Entré en el hospital muerto de miedo, sabía que la prueba que me iban ha hacer no era peligrosa, ni siquiera dolorosa, ya que me la había hecho ya varias veces, pero los nervios, dueños de los sentimientos que no se pueden dominar del todo, no los pude dejar atrás.
—Acuéstese en la camilla con la cabeza aquí.
La enfermera, muy amable, me ayudó a acostarme. Previamente me había quitado la camisa, por indicación de ella, y me había quedado con el torso desnudo.
—Le voy ha hacer—dijo la hematóloga—una punción para extraer un poco de médula.
—Lo sé—dije—, ya me lo han hecho varias veces.
—Bien.
Aquel “Bien” fue muy significativo. La doctora daba por hecho que yo sabía lo que me iban ha hacer, pero aún así me trató como si fuera la primera vez que me lo hacían, explicándome todo el proceso paso por paso.
En primer lugar me cubrieron con una tela verde aséptica, sobre ella comenzaron a dejar el material que iban a utilizar, la anestesia, las gasas, la jeringuilla con la que me extraerían la médula en cuestión, y demás material que iban a necesitar.
Como ayudante tenía a la enfermera que me había atendido desde el principio.
—Primero voy a inyectarle la anestesia —dijo la doctora con mucha amabilidad—, va a notar como una picadura de una abeja.
Sí, era una abeja bien gorda, porque no solo noté el pinchazo, sino también como entraba ese líquido que iba a ser el antidolor, la panacea, la purga de Benito, el medio por el que yo no iba a notar absolutamente nada.
—Ahora esperaremos medio minuto.
Pasado el tiempo prudencial que la hematóloga creyó conveniente, me dijo que procedía a la introducción de la aguja. La verdad es que no noté nada, pero pregunté «¿Va ha atravesar el hueso?» ,«¡Claro!», dijo ella «Lo que voy a extraer es… lo que hay dentro del hueso, para que tenga una imagen gráfica, voy a sacar el tuétano». La imagen que me apareció en la mente fue un puchero donde hervían los huesos de ternera para hacer un caldo que luego chuparía su interior.
Oí a la enfermera hablar con la doctora en unos términos médicos que no entendí. La hematóloga me informó que iba a clavar la aguja, noté como la enfermera me cogía la mano, interpreté que era un gesto de empatía.
—Ya he llegado al sitio—,me dijo la hematóloga —, ahora voy a extraer, es posible que note algo pero será muy rápido y nada doloroso.
En efecto noté como aspiraban desde mi interior, y también noté que la mano de la enfermera me soltaba. Todo fue muy rápido . Segundos después yo estaba gritando dentro de un tubo, nadando en un líquido algo viscoso y de color rojo, mientras veía aquella camilla donde momentos antes estaba tumbado que estaba vacía.
Ví como el ojo de la doctora observaba el interior del tubo donde me encontraba.
—¡Perfecto!, ya tenemos otro.