21 noviembre 2021

El funeral


—Todo esto me parece una parafernalia difícil de creer.

—¿Por qué?

—¡¿Pero es que no lo ves?! Jamás hubiera pensado que un día como hoy lloraría tanta gente. Es más. Creo que la mayoría está fingiendo. Habría que buscar a quién está pagando tanta plañidera.

—¡No seas tan desconfiado!, También hay hombres llorando y no creo que…

—¿Qué ocurre, no pueden existir plañideros? Además no conozco a la mayoría.

—¡Ah! ¿Y eso les hace parecer falsos?

—¡No seas absurda!, lo que ocurre es que nunca los había visto con ese… ¡Sofocón!

—¿Por eso fingen?

—¿Me tomas el pelo? —le dijo mientras le miraba a esos ojos inexistentes—Imagino que a lo largo de los muchos años que tienes te habrás encontrado con más de un plañidero.

—Así es—dijo con una sonrisa en la cara—, los he visto.

—¡Basta, por favor! El ser tú la causante de todo esto ni te da derecho, ni me gusta, ni me parece apropiado sonreír en mi funeral.

Y se fueron los dos a ese lugar que sólo los que la han visto saben.


© Jesús García Lorenzo

17 noviembre 2021

Remordimiento

—¿Por qué lloras niña?

—Porque mi amor se va en aquel barco queriendo hacer fortuna para poder casarnos.

—¿Acaso no le quieres pobre?

—¡Claro que sí!

—¿Y lo has dejado marchar?

La gaviota abriendo sus plumas al viento se elevó repitiendo: “Dejado marchar…, dejado marchar…”

Las lágrimas de la niña se amontonaron en sus ojos con más intensidad.


 © Jesús García Lorenzo

07 noviembre 2021

La salvadora

El barco que me llevaba desde la isla de Tenerife a Madeira era uno de esos ferrys adecuados para trayectos cortos pero aún así cómodos. La travesía, que no duró más de doce horas, estuvo amenizada por historias que pondrían los pelos de punta al mas valiente. Relatos macabros cuyos personajes eran contrabandistas y piratas que merodeaban el islote de Porto Sol, mi destino. Porto Sol está situado a trescientas millas marinas al norte de Madeira. En la actualidad cuenta con una población de unos mil habitantes y, según algunos viajeros, no ofrece mucho interés, opinión que se alejaba de las historias contadas por la tripulación, donde se hablaba de grutas horadadas por el mar, albergando barcos pequeños y rápidos, embarcaciones que permitían jugar al gato y al ratón con los galeones españoles y portugueses.

El motivo de que fuera yo, director del departamento en Tenerife, quien debía entregar el contenido del portafolio y no algún miembro de la oficina que mi empresa tiene en la isla de Madeira, no era otro que la exigencia del destinatario. Al parecer no se fiaba de nadie de la isla. En fin, gente extravagante siempre ha existido. Recibí el portafolio y las instrucciones, y decidí colgarme al cuello la llave, disimulándola bajo la camisa. Pero lo que más me preocupaba era tener ese dichoso maletín esposado a mi muñeca. Oí que no dudaron en cortarle la mano a un portador. Me horrorizaba que pudiera pasarme algo así, por lo que lo llevaba abrazado a mi cuerpo intentando ocultar el metal que me unía a él. 

Al aproximarnos a Porto Sol una sensación extraña me invadió al distinguir las grutas donde los piratas esperaban para saltar sobre su presa. Vi acercarse, veloz, una goleta. Quedé sin habla. El grito de «¡Piratas!», de los marinos de nuestro barco, hizo que no mirara por dónde andaba y tras un tropiezo acabé arrodillado en la cubierta casi en posición de súplica de piedad. Me avergoncé al oír la explicación dada por los altavoces, todo era una representación para turistas, y los piratas meros actores.

Una vez llegamos a puerto vi atracada una goleta parecida a la que nos intentó abordar. Gracias a mi afición a las maquetas de barcos antiguos pude clasificarla como una goleta del siglo XVIII. Me acerqué movido por la curiosidad. Anduve admirando su mascarón de proa formado por una mujer con el torso desnudo y una mirada terrorífica, sus dos palos inclinados hacia atrás que recogían el velamen de cuchillo, y la madera, ¡qué hermosura! Tan interesado me vieron los oficiales de cubierta que me invitaron, en un portugués con acento español, a subir a bordo. Rechacé amistosamente la invitación pues tenía un deber que cumplir y no podía distraerme de mis obligaciones.

Me dirigí a la oficina de información turística con la intención de averiguar dónde se encontraba el lugar de mi destino. La casa, a las afueras de la ciudad, parecía acogedora. La rodeaba una cerca de madera a la que le hubiera venido muy bien una mano de pintura. El jardín, o lo que quedaba de él, estaba descuidado. El pino que ocupaba gran parte del espacio era el único ser vegetal que rebosaba vida. La pinocha crujió bajo mis pies mientras recorría el trayecto entre la valla y la puerta de entrada. Cuando llegué a la puerta busqué el timbre, pero solo hallé una cuerda que imaginé suplía a la cadena original, y al tirar de ella sonó una campana.

Una mujer de mediana estatura, con moño y vestida del mismo color negro que su pelo, me abrió la puerta. No dijo nada, se quedó esperando que yo hablara. Manifesté mi deseo de ver al dueño de la casa.

—El señor no está en este momento. Vuelva más tarde.

Quedé algo sorprendido porque la mujer cerró con rapidez la puerta sin darme la oportunidad de explicar quién era yo y lo que quería. Volví a tirar de la cuerda pero no obtuve respuesta.

Ante aquello decidí encontrar un lugar donde alojarme esa noche y regresar al día siguiente. Así que, abrazado al portafolio con mi brazo izquierdo y con mi pequeña maleta en la mano derecha, emprendí mi camino a la ciudad.

Después de haber andado una media hora, un coche paró y su conductor, bajando la ventanilla, preguntó si estaba buscando a Armando Fuentes. Me pareció extraña su suposición pero le contesté afirmativamente y él, muy amable, me dijo que era su administrador, invitándome a subir al vehículo.

Así que de nuevo me vi camino hacia la casa. El hombre se identificó como el señor Lompau y manifestó que me esperaban dos días antes; le expliqué que de Tenerife salí con retraso y luego en la isla de Madeira me costó encontrar un barco para llegar a Porto Sol.

—No me sorprende, nadie quiere acercarse a esta isla.

Sorprendido, le pregunté el motivo.

—Al parecer corre el rumor desde hace unos… cien años, que los contrabandistas muertos el día de San Juan matan a todos los forasteros…

—¿Cómo?

El coche paró frente a la casa y el señor Lompau, sin apagar el motor, me contó que hacía dos siglos, en una noche de San Juan, los contrabandistas y piratas que se cobijaban en la isla fueron arrestados por las fuerzas portuguesas. Los condenaron a muerte, y fueron ahorcados en las playas que bordean la isla. Allí los dejaron, bien a la vista, para que sirvieran de escarmiento y aviso. Sentí un escalofrío al oírle contar la historia con todos sus detalles más escabrosos.

—Aquella noche había luna llena —continuó—, y siempre que la hay salen a la caza del forastero.

En ese momento vi la puerta de la casa abrirse y en ella esperaba la mujer que me había atendido anteriormente. Sentí inquietud al observar cómo sus ojos me seguían mientras pasaba a su lado ingresando en la casa.

Una vez en la biblioteca el señor Lompau me pidió que le entregara el maletín, pero me negué, pues tenía órdenes expresas de dárselo en mano al destinatario. En un tono que me pareció poco sincero me dijo que lo comprendía, y sonriendo se acercó a una de las esquinas de la habitación y, con un leve estirón de una cuerda que colgaba del techo, llamó haciendo sonar una campanilla. Apareció de nuevo la señora vestida de negro. El administrador me invitó a pasar la noche en la casa, y le indicó a Adela que me acompañara a mi habitación. Al negarme amablemente a aceptar su hospitalidad, y mostrar mi intención de volver a la ciudad, me dijo que no podía deambular por ahí solo.

—¿Por qué?—pregunté, curioso.

—Porque esta noche hay luna llena.

No reí, ni siquiera sonreí, y enmudecido acepté su invitación con un movimiento de cabeza. 

Una cama con dosel y un armario victoriano ocupaban la mayor parte de la habitación. Me acomodé. Después de lavarme un poco, busqué un lugar donde guardar o quizá esconder el maletín; porque todo el contenido era importante y no podía dejarlo encima de la cama sin más. Sentí alivio al quitarme las esposas. Bajé a la biblioteca donde el señor Lompau me esperaba con un vaso de whisky que me ofreció para, según él, hacer más corto el momento hasta la cena. Mientras saboreábamos la bebida, le pregunté si realmente creía esas historias de los contrabandistas. Con una gran sonrisa me dijo que sí.

—De hecho usted también. Dígame si no por qué ha aceptado mi invitación de quedarse esta noche.

—Comodidad, intriga y por la posible dificultad que tendría en encontrar un alojamiento.

—Ja, ja, ja. —Su carcajada pareció retumbar por toda la casa—. Y miedo, amigo mío, ¡reconózcalo!

Entre risas lo reconocí y, como si le hubiera dado permiso, comenzó a contar historias de noches de luna llena. Escalofriantes y misteriosas.

La velada transcurrió con las viejas historias del señor Lompau, y cuando el reloj de pared que había en un rincón del salón dio las doce decidí retirarme.

—Que pase una buena noche.

Subí la escalera despacio y al llegar a mi habitación me detuve a observar el interior, sin entrar. Los cuentos de mi anfitrión habían hecho mella en mí.

El sol entró por la ventana con tal fuerza que consiguió despertarme. «Bueno… —me dije— al parecer sigo vivo.» Me aseé y bajé al comedor para desayunar. Estaba ya avanzada la mañana cuando el señor Fuentes llegó a la casa. Un hombre alto, enjuto y con una abundante barba. Impecablemente vestido a pesar de que venía de un viaje largo y pesado, según me contaría luego. Hizo salir a su administrador de la biblioteca para que nos quedáramos solos y poder así hacerle entrega del maletín. Me explicó que había exigido la presencia de un cargo representativo de la empresa que no fuera de la isla de Madeira, debido a los problemas habidos la vez anterior. Cuando me desencadené del portafolio sentí el alivio del preso el primer día de libertad, sobre todo al deshacerme de las esposas. Una vez revisado, concienzudamente he de decir, el contenido, y quedar satisfecho, me invitó a una copita de oporto. Mientras lo degustaba guardó el portafolios en su caja fuerte, grande por cierto, teniendo buen cuidado de que no pudiera ver la contraseña. Luego llamó a su administrador y le ordenó que me acercara a la ciudad. El señor Lompau obedeció. 

Busqué en el puerto algún barco que me llevara de vuelta a la isla de Madeira y la vi de nuevo. La goleta estaba resplandeciente con el sol en su vertical.

—Hola.

Un oficial me saludó en un perfecto español. Era uno de los que, el día anterior, se había ofrecido a enseñarme el barco.

—Lástima que ayer no pudiera ver La Salvadora.

—¿Por qué?

—Porque zarpamos en una hora y es imposible enseñársela…

—Perdone, ¿qué destino lleva?

—Tenerife, en las Canar…

—Canarias… 

De pronto pensé que podría ir con ellos. Mientras tanto conocería esa espléndida goleta en su propia salsa. Al primer oficial García, que así es como se identificó, le pareció buena idea, pero primero tendría que hablarlo con el capitán.

Mientras él subía a bordo, yo quedé admirando el nombre del barco: La Salvadora. Sus letras doradas conjuntaban a la perfección con el color miel de su casco. Inclinadas, al igual que sus palos, lo suficiente como para que al navegar diera sensación de velocidad.

—Suba a bordo, el capitán lo espera.

Sentí alegría al oír al suboficial y me dirigí a la escalerilla; fue entonces cuando la vi en cubierta. Sus ojos muertos, su mirada fija en la mía, su pelo negro y su halo de misterio y miedo no daban lugar a dudas: era la sirvienta del señor Fuentes. ¿Qué hacía allí? Confuso, continué subiendo. En cubierta saludé al primer oficial, quien me dio permiso para subir a bordo y me indicó que le siguiera. Al dar los primeros pasos miré y ella ya no estaba. Intrigado, pregunté si llevaban pasajeros.

—¿Pasajeros? No, no, señor, este no es uno de esos barcos, usted será el primero en los diez años que lleva navegando La Salvadora desde su restauración. Somos marinos y meteorólogos, y este navío es del Servicio Marítimo de la Armada Española. Venimos de las Azores e hicimos escala en Porto Sol para repostar gasóleo.

—¿Gasóleo? Creí que esta maravilla navegaba con el viento.

—Así es. —Fue el capitán desde la puerta de su camarote quien contestó al tiempo que saludaba con un leve movimiento de su cabeza—. El gasóleo nos sirve en los días apacibles, y créame, los hay.

El capitán nos estaba esperando al oficial y a mí. Entramos y pude admirar la estancia. Madera noble, bien pulida y barnizada con esmero y profesionalidad. Una mesa de despacho artesanal. La decoración digna de un capitán, con detalles marinos en las paredes, pero hubo una cosa que me llamó la atención, no había ni una sola fotografía, solo un cuadro de un marino pintado al óleo, colgado en la pared detrás de la mesa de despacho.

El capitán rompió el silencio que se había producido al entrar y quedarme observando el cuadro.

—Es mi bisabuelo. Lo confieso, provengo de una familia de marinos.

Después de acordar el precio de mi pasaje, y asignarme el camarote de imprevistos, pues así lo llamaban por estar destinado a la aparición repentina de algún jefazo, subí a cubierta a indicación del capitán para ver el desatraque. Allí la volví a ver, me giré buscando al primer oficial pero no lo encontré, y de nuevo ella ya no estaba. Un escalofrío se apoderó de mi cuerpo y sentí miedo. Las historias del señor Lompau revivieron en mi mente, y no pude más que agarrarme con fuerza a la barandilla mientras el barco se separaba del puerto y zarpaba rumbo a su destino.

La tarde transcurrió visitando el barco con el suboficial García. No niego que en cada departamento, rincón o recoveco esperaba encontrarme con Adela. No me atreví a preguntar por ella.

Después de cenar y pasar una velada agradable con el capitán y los suboficiales que no estaban de guardia, me disculpé y me retiré. Al final del pasillo donde se encontraba mi camarote estaba Adela. Parada, mirándome. Ya no fue un escalofrío de miedo, fue terror lo que me produjo. Miré hacia atrás por si había alguien más, alguien que certificara que no era producto de mi imaginación. Nadie. Cuando me volví había desaparecido otra vez. Tragué saliva y entré en el camarote. Al rato oí cuchichear. 

—De esta noche no debe pasar.

—De acuerdo, pero que nadie te vea, sería difícil explicarlo.

—Si él ya me ha visto.

—¿Cómo? ¿Estás loca?

—Por eso debe ser esta noche.

Sentí miedo. Atranqué la puerta con una silla y me senté en la cama. Observé la silla atrancando la puerta y me avergoncé. Un hombre culto y maduro como yo paralizado por el pánico. ¡Era absurdo! Sobre todo en un barco de la Armada Española completamente seguro. Pensé: «todo por cuentos de viejas». Apagué la luz, y fue entonces cuando los vi. Armados hasta los dientes entraron en el camarote atravesando las paredes como si estas no existieran. Sonriendo y mostrando su destrozada dentadura me rodearon, quietos, recreándose, mirándome de forma salvaje. Intenté gritar, pero no pude lograr que saliera ni un hilo de voz de mi garganta. Todo mi ser comenzó a temblar, mi corazón se encogía ante la presión que sentía mi pecho, mis brazos extendidos intentaban en vano detener su avance, y durante un segundo mi mente buscó una oración donde hallar cobijo, ayuda, al tiempo que olía su pestilencia cada vez más cerca. Por el ojo de buey del camarote se colaba la luz de la luna llena, como en las historias.



Unos gritos y golpes me despertaron, me levanté con rapidez y me dirigí a la puerta, pero me detuve al ver que no estaba en el camarote sino en la casa del señor Fuentes. Unas voces al otro lado de la habitación me llamaban con ansiedad. Observé, pasmado, la cama con dosel, en ella estaba mi cuerpo acurrucado, abrazado al maletín y mi rostro reflejaba una expresión de auténtico pavor.

La puerta se abrió de golpe y entraron el señor Lompau y Adela, me atravesaron como si no existiera y se dirigieron a la cama para intentar auxiliarme. El administrador me tomó el pulso.

—¿Está muerto? —preguntó Adela.

—Voy a llamar a un médico y a la policía —dijo Lompau.

Adela quedó sola en la habitación, le dio la espalda a la cama, y entonces ocurrió algo sorprendente: me miró fijamente a los ojos, y sonrió.


© Jesús García Lorenzo

30 octubre 2021

La deuda


Tras un día estresante, echaba de menos el calor del hogar, una reparadora ducha, un vaso de espléndido licor y un buen libro. Pero el asfixiante viaje en metro se hacía interminable. Cuando por fin salí al exterior, respiré el refrescante aire contaminado de la ciudad.

Al llegar revisé el buzón. Estaba a rebosar de publicidad y recibos, pero entre ellos un sobre extraño, sin remite. Llamó mi atención por el tipo de letra gótica utilizada para escribir mi nombre. Mi primera reacción fue abrirlo, pero la repentina aparición de algunos vecinos me hizo desistir.

Una vez acomodado y en batín, recogí el contenido del buzón que había casi olvidado en el mueble del recibidor junto con las llaves. Volví a sostener el dichoso sobre. El papel era de un tipo extraño, grueso y áspero. Admiré la letra escrita, al parecer por los rasgos gruesos y corridos, con pluma y tintero. Pensé: «¿Quién en los tiempos que corren puede hacer uso de tal instrumento de escritura?».

Imaginaba al autor escogiendo, entre varias, la pluma de ave adecuada, con el grosor justo para que al biselar la punta retuviera la tinta necesaria y poder escribir, al menos, dos o tres palabras completas. Imaginé que se trataría de alguien que conocía muy bien la letra gótica y su técnica para dibujarla. La tinta empleada no parecía la habitual que se puede comprar en una papelería, tenía un color ocre, y cada palabra estaba rematada con un giro, a modo de punto, que no hacía ligera su lectura.

Leí mi nombre y primer apellido, no había más, ni dirección ni nada que indicara qué persona la enviaba. Sin embargo, llevaba un matasellos en la parte superior, de esos que se estampan en las cartas sin sello. ¡El sello! No había caído en ese detalle. No llevaba ninguno, al menos pegado, pero sí lo tenía dibujado, con gran esmero, con la misma tinta y trazos. 

Le di la vuelta y volví a comprobar que no figuraba ningún remite que pudiera mostrar el origen. También me llamó la atención el tipo de cierre empleado en el sobre. Vi restos de un pegamento que en un principio me pareció pasta. Una mezcla de harina y agua.

Estaba tan fascinado con el sobre que no quise rasgar ni un milímetro de aquel papel, por lo que me empleé a fondo con el abrecartas. Cuando conseguí abrirlo, extraje la carta del interior del mismo material que el sobre. 

Me quedé helado al ver, con una caligrafía excelente, el inicio de esa carta: «Valencia, a cuatro de Mayo del año del Señor de mil ochocientos diez. Vuestra Merced que, cuando lea esta carta vivirá, es mi deseo, en Gracia con Dios, y aunque en los años venideros, que a este humilde servidor le cuesta calcular…»

Una sensación extraña provocó que dejara rápidamente aquel sobre y su contenido encima de la mesita baja que tenía enfrente. Me hice mil y una preguntas, ¿quién, cómo, cuándo, por qué? La volví a coger con la intención de aclarar todas las dudas.

Me llevó un tiempo acostumbrarme a la letra pero conseguí enterarme de su contenido. Al parecer un tal Don Alfredo de Castellnova y García, tenía una deuda con un antepasado mío que no pudo resarcir debido a la repentina muerte de éste a manos de unos nativos del Brasil. Intentó encontrar a alguien de su familia sin éxito, y como era un hombre de palabra, encargó a su bufete que en cuanto se encontrara un descendiente vivo, se le entregara esta carta, y se le compensara la deuda.

A la mañana siguiente, sin haber conciliado el sueño, me desplacé al centro de la ciudad donde un anticuario, amigo de toda la vida, tenía su negocio. Quedó fascinado al examinar el sobre en la trastienda. Me dijo que ese papel era original, que no se fabricaba desde hacía ochenta años, y que la pasta con la que estaba pegada la solapa era, como imaginaba, una mezcla de harina y agua en la proporción adecuada para que sirviera de adhesivo.

En la oficina de correos después de dar muchas patadas, y comprar lotería para los funcionarios jubilados, me indicaron que según el registro postal la carta la había enviado un despacho de abogados. Con la dirección en la mano salí dispuesto a que se me aclarara el significado de todo aquello. 

La sensación de recibir una herencia que acabara con todos los males económicos por los que pasaba, inundó mi corazón y mi mente. En un taxi me dirigí a la dirección indicada por la oficina postal; previamente había anunciado mi visita adelantándola a través del teléfono. 

La decoración del bufete era espléndida, señorial, sobria a la vez que elegante. Me hicieron pasar a un espacioso despacho donde extrañamente el único mobiliario eran unas estanterías en las paredes. Una amable señorita me indicó que muy pronto me atenderían.

La primera estocada me atravesó el costado. La quemazón de la punzada me dejó sin aire e hizo que me inclinara hacia adelante sujetándome la herida. El tirador, acompañado por dos personas serias y correctamente vestidas, aparentaba tener aproximadamente mi edad y me hablaba de cobrar la deuda de la misma manera que lo habría hecho su antepasado.

 La segunda, rápida y certera, me seccionó en dos el corazón, y antes de que el acero del florete abandonara mi cuerpo, pude ver con toda claridad la satisfacción en la cara de mi matador.


©Jesús García Lorenzo


22 octubre 2021

¿Dónde estás Tenorio?

Como todos los años, soy fiel al misógino arrepentido que a los palacios subió y a las cabañas bajó, frente al desconcierto, burla y chirigota de mi amiga "La muerte".

Jesús García Lorenzo



¿Dónde estás Tenorio?


Con mano temblorosa, por la edad, limpia la foto que preside la lápida. Luego, cariñosamente, realiza una limpieza general.

Todas las semanas desde hace diez años, la misma rutina, para eso le juró amor eterno.

Después ocupa un banco no distante de la tumba. Allí sentado le cuenta sus cosas. Las que ocurrieron durante los siete días anteriores, y las que posiblemente sucederán, porque como él dice: “La vida es una rutina, y se la ve venir hasta cuando se acaba”.

Vienen a su memoria tiempos pasados en los que juntos salían al escenario e interpretaban sus papeles. «¡Qué felices éramos, vivíamos tantas vidas!», le comenta pausadamente.

Las horas pasan muy deprisa, pero la avanzada edad no es buena compañera del frío, y en noviembre lo hace, sobre todo al atardecer. El sol se pone en el cementerio, y Eusebio, muy a su pesar, debe retirarse. Se despide lanzando un beso al aire como siempre.

Paso a paso, sin prisas, se aleja de Herminia pensando en sus cosas. Mira a su alrededor, y se da cuenta que se ha perdido. «Todas las calles son iguales, ¿cómo no voy a perderme?», se dice como un reproche.

Al pasar por una de las lápidas lee: “Juan Tenorio González”, y una leve sonrisa ilumina su arrugada cara. Más adelante ve a un hombre junto a un nicho.

—Perdone, caballero —le dice con calma—, ¿podría indicarme la salida? Me he perdido.

— ¡No faltaba más! —le contesta el hombre—, voy a hacer algo mejor, si le apetece, lo acompaño, yo aquí ya he terminado.

Los dos juntos recorren el lugar, mientras hablan de cosas intrascendentes, hasta que el desconocido hace una pregunta directa: “¿Qué le parece a usted eso del halloween?”.

Eusebio lo mira con curiosidad, y después de un segundo de reflexión le contesta con una apología del daño hecho a una tradición.

—Comparto su opinión —dice el acompañante—, yo también añoro aquellos tiempos en los que ir al teatro a ver a Don Juan, le daba sentido a esta noche. Parecía como si se volviera a nacer, como si todo…

— ¿Lo malo no hubiera ocurrido?

—Sí… —susurró mientras esbozaba una sonrisa—, una sensación extraña.

Siguen camino. La conversación declina en la obra de Zorrilla, repasan versos, actores, interpretaciones y ríen.

El recorrido los lleva a una plaza muy iluminada. Eusebio está cansado, muy cansado, y le pide a su acompañante sentarse y descansar un rato, y éste accede muy cordialmente. Su charla continúa más entusiasta, llegando incluso a realizar gestos mientras recitan.

— ¡Aaah Tenorio! ¿Dónde estás? —Eusebio suspira—, te quedaste entre los panteones de tus víctimas, olvidado y relegado por disfraces y fiestas, que recuerdan más a los carnavales que a los difuntos.

—Así es, amigo mío. Olvidado.

— ¡Por cierto! ¿Cuál es su nombre? Llevamos un buen rato hablando y no sé cómo llamarlo.

—Me llamo Juan –dice el desconocido.

—Encantado. ¡Bueno! Vamos hacia la salida, ya debe ser tarde y hace frío.

—No, Eusebio, esta noche la pasaremos juntos, aquí, entre estos muros, recordando.

— ¿Pero, qué dice? ¡Vamos, hombre! Déjese de historias y vámonos a casa.

—Esta es mi casa. Yo vivo aquí.

De pronto aparece en escena el vigilante del cementerio cruzando la plaza. Sigue camino sin hacerles caso. Eusebio se levanta y lo llama. El vigilante continua perdiéndose entre la oscuridad de una de las calles.

—Ni te ve, ni te oye.

A lo lejos se escucha un cántico, Eusebio mira y solo distingue la luz de un quinqué. Para observar mejor de quién se trata da unos pasos, éstos son detenidos por la voz de su acompañante.

—No hace falta, vienen hacia aquí para reunirse con nosotros.

— ¿Nosotros, por qué?

—Porque son La Santa Compaña, y todas las noches de difuntos recogen a Don Juan Tenorio y a su acompañante.


©Jesús García Lorenzo


13 octubre 2021

La mirada


Andrés atravesó el umbral. 

Cada día imaginaba cómo sería estar al otro lado de aquella puerta, luego, terminado su almuerzo, volvía a su monótono trabajo.

En esta ocasión no lo dudó, nada importaba la comida. Con miedo, pero con una férrea voluntad se introdujo en el interior. Muchos años anhelándolo y, por fin, allí estaba.

Una vez dentro su mirada recorría cada rincón, y sintió un deseo irrefrenable de recorrer aquellos pasillos tocándolo todo.

—Señor, por favor, me alcanza aquel de allí arriba.

Los ojos abiertos de Andrés miraron la cara pecosa de una niña que señalaba, con su dedo índice, un libro situado a la altura de su cabeza. Al cogerlo admiró el dibujo de su portada.

Un tirón de su cazadora le indicó el deseo de la niña por tenerlo.

—¿Es bonito? —preguntó mientras se lo daba.

—No lo sé, no lo he leído.

Observó como la niña corría al lado de su madre con el libro en sus manos. Andrés salió a la calle con los ojos inundados de lágrimas y con la firme promesa de aprender a leer.


©Jesús García Lorenzo


02 octubre 2021

Soledad

Hoy, como todas las mañanas desde hace un año se abrió la trampilla por la que me hacen llegar la comida. Un plato de lentejas coronadas por un trozo de pan duro. Observé que el pequeño agujero no se cerraba y por él asomó un lápiz acompañando una libreta.

Una palabra, solo una, pero que me pareció todo un discurso. Otra voz humana aparte de la mía sonaba en mi mundo. 

—Escóndelo.

Mi mano se aferró al material de escritura. Asombrado, titubeé, y balbuceando hice una pregunta.

—¿Por qué?

—Escóndelo —repitió.

La trampilla se cerró. Con prisas dejé el plato y la libreta en la mesa. Algo se abrió en mi interior, aquella trampilla chirriante me había traído una luz. 

Con mis nervios alterados olvidé las primeras necesidades. No comí. Me obsesionaba encontrar un lugar donde esconder el regalo con rapidez. Luego, imaginé.

En mi mundo existe una cama, una mesa y su correspondiente silla, un lavabo y un retrete. Del cielo, raso y negruzco, cuelga una bombilla para iluminar mi universo vacío, que aquella noche siguió iluminado aún cuando el sol colgante se apagó.

Tumbado panza arriba pude ver de nuevo el maravilloso arco iris, nubes de algodón atravesadas por los rayos del sol que jugaba al escondite. Las aves, revoloteando alrededor, inundaban mi espacio con sus afinados y rítmicos cantos. Más allá, verde. Extensiones de hierba fresca que alcanzaba a oler. Al fondo estaban, relucientes, las montañas coronadas por un color blanco.

Una voz dulce y femenina me acariciaba los oídos con agradables ritmos de zorcicos. Y yo con las manos marcaba el compás de cinco por ocho acompañando al cántico. Con los ojos húmedos, apenas podía distinguir el bello rostro de mi amada acercándose más y más.

Todo desapareció repentinamente cuando aquella maldita bombilla, colgada en el centro de la celda, se iluminó con más fuerza que nunca devolviéndome a la cruda realidad. Cuatro paredes que se abalanzaban sobre mí como una bestia infernal intentando devorarme.

El chasquido de la trampilla al abrirse me hizo temblar, instintivamente marqué con la mirada el lugar donde, bien guardado, estaba mi tesoro. Silencio. Intranquilidad. De pronto comprendí lo que ocurría, esperaban la entrega del plato vacío. Rápidamente lo vacié en el retrete, y tuve de nuevo en mis manos la comida del día, y volví a mi soledad.

Colgando por el cuello miro donde, bien escondido, reposa mi tesoro. Mientras, se me va la vida pensando qué podría haber hecho con aquel lápiz y aquella libreta.


©Jesús García Lorenzo