Era una noche cerrada que imposibilitaba la orientación a través del cristal del vehículo.
«No tenía que haber cogido este atajo». Se recriminaba una y otra vez intentando encontrar algún punto de referencia que pudiera aclararle su situación.
Hacía más de una hora que había desviado su recorrido. La indicación encontrada kilómetros atrás no dejaba lugar a dudas de que existía un camino más corto a su punto de destino.
Por un instante le pareció ver un relámpago, lo confirmó el estruendo del trueno que no tardó en oírse. «¡Vaya!. Lo que faltaba, una tormenta».
No se equivocó. La lluvia cubrió el cristal del coche en poco tiempo, la visión se enturbió y se vio obligado a poner en funcionamiento los limpiaparabrisas. El movimiento sincronizado del barrido del agua alejó por unos segundos el mal talante que le había producido aquel camino solitario. Durante unos segundos aparecieron las imágenes de los suyos. Siempre ocurría lo mismo. Sus hijos abrazándole nerviosos esperando su regalo, la alegría de su mujer de volver a tenerlo en casa.
«Qué malo es ser viajante de comercio, poca paga y siempre fuera de casa». Se repetía cuando se acordaba de la familia.
Otro resplandor le volvió a la realidad. Las gotas repiqueteaban cada vez con más fuerza por todo el coche. Intentó aprovechar la luz que le proporcionaba la tormenta para averiguar su situación, pero la viveza del aguacero lo imposibilitaba. Por instante le pareció ver a lo lejos una luz, agudizó la vista. ¡Sí!. ¡Era cierto! Había una luz allí delante. Su instinto le indicaba que debía dirigirse a ella con rapidez. Podrían indicarle el camino e incluso llamar por teléfono. «¿Por que no le haría caso a mi mujer con el teléfono móvil?».
Un semáforo. Se trataba de un semáforo. Cuando faltaban escasos metros para llegar la luz cambió a rojo. Parado allí comprobó que se trataba de un paso a nivel sin guarda ni barrera. Intentó vislumbrar algún signo de civilización, pero la oscuridad más allá del semáforo era intensa. «Qué raro». Pensó. «Quizás haya un apagón en el pueblo», aquella reflexión le pareció lógica en una noche de tormenta. Lo único que debía hacer es esperar.
El tiempo pasaba pensando en lo que haría al llegar a casa. «Cuánto está tardando en pasar este tren!». «Anda que RENFE también…» Aquel reproche fue el primer signo de impaciencia. «¿Y si intentara pasar?». Con ese pensamiento puso la primera velocidad, pero cuando iba a acelerar le invadió una duda. «¿Y si aparece el tren cuando esté en medio?». «No tiene porque pasar nada, si acelero y cruzo con rapidez…». El ánimo lo tenía cada vez más dispuesto para intentarlo. Se acomodó en el asiento listo para intentar la infracción. Con lentitud el vehículo comenzó a moverse. Remontó una pequeña pendiente e inicio su andadura por encima de las vías.
Cuando se encontraba en medio del paso a nivel sintió un escalofrío. Un gesto de horror le cubrió la cara. Vio como una luz intensa se acercaba hacia él. Un reflejo de supervivencia le hizo apretar el acelerador, cuando vio que por el lado contrario otra luz se dirigía hacia él. El acelerón y una velocidad inadecuada hizo que el coche se parara. No consiguió ponerlo en marcha. Ante tal situación intento salir del vehículo, palpó la manivela. Su estado de máxima excitación hizo que se rompiera. Lo tenía claro. Iba a morir aplastado por dos trenes circulando por la misma vía en direcciones contrarias.
El coche se convirtió en un dado macabro de metal y huesos.
Un enorme imán apareció atrapando aquel amasijo y llevándolo a un deposito donde un gran cartel rezaba “Desguaces García”.
La tormenta cesó. La calma volvió y el semáforo tornó su luz a verde. La trampa estaba de nuevo dispuesta.
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