha oído y se da media vuelta. ¡Huye! ¡Aleluya!, mi entusiasmo ha hecho que me pusiera de pie. Tap, tap, tap. Esta vez sí que he oído los disparos más fuertes y el sonido de un cuerpo al caer. 

Ensangrentado y con las entrañas ardiendo, noto cómo mi vida se va, mientras veo al tirador frente a mí, de pie, apuntándome con su arma. Un solo tap y todo acaba.

12 abril 2026

El juicio

Alrededor de la sala se reunían multitudes ansiosas de saber el transcurso del juicio: unos a favor de los acusados, otros, en cambio, un poco más alborotados, en contra. En el interior se respiraba silencio, un mutismo que mostraba solemnidad.

Iban a juzgar a una pareja a la que se acusaba del delito más vergonzoso existente en época navideña.

—¡Todos en pie!

El juez hacía acto de presencia en la sala. De repente, un grito esbozado por un espontáneo que, abriendo las puertas con un fuerte empujón, hizo que todos se volvieran hacia él.

—¡Culpables!

La actuación del juez fue rápida y contundente: «Que lo arresten y lo saquen de mi sala». Los aguaciles rápidamente lo maniataron y lo sacaron del recinto.

El fiscal comenzó sus alegaciones, describiendo los hechos. Aquella pareja, los acusados, escucharon con atención los delitos por los que les acusaban y pedían varios años de cárcel.

—Es un hecho, y así lo demostraremos, que los acusados destrozaron y robaron, pero no fue un robo cualquiera. No lo hicieron por comida o dinero, ¡no! —El fiscal daba énfasis a sus palabras para que las acusaciones fueran, ante los oídos del juez y todos los asistentes, más graves de lo que unas alegaciones normales serían—; el robo que organizaron y perpetraron fue cruel y despiadado. Le robaron la dignidad a un padre delante de su primogénito. Esta fiscalía demostrará que sin remordimiento alguno atacaron sin previo aviso…

Las alegaciones del ministerio fiscal se prolongaron, con gran teatralidad, durante tres cuartos de hora. Llegado el turno del abogado defensor, se produjo un silencio sepulcral.

—¡Señoría! —dijo el representante de los acusados—, mis clientes son culpables, y lo son por una causa indiscutible, y no es otra más que el hambre. ¡Sí!, el hambre, no se sabe lo que significa este sustantivo hasta que se padece. Cualquier cosa es aceptable con tal de calmarla. No me refiero a ese hambre que padece un estómago vacío, ni al que deja que se padezca un frío atroz, ni siquiera al que hace que el corrupto se llene los bolsillos; me refiero a ese hambre que lucha contra la desesperación, contra las ansias de realizar algo prohibido. El hambre de la miseria, de vivir en la inmundicia. Ese les hizo cometer a mis clientes todo eso de lo que se les acusa, pero habría que preguntarse: ¿Qué hace el poder establecido para eliminar esa ansiedad? ¿Por qué, en lugar de realizar un esfuerzo para calmar ese hambre, se les arrincona, se les hace desaparecer de la vista de los buenos ciudadanos, para que parezca que se vive en un mundo feliz?…

Mientras escuchaban a su abogado, los acusados se miraron, y ella empezó a hablar en voz baja.

—Ves, Risqui, ya te dije que era un buen abogado.

—Sí. ¿Y qué pena crees que nos caerá por haber roído calzones?

Reza un villancico popular que al portal de Belén han entrado dos ratones, y al bueno de San José le han roído los calzones…

08 marzo 2026

La casa vacía


Todos los días pasaba por delante de esa casa camino al instituto. Era una vieja vivienda del siglo pasado, algo deteriorada por lo abandonada que estaba, pero tenía un atractivo especial. Una mezcla de película de miedo y de relato decimonónico hacía que me interesara por el interior.

Cada vez que pasaba por delante, me paraba frente a ella y en mi mente me atizaba el deseo de incumplir la ley, esa ley que dice que entrar en una vivienda sin permiso está penado, pero siempre prevalecía mi sentido de la decencia y continuaba mi camino.

Por las noches, en la soledad de mi cuarto, soñaba con cómo sería aquella casa por dentro. Tendría, nada más entrar, un gran espacio donde al centro se encontraba una gran escalera de mármol que conduciría a los dormitorios de la planta superior. A su derecha, un salón con una enorme biblioteca; en la pared del fondo, una chimenea cuyo fuego crepitante calentaría toda la sala. Un sofá junto con unos sillones orejeros se encontrarían alrededor de una mesa baja donde se serviría el té o café. Aquel salón tendría una puerta lateral que conduciría a un comedor con una mesa para varios comensales; en sus extremos reposarían dos grandes candelabros iluminando el centro de frutas exóticas. Ese comedor comunicaría  a través de dos accesos con la cocina y con una sala de fumadores.

A la izquierda de la escalera de la entrada se hallaría un despacho que contaba con su chimenea propia. Una mesa de caoba ocuparía casi todo el espacio. Un sillón de cuero lo coronaría, y a su espalda una estantería con libros de todas clases. A los pies de la mesa, dos sillas a juego con la madera de la estantería rematarían la elegancia del despacho.

El fondo de la entrada daría a los espacios destinados al servicio, que se encontrarían en la parte baja de la casa, sin llegar a ser un sótano, al que se llegaría a la parte trasera de la casa.

Las habitaciones del piso superior serían en total tres. Uno, el principal; los otros dos para invitados o los menores de la casa.

El despertador me hizo abandonar mi sueño y prepararme para mi salida al instituto. Al doblar la esquina de la calle, observé una gran grúa que estaba derribando aquella casa a la que saludaba camino de mi obligación. Sin ningún pudor pregunté el motivo de aquel desastre; un obrero muy amable me informó que la casa hacía tiempo que estaba en venta, y que el nuevo dueño quería derribarla y construir una nueva en su lugar.

—¡Lástima! —exclamé—, me hubiera gustado saber cómo era por dentro.

—¡Bueno! —me dijo obrero que tenía pinta de todo menos de obrero—, ya no te la puedo enseñar, pero si quieres ver los planos de la nueva…

Dije que sí, sin que se me notara mucho mi entusiasmo, aunque creo que no lo conseguí.

El corazón casi me dio un vuelco al ver aquellos planos, en ellos estaba la casa que había soñado, una escalera en el centro, una biblioteca en un lateral y un despacho en el otro extremo, arriba las habitaciones, en total tres.

Me fui dándole vueltas a lo que había ocurrido, pero la sorpresa, la gran sorpresa fue cuando llegué a casa por la noche. Mi padre nos reunió a toda la familia para decirnos que había comprado esa casa vacía que estaban derribando.

08 febrero 2026

Un caso inaudito

Sobre las siete de la mañana, mi superintendente me informó de que al parecer, se había recibido una llamada muy inquietante sobre la desaparición de una persona que trabajaba en una importante restauración.

El tiempo que llevaba en el cuerpo me había enseñado que las llamadas de un superintendente había que tomárselas en serio, así que me dirigí a la dirección indicada, resultó ser un viejo parque de atracciones que a simple vista estaba en unas condiciones deplorables. Al llegar vi que dos coches patrulla se encontraban allí y ya habían comenzado las pesquisas. Estaban hablando con varias personas que daban la impresión, por sus ropas, que eran trabajadores.

––Buenos días, comisario ––dijo el primer policía con el que me encontré.

Después de corresponder al saludo, me contó lo que estaba ocurriendo. Al parecer, uno de los trabajadores había subido a las salas de las máquinas para comprobar el estado del sistema eléctrico; como tardaba, subieron dos de los operarios. Al no verlo, lo llamaron a voz en grito y oyeron una llamada de socorro en una de las habitaciones de la sala. Intentaron entrar, pero la puerta estaba cerrada; le indicaron que abriera, no respondió. Fueron corriendo al capataz para pedirle las llaves, pero éste les dijo que las suyas se las había llevado el trabajador.

––¿Quién es el capataz?

El policía me señaló a una persona de mediana edad que estaba hablando con otro de agente desplazado. 

––Buenos días. Soy el comisario García.

––Buenos días, comisario.

––¿Existe algún otro juego de llaves?

––No.

Según me contó el trabajador, le pidió las llaves de la sala de máquinas, para hacer una comprobación rutinaria del sistema eléctrico.

––¿Era precisa esa comprobación?

––Sí, lo era, íbamos a poner en marcha la iluminación del parque y, a pesar de que la semana pasada se comprobó, antes de darle al interruptor había que comprobar que todo estaba correcto.

Al llegar a la sala donde se encontraba la habitación, comprobé que la puerta era una de esas contra incendios; además, se abría hacia afuera, con lo cual era más complicado abrirla. Estaba cerrada, al parecer por dentro, lo que imposibilitaba su apertura.

Cuando llegaron los bomberos, consiguieron abrirla sin hacer mucha destroza. Lo que allí encontramos fue digno de una de esas novelas de misterio. Una habitación sin ventanas con unas estanterías donde se encontraban unos aparatos eléctricos de dimensiones…, aceptables, según corroboraron los bomberos; la puerta estaba cerrada por dentro mediante un pestillo. Encontramos un frasco de veneno, que corroboró el informe del forense, pero lo más sorprendente fue que el trabajador, llamado Andrés, estaba atado a una silla con las manos sujetas a la espalda. Existía una cuerda atada a la puerta y al muerto, tan tensa que al abrir la puerta ahogara o le rompiera el cuello al individuo.

El caso fue muy extraño. Una vez levantado el cadáver por el juez, la científica comenzó su trabajo. El informe lo complicaba más. No había huellas que no fueran del cadáver y las de éste se encontraban por toda la sala. Causa de la muerte: ahogamiento y rotura del cuello.

Las preguntas surgieron: ¿Suicidio? ¿Homicidio? No se encontró nada que hiciera sospechar un suicidio. Ninguna nota explicando el motivo, además, ¿cómo pudo atarse las manos a la espalda y luego a la silla? Por lo tanto, todo indicaba un asesinato, pero… ¿y el asesino?

No había ventanas ni puertas por donde hubiera podido huir. Un policía sugirió una posibilidad: la que estuviera escondido en la sala y cuando todos, bomberos, policías, etc., entraran se mezclara sin que nadie se percatara. Podría ser la solución a este enigma, pero es demasiado simple ¿No?

Usted qué piensa.

16 diciembre 2025

El destino de una estrella


Érase una vez…, una estrella muy, pero que muy pequeña. Sus 
hermanas se burlaban de ella por su minúsculo tamaño, y por la poca 
intensidad de luz que emitía en el firmamento.
—¿A dónde vas, enana? —le decían sin ningún miramiento.
Decidió, ante el rechazo, desplazarse a una galaxia cercana. Al 
verla llegar se rieron de ella.
—Pero si brilla menos que una linterna —comentaban unas.
—Aquí no tienes cabida —dictaminaban otras.
La pequeña estrella saltó de nebulosa en nebulosa, y siempre con 
el mismo recibimiento. Sola y desamparada se puso a llorar. Un 
agujero negro que pasaba por allí, le preguntó por su llanto, y ella 
contestó que nadie la quería por su diminuto cuerpo.
—No te preocupes, ven conmigo, yo te haré grande.
—¿De verdad? —preguntó entusiasmada.
—¡Claro! Te daré masa con la que podrás aumentar tu tamaño y tu 
luminosidad.
La estrellita sonrió y se dirigió hacia el agujero, pero a mitad del 
camino un meteorito le gritó: “¡No, cuidado, te engullirá como hizo 
con mis hermanos!”.
—No le hagas caso. Ven.
—¡No, estrellita! Si entras no regresarás nunca —le gritó el 
meteorito.
Estrellita miró al agujero, y al verlo tan negro se asustó alejándose 
de él.
—Ven conmigo, te enseñaré lugares que nunca habrías imaginado, 
dijo la piedra errante.
Al acercarse al asteroide, este comenzó a girar alrededor de ella.
—¿Qué haces? —preguntó algo mareada por seguirlo.
—La atracción gravitatoria. He entrado en tu campo de gravedad, 
y así estaré hasta que sea atraído por tu masa y forme parte de ella —
Gritó entusiasmado el meteorito.
—¿Y no te da miedo?
—¡Qué va, al contrario, es lo que estaba buscando! 
Estrellita y su amigo viajaron por el universo encontrándose con 
otras piedras que se unieron a ella. Poco a poco Estrellita fue 
ganando masa, y su luz cobró intensidad. Creyéndose mejorada 
volvió con sus hermanas, pero otra vez sintió el rechazo.
—Vete de aquí, nos deslumbras.
—¡Fuera! Eres demasiado grande, aquí no cabes.
Entristecida, buscó en el firmamento un lugar apartado donde 
pasar la vida solitaria a la que se veía condenada.
«No sirvo para nada, soy un fracaso como estrella», pensó, y se 
resignó a su soledad.
A través del telescopio, un rey descubrió a Estrellita. Realizó sus 
cálculos, y comprobó que siempre se movía en la misma dirección. Al 
Oeste.
El rey Baltasar recibió la visita de su amigo Melchor, ambos 
estudiaron aquella estrella, y llegaron a la misma conclusión. 
Decidieron seguirla.
En el camino se encontraron con Gaspar a quien también le había 
llamado la atención el cuerpo celeste. Los tres reyes se unieron en su 
trayecto.
Estrellita lloraba su aislamiento. Sus lágrimas, revoloteando detrás 
de ella, formaron una gran cola que, al reflejar su luz, le 
proporcionaba un aspecto majestuoso. De pronto una voz dulce y 
profunda la llamó.
—Estrellita.
—¿Quién me llama? —preguntó asustada.
—Soy tu creador —dijo la voz—, no tengas miedo. Tienes una 
misión que realizar.
—¿Una misión? 
—Sí, aquella para la que fuiste creada. Servir de guía.
—¿Guía, para quién?
—En aquel planeta azul hay tres reyes que siguiéndote 
encontrarán al que buscan.
—¿Otro rey?
—Sí, al Rey de reyes que ha nacido en un lugar llamado Belén.
—Belén, ¡qué bonito!
—Por ello serás conocida, a través de los tiempos, como la estrella 
que los guió. Serás la estrella de Belén.
Cada veinticuatro de diciembre, en el firmamento hay una estrella 
brillando más que las demás. Orgullosa y sonriente sirve de guía para 
aquellos que buscan su destino.