24 junio 2021

¿Por qué?

Fue una noche con luna llena cuando me mataron.

Siempre me pregunté porqué lo hicieron una noche tan iluminada, quizás necesitaban que hubiera luz y taquígrafos, aunque no vi a nadie levantando acta del acto.

Ya sé que se estarán preguntando ¿Por qué?, y ¿Cómo? Con respecto a la primera yo también me lo he preguntado, pero la segunda ¡Hombre! Podría haber sido menos sangrienta que uno tiene su corazoncito y, yo no se ustedes, pero yo siempre pensé que cuando me tocara morir lo haría con tranquilidad, indoloro, en mi cama y sin darme cuenta, pero llegaron esos energúmenos y ¡Hala!, un carnicero profesional se hubiera portado mucho mejor, no por nada, porque él sabe por donde cortar y con un solo golpe lo consigue, pero no se donde aprendieron estos, si es que aprendieron algo en la vida.

¡Bueno!, no voy a dar detalles del cómo, me parece de mala educación dar explicaciones tan…, pero con que sepan que, por una vez en mi vida, he estado en varios sitios a la vez creo que es bastante explicativo.

Del ¿Por qué?, pues, la verdad, yo siempre he sido un hombre tranquilo, nunca  me he metido con nadie, he respetado la opinión de los demás mientras la decían, he hecho caso de los consejos dados si me convenían, he ahorrado todo lo que me daban para poder tener una casa a las afueras con piscina y pista de tenis y tres coches,. Nunca, y eso sí que lo digo con orgullo ¡Nunca! He mordido la mano que me entregaba los sobres los primeros de mes a media noche ¡En definitiva!, salvo aquel pequeño problema que tuve con unos miembros de un sindicato. ¡Bah! Una discusión sin importancia que acabó rápidamente con el aislamiento de por vida en una celda del líder. Salvo aquello, no entiendo el motivo y la razón para que publicaran en el periódico: “Encontrado en varios lugares el cuerpo desmembrado del Capo de una de las familias mas sangrientas de la mafia”

¡En fin! Que la vida nunca nos da lo que merecemos, menos mal que está la muerte para solucionarlo. 

21 junio 2021

Las manos

Manos maestras empapan trozos de pollo en veneno macerado en aceite para acabar con las alimañas.


—¿Qué tal Manuel?

—¡Cagüen tó! —exclamó acercándose a la barra.

—¡Pero hombre! ¿Qué ocurre?

—¿Ocurrir…? Que un zorro entró, y se llevó por delante seis gallinas. ¡Cojones!

Al momento un cazador saca del morral media docena de conejos y tres aves dejándolos sobre la barra.

—¡Tío Paco! Aquí tienes unas piezas.

—¡Bravo! Se te dio bien la caza. Pero… Estas son…

—¿Qué? ¿Le vas a poner ascos?

—¡Está bien! Ahora lo paso a Petra para que lo cocine.


Petra sacaba una cazuela cuyo aroma anticipaba el placer del paladar. Los comensales hicieron honor al manjar rebañando los platos.

Al atardecer, el médico se personó en el bar pidiendo el conejo al ajillo que se había servido. Al no quedar ni rastro de él pidió una de las piezas no cocinadas.

—Todo lo que tenemos está…

—¡No me jodas Paco! Tengo a un hombre muerto y tres que la palmarán si no encuentro un remedio.

Petra, asustada, confiesa que cocinó unas aves junto con el conejo.

—¿Aves? ¿Qué clase de aves?

—Martinetas. 


Manos asesinas, temblorosas, recogen ocultas el veneno macerado, mientras que recuerda con agobio equivocar el aceite.

14 junio 2021

Recuerdos

Ayer el cartero me trajo un paquete sin remitente. Lo abrí, y descubrí un álbum de fotos. Cada una de ellas provocaba recuerdos que alimentaban mi mente de historias, y mis ojos de lágrimas.

Cada imagen una lágrima, cada lágrima un suspiro, cada suspiro unas ganas locas de retroceder años.

Mi perro, muy atento siempre a todo lo que yo digo o hago, estaba con sus patitas sobre mis piernas gimiendo al verme llorar.

Los recuerdos se alían con la mente y con el corazón, y el deseo de volver se hace patente.

Cerré el álbum y me invadió la necesidad de saber de todos ellos. Busqué con ansiedad entre cajones encontrando un viejo listín de teléfonos.

Cada llamada una desilusión, cada pregunta una respuesta negativa. El desánimo comenzaba a invadirme. Pasaron dos horas antes de que al otro lado del auricular alguien me contestara con algo de esperanza.

—Buenas tardes, perdone que le moleste, pero estoy buscando a…

—¿Jaime? ¿Eres tú?

—Sí —reconocí su voz— ¿Andresito?

—¡Síííí! Qué alegría que me llames. Ahora mismo estaba pensando en llamar a toda la panda. Tengo un álbum de fotos que me está haciendo llorar como un niño.

¡Caramba!, pensé, y sin saber porqué realicé una pregunta.

—¿Qué aspecto tiene el álbum que estás viendo?

—No sé por qué me preguntas eso —hizo una pausa—, pero siempre has sido un poco rarito. Verás, tiene un tamaño folio, con tapas de color rojo, con hojas adhesivas donde están las fotos. Por cierto, es curioso, porque la primera foto precisamente fue la última que yo recuerdo haber hecho, es…

—De un grupo de muchachos sobre el capó de un coche grande. Tú y yo estamos de pie apoyados espalda con espalda.

—¡Sí! ¿Cómo lo sabes?

—Porque yo tengo el mismo álbum.

—No puede ser, si este lo he encontrado en mi desván hoy mismo, y creo recordar que mi padre solo hizo uno.

La conversación no duró mucho, pero antes de colgar el teléfono Andresito me propuso vernos al día siguiente en el bar donde nos reuníamos los sábados por la noche, a lo que accedí.

Cuando colgué el teléfono volví a ver las fotos del álbum. Un escalofrío me recorrió la espalda al ver en la última página una esquela que indicaba la muerte de Andresito el año pasado.

03 mayo 2021

El alpinista y la montaña


El alpinista vela sus armas la noche anterior al comienzo de la desgracia. Desde su campo base puede ver cómo la luna ilumina su enemigo. El viento le hace llegar su mensaje. “ Ven, te estoy esperando”.

Los ocho mil metros de envergadura se levantan desafiantes. Nunca antes se había dominado ese coloso majestuoso, amenazador e invencible.

El alpinista observa la cumbre repasando su estrategia. Mentalmente recorre la ruta decidida, paso a paso va ganando terreno y consiguiendo altura, dominando su presa, hasta llegar a la cima y clavar en sus carnes la bandera de su victoria.

La noche pasó, la luz del sol volvió a la realidad sus pensamientos. Su corazón late con fuerza mientras recoge todos los instrumentos con los que torturará a su enemigo en su escalada, y el ánimo le grita: “Vamos”.

La montaña se prepara para recibir a su oponente. Los rayos del sol afianzan su piel pedregosa.

Comienza el combate. Él, en su avance espolea a su enemigo con clavos, que hunde en las pedreas carnes y va afianzando su posición. Ella aguanta la embestida, sabe que aún es pronto y le deja hacer.

El sol, aliado con la montaña infunde más vigor a sus rayos  provocando que las ropas del alpinista se empapen. 

—Tienes buenos aliados.

El viento ayuda a contestarle.

—Y tú mucha valentía.

El día se acaba, y poco a poco la Luna le indica que debe descansar para reponer fuerzas. El alpinista monta el campo uno, mientras su amiga le hace llegar una suave brisa. La montaña limpia sus heridas con el frescor de la noche, y prepara su defensa para la mañana siguiente.

Al amanecer el sol le apremia diciendo: “¡Arriba!”. Erguido y cargado con todo el material mira de frente a su enemigo al que le grita: “¡¿Preparado?!”. La montaña parece contestarle al creer oír un rugido en lo alto de la cima.

—Cuando quieras.

La mañana transcurre desgarrando a su adversario que aguanta firme sus embestidas. La respiración se entrecorta, los mareos se hacen mas intensos, el cuerpo comienza a deshidratarse, el cansancio hace su aparición, la altura amedrenta su cuerpo, e instala el campo dos. Los contendientes descansan.

—Lo conseguiré, te venceré y te doblegarás a muchos como yo.

El viento le hace llegar un sonido grave de desaprobación.

El amanecer aparece frío, con nubes bajas y preparando ventisca, pero él sigue con su ataque sin amedrentarse. La montaña comienza su estrategia y aprovechando la climatología da su primer golpe. Un alud interrumpe el avance y provoca que el alpinista se prepare para esquivar el embiste.

—¡Maldita sea!

La experiencia consigue soportar el golpe. Colgado, bien amarrado a la pared por las cuerdas pasa la noche.

El sol decide atacar lanzando sus rayos con fuerza, pero al alpinista, al contrario de lo que se esperaba, le dan fuerza para seguir haciendo mella en las pedreas carnes de su oponente, y consigue los siete mil metros. Los mareos se intensifican, respira con dificultad, sus movimientos se hacen lentos, su visión no es tan buena como al principio. El mal de altura comienza su efecto.

—Estoy atacando con mucha rapidez. Serénate.

 Decide descansar y monta su campo tres.

Durante la noche la montaña considera que ha llegado su momento, y lanza su siguiente ataque. Una ventisca obliga al experimentado montañero a poner en práctica todo su saber para aguantar la embestida.

En el interior de su tienda comprueba que el frío comienza a provocar síntomas de congelación. Recoge nieve, la hierve provocando así humedad caliente dentro de su habitáculo. Aplica paños a sus pies aliviando los síntomas y recuperándose.

Su enemigo ha ganado la primera batalla puesto que lo ha retrasado veinticuatro horas. Al alba, el montañero comprueba que puede ponerse en pie sin problemas, y decide encararse a la montaña para dar el paso final y llegar a la cumbre.

—¡Ja!, creías que me había rendido ¿Eh?.

La montaña al ver a su adversario recuperado lanza una feroz embestida. Aprovechando que el alpinista está colgando de sus cuerdas, provoca desprendimientos, el escalador reacciona balanceándose y esquivando las piedras, pero la inercia de su balanceo lo hace golpearse contra la pared y queda inconsciente. La montaña al verlo sin sentido relaja su ira.

—¡Ja ja ja! —parece oírse como un eco.

El alpinista recupera poco a poco el sentido y antes de que la montaña se percate se lanza con su último aliento. Sangrando y herido espolea con su piolet las carnes de la montaña. En un esfuerzo sobre humano consigue hacer cumbre.

Allí, en lo más alto clava con fuerza la bandera de su victoria, y lanzando un grito ensordecedor se proclama vencedor.

—¡Ah! Sí, lo conseguí.

La montaña enfurecida ante tal descalabro proyecta su venganza y espera.

Lleno de euforia el alpinista comienza el descenso. Sus gritos de victoria reverberan por toda la montaña. Un desprendimiento, un clavo mal calculado, un nudo descuidado, y la cuerda que lo sujeta se desprende. El alpinista sucumbe ante la más vil de las venganzas hundiéndose en un abismo cruel.

El montañero, en su caída libre a velocidad de vértigo, mantiene la mente fría, y con una sonrisa no para de gritar: « ¡Te vencí! ».

21 febrero 2021

La carta

En el edificio de correos hay un gran revuelo. En la era del email, una carta con su sobre y su sello apareció sin saber cómo.

Decenas de ojos la observan con asombro. Un empleado la recoge y lee en voz alta: «Jesús García. A recoger en carteria».

La pasaron por el escáner para descartar una bomba. 

Una mañana, apareció un niño dirigiéndose a la única ventanilla que permanecía abierta.

—Buenos días, vengo a recoger una carta.

—¿Cómo dices, niño?

—Me llamo Jesús García y quiero recoger una carta que es de mi propiedad.

Las risas llegaron hasta el despacho del director quien, con una sonrisa en los labios, se encaminó al vestíbulo para hablar con el niño.

—Perdona, ¿dices que tenemos una carta para ti?

—Así es.

—¿Y cómo sé que dices la verdad, tienes algún documento que te identifique?.

—No, pero si quiere mi carnet de Boy Scout.

—Lo siento niño, pero sólo a un adulto responsable le puedo entregar esa carta.

—Más lo siento yo, pues no esperaba esa respuesta de quién se enorgullece de entregar todas las cartas a sus destinatarios, y no solo a los adultos responsables.

Jesús García salió del edificio con su carta en la mano y con un silencio cortante detrás de él.

©Texto de Jesús García Lorenzo

12 febrero 2021

Quise

Quise escribir la novela mas bonita del mundo,

y salió un cuento.

Quise pintar el cuadro mas hermoso del mundo,

y equivoqué los colores.

Quise componer la canción mas pegadiza del mundo,

y acabé con la fiesta.

¡Ah! ¿Qué será de mi en este mundo?

07 febrero 2021

¡Pillado!

Un hombre de noventa años ingresa en la UCI sin vacunarse. A las pocas horas muere.


En la rueda de prensa el alcalde argumenta su excusa: « Quedaba una dosis y me preguntaron si quería vacunarme para no desperdiciarla, y contesté que sí ».

Al final de la sala el brazo de una becaria pedía permiso para preguntar, el alcalde se lo concedió.

—El mismo día que usted se vacunó un hombre, al que no vacunaron por acabarse las dosis, ingresó en la UCI muriendo horas mas tarde. Dígame señor alcalde. Como servidor público ¿Duerme bien?.

La becaria fue desalojada de la rueda de prensa.