23 junio 2026

El semáforo




Era una noche cerrada que imposibilitaba la orientación a través del cristal del vehículo.

«No tenía que haber cogido este atajo». Se recriminaba una y otra vez intentando encontrar algún punto de referencia que pudiera aclararle su situación.

Hacía más de una hora que había desviado su recorrido. La indicación encontrada kilómetros atrás no dejaba lugar a dudas de que existía un camino más corto a su punto de destino.

Por un instante le pareció ver un relámpago, lo confirmó el estruendo del trueno que no tardó en oírse. «¡Vaya!. Lo que faltaba, una tormenta».

No se equivocó. La lluvia cubrió el cristal del coche en poco tiempo, la visión se enturbió y se vio obligado a poner en funcionamiento los limpiaparabrisas. El movimiento sincronizado del barrido del agua alejó por unos segundos el mal talante que le había producido aquel camino solitario. Durante unos segundos aparecieron las imágenes de los suyos. Siempre ocurría lo mismo. Sus hijos abrazándole nerviosos esperando su regalo, la alegría de su mujer de volver a tenerlo en casa.

«Qué malo es ser viajante de comercio, poca paga y siempre fuera de casa». Se repetía cuando se acordaba de la familia.

Otro resplandor le volvió a la realidad. Las gotas repiqueteaban cada vez con más fuerza por todo el coche. Intentó aprovechar la luz que le proporcionaba la tormenta para averiguar su situación, pero la viveza del aguacero lo imposibilitaba. Por instante le pareció ver a lo lejos una luz, agudizó la vista. ¡Sí!. ¡Era cierto! Había una luz allí delante. Su instinto le indicaba que debía dirigirse a ella con rapidez. Podrían indicarle el camino e incluso llamar por teléfono. «¿Por que no le haría caso a mi mujer con el teléfono móvil?».

Un semáforo. Se trataba de un semáforo. Cuando faltaban escasos metros para llegar la luz cambió a rojo. Parado allí comprobó que se trataba de un paso a nivel sin guarda ni barrera. Intentó vislumbrar algún signo de civilización, pero la oscuridad más allá del semáforo era intensa. «Qué raro». Pensó. «Quizás haya un apagón en el pueblo», aquella reflexión le pareció lógica en una noche de tormenta. Lo único que debía hacer es esperar.

El tiempo pasaba pensando en lo que haría al llegar a casa. «Cuánto está tardando en pasar este tren!». «Anda que RENFE también…» Aquel reproche fue el primer signo de impaciencia. «¿Y si intentara pasar?». Con ese pensamiento puso la primera velocidad, pero cuando iba a acelerar le invadió una duda. «¿Y si aparece el tren cuando esté en medio?». «No tiene porque pasar nada, si acelero y cruzo con rapidez…». El ánimo lo tenía cada vez más dispuesto para intentarlo. Se acomodó en el asiento listo para intentar la infracción. Con lentitud el vehículo comenzó a moverse. Remontó una pequeña pendiente e inicio su andadura por encima de las vías.

Cuando se encontraba en medio del paso a nivel sintió un escalofrío. Un gesto de horror le cubrió la cara. Vio como una luz intensa se acercaba hacia él. Un reflejo de supervivencia le hizo apretar el acelerador, cuando vio que por el lado contrario otra luz se dirigía hacia él. El acelerón y una velocidad inadecuada hizo que el coche se parara. No consiguió ponerlo en marcha. Ante tal situación intento salir del vehículo, palpó la manivela. Su estado de máxima excitación hizo que se rompiera. Lo tenía claro. Iba a morir aplastado por dos trenes circulando por la misma vía en direcciones contrarias.

El coche se convirtió en un dado macabro de metal y huesos.

Un enorme imán apareció atrapando aquel amasijo y llevándolo a un deposito donde un gran cartel rezaba “Desguaces García”.

La tormenta cesó. La calma volvió y el semáforo tornó su luz a verde. La trampa estaba de nuevo dispuesta.

11 junio 2026

El caso de Antonio



Antonio, a las ocho en punto, recorría cada mañana la distancia existente entre su domicilio y la cafetería Buen Día, donde desayunaba un café largo cortado de leche con una magdalena, para luego encaminarse con decisión a su puesto de trabajo.

Trabajaba en la estafeta de correos de nueve de la mañana a seis de la tarde. Una mañana, fría y amenazante de lluvia, Antonio se encaminó, como era su costumbre, a desayunar. Una espesa niebla lo rodeó, y nunca más se supo. Había desaparecido.

Al no saber nada de él los compañeros de trabajo denunciaron su desaparición. La policía usó sus perros, los vecinos y conocidos fueron organizados en patrullas, todos estuvieron ojo avizor para encontrar una pequeña e insignificante pista que pudiera dar con el paradero de Antonio. A los pocos días se fue reduciendo la búsqueda. Los investigadores judiciales dieron carpetazo al asunto.

Pasaron dos años, y cuando todo el pueblo ya se había olvidado del caso, una mañana apareció Antonio en la cafetería Buen Día, pidió una taza de café largo cortado de leche y una magdalena. El camarero le sirvió el desayuno. Al terminar y pedir que lo anotara en su cuenta el camarero lo reconoció. Sorprendido quedó sin habla. Tanto que no supo qué hacer. Quedó observando como Antonio abandonaba la cafetería dirección a la estafeta de correos.

Sin pensárselo un momento el camarero siguió sus pasos, no sin antes decirle a su mujer que volvía enseguida. Desde la acera de enfrente lo vio entrar en la estafeta a las nueve en punto; como era habitual en él. Cruzó la calle y empujó la puerta, pero estaba cerrada, miró a través del cristal y vio como las luces fluorescentes iban encendiéndose una tras otra. De repente un funcionario de la estafeta se presentó al otro lado de la puerta, éste le señaló el cartel que colgaba en medio del cristal y donde se podía leer: «Cerrado».

—Hasta las nueve y media no se abre. —Gritó el empleado público.

—Acaba de entrar…

—¿Entrar? Nadie. Aquí no ha entrado nadie. Vuelva luego.

Sorprendido por la contestación del funcionario se volvió a la cafetería. Mientras cruzaba la calle se preguntaba cómo no podían haberlo visto entrar. Se paró en la acera de enfrente, justo desde donde lo vio cruzar la puerta.  Recordó de pronto que había dos clientes en la barra cuando le sirvió. Comenzó a correr para preguntarles antes de que se fueran.

Al llegar, su mujer, que entraba y salía de la cocina, le preguntó, recriminándole, donde se había ido. No contestó, se limitó a dar un vistazo rápido al local buscando los clientes de la barra. Se habían ido.

—Si buscas a los clientes que estaban desayunando les he cobrado yo.

—¿Tú has visto aquí en la barra a Antonio esta mañana?

—¿A quién? ¿Al que desapareció hace dos años?

—¡Justo, ése!

—¿Qué pasa, se ha ido sin pagar?

El camarero le contó lo sucedido, y su mujer lo miró, movió la cabeza y se volvió a la cocina.

A la mañana siguiente, a la misma hora apareció otra vez Antonio. Cuando, de espaldas, le oyó pedir el mismo desayuno, reconoció la voz, o quiso reconocerla. Al volverse lo vio salir dirección a la estafeta. Sin perder un momento salió detrás de la barra y lo siguió. En el mismo lugar que el día anterior se paró y observó como abría la puerta de la estafeta, pero antes de entrar Antonio se volvió hacia el camarero y le dedicó una sonrisa. El camarero se deshizo del mandil y se quedó esperando media hora a que abrieran la estafeta. Al entrar recorrió con su mirada todo el establecimiento hasta que encontró a Antonio. Estaba sentado en una mesa realizando el trabajo de clasificación de cartas postales.

El camarero quedó allí parado en medio de la estafeta, sin poder apartar la vista de Antonio. Un funcionario se le acercó, y él le señaló hacia el lugar donde se encontraba Antonio.

—Allí no hay nadie.

—¿Nadie? —Dijo el camarero— ¡Pero si lo estoy viendo!

Antonio dejó de clasificar cartas, levantó la cabeza y le dedicó una sonrisa, en ese preciso instante el camarero cayó redondo al suelo. Cuando llegó el médico tan sólo pudo dictaminar el fallecimiento.

Pasaron dos años más, y la cafetería Buen Día cerraba sus puertas todas las noches a las once, el nuevo dueño no veía motivo para estar abierto más allá de esa hora, pues nadie acudía. Esa noche sin embargo se presentó un cliente pidiendo un café con leche. El nuevo dueño del local le informó del cierre, pero no quiso problemas y le sirvió el café con leche. Al terminar el cliente le pagó, y antes de irse le agradeció que mantuviera su local en buen estado, y desapareció en la oscuridad.

A la mañana siguiente a las ocho de la mañana aparecía Antonio en la cafetería Buen Día, pidiendo un desayuno. El café estaba semi lleno y hubo dos clientes que lo reconocieron. Nadie dijo nada. Al terminar el desayuno vieron como se dirigía a su antiguo lugar de trabajo. Uno de los clientes llamó a la policía. No tardó en aparecer un coche policial en el café y otro en la estafeta. Al momento el juez de guardia levantaba dos cadáveres, uno en cada sitio.

Se corrió el rumor de que una extraña maldición había hecho nido en la ciudad. Los periódicos de todo el país dieron la noticia. En aquella ladera del monte Oso ocurrían muertes extrañas.

No tardaron en estar ocupadas todas las habitaciones del hotel y de las dos posadas existentes en la ciudad. Llegaban de todas las partes del país, expertos en efectos paranormales, curiosos y periodistas de todas las televisiones nacionales.

Se triplicó el número de habitantes de la ciudad, no se podía transitar por la calle principal, y la cafetería Buen Día, siempre estaba a rebosar. El nuevo dueño de la cafetería realizaba entrevistas para todas las cadenas de televisión; estaba más tiempo ante un micrófono que detrás de la barra. El negocio iba excelente, pues había tenido que contratar a un empleado, y ya no cerraba antes de las doce de la noche.

Durante una semana la ciudad parecía un hormiguero. Los días pasaron pero en aquel lugar no ocurría nada. Al terminar la semana fue deshinchándose el Bum creado, y poco a poco fueron desapareciendo los invasores de aquella pequeña ciudad hasta que se volvieron a quedar solo los residentes.

Pasados los días de la marcha de los forasteros, la cafetería Buen Café volvió a tener los clientes habituales y a cerrar a las once de la noche. La estafeta de correos volvió a su rutina, y los habitantes siguieron con su aburrimiento.

Pasaron dos años y en la cafetería Buen Día apareció un personaje extraño pidiendo un café largo cortado de leche y una magdalena, nadie lo reconoció, pero al terminar le dijo al dueño de la cafetería que lo apuntara en su cuenta. El dueño del local pensó que se trataba de un gracioso y le conminó a que hiciera efectiva la consumición, pero aquel personaje no le hizo ni caso, y salió por la puerta como si no fuera con él.

El dueño de la cafetería fue detenido por dos clientes justo cuando iba a salir del local armado con una porra de madera de olmo.

—¡Déjalo! ¿No sabes quién es?

—¡No me importa, se va sin pagar!

Al oír el nombre de Antonio quedó paralizado, las historias que había oído fueron inundándole el cerebro, todo el mundo sabía que la aparición de Antonio significaba que alguien iba a morir, y aquella noche las calles quedaron desiertas, ni la policía salía, pero aún así a la mañana siguiente siempre aparecía un muerto en algún lugar de la ciudad.

Un día, en una reunión municipal se trató el tema de las muertes, y se tomó una decisión; abandonar la ciudad el día que se cumplieran los dos años. Se tenía la esperanza de que si no moría nadie no volvería Antonio, y así lo acordaron. El día anterior al señalado una larga caravana de coches se alejó de la ciudad.

La mañana que se cumplían los dos años, alguien quiso entrar en la cafetería Buen Día para desayunar pero al encontrarla cerrada y comprobar que la ciudad estaba desierta se dirigió a la ciudad vecina. 

En los restaurantes de los tres hoteles, apareció un hombre que hizo palidecer los rostros de los forasteros de aquella gran ciudad. Pidió un café largo cortado de leche y una magdalena, y aquellos que habían abandonado la ciudad de la ladera del monte Oso salieron asustados a la calle a todo correr, y todos fueron atropellados por el tráfico que a esas horas era intenso. Y así fue como en aquella ladera del monte Oso no quedó nadie aquel día en el que se cumplían dos años de la última aparición de Antonio.

Habían pasado diez años cuando entraron en la ciudad máquinas dispuestas a derribar todo lo que encontraran a su paso, pues alguien había comprado aquel lugar, e ideado una ciudad residencial.

Cuando las máquinas llegaron a la cafetería Buen Día, un hombre se interpuso deteniéndolas, preguntó el motivo por el que iban a destruir la cafetería. Le conminaron a que se apartara con la amenaza de llamar a la policía. No se apartó. Enfurecido uno de los obreros le preguntó quién demonios era, y él contestó diciendo en voz alta su nombre. Todos los trabajadores huyeron despavoridos abandonando toda la maquinaria. Al sentirse vencedor comenzó a recorrer la ciudad buscando alguien que le pudiera explicar qué estaba ocurriendo, por qué la presencia de aquellos obreros y sus máquinas, y sobre todo dónde se había metido toda la gente. Al llegar a la comisaría de policía, también vacía, buscó papel y lápiz, y dejó una nota: «Vivo en la calle del sol número 12, acabo de llegar de un largo viaje y no encuentro a nadie en la ciudad, por favor, contacten conmigo. Firmado: Antonio» 

03 junio 2026

Aquel callejón


Una luz blanca a la vez que atrayente me llamaba. Con paso corto y precavido me dirigí hacia ella. 

Siempre imaginé las puertas del cielo grandes, majestuosas, de madera noble y con grandes aldabas, rodeadas de un indefinido y difuso mar de nubes blancas.

Sin embargo no hubo puertas, ni aldabas, ni siquiera nubes blancas, pero sí un ángel con barba a medio crecer delante de un ordenador. Las paredes, casi inexistentes y a la vez presenciales, difuminaban un azul que cambiaba en todos sus tonos. El suelo firme bajo mis pies, el techo descubierto como en un día claro.

Su cara de asombro me llamó la atención. Le dio un golpecito a la pantalla, suave, como sólo lo puede dar un ser alado, y sin cambiar su expresión me dijo con una voz femenina, dulce y casi cantarina: “Usted no debería estar aquí”.

—¿No me diga que debo ir…? —apunté, con miedo, hacia abajo.

—No sé, voy averiguarlo.

.—¿Entonces…? 

—Espere allí.

Me volví en la dirección indicada y la vi. No la puerta del cielo, claro está, pero si algo más pequeña. Se abría lentamente, resistiéndose a mostrar el otro lado. La crucé.

Encontré un callejón digno de los años cuarenta. Imaginé que en cualquier momento aparecería un gángster de aquellos de traje ajustado, sombrero con cinta ancha y zapatos de charol. ¡Pero estaba en el cielo!, o al menos no en el infierno, y un personaje así no pegaba nada allí.

Del fondo salía una música conocida. ¡Qué ritmo, era buenísimo! Aceleré el paso, y comprobé nervioso que tenía ante mí cinco grandes músicos. Gene Krupa a la batería, Louis Armstrong con la trompeta, Dexter Gordon al saxo tenor, Benny Goodman realizando maravillas con el clarinete, y Glenn Miller con su trombón.

Mis pies se dejaron llevar por los compases del Swing, Jazz y Blues. Sentí las vibraciones de cada instrumento invadiendo mi cuerpo. Pensé que faltaba un piano, y entonces lo vi. Duke Ellington con su esmoquin negro sentado al piano tocando las notas del tema: “Perdido”.

A un gesto de Armstrong se hizo el silencio. Quedé paralizado cuando me preguntó.

—¿Tocas algún instrumento?

—El clarinete —contesté. 

—Benny, préstaselo, vamos a ver de qué es capaz.

De pronto sostuve en mis manos el famoso clarinete de Benny Goodman. Los dedos me temblaron y mi boca se secó. En aquellas condiciones nefastas inicié las primeras notas de “Stompin At The Savoy”. 

Sentí su acompañamiento ¡Estaba tocando con ellos! ¡Era uno más! Goodman me dio su aprobación con el pulgar. Las notas fluían mágicas, sin pensar. Me encontraba entre los grandes.

En un instante todo desapareció. En mis manos ya no había nada, y decepcionado volví a encontrarme delante del ángel barbudo con voz aterciopelada. 

—Efectivamente ha sido un error. Por lo tanto vamos a devolverlo.

Antes de poder pensar, me encontré en algún lugar de urgencias. Una voz femenina estaba llamándome por mi nombre. En la oscuridad de mi ceguera, levanté la mano y le toqué la cara.

—¿No tienes barba?

—¡Qué cosas tiene! —dijo la enfermera.

Al momento una voz masculina me informó de un robo del que fui víctima, y de cómo unos músicos callejeros me encontraron sangrando.

—¿No se acuerda?

—No.

—Pues es un milagro que esté vivo.

—Si —contesté desilusionado.

—¿Quiere que avisemos a alguien? 

¿Alguien? Vivía solo, nadie quiso cargar con un invidente ¿Amigos? Me separé de los que confundían amistad con compasión, y justo ese fatídico día me habían despedido del trabajo. Por lo que la soledad era mi amiga y compañera ¿Y por qué avisarla si ya estaba a mi lado?

Cuando ya recuperado salí del hospital, recorrí las calles con mi inseparable bastón, triste y echando de menos aquel callejón.

En mi recorrido pasé por un callejón y escuché música, era Jazz, Swing, magistralmente interpretados. Un hombre con la barba a medio crecer se me acercó, y con voz femenina, me dijo:

—Bienvenido.

Y los pude ver de nuevo. Gene Krupa a la batería, Louis Armstrong con la trompeta, Dexter Gordon al saxo tenor, Benny Goodman realizando maravillas con el clarinete, Glenn Miller con su trombón y el gran Duke Ellington al piano.

Mientras, en la calle, mi cuerpo yacía bajo las ruedas de un autobús.