11 junio 2026

El caso de Antonio



Antonio, a las ocho en punto, recorría cada mañana la distancia existente entre su domicilio y la cafetería Buen Día, donde desayunaba un café largo cortado de leche con una magdalena, para luego encaminarse con decisión a su puesto de trabajo.

Trabajaba en la estafeta de correos de nueve de la mañana a seis de la tarde. Una mañana, fría y amenazante de lluvia, Antonio se encaminó, como era su costumbre, a desayunar. Una espesa niebla lo rodeó, y nunca más se supo. Había desaparecido.

Al no saber nada de él los compañeros de trabajo denunciaron su desaparición. La policía usó sus perros, los vecinos y conocidos fueron organizados en patrullas, todos estuvieron ojo avizor para encontrar una pequeña e insignificante pista que pudiera dar con el paradero de Antonio. A los pocos días se fue reduciendo la búsqueda. Los investigadores judiciales dieron carpetazo al asunto.

Pasaron dos años, y cuando todo el pueblo ya se había olvidado del caso, una mañana apareció Antonio en la cafetería Buen Día, pidió una taza de café largo cortado de leche y una magdalena. El camarero le sirvió el desayuno. Al terminar y pedir que lo anotara en su cuenta el camarero lo reconoció. Sorprendido quedó sin habla. Tanto que no supo qué hacer. Quedó observando como Antonio abandonaba la cafetería dirección a la estafeta de correos.

Sin pensárselo un momento el camarero siguió sus pasos, no sin antes decirle a su mujer que volvía enseguida. Desde la acera de enfrente lo vio entrar en la estafeta a las nueve en punto; como era habitual en él. Cruzó la calle y empujó la puerta, pero estaba cerrada, miró a través del cristal y vio como las luces fluorescentes iban encendiéndose una tras otra. De repente un funcionario de la estafeta se presentó al otro lado de la puerta, éste le señaló el cartel que colgaba en medio del cristal y donde se podía leer: «Cerrado».

—Hasta las nueve y media no se abre. —Gritó el empleado público.

—Acaba de entrar…

—¿Entrar? Nadie. Aquí no ha entrado nadie. Vuelva luego.

Sorprendido por la contestación del funcionario se volvió a la cafetería. Mientras cruzaba la calle se preguntaba cómo no podían haberlo visto entrar. Se paró en la acera de enfrente, justo desde donde lo vio cruzar la puerta.  Recordó de pronto que había dos clientes en la barra cuando le sirvió. Comenzó a correr para preguntarles antes de que se fueran.

Al llegar, su mujer, que entraba y salía de la cocina, le preguntó, recriminándole, donde se había ido. No contestó, se limitó a dar un vistazo rápido al local buscando los clientes de la barra. Se habían ido.

—Si buscas a los clientes que estaban desayunando les he cobrado yo.

—¿Tú has visto aquí en la barra a Antonio esta mañana?

—¿A quién? ¿Al que desapareció hace dos años?

—¡Justo, ése!

—¿Qué pasa, se ha ido sin pagar?

El camarero le contó lo sucedido, y su mujer lo miró, movió la cabeza y se volvió a la cocina.

A la mañana siguiente, a la misma hora apareció otra vez Antonio. Cuando, de espaldas, le oyó pedir el mismo desayuno, reconoció la voz, o quiso reconocerla. Al volverse lo vio salir dirección a la estafeta. Sin perder un momento salió detrás de la barra y lo siguió. En el mismo lugar que el día anterior se paró y observó como abría la puerta de la estafeta, pero antes de entrar Antonio se volvió hacia el camarero y le dedicó una sonrisa. El camarero se deshizo del mandil y se quedó esperando media hora a que abrieran la estafeta. Al entrar recorrió con su mirada todo el establecimiento hasta que encontró a Antonio. Estaba sentado en una mesa realizando el trabajo de clasificación de cartas postales.

El camarero quedó allí parado en medio de la estafeta, sin poder apartar la vista de Antonio. Un funcionario se le acercó, y él le señaló hacia el lugar donde se encontraba Antonio.

—Allí no hay nadie.

—¿Nadie? —Dijo el camarero— ¡Pero si lo estoy viendo!

Antonio dejó de clasificar cartas, levantó la cabeza y le dedicó una sonrisa, en ese preciso instante el camarero cayó redondo al suelo. Cuando llegó el médico tan sólo pudo dictaminar el fallecimiento.

Pasaron dos años más, y la cafetería Buen Día cerraba sus puertas todas las noches a las once, el nuevo dueño no veía motivo para estar abierto más allá de esa hora, pues nadie acudía. Esa noche sin embargo se presentó un cliente pidiendo un café con leche. El nuevo dueño del local le informó del cierre, pero no quiso problemas y le sirvió el café con leche. Al terminar el cliente le pagó, y antes de irse le agradeció que mantuviera su local en buen estado, y desapareció en la oscuridad.

A la mañana siguiente a las ocho de la mañana aparecía Antonio en la cafetería Buen Día, pidiendo un desayuno. El café estaba semi lleno y hubo dos clientes que lo reconocieron. Nadie dijo nada. Al terminar el desayuno vieron como se dirigía a su antiguo lugar de trabajo. Uno de los clientes llamó a la policía. No tardó en aparecer un coche policial en el café y otro en la estafeta. Al momento el juez de guardia levantaba dos cadáveres, uno en cada sitio.

Se corrió el rumor de que una extraña maldición había hecho nido en la ciudad. Los periódicos de todo el país dieron la noticia. En aquella ladera del monte Oso ocurrían muertes extrañas.

No tardaron en estar ocupadas todas las habitaciones del hotel y de las dos posadas existentes en la ciudad. Llegaban de todas las partes del país, expertos en efectos paranormales, curiosos y periodistas de todas las televisiones nacionales.

Se triplicó el número de habitantes de la ciudad, no se podía transitar por la calle principal, y la cafetería Buen Día, siempre estaba a rebosar. El nuevo dueño de la cafetería realizaba entrevistas para todas las cadenas de televisión; estaba más tiempo ante un micrófono que detrás de la barra. El negocio iba excelente, pues había tenido que contratar a un empleado, y ya no cerraba antes de las doce de la noche.

Durante una semana la ciudad parecía un hormiguero. Los días pasaron pero en aquel lugar no ocurría nada. Al terminar la semana fue deshinchándose el Bum creado, y poco a poco fueron desapareciendo los invasores de aquella pequeña ciudad hasta que se volvieron a quedar solo los residentes.

Pasados los días de la marcha de los forasteros, la cafetería Buen Café volvió a tener los clientes habituales y a cerrar a las once de la noche. La estafeta de correos volvió a su rutina, y los habitantes siguieron con su aburrimiento.

Pasaron dos años y en la cafetería Buen Día apareció un personaje extraño pidiendo un café largo cortado de leche y una magdalena, nadie lo reconoció, pero al terminar le dijo al dueño de la cafetería que lo apuntara en su cuenta. El dueño del local pensó que se trataba de un gracioso y le conminó a que hiciera efectiva la consumición, pero aquel personaje no le hizo ni caso, y salió por la puerta como si no fuera con él.

El dueño de la cafetería fue detenido por dos clientes justo cuando iba a salir del local armado con una porra de madera de olmo.

—¡Déjalo! ¿No sabes quién es?

—¡No me importa, se va sin pagar!

Al oír el nombre de Antonio quedó paralizado, las historias que había oído fueron inundándole el cerebro, todo el mundo sabía que la aparición de Antonio significaba que alguien iba a morir, y aquella noche las calles quedaron desiertas, ni la policía salía, pero aún así a la mañana siguiente siempre aparecía un muerto en algún lugar de la ciudad.

Un día, en una reunión municipal se trató el tema de las muertes, y se tomó una decisión; abandonar la ciudad el día que se cumplieran los dos años. Se tenía la esperanza de que si no moría nadie no volvería Antonio, y así lo acordaron. El día anterior al señalado una larga caravana de coches se alejó de la ciudad.

La mañana que se cumplían los dos años, alguien quiso entrar en la cafetería Buen Día para desayunar pero al encontrarla cerrada y comprobar que la ciudad estaba desierta se dirigió a la ciudad vecina. 

En los restaurantes de los tres hoteles, apareció un hombre que hizo palidecer los rostros de los forasteros de aquella gran ciudad. Pidió un café largo cortado de leche y una magdalena, y aquellos que habían abandonado la ciudad de la ladera del monte Oso salieron asustados a la calle a todo correr, y todos fueron atropellados por el tráfico que a esas horas era intenso. Y así fue como en aquella ladera del monte Oso no quedó nadie aquel día en el que se cumplían dos años de la última aparición de Antonio.

Habían pasado diez años cuando entraron en la ciudad máquinas dispuestas a derribar todo lo que encontraran a su paso, pues alguien había comprado aquel lugar, e ideado una ciudad residencial.

Cuando las máquinas llegaron a la cafetería Buen Día, un hombre se interpuso deteniéndolas, preguntó el motivo por el que iban a destruir la cafetería. Le conminaron a que se apartara con la amenaza de llamar a la policía. No se apartó. Enfurecido uno de los obreros le preguntó quién demonios era, y él contestó diciendo en voz alta su nombre. Todos los trabajadores huyeron despavoridos abandonando toda la maquinaria. Al sentirse vencedor comenzó a recorrer la ciudad buscando alguien que le pudiera explicar qué estaba ocurriendo, por qué la presencia de aquellos obreros y sus máquinas, y sobre todo dónde se había metido toda la gente. Al llegar a la comisaría de policía, también vacía, buscó papel y lápiz, y dejó una nota: «Vivo en la calle del sol número 12, acabo de llegar de un largo viaje y no encuentro a nadie en la ciudad, por favor, contacten conmigo. Firmado: Antonio» 

03 junio 2026

Aquel callejón


Una luz blanca a la vez que atrayente me llamaba. Con paso corto y precavido me dirigí hacia ella. 

Siempre imaginé las puertas del cielo grandes, majestuosas, de madera noble y con grandes aldabas, rodeadas de un indefinido y difuso mar de nubes blancas.

Sin embargo no hubo puertas, ni aldabas, ni siquiera nubes blancas, pero sí un ángel con barba a medio crecer delante de un ordenador. Las paredes, casi inexistentes y a la vez presenciales, difuminaban un azul que cambiaba en todos sus tonos. El suelo firme bajo mis pies, el techo descubierto como en un día claro.

Su cara de asombro me llamó la atención. Le dio un golpecito a la pantalla, suave, como sólo lo puede dar un ser alado, y sin cambiar su expresión me dijo con una voz femenina, dulce y casi cantarina: “Usted no debería estar aquí”.

—¿No me diga que debo ir…? —apunté, con miedo, hacia abajo.

—No sé, voy averiguarlo.

.—¿Entonces…? 

—Espere allí.

Me volví en la dirección indicada y la vi. No la puerta del cielo, claro está, pero si algo más pequeña. Se abría lentamente, resistiéndose a mostrar el otro lado. La crucé.

Encontré un callejón digno de los años cuarenta. Imaginé que en cualquier momento aparecería un gángster de aquellos de traje ajustado, sombrero con cinta ancha y zapatos de charol. ¡Pero estaba en el cielo!, o al menos no en el infierno, y un personaje así no pegaba nada allí.

Del fondo salía una música conocida. ¡Qué ritmo, era buenísimo! Aceleré el paso, y comprobé nervioso que tenía ante mí cinco grandes músicos. Gene Krupa a la batería, Louis Armstrong con la trompeta, Dexter Gordon al saxo tenor, Benny Goodman realizando maravillas con el clarinete, y Glenn Miller con su trombón.

Mis pies se dejaron llevar por los compases del Swing, Jazz y Blues. Sentí las vibraciones de cada instrumento invadiendo mi cuerpo. Pensé que faltaba un piano, y entonces lo vi. Duke Ellington con su esmoquin negro sentado al piano tocando las notas del tema: “Perdido”.

A un gesto de Armstrong se hizo el silencio. Quedé paralizado cuando me preguntó.

—¿Tocas algún instrumento?

—El clarinete —contesté. 

—Benny, préstaselo, vamos a ver de qué es capaz.

De pronto sostuve en mis manos el famoso clarinete de Benny Goodman. Los dedos me temblaron y mi boca se secó. En aquellas condiciones nefastas inicié las primeras notas de “Stompin At The Savoy”. 

Sentí su acompañamiento ¡Estaba tocando con ellos! ¡Era uno más! Goodman me dio su aprobación con el pulgar. Las notas fluían mágicas, sin pensar. Me encontraba entre los grandes.

En un instante todo desapareció. En mis manos ya no había nada, y decepcionado volví a encontrarme delante del ángel barbudo con voz aterciopelada. 

—Efectivamente ha sido un error. Por lo tanto vamos a devolverlo.

Antes de poder pensar, me encontré en algún lugar de urgencias. Una voz femenina estaba llamándome por mi nombre. En la oscuridad de mi ceguera, levanté la mano y le toqué la cara.

—¿No tienes barba?

—¡Qué cosas tiene! —dijo la enfermera.

Al momento una voz masculina me informó de un robo del que fui víctima, y de cómo unos músicos callejeros me encontraron sangrando.

—¿No se acuerda?

—No.

—Pues es un milagro que esté vivo.

—Si —contesté desilusionado.

—¿Quiere que avisemos a alguien? 

¿Alguien? Vivía solo, nadie quiso cargar con un invidente ¿Amigos? Me separé de los que confundían amistad con compasión, y justo ese fatídico día me habían despedido del trabajo. Por lo que la soledad era mi amiga y compañera ¿Y por qué avisarla si ya estaba a mi lado?

Cuando ya recuperado salí del hospital, recorrí las calles con mi inseparable bastón, triste y echando de menos aquel callejón.

En mi recorrido pasé por un callejón y escuché música, era Jazz, Swing, magistralmente interpretados. Un hombre con la barba a medio crecer se me acercó, y con voz femenina, me dijo:

—Bienvenido.

Y los pude ver de nuevo. Gene Krupa a la batería, Louis Armstrong con la trompeta, Dexter Gordon al saxo tenor, Benny Goodman realizando maravillas con el clarinete, Glenn Miller con su trombón y el gran Duke Ellington al piano.

Mientras, en la calle, mi cuerpo yacía bajo las ruedas de un autobús.


26 mayo 2026

Mi muerte


Algunas veces, sobretodo cuando me encuentro algo deprimido, he pensado cómo sería mi muerte ¿En un hospital? ¿En mi cama? ¿Sólo? ¿Rodeado de mi familia?, pero nunca pensé que ocurriría lo que de verdad ocurrió.

Comenzó el peor día de mi vida cuando el médico me informó de que tenía la “Enfermedad”, esa a la que todos temen, esa cuyo propio nombre significa “Muerte”, pero no fue hasta que regresé a mi habitación del hospital, y llegó la noche, cuando en la oscuridad, me encontré sólo.

Aquel lugar, con un gotero que introducía medicación en mis venas, resultó especialmente lúgubre cuando comencé a pensar en las palabras de aquel doctor:

—No puedo contestar a su pregunta, pero ponga su vida en orden durante la próxima semana.

Cuando las pronunció no me parecieron tan impresionantes como lo fueron después en la oscuridad solitaria de aquella sala.

Pensé :

«¿Cómo narices pongo mi vida en orden? ¿Qué quiere decir realmente esa frase que habrán pronunciado en multitud de ocasiones?». 

Una voz me hizo dirigir la mirada hacia la entrada de la estancia, una voz que retumbaba, y la vi. Sí, era ella, maravillosa, hermosa y con una sonrisa en los labios que inspiraban tranquilidad y confianza.

—¡Hola! —me dijo muy femenina.

—Hola —contesté sin mucho entusiasmo.

Durante unos segundos no cruzamos más palabras, simplemente nos miramos a los ojos, como si a través de ellos pudiéramos comunicarnos. Bueno, no sé si lo hicimos o no, pero mantuvimos una conversación.

—No me esperabas, ¿verdad?

—No, sinceramente no. El médico me había dado una semana, en parte ha sido una sorpresa verte hoy.

Se acercó a mi cama, pude entonces contemplarla en todo su esplendor. Rubia, alta, bien formada. Llevaba un vestido de color azul que resaltaba su figura. Su cara…, su cara me resultaba familiar. 

¡Ah! Kim Novak, ¡Eso era! Se parecía a Kim Novak en aquella escena bajando las escaleras en “Picnic” o acariciando un gato en “Me enamore de una bruja”.

—Los médicos —dijo mientras se sentaba en mi cama— saben poco de estas cosas.

—¿Tu presencia aquí y ahora significa que ya ha terminado mi tiempo?

—Puede… pero antes hablemos un poco ¿Te arrepientes de lo que has vivido? ¿De cómo lo has vivido? ¿De las decisiones que has tomado? ¿De…?

—Espera, espera un poco, que son muchas preguntas para responderlas sin pensar.

En ese momento entró una enfermera que, encendiendo una linterna miró el gotero. Al ver que aún le quedaba liquido, apagó su luz portátil y se marchó. Me quedé mirando a aquella profesional que no reaccionó ante la presencia de mi compañera.

—Tranquilo, nadie puede verme ni oírnos hablar. Para esa enfermera tu estas durmiendo.

Moví la cabeza asintiendo lo dicho por Ella. Lo extraño fue que no sentía ninguna sensación de agobio o miedo; me sentía relajado.

—Contestando a tus preguntas —dije— sí, me arrepiento de lo que he vivido porque podría haberlo hecho mejor. Sí, me arrepiento de las decisiones que he tomado porque la mayoría las tomé sin analizarlas, aunque algunas no tuve tiempo para hacerlo. Y sí, también de cómo lo he vivido, sobre todo en aquella época en que era joven. A la juventud no le apetece reflexionar, y luego, de mayor, cargas con los errores que ya no puedes hacer desaparecer. Sí, quisiera volver a vivir para deshacer entuertos.

—¡Vaya! Es toda una declaración de intenciones ¿Cuándo volverías? Mejor dicho, ¿a qué época volverías?

Me quedé pensando para decidir cuándo y cómo, pero de repente las luces de la habitación se encendieron y entró una enfermera acompañada de un doctor.

—Bueno jovencito —dijo el médico—, los huesos del brazo y la pierna sanarán, pero tu moto ha quedado hecho un desastre.

Mis padres aparecieron diciéndome que no iban a reparar la moto ni a comprarme otra. Les miré a los ojos y…

—No os preocupéis, no quiero una moto, voy a esforzarme en mis estudios y, cuando llegue el momento me sacaré el carnet. Y cuando pueda, me compraré un coche.

Mis padres quedaron sorprendidos ante mi reacción y miraron, al doctor el cual les dijo que habían hecho muchas pruebas y mi mente estaba intacta.

Desde la puerta, ella —Kim Novak— me decía adiós al tiempo que desaparecía.

16 mayo 2026

El dominico


Una mañana entró en mi despacho una mujer joven. Se identificó como Estenóloga Forense. Dejó sobre la mesa un dosier; después, sin decir palabra, la vi marcharse.

Pasé la noche junto a la chimenea leyendo con intriga cada párrafo escrito que comenzaba…

«Un día, me llegaron unos huesos encontrados en una cuneta. Lo extraordinario fue que la cabeza estaba separada del resto del cuerpo. Mis superiores quisieron saber si la cabeza y el cuerpo pertenecían a la misma persona. Al realizar las pruebas, dieron como resultado que sí lo eran, y pertenecientes al siglo XVIII. 

»Con el cuerpo encontré  tejidos de una vestimenta de monje de la época. Aquel cuerpo tenía señales de haber padecido tortura.

»Realicé una extracción de la médula para que los patólogos pudieran indicar la posibilidad de alguna enfermedad. Al realizar el raspado, tuve la desgracia de hacerme una pequeña herida a la que no di importancia, pero que contaminó la muestra con mi sangre.

»El resultado no indicó nada, salvo por un detalle que me hizo repetir la prueba. El ADN indicaba una concordancia con la muestra de la sangre que la acompañaba. Aquello me hizo recordar mi pequeña herida. El resultado del segundo examen coincidió. ¿Acaso aquellos huesos pertenecían a un antepasado mío? La curiosidad me llevó a investigar entre mi familia. No encontré nada que indicara la existencia de un religioso, salvo cuando hablé con mi abuela. En principio negó la existencia, pero insistí y se rindió.»

Llegado este punto, me dispuse a descubrir una parte que la familia de la doctora ocultó durante siglos.

»1753. A un joven dominico recién salido del seminario se le asignó el caso de una mujer a la que se le acusaba de ser una bruja. El joven dominico interrogó a la mujer con los métodos habituales en la Santa Inquisición. Torturas inaguantables para un ser humano. La mujer lo confesó todo.»

»Un día conoció a una joven que le atrajo e intentó que le diera  lo que él creía suyo, pero la joven se lo negó; entonces lo tomó por la fuerza. Para esconder lo ocurrido, la acusó de bruja. Pronto fue interrogada. El interrogatorio no rompió su voluntad, por lo que la táctica cambió. Llevaron ante ella a su hermano de diez años de edad; cuando el potro le hizo gritar de dolor, la joven cambió. Durante el tiempo que la joven estuvo en la prisión, él fue aprovechándose de ella.

»Un día fue él el acusado de ser un discípulo de Lucifer. Por su condición de miembro de la Santa Inquisición no fue interrogado.

»En el juicio los acusadores presentaron a una joven que afirmó que había participado en un aquelarre. Describió con exactitud una señal en su nalga izquierda. Al ser preguntada cómo lo sabía, dijo que en el aquelarre iba desnudo. Le arrancaron la ropa y sonó un aplauso pues la señal era exacta. También describió su transformación en Lucifer y cómo fue adorado por las brujas. El dominico hizo memoria y la recordó. Era ella la presa que  tomó por la fuerza en la celda después de torturar a su hermano.

»Tras aquello no cabía duda. Era un brujo, o Lucifer o ambas cosas. El tribunal, con gran rapidez, lo condenó a morir en la horca. 

»Siguiendo las instrucciones del libro de actuación que poseía la Santa Inquisición ante la ejecución de un monje, le cortaron la cabeza, y fue enterrada, separada del resto del cuerpo.» 

¿Realmente aquel libro de la Santa Inquisición existía? ¿Y dónde podría encontrarlo?

Unos días después apareció en mi despacho la doctora con magulladuras en la cara claramente visibles.

—¿Qué le ha pasado?

—Fui atacada en mi laboratorio y se llevaron la cabeza y el resto del cuerpo.

—¿Por quién?

—No lo sé, pero todos llevaban un tatuaje de una cruz rota en el brazo.

Le hablé del libro y manifesté mi deseo de averiguar si existía.

—¿Para qué? Ya no tengo el cuerpo. Dejémoslo tranquilo en su infierno.

—Se trata de amor propio.

—De acuerdo, avíseme si lo encuentra. 

Llegué a descubrir que el libro existía. Me costó un buen dinero conseguirlo, pero al tenerlo entre mis manos sentí que una hoja de metal muy afilada segó mi garganta con tanta habilidad que, antes de que la vida me abandonara, pude ver con claridad el tatuaje de la cruz rota en su antebrazo. Arrancó de mis manos el libro, pero por su vestimenta, no había duda, mi asesino era un dominico.

01 mayo 2026

El miedo


Tap, tap, tap. El ruido de los disparos se asemejaba a un petardo dentro de un cubilete cerrado. Tap, tap, tap. Otra vez los disparos. Por la cadencia del ruido, el tirador es experto; las ráfagas son cortas, seguramente precisas, no se oyen quejidos de ningún tipo, por lo que deduzco que o bien no está disparando contra alguien, o no estoy lo suficientemente cerca para oír caer el cuerpo.

Los disparos han cesado; no sé si atreverme a salir de mi agujero o esperar un poco más; quizás debería hacerlo a que la noche avanzara. No hay luna, lo que me favorece. Sí, esperaré un rato más.

La humedad del suelo me está calando; los pies apenas los noto. Estoy de barro hasta las rodillas. Comienzo a ponerme nervioso. Agudizo mi oído intentando adivinar si hay alguien cerca. No oigo nada. Mi cerebro me insiste en que salga y corra a un lugar más seguro, pero hay una vocecita dentro de mi, que me dice que espere un poco más, acaso hasta que se haga de día y pueda valorar mejor la situación.

¡Dios mío! Una rata se me acerca, mi musofobia me altera. ¡Es enorme! Se acerca husmeando todo su alrededor. Todavía no me ha visto u olido. ¡Dios mío! ¿Qué hago?

«Sal, sal», me dice la vocecita de mi conciencia. «No seas cobarde», me dice mi cerebro. «¿No ves que es un insignificante roedor? ¡tú puedes con él!». La rata se sigue acercando. Se ha parado, su ocio husmea con rapidez, parece que me ha detectado. Tap, tap, tap. Otra vez ese sonido; la rata también lo ha oído y se da media vuelta. ¡Huye! ¡Aleluya!, mi entusiasmo ha hecho que me pusiera de pie. Tap, tap, tap. Esta vez sí que he oído los disparos más fuertes y el sonido de un cuerpo al caer. 

Ensangrentado y con las entrañas ardiendo, noto cómo mi vida se va, mientras veo al tirador frente a mí, de pie, apuntándome con su arma. Un solo tap y todo acaba.