03 junio 2020

La recogida

 
    Tantos años trabajando en esto y todavía no me he acostumbrado. 
Hoy, cuando recorro este pasillo, puedo ver sus caras. Unos me llaman, a otros los llamo, pero cuando me dan la mano todos sonríen.
En ocasiones llega ella, a la que se aferran la mayoría, y me lo pone difícil ¡Ay!, si no fuera por esos ratitos sería todo muy aburrido.
¡Bueno! Ha llegado el momento amigo mío.
¡No!, no hay tiempo para despedirse, tengo que cumplir un horario y me estoy retrasando. 
Dame la mano y te llevaré donde siempre has querido estar.

©Texto y foto de Jesús García Lorenzo

28 mayo 2020

Viernes ensayo


En ocasiones oigo su música y me hace sonreír. Me hace recordar los momentos con buenos amigos.

—Jesús ¿Con cuál empezamos?
Los nervios detrás del telón no se podían reprimir.
—¡Hombre! Llevamos dos meses ensayando todas las noches y…
Se levanta aquel lienzo que nos separaba del público, al tiempo que oíamos el nombre de nuestro grupo. A ella se le escucha por lo bajito: “Un, dos, tres y…”
La música surge como un torrente inundando toda la sala, y provocando un silencio solo roto por las notas de nuestros instrumentos y los pies que siguen el ritmo.
Al terminar aplausos. Dos horas de concierto que se hicieron eternos, después relajación, alegría y abrazos nerviosos.

—Te das cuenta —dijo bajo su capucha y arrastrando su pesada guadaña—, los recuerdos hacen que volváis a estar todos juntos otra vez.

© Texto y foto de Jesús García Lorenzo

22 mayo 2020

Aniversario

Este mes hace 11 años que abrí este blog. Lo inicié con una entrada que me gustaría reproducir hoy.

“Este blog es consecuencia de la insistencia de aquellos que acabaron hartos de oírme y no leerme”.

Con este comentario repetiré la entrada que hice en su momento.

Las manos…

Manos asesinas empapan trozos de pollo en veneno macerado en aceite, que esparcirán por el monte para acabar con las alimañas.
—¿Qué tal Manuel?
— ¡Cagüen tó! —exclamó acercándose a la barra.
— ¡Pero hombre! ¿Qué ocurre?
— ¿Ocurrir…? Que un zorro ha entráo, y se ha lleváo por delante seis gallinas. ¡Cojóne!
Al momento un cazador saca del morral media docena de conejos y tres aves dejándolos sobre una esquina de la barra.
— ¡Tío Paco! Aquí tiés unas piezas.
— ¡Bravo! Se te dio bien la caza. Pero… Estas son…
— ¿Qué? ¿Le vá a poné ascos?
— ¡Esta bien! Ahora se los paso a Petra para que los cocine.
Petra sacaba una cazuela cuyo aroma anticipaba el placer del paladar. Los comensales hicieron honor al majar rebañando los platos.
Al atardecer, el médico se personó en el bar pidiendo el conejo al ajillo que se había servido. Al no quedar ni rastro de él pidió una de las piezas no cocinadas.
—Todo lo que tenemos está…
— ¡No me jodas Paco! Tengo a un hombre muerto y tres que la palmarán si no encuentro un remedio.
Petra, asustada, le confesó que cocinó unas aves junto con el conejo.
— ¿Aves? ¿Qué clase de aves?
—Martinetas. Las hice bien rehogadas y con mucho ajo.
Manos asesinas, temblorosas y angustiadas, recogen ocultas los trocitos de pollo empapados, mientras que le agobian los recuerdos al equivocar el aceite.

©Jesús García Lorenzo

13 mayo 2020

La gota

La alegría inundaba el vagón de aquel tren. Todos explotamos de júbilo cuando comenzamos nuestra travesía bajo el Canal de la Mancha.
Alguien, con socarrona ironía, anunció lluvia al ver una gota de agua en la ventana.
Las azafatas aparecieron con los chalecos salvavidas.

©Jesús García Lorenzo

16 diciembre 2016

El árbol de navidad

La decoración del árbol de navidad estaba terminada, las luces estaban colocadas de forma que realzaba la majestuosidad del abeto, pero faltaba algo. David buscó en la caja la estrella que siempre había coronado aquel símbolo navideño, pero no lo encontró.
Ni corto ni perezoso fue a preguntar a su mamá y a su papá pero ninguno pudo dar razón de donde podría estar hasta que vieron a Balú mordisqueando algo.
Balú era un miembro más de la familia desde que lo encontraron en la calle tiritando de frío una noche lluviosa, contaba —según el veterinario— con unos siete meses cuando se lo llevaron para que lo examinara antes de adoptarlo, ahora tenía año y medio y era el perro más juguetón y travieso del vecindario.
—¡No, Balú qué has hecho!
El grito de David hizo que aquel miembro de la familia soltara la estrella y se escondiera debajo de la mesa, el niño cogió los trozos que había dejado su mascota.
—No te preocupes —dijo su padre—, intentaremos pegarla y si no compraremos otra.
Aquella estrella no hubo forma de restaurarla y decidieron acudir a la tienda más cercana para adquirir otra, pero no encontraron ninguna que fuera igual ni que le gustara a David.
Intentaron convencerle de que se podría poner cualquier otra cosa para rematar el árbol, pero el niño no quiso poner nada, y con la tristeza instalada en su cara volvieron a casa.
El destino quiso hacerse solidario con David y cuando enchufaron las luces para que se iluminara el árbol no funcionaron. El niño fue llorando a su cuarto, allí en un rincón tenía un pequeño nacimiento regalo de su abuela, se arrodilló ante él y con lágrimas en los ojos pidió una estrella.
Los días pasaron, el colegio cerró por vacaciones de navidad, y el papá de David arregló las luces. El árbol brillaba reflejando las intermitencias de sus luces en las bolas rojas y doradas que pendían de sus ramas.
En la noche anterior a Navidad, en la cena de Nochebuena se cantaron villancicos, se comió turrón y llegado el momento se colocó al niño Jesús en el belén, y justo en ese momento una gran luz blanca entró por la ventana iluminando toda la habitación; todos se asomaron para ver que ocurría, en todas las ventanas y balcones del vecindario había gente observando el fenómeno, una gran bola blanca estática iluminaba desde el cielo.
David corrió al belén y dirigiéndose al nacimiento susurró : ¡Gracias!

¡Feliz Navidad a todos!

©Jesús García Lorenzo

25 octubre 2016

Primera noche de noviembre

En una ocasión escuché una conversación de dos hombres en un bar, lugar sin duda donde se pueden establecer este tipo de diálogos, sobre la primera noche de noviembre. 
Aunque al inicio de la conversación fueron los dos muy prudentes con las opiniones del contrario a medida que se desarrollaba el tema, quizás por el alcohol enmascarado con el té y el café que acompañaba a cada uno, se iban alterando los ánimos y comenzaban a dar a luz palabras más gruesas.
Uno defendía que la primera noche de noviembre debía ser exclusivamente dedicada a la figura de Don Juan, mientras que el otro era partidario de dejar pasar las nuevas tendencias y relegar a los estudiosos y nostálgicos la desagradable adoración de un hombre machista, jugador y escandalosamente misógino.
Se recitaron versos de la obra de Zorrilla, uno para demostrar una opinión otro para la contraria, mientras que el anís y el brandy camuflados iban haciendo estragos.
—¡Don Juan se arrepintió…! —decía uno.
—¡Miedo! Eso es lo que sintió —decía el otro.
Los paisanos allí reunidos seguían la discusión, pues no se perdían ninguna, porque cada finales de octubre era una costumbre, en aquel bar, entre aquellos parroquianos. El patrón del establecimiento les reservaba la misma mesa en el mismo lugar como lo había hecho durante los veinte años que se llevaba a cabo dicho acontecimiento.
La noche en cuestión era oscura, fría y lluviosa pero no era óbice para celebrar dicho ritual.
En una mesa aparte, en un rincón de aquel bar se encontraba un forastero al que nadie reconocía y que pidió estar apartado aunque en un lugar donde pudiera escuchar la discusión, al dueño del bar no le pareció anormal aquella petición por la transcendencia que aquella noche había causado en todo el pueblo.
En un momento de la noche uno de los tertulianos se levantó y alzando el brazo, en posición de sostenimiento de una imaginaria espada, recitó aquello de “… puesto que las puertas me cerró de mis pasos en la tierra responda el cielo, no yo.” Aquello fue la mecha que encendió la pólvora que se estaba acumulando en el forastero del rincón, quién alzando una verdadera espada y gritando “¡Vive Dios!”, comenzó a dar mandobles a diestra y  siniestra, y maldiciendo el mal uso de la figura de Don Juan.

Usted, querido lector o querida lectora, se preguntará qué hacía yo en aquel lugar, o mejor, qué hice cuando vi aquel sangriento suceso, pues lo que hubiera hecho usted. Sacar mi espada y defender mi honra ¿O, no?

©Jesús García Lorenzo

28 octubre 2015

El fuego de campamento

Alrededor del fuego se reunió la tropa scout Browsea para celebrar Halloween. La noche transcurrió entre bromas y sustos. Cada patrulla representaba una historia de terror distinta adecuada a su disfraz.
«…y tras un descuido de los vigilantes la navaja del hombre de la máscara segó la garganta de la cocinera —relataba un miembro de la patrulla Lobos cuya cara estaba cruzada por una impresionante cicatriz que con el calor del fuego se le despegaba haciéndolo si cabe más terrorífico—, cuando la cogieron para amortajarla comenzó a gritar como una posesa que la dejaran en paz, pues aún no había terminado de hacer la cena…»
Las risas inundaron la reunión, y así una tras otra se fueron sucediendo historias a cual más terrorífica y que, al contrario de lo esperado, provocaban risas e incluso carcajadas.
Le tocó el turno a la patrulla Ardillas, su guía se levantó portando en la mano lo que se suponía era una espada, se detuvo en un lugar visible y blandiendo su arma comenzó a recitar unos versos:
« ¡Aparta, piedra fingida!
Suelta, suéltame esa mano
que aún queda el último grano
en el reloj de mi vida.»
Los ojos del resto de los scouts se abrieron como platos al oír recitar aquellos versos acompañados de gestos.
«… Yo, santo Dios, creo en ti;
si es mi maldad inaudita,
tu piedad es infinita…
¡Señor, ten piedad de mí!»
Todos se abrazaron cuando en la oscuridad de la noche y escondido entre las sombras que el fuego proporcionaba surgió un miembro de la patrulla gritando e interpretando su papel de fantasma.
«¡Ya es tarde!».
El silencio de la noche se apoderó de aquel fuego de campamento, los scouts amontonados junto a sus Guías reflejaban el miedo en sus caras, y la representación continuó.
«Cesad, cantos funerales; 
callad, mortuorias campanas;
ocupad, sombras livianas,
vuestras urnas sepulcrales…»
Tal fue el clímax creado que interrumpieron la representación para explicar que aquellos versos eran del temido Don Juan Tenorio de José Zorrilla.

«Con lo cual queda demostrado —finalizó la Guía de la patrulla Ardillas—, que ante las máscaras y disfraces, las velas y las calabazas, y las historias fugaces de muertes ensangrentadas no hay nada que atemorice más que la historia del Tenorio bien recitada».

©Jesús García L.