30 octubre 2009

¿Dónde estás, Tenorio?

En estas fechas, que con más intensidad, recordamos a los que se fueron, va mi homenaje a su recuerdo.



¿Dónde estás, Tenorio?


Su mano temblorosa, limpia la foto que preside la lápida. Desde hace diez años, realiza la misma rutina sin faltar ni un solo lunes, su Herminia no se lo perdonaría. Ni ella, ni él, que para eso le juró amor eterno en su boda.

Cansado ocupa un banco que no dista mucho de la tumba. Allí, sentado, le cuenta sus cosas, como en casa al volver del trabajo, porque como él dice: “La vida es una rutina, y se la ve venir, hasta cuando se acaba”.

Esta tarde le vienen a la memoria tiempos pasados, aquellos en los que los dos juntos salían al escenario, e interpretaban sus papeles, « ¡Qué felices éramos, vivíamos tantas vidas!», le comenta pausadamente.

Las horas pasan muy de prisa cuando se está a gusto, pero la edad avanzada no es buena compañera del frio, y en noviembre ya lo hace, sobre todo al anochecer. El sol se pone en el cementerio, y Eusebio, muy a su pesar, debe retirarse. Se despide lanzando un beso al aire, como hace cada vez que viene a verla.

Paso a paso, sin prisas, se aleja de Herminia. Se para, mira a su alrededor, y se da cuenta que se ha perdido en aquel lugar tan grande.

—Todas las calles son iguales, ¿cómo no voy a perderme?—, se dice como un reproche.

Se decide por la más iluminada. Al pasar por una de las lápidas lee: “Juan Tenorio González”, una leve sonrisa ilumina su arrugada cara, unos pasos más adelante ve a un hombre junto a un nicho.

—Perdone, caballero —le dice con calma—, ¿podría indicarme la salida? Me he perdido.
— ¡No faltaba más! –Le contesta—, voy a hacer algo mejor si le apetece, le acompaño, yo aquí ya he terminado.

Los dos juntos recorren el lugar, mientras que hablan de cosas intrascendentes, hasta que el desconocido hace una pregunta directa: “¿Qué le parece a usted eso del halloween?”.

Eusebio lo mira con curiosidad, y después de un segundo de reflexión le contesta con una apología del daño que ha hecho a una tradición.

—Comparto su opinión —dice el acompañante—, yo también añoro aquellos tiempos en los que ir al teatro a ver a Don Juan, le daba sentido a esta noche. Parecía como si volvieras a nacer, como si todo…
— ¿Lo malo no hubiera ocurrido?
—Sí… —, susurró mientras esbozaba una sonrisa—, una sensación extraña.

Siguen camino. La conversación declina en la obra de Zorrilla. Repasan versos, interpretaciones, y ríen.

Llegan a una plaza. Eusebio está cansado, muy cansado, y le pide a su acompañante sentarse y descansar un rato, éste muy cordialmente accede. Sigue su conversación más entusiasta si cabe, llegando a interpretar gestos mientras recitan. Los dos, sin caer en ello, conocen los versos de memoria.

— ¡Aaah! ¿Dónde estás, Tenorio? —Eusebio suspira—, te quedaste entre los panteones de tus victimas, olvidado y relegado por disfraces y fiestas, que recuerdan más a los carnavales que a los difuntos.
—Así es, amigo mío, olvidado.
— ¡Por cierto! ¿Cuál es su nombre? Llevamos un buen rato hablando y no sé cómo llamarle.
—Me llamo Juan –dice el desconocido.
—Encantado. ¡Bueno! Vamos hacia la salida que ya debe ser tarde y hace frio.
—No Eusebio, esta noche la pasaremos juntos, aquí, entre estos muros, recordando.
— ¿Pero, qué dice? ¡Vamos, hombre! Vámonos a casa.

De pronto aparece en escena el vigilante del cementerio, que cruzando la plaza sigue camino sin hacerles caso. Eusebio lo llama. El vigilante continua perdiéndose entre la oscuridad de una de las calles.

—Ni te ve, ni te oye.

A lo lejos se escucha un cántico. Eusebio mira y solo distingue la luz de un quinqué. Da unos pasos que son detenidos por la voz de su compañero.

—Vienen hacia aquí para reunirse con nosotros.
— ¿Nosotros, Por qué?
—Porque son La Santa Compaña, y todas las noches de difuntos recogen a Don Juan Tenorio, y a su acompañante.

21 octubre 2009

El primero de noviembre

Llega noviembre con su noche de difuntos, con su día de “Todos los Santos” y su “Halloween”, que ha viajado más que willy fog, de Europa al norte de América, pasando por el sur, el lejano oriente, y volver a su lugar de origen disfrazado, maquillado y algo loco.

En España, de toda la vida, como se suele decir, ha predominado los pastelitos en forma de huesos, “huesitos de santos” se les llama, la visita al cementerio, y la representación teatral: “Don Juan Tenorio”, de José Zorrilla.

Los que somos de la quinta del siglo pasado, recordamos aún aquellas representaciones televisivas, donde se esperaba con auténtico interés, pues las calles se quedaban vacías, para ver a la actriz que daría vida a Doña Inés, y al galán que la enamoraría en la escena del sofá. Era la época de series que recogían en el hogar a toda la familia, como la del aquel esclavo que quería ser libre, o la de dos policías jóvenes con su coche rojo atravesado por una raya blanca.

Fiesta de Todos los Santos. Llena de muerte, recuerdos, dulces de mazapán y amor escénico. Un cóctel de contradicciones bajo un tópico, el respeto. Respeto por los muertos, por la Muerte, por la vida y los vivos.

¿Y qué ha pasado? Pues está claro, la vida cambia, las costumbres también, degenerando, si se puede decir así, en diversión a costa del Miedo y de todo lo que le rodea. Dicen que el que no se adapta a los cambios muere como consecuencia de ellos.

Pero qué bonito sería ver de nuevo a Don Juan en un duelo a muerte con Don Luis, o sentir como tiembla cuando la Santa Compaña se desliza por el escenario en su busca, o como se deshace de amor Doña Inés con los versos, que el rufián del Tenorio le recita al oído. Y volver a degustar, acompañado con una copita de licor, los huesos de santo.

Conocer como muere una tradición es triste, pero observar como se olvida es peor.

Por eso, desde aquí, revindico a Don Juan Tenorio, que a pesar de su machismo y de su mal ejemplo, sigue enamorando con sus versos.

¿Qué mujer, de las de hoy, no se rendiría? Si le susurraran: “...no es verdad, paloma mía...”, “...ángel de amor...” Sobre todo cuando se descubre que al final todo es verdadero amor.

Llega noviembre con su halloween…

14 octubre 2009

Las vacaciones II

Algunos estarías esperando la segunda perte de "Las vacaciones", otros no, pero para unos y para otros os la dejo.


Las vacaciones II


Después de la experiencia con los santos monjes y asqueado de tanta fiesta y borrachera, quise probar otra forma de pasar las vacaciones.

Gracias a que uno es deportista, y físicamente completo, vi la oportunidad de ocupar la plaza de socorrista en una piscina. Y al mismo tiempo recuperar algo del dinero gastado en tanta juerga.

Pasé las pruebas pertinentes y me presenté en mi sitio, dispuesto para vigilar a machitos y admirar esculturales jovencitas. ¿Mi misión? ¡Relax!, tomar el sol, y ligar si se terciara. Para ello estrené un bañador algo…, ajustado y de color rojo –por lo de llamar la atención al lugar… ¿Correcto?—, gafas de sol, gorra, y mi frasco de crema, que da distinción y evita quemaduras. Todo estaba preparado.

¿La piscina? ¡Grande, muy grande! Pertenecía a un hotel, por lo tanto era privada. ¿Mi primera sorpresa? Pocas toallas y muy desperdigadas, ocupadas por señoras tomando el sol, que a juzgar por las arrugas deberían ser de la cuarta, quinta o ¡vaya usted a saber qué edad!

¿El primer día? ¡Tranquilidad absoluta!, la piscina intacta, transparente, ¡pero claro! La humedad aumenta los rizos, y aquellas pasas no estaban para fruncirse más. Las amables ancianas no hicieron otra cosa que preguntar por mi estado de salud. ¡Cosas de viejecitas!

Al día siguiente estaba limpiando la piscina—, con otro bañador, tipo vigilantes de la playa—, cuando aparecieron las ancianitas del día anterior acompañadas por unas cuantas amigas, todas de la misma arruga más o menos. Muy amables ellas, e interesadas en saber cosas sobre mi labor. “¿Ha salvado muchas vidas?”; “¿Sabe hacer el boca a boca?”.

Las más atrevidas me perseguían con preguntas un poco… “¿Tiene el paquete… De salvamento preparado?”; “¿me pone crema?”.

O las oía comentar sin pudor. “Es muy joven. ¿No?”; “¡Uy! Casi podría ser tu nieto, sólo casi”; “el otro bañador le sentaba mejor”.

A cada paso que daba una u otra tenía alguna pregunta. ¡Y el agua sin tocar! Cuando llegó la hora de comer me acerqué a ellas para decirles que la piscina se cerraba durante tres horas. «Cuando se vayan me daré un bañito antes de la comida». Pensé. ¡Já,já! ¡A rastras tuve que sacarlas!

Aún no había terminado mi almuerzo cuando mi jefe me indicó que en la entrada a la piscina había clientas pidiendo que se abriera. “Come aprisa y abre”. “¿Y mi descanso?”, repliqué. “¡Anda que te dan trabajo esas señoras!”. Con la comida en la garganta fui a mi puesto.

Como medida de precaución, por aquello de los cortes de digestión, me senté en el borde de la piscina con los pies en el agua. ¡Grave error! En pocos instantes estaban todas dentro, rodeándome e intentando que me echara.

“Tírate, no tengas miedo yo te cojo”.
“Me estoy mareando, ayúdame”.
“¿Cómo es el boca a boca?”.
¡Vaya tarde! Larga como la piscina.

Al tercer día las viejecitas acudieron en masa. ¡Vamos que en el hotel no quedaba una! Algunas se atrevieron hasta con biquini, pero no uno normal. ¡No! Uno de esos mini, mini. ¡Dios mío!

Esa mañana el sol quemaba con más fuerza que otros. Como verdaderas gambas se pusieron algunas. ¡No daba abasto! Hay que ver que manías tenían algunas de ellas. Se quitaban la parte de arriba para evitar rayas, ¡señor! Y pretendían que les pusiera crema en las… ¡Bueno!, lo que quedaba de ellas.

Esa mañana sí, el agua se estrenó. Desde el primer momento se tiraron a la piscina. ¡Señor, qué sueldo más bien ganado! Y digo yo. ¿Si no saben nadar por qué se tiran donde más cubre? Cuándo conseguía llevarlas donde hacían pie me rodeaban, me manoseaban, me pedían que les hiciera el boca a boca. ¡Y hasta me…! ¡Pero, señora!

Lo peor fue cuando aparecieron sus maridos. ¡Bueno, las que aún lo conservaban! Ellos no dejaban de observarme vigilantes, atentos a todos mis movimientos. Mientras que ellas, con el morro torcido, no hacían más que preguntarles con sorna si esa mañana no jugaban la partida. Las otras, las solitarias, fueron las que organizaron el motivo de mi despido.

“Soy viuda, ¿sabe?”; “yo divorciada”; “¿me ve alguna raya?”.

Lo peor comenzó cuando una de ellas se me abalanzó. “¡Hay hijo, te vas a quemar! ¿Te pongo crema?”.

Y digo lo peor porque las demás empezaron una guerra por la que es difícil mediar. “¡Atrevida!”; “¡buscona!”; “¡guarra!”; “¡vieja!”; “¡tápate esos colgajos, asquerosa!”.

Me gané el sueldo, ¡y un ojo morado! En medio del alboroto que se organizó, e intentando separar aquellas fieras, uno de los maridos me acusó de meterle mano a su mujer, y lo hizo ayudado por los otros. Mientras, ellas gritaban para que me dejaran, al tiempo que los golpeaban.

Acabamos todos dentro del agua. Yo intentando huir, los hombres queriendo darme caza, y las viejecitas peleándose entre ellas. ¡Nunca aquella piscina estuvo tan llena!

Con mi finiquito y mi carta de despido en la mano, me marché. Pero antes quise pasar por la puerta de la piscina para; de alguna manera, despedirme. ¡Y la vi! Hermosa, esbelta, reluciente, limpia, intacta y con el agua transparente, llena a rebosar por todos los viejecitos del hotel, que no dejaban en paz a mi sustituta, a quien le faltaban manos para apartar las que se lanzaban sobre ella. Sonreí, y me marché pensando en qué ocupar el tiempo que me quedaba de vacaciones. Pero eso es motivo para otra historia.

02 octubre 2009

La joven del oboe

El siguiente relato está dedicado a una amiga que hace ya un año me contó sus aventuras en un país afortunado.


La joven del oboe



Los violines iniciaron con un pianísimo el primer movimiento de la sexta sinfonía “La pastoral”.

La música llegaba a sus oídos destapando sensaciones casi olvidadas. Una nota, luego otra nota. Paso a paso se transportaba al lugar idílico ideado por el autor. Cerró los ojos mientras la melodía le rodeaba invadiendo muy lentamente su ser.

El vello de los brazos se le erizó, su cuerpo tembló, y ya no importó como había conseguido llegar a la butaca del último piso superior de La Berliner Philharmonie.

Cuatro horas antes en el metro de Berlín había leído un cartel que anunciaba un concierto de la Sinfónica de Berlín esa misma noche. En la soledad de su habitación no dejó de pensar en los deseos de presenciar ese concierto, pero su economía no se lo permitía, y una entrada de aquel palacio de la música acabaría con la pensión o alguna comida, al menos durante un tiempo.

La vuelta a España sería en tres semanas y no quería irse sin haber escuchado a la Filarmónica de Berlín en directo. De pronto se dijo: « ¿Y por qué no?», miró su reloj, revisó el armario, y cogió el único vestido negro y largo que tenía, ni corta ni perezosa se lo enfundó, se calzó sus mejores zapatos, y con el estuche de su oboe salió como una exhalación en dirección a la sala de conciertos.

El chal que llevaba sobre los hombros no le preservaba demasiado del frío de la noche, pero no le importó, se le había ocurrido una forma de estar allí y nada iba a estropearlo.

Por fin llegó a La Berliner Philharmonie. Ante ella se alzaba una edificación moderna y extraña pero majestuosa e impresionante. Decidida en su propósito se dirigió con paso firme a la entrada de artistas en el lateral del edificio. El corazón le palpitaba fuerte y rápido.

Se paró en seco cuando vió congregados a todos los músicos de la orquesta esperando entrar. Intentó ocultarse en la oscuridad y esperar el momento.

— ¡María!
— ¡Ernesto! —su voz fue más de asombro que de alegría.

Ernesto fue un compañero de conservatorio que tuvo la gran suerte de poder viajar a Alemania para realizar un máster.

— ¿Tocas en la…?
—Sí, toco en la filarmónica desde hace un año, pero… ¿Qué haces aquí, y con el oboe?

Le contó sin detalles que había llegado a Berlín dos meses atrás con la intención de conseguir tomar clases de oboe, y perfeccionar así su técnica. Pero al verla temblar de frío Ernesto se interesó más por el motivo que le había llevado a aquel lugar. María se sintió descubierta, le contó que pretendía colarse para oír el concierto, él quedó pensativo, miró la puerta de artistas ya abierta y tras un breve silencio le dijo que le acompañara.

La cogió del brazo y casi arrastras la llevó en dirección a uno de los profesores de la orquesta. Cuándo Ernesto lo llamó María se quedó paralizada, él la soltó y se dirigió al profesor. Duró muy poco su conversación. Ernesto volvió junto a ella y se encaminaron hacia la puerta.

— ¿Nombre?

Al vigilante le quedaban pocos minutos para terminar su turno por lo que su pregunta era más de prisa que de averiguación. Buscó en la lista el nombre de Ernesto.

— ¿Viola?
—Así es.
— ¿Y ella?
—El profesor Hicthelcar… —Hizo una pausa buscando en su mente algo que satisfacer la curiosidad germana.
— ¡Ah! Hicthelcar, sí, ¿su alumna, no? Pase.

Los dos intentaron no mostrar sorpresa y entraron lo más rápido posible. Ella le preguntó qué le había contado al profesor, él le dijo que simplemente le pidió el favor de que la escuchara tocar. Era lo último que se esperaba ella.

— ¿Y qué dijo?
—Mañana te espera. Nos vemos aquí en esta puerta y te acompañaré. Ahora mira, por aquel pasillo encontrarás unas escaleras que te llevarán al los últimos pisos, intenta pasar desapercibida y siéntate en el primer lugar que encuentres.

Le dio las gracias y se dirigió camino de los pisos superiores. Aquello parecía un laberinto, tomó una decisión y se dirigió a un pasillo donde se encontró con una señorita que indicaba a los asistentes por la puerta que debían entrar para acomodarse, María se sintió descubierta y para evitarla entró por la primera que vió abierta, se sentó en una butaca y esperó. Al poco tiempo vió asomarse a la acomodadora con signos de buscar a alguien, se levantó lo más cautelosa posible y salió.

Subió por otras escaleras huyendo de la azafata y llegó a otro lugar donde encontró a una pareja de ancianos que esperaban en aquel pasillo enmoquetado, se puso a hablar con la pareja como si los conociera de toda la vida y así evitar que le pidieran la entrada. Sonó un timbre, se despidió, y entró rápidamente justo en el momento en que las luces se apagaron y las puertas se cerraron. Casi a tientas encontró un lugar donde sentarse. Cuando el escenario se iluminó se quedó sin habla al ver que estaba situada justo en medio.

El cuarto movimiento describía la tormenta, su mano en un impulso mecánico marcaba el compás. Un clarinete y un trombón indicaban el final del aguacero en el quinto movimiento, y junto con los violines anunciaban la salida del sol. María derramaba lágrimas ante tan perfecta interpretación.

A la semana los padres de María recibieron una carta, en ella con entusiasmo contaba que había conseguido tomar clases con un profesor de la filarmónica de Berlín, y que gracias a una suplencia tocaba en una orquesta.

25 septiembre 2009

Criticad, y hacerlo sin piedad.

Sí. Habeis leído bien. Hay muchos lectores de este blog que nunca han dejado un comentario por no querer ofender, otros por no merecer la pena decir la verdad, y los últimos no han pasado de la segunda línea.

¡Pues, bien! Os ofrezco con este relato la oportunidad de decir lo que pensais, prometo contestaros a todos(lo que no hago es que sea inmediatamente)y siempre aceptando vuestras críticas.

Ánimo y al toro.



El semáforo




«Querido lector. —Perdón por las confianzas— La historia que a continuación vas a leer tiene como protagonista tu imaginación, única y exclusivamente.»





Era una noche cerrada, sin luna. Solo la luz emitida por los faros, dejaba ver el camino y su defectuoso asfalto.

«No tenía que haber cogido este atajo», se recriminaba una y otra vez, intentando encontrar algún punto de referencia.

Su tendencia siempre impulsiva, le había obligado a localizar un buen itinerario, y ahorrar así kilómetros. Esa fue la razón por la que, hacía más de media hora que desvió su recorrido abandonando el seguro y llano pavimento, de la carretera nacional.

Por un instante observó un relámpago acompañado casi al instante, por el estruendo del trueno. «“¡Vaya!. Lo que faltaba, una tormenta”».

No se equivocó. Un goteo pertinaz cubrió el cristal. La visión se enturbió y sólo el funcionamiento de los limpiaparabrisas dejó ver el camino. El movimiento sincronizado del barrido de agua, alejó por unos instantes el mal talante producido por aquel asfalto degradado. Su mente reprodujo las imágenes de alborozo al volver con los suyos, después de unas semanas de viaje.

Siempre ocurría lo mismo. Sus hijos de ocho y diez años, abrazándole nerviosos, la alegría de su mujer al tenerlo otra vez en casa. Y su satisfacción de encontrarse en terreno familiar.

«¡Qué malo es ser viajante de comercio! Poca paga y siempre fuera de casa». Frases que siempre repetía cuando su memoria se inundaba de hogar.

Otro resplandor hizo que volviera a la realidad. Las gotas repiqueteaban sobre el cristal y tamborileaban sobre el coche con más intensidad.

Intentó aprovechar la iluminación que le proporcionaba la tormenta para averiguar su situación, pero la viveza del aguacero hacía imposible ver con claridad.

«¡Vaya por Dios! Paciencia Juan», pensó mientras saltaba en su asiento a causa de un bache.

Por un instante le pareció ver a lo lejos una luz. Agudizó su visión para cerciorarse que realmente había visto aquel resplandor.

¡Sí! ¡Era cierto! Había una luz allí delante. No la distinguía con claridad, pero su instinto le indicaba que debía dirigirse a ella con rapidez.

Apretó con fuerza el acelerador en su impulso de llegar cuanto antes. No le importó la humedad, el mal estado del camino, ni el peligro que corría al coger velocidad. Solo fijaba su atención en aquel punto donde habría un lugar habitado.

Podrían indicarle el camino e incluso telefonear a su casa. «¿Por qué no le haría caso a mi mujer con el teléfono móvil?». Pensó.

A medida que se acercaba iba creciendo su nerviosismo. A pocos metros pudo ver con claridad de qué se trataba.

Un semáforo. Su luz verde resaltaba con intensidad sobre el espacio que abarcaba. Su ánimo no se turbó, pensó que aquello era signo de civilización.

Cuando faltaban escasos metros para llegar, la luz cambió a rojo. Frenó con rapidez instintiva. Con tal fuerza apretó su pie el pedal que el coche le patinó.

Parado allí delante, comprobó que aquello era un paso a nivel sin guarda ni barrera. Le pareció extraño que aún quedaran en este país pasos de ferrocarril en esas condiciones, pero no dio más importancia al hecho.

Intentó encontrar algún indicio de civilización entre tanta extensión negruzca. No había nada, la oscuridad más allá del semáforo era intensa.

«¡Qué raro!». Pensó. «Quizás haya un apagón en el pueblo…». Le pareció lógico, y más en una noche tormentosa como aquella. No había nada por lo qué preocuparse, lo único que debía hacer era esperar a que el tren pasara. Luego el color verde le indicaría que podía continuar su camino.

La intensidad de la luz roja iluminaba toda la parte delantera e interior del vehículo. Podía ver con nitidez el aparato de radio que llevaba instalado. Intentó aprovechar aquella claridad y averiguar por qué no pudo poner en marcha aquel receptor unas horas antes.

«Tenía que haberme instalado hace tiempo uno de esos modernos con CD ¡En fin…!». Su resignación fue absoluta. Buscó en su bolsillo la cajetilla de tabaco y el encendedor. La llama iluminó con viveza el interior del coche, e inundó de humo el pequeño habitáculo.

Mientras respiraba aquel humo denso, pensó en lo primero que haría cuando llegara a casa. La ducha le parecía un placer de dioses. Las zapatillas y un vaso de licor frente al televisor, un regalo. Luego la cama, su cama, y no esas tablas de tortura que tienen los hostales, levantándote por la mañana con los riñones hechos polvo.

El tiempo pasaba sin darse cuenta. Abrió la ventanilla y lanzó lejos la colilla. Rápidamente subió el cristal al notar el frío del exterior, se frotó las manos, los ojos, y comprobó que la luz roja del semáforo seguía allí, dominando la oscuridad con prepotencia.

—¡Cuánto está tardando este tren en pasar! — dijo en voz alta con un suspiro desconsolador.

«Anda que RENFE también…». Aquel reproche era el primer signo de impaciencia. «¿Y si pasara? No se oye nada tampoco, igual me da tiempo a cruzar, esto está tan solitario que nadie me verá». Con este pensamiento puso la primera velocidad, cuando su pie iba camino del acelerador le invadió una duda. La duda.

«¿Y si resulta que aparece el tren cuando esté en medio? No, mejor será esperar». Colocó la palanca de cambios en punto muerto. Volvió a quejarse de su mala suerte.

Con un suspiro de resignación repitió el acto del fumador enturbiándose el recinto, obligándole a guiñar los ojos para evitar llorar. Pensó en el disgusto que cogería su mujer si lo viese fumando. En casa reprimía el vicio hasta la desesperación con tal de no tener bronca.

«¡Juraría haber oído un silbato! A ver si es el dichoso tren y sigo camino». Pero allí no aparecía nada, y mucho menos algo que se pareciera a una locomotora.

Una fría sensación recorrió su espalda. Se volvió con rapidez intentando averiguar si alguien andaba cerca del coche, no vio nada más que oscuridad.

«A ver si me dan un susto, ¡maldita sea!», pensó al tiempo que presionaba el seguro. Su estado empezaba a cambiar, el nerviosismo le invadía y tornó a preguntarse por la posibilidad de cruzar las vías. En esta ocasión la herramienta de la conciencia no actuó, al contrario, la prudencia hizo mutis por el foro. «No tiene porque pasar nada, si acelero y cruzo con rapidez…». Cada vez tenía el ánimo más dispuesto a intentarlo.

Apagó el cigarro en el cenicero con diligencia, se acomodó en su asiento, y se dispuso a cometer la infracción. Cogió la palanca de cambios con firmeza, colocó la primera velocidad, y presionó con seguridad el acelerador. Muy lentamente levantó el pie del embrague y el coche comenzó a moverse. La luz roja del semáforo recorrió el vehículo en su avance, éste remontó una pequeña pendiente e inició su andadura por encima de las vías.

Movimientos bruscos producidos por el desnivel, y el empedrado le obligaban a avanzar despacio y muy acelerado.

Cuando se encontraba en medio del paso a nivel, sintió un escalofrío. El instinto le hizo volver la cabeza a la derecha. Un gesto de horror le cubrió la cara. Vio con asombro como una luz intensa y cruel se aproximaba hacia él a gran velocidad.

Un reflejo de supervivencia le hizo apretar el acelerador a fondo, pero el empedrado, el desnivel y el nerviosismo hicieron que el motor se parara. En ese instante presintió algo a su izquierda. Su asombro fue total.

Otra luz gemela se le abalanzaba en el sentido contrario.

Su mano no acertaba a encontrar la llave de contacto. Miraba a un lado y a otro con horror mientras intentaba volver a poner el coche en marcha. Lo intentó una y otra vez, pero no lo conseguía.

Ante tal situación, intentó salir de aquel recinto de metal que tenía todas las posibilidades de convertirse en su ataúd. Sin perder de vista aquellas luces, palpó la manivela de la puerta. Su estado de máxima excitación, hizo que forzara aquella débil palanca y se rompiera, entonces lo vio todo claro. Iba a morir por lo que parecía un absurdo. Dos trenes circulando por la misma vía en dirección contraria y él en el medio.



«En este momento, el lector puede haber llegado a dos conclusiones. Que todo ha sido un sueño, o que el coche le responde en el último momento y se salva. En cualquier caso, predecible desde párrafos atrás.

»Sin embargo, querido lector. —Vuelvo a pedir perdón — La conclusión está en el protagonista de la historia. Tu imaginación. Pero te daré una pista.»




La tormenta cedió. La calma volvió a inundar la noche, y el semáforo tornó de la luz roja, a la luz verde.

La trampa, volvía a colocarse.

17 septiembre 2009

Diálogos

Una compañera del País Vasco, lanzó en su blog una propuesta. Realizar un ejercicio de diálogo en un texto donde todas las líneas comiencen con un guión, como ella dijo: “esto es, diálogo prácticamente puro.” Pues aquí está el mío.


Diálogos


—¡Mato!
—Eso no puede ser… Hombre.
—¿POR QUÉ?
—No chilles, por favor.
—¡YO GRITO LO QUE ME DA LA GANA!¿PASA ALGO?
—Pues pasa… ¡QUE NO ME GUSTA QUE ME GRITEN!
—¡AH, NOOO!
—¡NO!


—¿Qué ocurre?
—Nada, lo de siempre, ¡cuando se juega por dinero…!
—Pues tendrás que hacer algo. ¡Mira! Estás perdiendo clientela. ¡Mira, mira! Ya tienes dos menos.
—¡Me cagüen tó!
—¡Pero…! ¿Dónde vas con el garrote?


—¡SE ACABÓ! ¡AQUÍ NO GRITA NADIE MÁS QUE YO! ¿ESTÁ, CLARO?
—¡Bueno, bueno! Pero baja ese bastón. No volverá a ocurrir. ¿Verdad tú?
—Verdad.
—¡Vale! La próxima vez os tiro del bar. ¡Y SIN CONTEMPLACIONES, EH!


—¡Vaya! Ha surtido efecto. Si ya no golpean las fichas sobre la mesa, las dejan con cuidado. ¡Ya veremos mañana!
—¿Mañana? Veremos si entran en el bar.
—¡Calma, hombre! Que son buenos clientes. Mañana nada más entrar, les pones los puntos sobre las íes y ya está.
—¿Tú… Crees?
—Sí, hombre sí, ¡Ya verás!
—¡Bueno!, ¡Hale, tú a la cocina, que de todo esto ya me encargo yo!
—¡Será… Posible! Una intenta ayudar y mira como le pagan.
—¡Que te oigo! Aunque hables bajito.

03 septiembre 2009

El genio

Cuentan que Beethoven escribió a su hermano pidiéndole dinero, éste le contestó negándoselo y recriminándole su faceta de músico, y firmando:”Tu hermano, el abogado”. A lo que Beethoven respondió a sus galanterías firmando: “Tu hermano, el genio”.


El genio



Llorar, notar anudada la garganta, creer alcanzar el cielo al oír una melodía. Sentirse vivo. En esas ocasiones es totalmente indiferente el sexo y la edad.

Quebrar el silencio con breves y fugaces notas. Volverlo a romper con maestría extrema hasta el éxtasis.

El compositor oye en su corazón la orquestación, navegando por las líneas del pentagrama. Olas por las que surcarán las barcas blancas y negras, que impulsadas por el sentimiento, llevan al navegante al lugar más recóndito jamás imaginado.



Su dedo pulsó la tecla del piano. No brotó sonido alguno. Volvió a pulsarla con fuerza. Nada.

Con celeridad fue a la mesa. Lanzó su mano sobre la madera, y sólo sintió dolor, pero ningún ruido.

La angustia y el desasosiego se apoderaron de él. Dio una palmada frente a su cara. Silencio.



Jaime acudió al conservatorio como todos los días. Esa tarde tocaba clase de “Historia de la música”.

—Hoy hablaremos de un compositor que escribió el periodo del clasicismo e inicio del romanticismo con notas de oro, ¿quién podría decirme…? ¡Jaime!.
—Ludwig van Beethoven.
—Muy bien, ¿qué instrumento toca? ¡No me lo diga! —. Dijo con un gesto teatral—. El piano, seguro.
—Sí —contestó Jaime sin bajar la guardia.
—¿Podría deleitarnos con alguna anécdota de su compositor favorito ¿Porque lo es, no?
—Uno de ellos, sí. —Ante el gesto del profesor continuó —.Tuvo un fugaz encuentro con Mozart y este dijo a quienes les rodeaban, "recuerden su nombre, este joven hará hablar al mundo". Beethoven contaba dieciocho años.
—¡Le he pedido una anécdota, no una leyenda! Es cierto que hubo un encuentro, pero de ahí a que Mozart dijera de Beethoven… ¡No, señor mío! Aquí no valen historias de bar.



Encerrado en el silencio, cárcel amarga, descubrió que su mente y su corazón oían la nota escrita sobre el papel pautado. Pasaba de pentagrama en pentagrama dibujando notas para cada instrumento, que luego en su conjunto haría estremecer al corazón.

Días de obsesión y noches de trabajo. Así nació una sinfonía.



En la clase de piano Jaime repentizaba una obra de Mozart. Su profesor, exultante, apagó el metrónomo con cuidado, aprovechando el paso de la página.

Al terminar, en el aula sonó un aplauso.

—¡Vaya! Veo que el piano se le da mejor que la historia. —Y haciendo caso omiso del profesor de piano, continuó —sin conocer su vida y cómo la vivió, tocará su música, pero no la interpretará.



La obra estaba terminada. Comenzó a leerla Da Capo. El primer movimiento le produjo escalofríos, en el segundo las lágrimas impidieron su lectura. El tercero lo desplomó sobre una silla, exhausto. «¡Oh, muerte fatal! Ya puedes venir», pensó.



Jaime solicitó una reunión con el profesor de historia.

—¿Por qué? —Jaime empleó un tono que no cabía lugar a dudas.
—¿Se refiere a por qué le he puesto matrícula, o a por qué no le he suspendido? —.La cara de Jaime manifestó confusión —.El día que le vi tocar el piano, supe que era usted brillante. Algo pedante, pero excepcional. Sabe ponerse en la piel del compositor y sentir lo que sintió. Por qué, cómo y cuándo. Quizá su carrera se trunque por algún otro motivo, pero no por el de interpretar. Si alguna vez decide crear música, ¡hágalo con el corazón! Sólo así comprenderá los años pasados en el conservatorio. ¡Y ahora déjeme que tengo mucho trabajo!



El director levantó los brazos. Los músicos atentos. Cuando se marcó el primer tiempo, la música brotó y recorrió cada rincón de la sala, invadiendo el espacio.

Lágrimas, nudos en gargantas que impedían hasta el respirar, éxtasis.

Cuando la orquesta terminó, los aplausos atronadores, febriles y entusiastas, sustituyeron a la música.

Jaime, en completa soledad auditiva, derramó todo su ser por los ojos. El público le devolvió aquellos sentimientos olvidados y despertados por su sinfonía.

Al día siguiente en clase de historia de la música, escribió en el encerado: “Mi nombre es Jaime, soy su profesor y estoy sordo”. Se apartó. Miró a sus alumnos cuyas caras reflejaban asombro y les dijo: “No se equivoquen, su condición auditiva no les hará mejores músicos. El saber el porqué, el cómo, el dónde, cuándo su compositor favorito hizo o deshizo, eso sí. Y sonrió.