28 agosto 2026

Mis vacaciones

«Os dejo este cuento hasta el mes de octubre que por motivos médicos no podré volver a publicar. Que paséis un buen, "lo que queda de verano"»



Mis vacaciones


Este año quise probar otra forma de pasar las vacaciones.


Gracias a que uno es deportista, y físicamente completo, vi la oportunidad de ocupar la plaza de socorrista en una piscina. Y al mismo tiempo ganar algo del dinero.


Pasé las pruebas pertinentes y me presenté en mi sitio, dispuesto para vigilar a machitos y admirar esculturales jovencitas. ¿Mi misión? ¡Relax!, tomar el sol, y ligar si se terciaba. Para ello estrené un bañador algo…, ajustado y de color rojo –por lo de llamar la atención al lugar… ¿Correcto?—, gafas de sol, gorra, y mi frasco de crema, que da distinción y evita quemaduras. Todo estaba preparado.


¿La piscina? ¡Grande, muy grande! Pertenecía a un hotel, por lo tanto era privada. ¿Mi primera sorpresa? Pocas toallas y muy desperdigadas, ocupadas por señoras tomando el sol, que a juzgar por las arrugas deberían ser de la cuarta, quinta o ¡vaya usted a saber qué edad!


¿El primer día? ¡Tranquilidad absoluta!, la piscina intacta, transparente, ¡pero claro! La humedad aumenta los rizos, y aquellas pasas no estaban para fruncirse más. Las amables ancianas no hicieron otra cosa que preguntar por mi estado de salud. ¡Cosas de viejecitas!


Al día siguiente estaba limpiando la piscina—, con otro bañador, tipo vigilantes de la playa—, cuando aparecieron las ancianitas del día anterior acompañadas por unas cuantas amigas, todas de la misma arruga más o menos. Muy amables ellas, e interesadas en saber cosas sobre mi labor. “¿Ha salvado muchas vidas?”; “¿Sabe hacer el boca a boca?”.


Las más atrevidas me perseguían con preguntas un poco… “¿Tiene el paquete… De salvamento preparado?”; “¿me pone crema?”.


O las oía comentar sin pudor. “Es muy joven. ¿No?”; “¡Uy! Casi podría ser tu nieto, sólo casi”; “el otro bañador le sentaba mejor”.


A cada paso que daba una u otra tenía alguna pregunta. ¡Y el agua sin tocar! Cuando llegó la hora de comer me acerqué a ellas para decirles que la piscina se cerraba durante tres horas. «Cuando se vayan me daré un bañito antes de la comida». Pensé. ¡Já,já! ¡A rastras tuve que sacarlas!


Aún no había terminado mi almuerzo cuando mi jefe me indicó que en la entrada a la piscina había clientas pidiendo que se abriera. “Come aprisa y abre”. “¿Y mi descanso?”, repliqué. “¡Anda que te dan trabajo esas señoras!”. Con la comida en la garganta fui a mi puesto.


Como medida de precaución, por aquello de los cortes de digestión, me senté en el borde de la piscina con los pies en el agua. ¡Grave error! En pocos instantes estaban todas dentro, rodeándome e intentando que me echara.


“Tírate, no tengas miedo yo te cojo”.

“Me estoy mareando, ayúdame”.

“¿Cómo es el boca a boca?”.

¡Vaya tarde! Larga como la piscina.


Al tercer día las viejecitas acudieron en masa. ¡Vamos que en el hotel no quedaba una! Algunas se atrevieron hasta con biquini, pero no uno normal. ¡No! Uno de esos mini, mini. ¡Dios mío!


Esa mañana el sol quemaba con más fuerza que otros. Como verdaderas gambas se pusieron algunas. ¡No daba abasto! Hay que ver que manías tenían algunas de ellas. Se quitaban la parte de arriba para evitar rayas, ¡señor! Y pretendían que les pusiera crema en las… ¡Bueno!, lo que quedaba de ellas.


Esa mañana sí, el agua se estrenó. Desde el primer momento se tiraron a la piscina. ¡Señor, qué sueldo más bien ganado! Y digo yo. ¿Si no saben nadar por qué se tiran donde más cubre? Cuándo conseguía llevarlas donde hacían pie me rodeaban, me manoseaban, me pedían que les hiciera el boca a boca. ¡Y hasta me…! ¡Pero, señora!


Lo peor fue cuando aparecieron sus maridos. ¡Bueno, las que aún lo conservaban! Ellos no dejaban de observarme vigilantes, atentos a todos mis movimientos. Mientras que ellas, con el morro torcido, no hacían más que preguntarles con sorna si esa mañana no jugaban la partida. Las otras, las solitarias, fueron las que organizaron el motivo de mi despido.


“Soy viuda, ¿sabe?”; “yo divorciada”; “¿me ve alguna raya?”.


Lo peor comenzó cuando una de ellas se me abalanzó. “¡Hay hijo, te vas a quemar! ¿Te pongo crema?”.


Y digo lo peor porque las demás empezaron una guerra por la que es difícil mediar. “¡Atrevida!”; “¡buscona!”; “¡guarra!”; “¡vieja!”; “¡tápate esos colgajos, asquerosa!”.


Me gané el sueldo, ¡y un ojo morado! En medio del alboroto que se organizó, e intentando separar aquellas fieras, uno de los maridos me acusó de meterle mano a su mujer, y lo hizo ayudado por los otros. Mientras, ellas gritaban para que me dejaran, al tiempo que los golpeaban.


Acabamos todos dentro del agua. Yo intentando huir, los hombres queriendo darme caza, y las viejecitas peleándose entre ellas. ¡Nunca aquella piscina estuvo tan llena!


Con mi finiquito y mi carta de despido en la mano, me marché. Pero antes quise pasar por la puerta de la piscina para; de alguna manera, despedirme. ¡Y la vi! Hermosa, esbelta, reluciente, limpia, intacta y con el agua transparente, llena a rebosar por todos los viejecitos del hotel, que no dejaban en paz a mi sustituta, a quien le faltaban manos para apartar las que se lanzaban sobre ella. Sonreí, y me marché pensando en qué ocupar el tiempo que me quedaba de vacaciones. Pero eso es motivo para otra historia.

05 agosto 2026

Un día de playa

Lo siento, pero no he podido resistirme, (quizá porque el personaje me ha obligado o quizá por esas olas de calor que nos están martirizando con mucha fuerza), este relato ya lo publiqué hace unos años. Perdonar


                             Un día de playa


Un día mirándome al espejo observé con horror que tenía la piel tan blanca como la leche, estaba claro que necesitaba con urgencia un buen baño de sol.

El primer problema fue el bañador. Busqué y rebusqué, revolví y puse la casa patas arriba sin hallar nada que se pareciera a un traje de baño. ¿Y la toalla? Ni flores, no existía. Encontré, sin embargo, una pala y un cubito de plástico. ¡Qué alegría!, pero el bañador sin aparecer.

 Así que tuve que equiparme. Entré en unos grandes almacenes y me dirigí a la planta de ropa para hombre, sección de baño. Busqué un dependiente y una dependienta muy amable se me acercó. No es que esté en contra de que una mujer sea dependienta de ropa para caballeros, pero eso de tener que explicarle a una mujer desconocida que talla uso de… o que no apriete los… ¡Caray, que uno tiene su pudor!, y no va por ahí alardeando.

El caso es que le dije qué quería comprar. Fue nombrarle la palabra bañador, y con un: “Sígame”, tuvo suficiente para que yo fuera detrás de ella como un perrito faldero. Y surgió la pregunta: “¿Qué talla usa?”. Yo podría haberle contestado con firmeza y seguridad: la cuarenta y dos, y no hubiera pasado nada, pero cuando una mujer te pregunta en un sitio público, y en voz alta, qué talla de bañador usas, y además lo hace mirándote la pernera del pantalón, o eres un pasota, o, ¡caramba, corta un poco!, estuve a punto de ponerme las manos delante.

Con timidez le susurré la cuarenta y dos, y ella sin cortarse un pelo, y haciendo una mueca de desaprobación, me dijo: “Le voy a dar la cincuenta y dos, se la prueba y a ver qué tal le va”. ¡Pero, bueno, que no estoy gordo! Me miré en un espejo que había cerca. Una esbelta figura se reflejaba en aquel cristal, hasta que me puse de perfil.

Y allá fui a los probadores con varios tipos de bañadores, todos de la talla cincuenta y dos. Los probadores eran departamentos diminutos, eso sí, tenían un espejo y una diminuta percha, que más que percha era un clavo, y con una cortina que le faltaba tres palmos para llegar al suelo, ¡como para no tener vergüenza, que uno se iba a poner en bolas en aquel…!. Bueno, me encerré y comencé el ritual para probarme los bañadores.

Me desnudé de cintura para abajo, y comenzó la primera pelea. Sí, sí una verdadera lucha, la percha no quería albergar mis pantalones que acabaron por el suelo a la vista de quien estuviera al otro lado de la cortina. Mis codos, acostumbrados a espacios más anchos, tropezaban con las paredes.

Después de darme por vencido con aquel clavo cogí el primer bañador y me lo probé. ¡Ajá!. Qué vista tenía la dependienta. ¡Era mi talla!.

Una vez me había probado todos los bañadores, con muchos malabarismos, todo sea dicho, elegí el que luciría en la playa.

La dependienta, sonriente, no me preguntó si me venían bien o no, ¡noooo!, bien lo sabía ella. Y luego vino la toalla, ¡Já!, las había de todos los tamaños, formas y colores, me costó decidirme, pero al final me lleve la que eligió la dependienta.

A la mañana siguiente me levanté temprano, desayuné fuerte, me vestí para la ocasión, y con mi coche me encaminé a la playa.

Cuando llegué no había un solo coche, al encontrarme con todo aquel enorme espacio vacío dudé dónde aparcar mi vehículo, pero al final lo dejé lo más cerca de la arena que pude. La playa estaba desierta, bueno salvo dos o tres personas a lo lejos. Extendí mi toalla con las grandes letras de un conocido refresco, y me tumbé al sol con mi flamante bañador.

¡Qué delicia notar el calorcito del sol sobre la piel!, me sentí tan a gusto que durante un rato no me enteré de nada. Una pelota hizo que despertara de aquel sueñecito bajo el sol, y, ¡oh, Dios!, la playa estaba abarrotada. A tan sólo dos centímetros había toda una maraña de toallas ocupadas por cuerpos dorados, morenos y hasta negros. Vamos, que yo era la gota de leche que cae en el centro de una taza de chocolate. Y digo yo, si aquella multitud ya había erradicado el blanco de su piel: ¿Por qué seguían tumbados en la playa? ¿Acaso querían cambiar de raza?

Como sentí mucho calor decidí darme un bañito en el mar, así que levantando mi metro setenta y ocho, hinché pecho, metí barriga y creyéndome “Tarzán”, me encaminé a la orilla, eso sí, pidiendo perdón y permiso por toda la alfombra humana que ocupaba los cincuenta metros hasta el agua. Cuando mis pies, chamuscados por la ardiente arena, notaron el frescor del agua respiré aliviado, pero una muralla humana me impedía poder refrescarme. Si la parte seca de la playa estaba que no se podía ver ni un centímetro de arena, la parte húmeda estaba peor. Los niños jugaban a salpicarse, mientras que sus madres o abuelas, sentadas en el agua, les gritaban que no molestaran. Alcé la vista y pude distinguir un lugar donde la multitud acababa, ideal para tomar un buen baño, no había olas y parecía estar todo en calma, y allí me dirigí, volviendo a pedir permiso para pasar, claro está.

Cuando por fin llegué comencé a flotar boca arriba y a la deriva. ¡Qué maravilla!, el sol en la cara, mi cuerpo fresquito por el contacto con el agua, y sin que nadie molestara.

Una voz llamó mi atención. Un hombre en una barca, pescador sin duda, se interesaba por mí. Quedé algo sorprendido, ¿qué hacía esa barca tan cerca de la orilla?, miré hacia ella y apenas pude distinguir las cabezas de los que invadían la playa. Estaba claro, las corrientes marinas, caprichosas en exceso, me alejaron tanto, que un poco más y tropiezo con el Titanic.

Algo abochornado, le pedí al buen hombre que me acercara a la playa. Dijo que lo tenía prohibido, por aquello de la seguridad de los bañistas. ¿Seguridad? ¡Pero si allí si no estás de pie te ahogas!. En fin, el pescador se ofreció amablemente a llevarme al embarcadero del que salió de madrugada. Cuando llegamos salté a tierra con la misma elegancia que lo habría hecho Colón en tierras americanas. Bueno con tanta gracia posiblemente no, porque casi me doy de morros contra el duro suelo al no calcular la distancia entre la barca y el malecón. Y así fue como con mi bañador nuevo, descalzo y abrasado por el sol, comencé a recorrer el paseo marítimo en busca de la playa.

Ni que decir tiene que fui el objetivo de toda clase de miradas y comentarios. Los que habían decidido pasear, en lugar de ir a tomar el sol, se apartaban sorprendidos, y preguntándose qué narices hacía yo allí y con esa pinta. Cuando divisé la playa respiré aliviado, pero otra voz, esta con autoridad, sonó fuerte ordenándome que fuera hacia él. Era un guardia municipal, algo alterado al ver un hombre semidesnudo por un lugar tan decente como el paseo marítimo. Cumpliendo las ordenanzas me impuso una multa por desorden público, y otra por deambular indocumentado. A punto estuvo de llevarme a la comisaría, pero al explicarle lo ocurrido se rió en mis narices, y con un: “¡Ande, ande continúe!”, me dejó marchar.

Dolorido por andar descalzo por terreno empedrado, con la piel reseca, rojiza y dolorida, sediento y con un calor abrasador, llegué al lugar donde por la mañana temprano iba a pasar un día estupendo. Tuve que esquivar, con dificultades, a los lagartos que tumbados al sol dedicaban improperios a mi persona, y a mi santa madre.

Cansado recogí mi toalla y mis pertenencias, que afortunadamente seguían intactas, y decidí volver a casa y descansar de un día de asueto, no sin antes volver a oír los piropos dirigidos a mi santa madre camino del coche. Cuando llegué a él y abrí la puerta, una bocanada de aire caliente salió de su interior, tal fue la bofetada que casi me tira de espaldas. Al cabo de un buen rato conseguí airearlo, después de abrir todas las puertas y ventanas, y pude entrar para poner en marcha el motor y el aire acondicionado. Pero aún quedaba un obstáculo.

El espacio para aparcar, que cuando llegué estaba vacío, se encontraba a rebosar de vehículos, y tuve que hacer gala de todos mis conocimientos aprendidos en la autoescuela, para poder salir y encaminarme hacia mi hogar.

Cuando por fin llegué a casa, ¡ah, dulce hogar!, tuve que buscar una farmacia, y comprar toda la crema hidratante que tenían para aliviar los efectos del sol sobre mi dulce y delicada piel blanca, que se había convertido en la de un cangrejo.

Ahora, cuando miro mi cuerpo blanco como la nieve, me acuerdo de lo ocurrido en la playa. Entonces decido tumbarme en el sillón, con una cerveza bien fría, y poner en la tele: “Los vigilantes de la playa”, que es lo mas cerca que juré estar de ella aquel día que se me ocurrió tomar un baño de sol.

28 julio 2026

La autopsia


El escalpelo se hunde sin dificultad. Una gran “y” abre el pecho del protagonista.

Los mas íntimos secretos salen a la luz: bebedor empedernido, fumador compulsivo, un cáncer…, el forense y su ayudante se afanan en escrutar con verdadero ahínco los entresijos de aquel cuerpo. Su hígado es medido y pesado, su estómago y su contenido revisado y anotado.

Una pequeña sierra circular corta, una a una, las costillas hasta dejar los pulmones sin su jaula. Con mucho cuidado son separados del cuerpo. Primero el izquierdo, luego el derecho.

Otra vez el bisturí entra en acción segando de un solo tajo los tubos a los que está unido el corazón. La báscula alberga aquel importante músculo.

—Doscientos setenta gramos —dice un ayudante.

—Doctor —Una voz ajena a la sala de necropsias pregunta— ¿Causa de la muerte?

—Todavía no estoy seguro, pero… yo diría que por el alto contenido en  sulfato ferroso y ácido tánico…

—Eso es tinta ¿no?

—Correcto, y solo es una primera impresión, pero al parecer murió envenenado en una imprenta.

—¿Una qué…?

—Ja, ja, ja, es usted muy joven. Consulte su libro electrónico, y pierda miedo, su pantalla no mancha.

23 junio 2026

El semáforo




Era una noche cerrada que imposibilitaba la orientación a través del cristal del vehículo.

«No tenía que haber cogido este atajo». Se recriminaba una y otra vez intentando encontrar algún punto de referencia que pudiera aclararle su situación.

Hacía más de una hora que había desviado su recorrido. La indicación encontrada kilómetros atrás no dejaba lugar a dudas de que existía un camino más corto a su punto de destino.

Por un instante le pareció ver un relámpago, lo confirmó el estruendo del trueno que no tardó en oírse. «¡Vaya!. Lo que faltaba, una tormenta».

No se equivocó. La lluvia cubrió el cristal del coche en poco tiempo, la visión se enturbió y se vio obligado a poner en funcionamiento los limpiaparabrisas. El movimiento sincronizado del barrido del agua alejó por unos segundos el mal talante que le había producido aquel camino solitario. Durante unos segundos aparecieron las imágenes de los suyos. Siempre ocurría lo mismo. Sus hijos abrazándole nerviosos esperando su regalo, la alegría de su mujer de volver a tenerlo en casa.

«Qué malo es ser viajante de comercio, poca paga y siempre fuera de casa». Se repetía cuando se acordaba de la familia.

Otro resplandor le volvió a la realidad. Las gotas repiqueteaban cada vez con más fuerza por todo el coche. Intentó aprovechar la luz que le proporcionaba la tormenta para averiguar su situación, pero la viveza del aguacero lo imposibilitaba. Por instante le pareció ver a lo lejos una luz, agudizó la vista. ¡Sí!. ¡Era cierto! Había una luz allí delante. Su instinto le indicaba que debía dirigirse a ella con rapidez. Podrían indicarle el camino e incluso llamar por teléfono. «¿Por que no le haría caso a mi mujer con el teléfono móvil?».

Un semáforo. Se trataba de un semáforo. Cuando faltaban escasos metros para llegar la luz cambió a rojo. Parado allí comprobó que se trataba de un paso a nivel sin guarda ni barrera. Intentó vislumbrar algún signo de civilización, pero la oscuridad más allá del semáforo era intensa. «Qué raro». Pensó. «Quizás haya un apagón en el pueblo», aquella reflexión le pareció lógica en una noche de tormenta. Lo único que debía hacer es esperar.

El tiempo pasaba pensando en lo que haría al llegar a casa. «Cuánto está tardando en pasar este tren!». «Anda que RENFE también…» Aquel reproche fue el primer signo de impaciencia. «¿Y si intentara pasar?». Con ese pensamiento puso la primera velocidad, pero cuando iba a acelerar le invadió una duda. «¿Y si aparece el tren cuando esté en medio?». «No tiene porque pasar nada, si acelero y cruzo con rapidez…». El ánimo lo tenía cada vez más dispuesto para intentarlo. Se acomodó en el asiento listo para intentar la infracción. Con lentitud el vehículo comenzó a moverse. Remontó una pequeña pendiente e inicio su andadura por encima de las vías.

Cuando se encontraba en medio del paso a nivel sintió un escalofrío. Un gesto de horror le cubrió la cara. Vio como una luz intensa se acercaba hacia él. Un reflejo de supervivencia le hizo apretar el acelerador, cuando vio que por el lado contrario otra luz se dirigía hacia él. El acelerón y una velocidad inadecuada hizo que el coche se parara. No consiguió ponerlo en marcha. Ante tal situación intento salir del vehículo, palpó la manivela. Su estado de máxima excitación hizo que se rompiera. Lo tenía claro. Iba a morir aplastado por dos trenes circulando por la misma vía en direcciones contrarias.

El coche se convirtió en un dado macabro de metal y huesos.

Un enorme imán apareció atrapando aquel amasijo y llevándolo a un deposito donde un gran cartel rezaba “Desguaces García”.

La tormenta cesó. La calma volvió y el semáforo tornó su luz a verde. La trampa estaba de nuevo dispuesta.

11 junio 2026

El caso de Antonio



Antonio, a las ocho en punto, recorría cada mañana la distancia existente entre su domicilio y la cafetería Buen Día, donde desayunaba un café largo cortado de leche con una magdalena, para luego encaminarse con decisión a su puesto de trabajo.

Trabajaba en la estafeta de correos de nueve de la mañana a seis de la tarde. Una mañana, fría y amenazante de lluvia, Antonio se encaminó, como era su costumbre, a desayunar. Una espesa niebla lo rodeó, y nunca más se supo. Había desaparecido.

Al no saber nada de él los compañeros de trabajo denunciaron su desaparición. La policía usó sus perros, los vecinos y conocidos fueron organizados en patrullas, todos estuvieron ojo avizor para encontrar una pequeña e insignificante pista que pudiera dar con el paradero de Antonio. A los pocos días se fue reduciendo la búsqueda. Los investigadores judiciales dieron carpetazo al asunto.

Pasaron dos años, y cuando todo el pueblo ya se había olvidado del caso, una mañana apareció Antonio en la cafetería Buen Día, pidió una taza de café largo cortado de leche y una magdalena. El camarero le sirvió el desayuno. Al terminar y pedir que lo anotara en su cuenta el camarero lo reconoció. Sorprendido quedó sin habla. Tanto que no supo qué hacer. Quedó observando como Antonio abandonaba la cafetería dirección a la estafeta de correos.

Sin pensárselo un momento el camarero siguió sus pasos, no sin antes decirle a su mujer que volvía enseguida. Desde la acera de enfrente lo vio entrar en la estafeta a las nueve en punto; como era habitual en él. Cruzó la calle y empujó la puerta, pero estaba cerrada, miró a través del cristal y vio como las luces fluorescentes iban encendiéndose una tras otra. De repente un funcionario de la estafeta se presentó al otro lado de la puerta, éste le señaló el cartel que colgaba en medio del cristal y donde se podía leer: «Cerrado».

—Hasta las nueve y media no se abre. —Gritó el empleado público.

—Acaba de entrar…

—¿Entrar? Nadie. Aquí no ha entrado nadie. Vuelva luego.

Sorprendido por la contestación del funcionario se volvió a la cafetería. Mientras cruzaba la calle se preguntaba cómo no podían haberlo visto entrar. Se paró en la acera de enfrente, justo desde donde lo vio cruzar la puerta.  Recordó de pronto que había dos clientes en la barra cuando le sirvió. Comenzó a correr para preguntarles antes de que se fueran.

Al llegar, su mujer, que entraba y salía de la cocina, le preguntó, recriminándole, donde se había ido. No contestó, se limitó a dar un vistazo rápido al local buscando los clientes de la barra. Se habían ido.

—Si buscas a los clientes que estaban desayunando les he cobrado yo.

—¿Tú has visto aquí en la barra a Antonio esta mañana?

—¿A quién? ¿Al que desapareció hace dos años?

—¡Justo, ése!

—¿Qué pasa, se ha ido sin pagar?

El camarero le contó lo sucedido, y su mujer lo miró, movió la cabeza y se volvió a la cocina.

A la mañana siguiente, a la misma hora apareció otra vez Antonio. Cuando, de espaldas, le oyó pedir el mismo desayuno, reconoció la voz, o quiso reconocerla. Al volverse lo vio salir dirección a la estafeta. Sin perder un momento salió detrás de la barra y lo siguió. En el mismo lugar que el día anterior se paró y observó como abría la puerta de la estafeta, pero antes de entrar Antonio se volvió hacia el camarero y le dedicó una sonrisa. El camarero se deshizo del mandil y se quedó esperando media hora a que abrieran la estafeta. Al entrar recorrió con su mirada todo el establecimiento hasta que encontró a Antonio. Estaba sentado en una mesa realizando el trabajo de clasificación de cartas postales.

El camarero quedó allí parado en medio de la estafeta, sin poder apartar la vista de Antonio. Un funcionario se le acercó, y él le señaló hacia el lugar donde se encontraba Antonio.

—Allí no hay nadie.

—¿Nadie? —Dijo el camarero— ¡Pero si lo estoy viendo!

Antonio dejó de clasificar cartas, levantó la cabeza y le dedicó una sonrisa, en ese preciso instante el camarero cayó redondo al suelo. Cuando llegó el médico tan sólo pudo dictaminar el fallecimiento.

Pasaron dos años más, y la cafetería Buen Día cerraba sus puertas todas las noches a las once, el nuevo dueño no veía motivo para estar abierto más allá de esa hora, pues nadie acudía. Esa noche sin embargo se presentó un cliente pidiendo un café con leche. El nuevo dueño del local le informó del cierre, pero no quiso problemas y le sirvió el café con leche. Al terminar el cliente le pagó, y antes de irse le agradeció que mantuviera su local en buen estado, y desapareció en la oscuridad.

A la mañana siguiente a las ocho de la mañana aparecía Antonio en la cafetería Buen Día, pidiendo un desayuno. El café estaba semi lleno y hubo dos clientes que lo reconocieron. Nadie dijo nada. Al terminar el desayuno vieron como se dirigía a su antiguo lugar de trabajo. Uno de los clientes llamó a la policía. No tardó en aparecer un coche policial en el café y otro en la estafeta. Al momento el juez de guardia levantaba dos cadáveres, uno en cada sitio.

Se corrió el rumor de que una extraña maldición había hecho nido en la ciudad. Los periódicos de todo el país dieron la noticia. En aquella ladera del monte Oso ocurrían muertes extrañas.

No tardaron en estar ocupadas todas las habitaciones del hotel y de las dos posadas existentes en la ciudad. Llegaban de todas las partes del país, expertos en efectos paranormales, curiosos y periodistas de todas las televisiones nacionales.

Se triplicó el número de habitantes de la ciudad, no se podía transitar por la calle principal, y la cafetería Buen Día, siempre estaba a rebosar. El nuevo dueño de la cafetería realizaba entrevistas para todas las cadenas de televisión; estaba más tiempo ante un micrófono que detrás de la barra. El negocio iba excelente, pues había tenido que contratar a un empleado, y ya no cerraba antes de las doce de la noche.

Durante una semana la ciudad parecía un hormiguero. Los días pasaron pero en aquel lugar no ocurría nada. Al terminar la semana fue deshinchándose el Bum creado, y poco a poco fueron desapareciendo los invasores de aquella pequeña ciudad hasta que se volvieron a quedar solo los residentes.

Pasados los días de la marcha de los forasteros, la cafetería Buen Café volvió a tener los clientes habituales y a cerrar a las once de la noche. La estafeta de correos volvió a su rutina, y los habitantes siguieron con su aburrimiento.

Pasaron dos años y en la cafetería Buen Día apareció un personaje extraño pidiendo un café largo cortado de leche y una magdalena, nadie lo reconoció, pero al terminar le dijo al dueño de la cafetería que lo apuntara en su cuenta. El dueño del local pensó que se trataba de un gracioso y le conminó a que hiciera efectiva la consumición, pero aquel personaje no le hizo ni caso, y salió por la puerta como si no fuera con él.

El dueño de la cafetería fue detenido por dos clientes justo cuando iba a salir del local armado con una porra de madera de olmo.

—¡Déjalo! ¿No sabes quién es?

—¡No me importa, se va sin pagar!

Al oír el nombre de Antonio quedó paralizado, las historias que había oído fueron inundándole el cerebro, todo el mundo sabía que la aparición de Antonio significaba que alguien iba a morir, y aquella noche las calles quedaron desiertas, ni la policía salía, pero aún así a la mañana siguiente siempre aparecía un muerto en algún lugar de la ciudad.

Un día, en una reunión municipal se trató el tema de las muertes, y se tomó una decisión; abandonar la ciudad el día que se cumplieran los dos años. Se tenía la esperanza de que si no moría nadie no volvería Antonio, y así lo acordaron. El día anterior al señalado una larga caravana de coches se alejó de la ciudad.

La mañana que se cumplían los dos años, alguien quiso entrar en la cafetería Buen Día para desayunar pero al encontrarla cerrada y comprobar que la ciudad estaba desierta se dirigió a la ciudad vecina. 

En los restaurantes de los tres hoteles, apareció un hombre que hizo palidecer los rostros de los forasteros de aquella gran ciudad. Pidió un café largo cortado de leche y una magdalena, y aquellos que habían abandonado la ciudad de la ladera del monte Oso salieron asustados a la calle a todo correr, y todos fueron atropellados por el tráfico que a esas horas era intenso. Y así fue como en aquella ladera del monte Oso no quedó nadie aquel día en el que se cumplían dos años de la última aparición de Antonio.

Habían pasado diez años cuando entraron en la ciudad máquinas dispuestas a derribar todo lo que encontraran a su paso, pues alguien había comprado aquel lugar, e ideado una ciudad residencial.

Cuando las máquinas llegaron a la cafetería Buen Día, un hombre se interpuso deteniéndolas, preguntó el motivo por el que iban a destruir la cafetería. Le conminaron a que se apartara con la amenaza de llamar a la policía. No se apartó. Enfurecido uno de los obreros le preguntó quién demonios era, y él contestó diciendo en voz alta su nombre. Todos los trabajadores huyeron despavoridos abandonando toda la maquinaria. Al sentirse vencedor comenzó a recorrer la ciudad buscando alguien que le pudiera explicar qué estaba ocurriendo, por qué la presencia de aquellos obreros y sus máquinas, y sobre todo dónde se había metido toda la gente. Al llegar a la comisaría de policía, también vacía, buscó papel y lápiz, y dejó una nota: «Vivo en la calle del sol número 12, acabo de llegar de un largo viaje y no encuentro a nadie en la ciudad, por favor, contacten conmigo. Firmado: Antonio»