11 octubre 2012

Fantasmagoría




Sí, esto es:

¡El mundo desconocido de las letras!





Fantasmagoría

            Todas las mañanas lo mismo: que si no arreglo mi cuarto, que si esto, que si aquello. Cualquier cosa era motivo para llamarme la atención.
            ¿Los desayunos?, insoportables. Los únicos sonidos perceptibles eran el crujir de las hojas del periódico, o el tintineo de la cucharita de café intentando disolver el azúcar.
            El momento feliz: el de la comida, siempre que fuera sentado a la sombra de un árbol, en el césped con ella al lado. Mi chica. A pesar de estar rodeados de gente y en medio del campus, era fantástico.
            Se llama Eloísa. Eloísa, qué nombre más poético. Es bonita e inteligente ¿Cuál será el motivo por el que está conmigo? ¿Por qué me eligió? A veces tengo la tentación de preguntárselo, pero me da miedo.
            Un día nos tomamos un descanso lejos de la ciudad. Descalzos paseamos por la playa. Los rayos del Sol nos acariciaban, mimaban e invitaban a hablar. Ella contó sus problemas y yo los míos.
            De vuelta a casa, más de lo mismo: arregla tu cuarto, estudia…
            Una noche recibí la llamada de Eloísa, estaba alterada, nerviosa y llorando. No pregunté. Salí de casa como una exhalación sin decir nada, sin dar ninguna explicación. Oí reproches y quejas tras de mí. Cuando llegué encontré lo inesperado.
            Al abrir la puerta llevaba el vestido hecho jirones, marcas de golpes en la cara y sangre, mucha sangre. La abracé intentando calmarla, pero entre sollozos, dijo: «Está ahí». Pasé al salón y lo vi, boca abajo con la cabeza rota «¿Qué has hecho?», susurré.
            Acurrucada en el suelo y llorando, me lo contó: su padrastro, ebrio y fuera de sí intento abusar de ella. En la lucha consiguió zafarse de él y coger algo con qué defenderse. Sin pensar, en un instinto de supervivencia, le golpeó varias veces hasta que se desplomó. Al caer vio la sangre, se asustó e intentó reanimarle, pero ya estaba muerto.
            Pregunté si había llamado a su madre, que se encontraba en casa de su abuela, y no obtuve respuesta, así que fui al baño en busca de una toalla para limpiarle la sangre, y encontré algo aterrador. La madre de Eloísa se encontraba en la bañera. Me acerque y comprobé que estaba muerta. Había sido ahogada. Horrorizado y hecho un manojo de nervios me dirigí al salón, y la  vi como nunca imagine verla. Su pelo rubio cayéndole por los hombros tapándole media cara, su figura perfecta, insinuante y sexi. Sonriente me llamaba con dulzura: «ven, cariño, amor mío».
            Fue más que una atracción fatal. Fue hipnotismo, amor, seducción y… dolor. Mucho dolor al notar como entraba en mi cuerpo la afilada hoja del cuchillo que…

            —¡Un momento, tronco! ¿Pero a qué estás jugando? Yo soy el Prota, tío ¿Y se te ocurre matarme? ¿Qué has fumado?
—Perdona ¿Cómo dices?
—¡Pues está claro! Que cambies el desarrollo de la historia. Que ella no puede matar al Prota ¿Entiendes?
—Okey. A ver qué te parece esto.
Fue la más fatal de las atracciones. En el preciso momento que quiso clavarme el cuchillo, mi gran adiestramiento la desarmó. Mi caballerosidad me impidió matarla, y la entregué a la policía con una nota que decía: «Aquí les dejo, maniatada, una joya. Los dos cuerpos son de su cosecha, como lo demostrarán las pruebas científicas. Atentamente 009, con licencia para todo»
—¡Muy bien, tronco! Así me… ¿Pero, qué haces? ¡No, la tecla suprimir no!

            El doctor, sentado, chupaba su pipa con tranquilidad mientras escuchaba a su paciente.
—Desde que borré de mi ordenador aquella novela, cuando intento empezar una nueva, se me aparece una y otra vez el mismo personaje ¡Quiere ser el protagonista! ¿Qué hago, doctor?
—¿A intentado matarlo?
—Sí, pero vuelve a surgir. No sé qué puedo hacer.
            El doctor quitándose la pipa de la boca dijo:
—Pues darme el papel de Prota, tronco. 

30 septiembre 2012

¡Extra, extra! Ha salido Prosofagia-16


En esta ocasión, y porque así esta lo merece, interrumpo la serie de El mundo desconocido de las letras para referirme a una revista literaria en la que en ocasiones he participado con algún cuento y un artículo, me refiero a la revista PROSOFAGIA que ha publicado su número 16, o si lo preferís: dieciséis.
            En su reciente publicación podréis encontrar, como siempre, artículos interesantes, no sólo para aquellos que escribir una palabra detrás de la otra, en su correcto orden, represente una obsesión, sino para todos los que desean aprender a leer y escribir cada día un poquito mejor, como un servidor.
            Existe un artículo que, particularmente, me parece interesantísimo, y no especialmente por lo bien escrito que está (como todo lo que publica esta revista), sino por lo que se aprende de él. Me refiero al que trata el leísmo, laísmo y el loísmo. Sí ya sé, muchos diréis que eso depende de la región de España, o del país al que se pertenezca por nacimiento y aprendizaje, pero estaréis conmigo que a la hora de escribir se hace mal uso, y precisamente por eso: La costumbre. ¡Pues bien! En este artículo comprobaréis que a veces metemos, y yo el primero, la pata en su totalidad.
            Ni que decir tiene (bueno, llegado este punto, he de manifestar que algunos de vosotros, por no decir muchos, ya conocéis esta super- revista), que  posee PROSOFAGIA en sus páginas interiores (esto me ha salido muy periodístico), entrevistas con Martínez de Sousa y Ángela Valhey, y un artículo sobre un personaje algo especial, me refiero a Fernando Arrabal, hombre que ha dado mucho que hablar aquí y allá, por sus rarezas que, sin llegar a conocerlo, son casi (y digo casi porque son incomparables) semejantes a las de Dalí.
            Encontraréis también humor, literario por supuesto, poesía y cuentos, así como fotografías con una calidad visual perfecta, y con motivos que abren la puerta a la inventiva de un poema o una narración.
            ¡En fin! Una revista literaria digna de tener en cuenta, para ser leída con atención, y tenerla como referencia para consulta.
            Simplemente para terminar deciros que os dejo el link para que podáis leerla. Ojalá os cause tan buena impresión como me la ha causado a mí.


23 septiembre 2012

Las vacaciones


Está usted en:

"El mundo desconocido de las letras"



Las vacaciones


¡Por fin llegaron las vacaciones! Un año tras otro, fueron marcadas por fiestas nocturnas, hoteles caros, lugares claramente turísticos, como Benidorm, y rodeados de fiestas.
            En esta ocasión serían diferentes. Tranquilidad, días de asueto, olvidando el estrés y las aglomeraciones.
            ¡Y qué mejor lugar que un monasterio! Allí la paz estaba asegurada, así que comencé a buscar en internet y conseguí el lugar deseado. Antiguo, alejado, con piedras llenas de historia, calma y naturaleza.
            ¡Qué bonito!, ¿verdad? ¡Pues, no! Allí estaba yo con mi maleta llena de ilusión, en la puerta del convento oyendo aquello de “¿Qué trae el hermano?”. Pero… ¿Qué es eso de qué trae el hermano? Hola, buenos días, buenas tardes o noches. “Pero no, ¿qué trae…? ¿Tenía que llevarles algo? ¡Encima del pastón que me ha costado! ¡Que luego dicen que los hoteles son caros!”.
            Bueno, bueno. La cosa no quedo ahí, ¡no! Me dijeron que el hecho de encontrarme en aquel lugar no debía afectar a las costumbres del monasterio, por lo que no iban a variarlas. ¡Ajá! Trampa mortal. Sí, sí, mortal de necesidad. Uno piensa que ellos harán su vida y que te dejarán a tu bola ¡Gran equivocación! Me di cuenta de ello a las tres de la mañana, cuando por el pasillo donde estaba ubicada mi celda, oí los cantos matutinos, o como quiera que le llamen los monjes. Al parecer era el único lugar en todo el monasterio donde se realizaban esos rezos y de una manera… Sutil, querían que me uniera.
            No lo hice, el cansancio del viaje no me lo permitió, y cuando conseguí conciliar el sueño, tocaron a la puerta para anunciarme que el desayuno estaba listo, miré el reloj y ¡Eran las cuatro y media de la mañana! ¿Es que estos monjes no duermen nunca?
            No entiendo como la mayoría estaban gordos. En los medios públicos están cansados de repetir, una y otra vez, que el desayuno es la comida más importante del día, ¡pero claro! Como estos… ¡Santos monjes!, no tienen televisión pues no se enteran.
            Un trozo de pan duro, ¡sí, duro!, y un café con leche era todo el desayuno. En cuanto el pan tocó el café la taza se quedó vacía. Intenté que me pusieran otro café con leche, ¡já!
            Después de tomarme el café con leche chupando el pan, me invitaron, haciendo una excepción, a realizar las labores habituales del monasterio con ellos. «¡Ah! Trabajar la tierra en el huerto, o realizar algún trabajo manual», pensé. ¡Y una mierda! Me dieron un mocho, que por su aspecto debía ser del siglo dieciocho, y un cubo sin escurridera, con lo que había que escurrirlo a mano, y me dijeron con amabilidad, que mantuviera limpia la celda, «que la higiene es la prevención de las enfermedades, y nuestro Señor nos quiere sanos», decían. Menos mal que aquella habitación no medía más de dos metros cuadrados, con una cama, un armario y un lavabo (no en balde le llaman celda).
            Terminado el aseo de mi estancia, salí al pasillo con mi cubo de agua usada, e hice lo que vi ¡Fregar el pasillo! Bueno, solo el trozo que enfrentaba a mi celda.
            A las siete de la mañana, terminada mi labor higiénica, hecha mi cama y después de haberme lavado como los gatos, o sea, por trozos, porque meterme en la pila del lavabo fue imposible, decidí conocer aquel monasterio.
            Recorrí aquellos espacios con la expectación del que descubre algo nuevo. ¡Deslumbrante! ¡Precioso! Del siglo doce creo, piedras centenarias que me hablaban a cada paso que daba contándome sus secretos, su historia. O al menos así lo imaginé hasta que me di cuenta que a mi lado un monje famélico y calvo, me contaba que Don Rodrigo Díaz de Vivar, apodado El Cid, puso su glorioso pie, cansado y exiliado, en aquel lugar para pedir agua, y que debido al decreto Real se la negaron. ¡Hay que tener huev…!
            Después del rezo del ángelus, el cual duró una interminable hora, y que por no hacerles un feo estuve acompañándolos, me comunicaron que hasta la hora de la comida podía descansar en mi celda, así los hermanos no me molestarían con sus habituales tareas. ¡Ósea! Que me confinaban en mi habitación ¡Eso sí!, con amabilidad y entre dos monjes que me acompañaron hasta la puerta.
            La suculenta comida constaba de tres platos. El primero consistía en un hervido de cuatro patatas enanas y un trozo de pan, de la misma hornada que el del desayuno. El segundo un trozo de carne a la plancha, que seguramente al hermano cocinero se le habría olvidado que la tenía al fuego, porque una suela de zapato estaba más tierna que aquel trozo de vaca. Y el tercero, ¡ah, el tercero! una rodaja de melón del huerto propio, que para ser sincero, estaba de muerte.
            Después de comer, y nuevamente acompañado, me dispuse a realizar la sagrada siesta española en mi celda orientada al oeste, que fue interrumpida en multitud de ocasiones por los rezos de los santos hermanos, y por el calor intenso de un día de poniente.
            Después de una cena indescriptible por la ausencia de la misma, me fui agotado a la cama. La noche transcurrió entre los rugidos de mi estómago reclamando alimento, y los rezos matutinos.
            La tercera noche, y el resto de mis vacaciones, las pasé en un abarrotado hotel de Benidorm, donde la tranquilidad brillaba por su ausencia, el aire acondicionado era el reposo del guerrero, las tres comidas del día abundantes, la siesta sagrada y la diversión asegurada.

01 septiembre 2012

El astronauta



Acaba de ser abducido por:

"El mundo desconocido de las letras"



El astronauta

«Aquí sigo dando vueltas. Tengo la esperanza que la fuerza de la gravedad me atraiga pronto y todo acabe en un instante. Cada vez que paso por encima de mi continente intento fijarme en ese punto minúsculo donde nací, viví y soñé con subir hasta aquí.
            »Está amaneciendo otra vez. ¡Qué poco duran los días!, como un suspiro, te hace pensar en lo insignificantes que somos…
            »No sé cuantas vueltas he dado a la Tierra, ya he perdido la cuenta. Solo hace unas pocas horas cuando comprendí que no volvería, al menos vivo. ¡Qué belleza! No me extraña que los tripulantes del Géminis 11 lo bautizaran como el planeta azul.
            »Mi receptor se estropeó en la colisión. Hay un silencio escalofriante. Pobre Toro, así llamábamos al comandante por su fanfarroneo a la hora de contar sus batallas con el sexo contrario, en una ocasión… ¡Pero que estoy diciendo!, él, perdido en la inmensidad del espacio y yo bromeando.
»Se acerca otro ocaso y con él la noche ¡Vaya, eso es nuevo! ¿Qué son esas luces? ¿Por dónde estoy pasando? ¡Eh, John mira! ¡Dios, mío! ¡Qué solo me encuentro! El copiloto está a mi lado como dormido desde el accidente. Te gustaría ver lo que tus compatriotas han hecho para saludarte, quizás estén escuchando, si es así en su nombre os doy las gracias ¡Gracias, Australia! También me gustaría despedirme de los míos. Resulta difícil resumir sentimientos. Aún recuerdo los consejos que se nos daban en la academia: «Lo que tengáis que decir hacerlo en pocas palabras», como si eso fuera fácil, pero en estas circunstancias intentaré hacer lo posible. Quisiera pedir perdón por aquello que hice mal, o por lo que debería haber hecho, incluso por lo que hice bien, porque seguro que haciéndolo dañé a alguien. ¡Nunca llueve a gusto de todos!
            »No se por qué me ha venido a la mente la imagen de la perrita rusa, ¿cómo se llamaba? ¡A sí! Laika. Pobre, encajada en una nave poco más grande que ella, conectada a toda clase de tubos, ¿pensaría lo mismo que yo al dar vueltas a este gran globo? ¡Que estoy diciendo!, ¡Je!, pero… ¿qué pensaría? Sobre todo cuando el calor intenso, ese que estoy empezando a notar, la hiciera beber en demasía hasta terminar con las existencias de agua. Espero que muriera rápidamente.
            »¿Por qué pienso en la muerte? ¡Qué estupidez! Está claro que es mi compañera en este viaje, aunque todavía no la haya visto. Espero que sea como la imagino una…
            »Me está entrando sueño. Siento que un gran cansancio se está apoderando de mí, debe ser el oxígeno que se está acabando ¿Dónde caeré? ¡Seré estúpido! Qué más da, con un poco de suerte la nave se desvanecerá al entrar en contacto con la atmósfera, y entonces desapareceremos, John, lo haremos como lo hace un papel de fumar impregnado en pólvora al acercarlo al fuego.
            »La fuerza de la gravedad me acerca cada vez más a mi destino. Noto que la Madre Tierra me llama. ¡Hola, mundo! ¡Adiós, mundo!»


            Una sala, llena de monitores y mentes sesudas, es testigo de las palabras del astronauta que gira alrededor de la Tierra esperando la muerte.
            En un monitor se ve un punto de luz que hace saltar varias lágrimas. Con las cabezas gachas, el alma encogida y un silencio recio, las mentes sesudas van apagando todos los aparatos electrónicos, despacio, como si de un ritual macabro se tratara.
            Ese mismo día las voces que buscan frases para la posteridad dijeron: «La tierra entrega a sus hijos al universo con una explosión de luz».

Mi modesto homenaje para Ray Bradbury

28 julio 2012

Magia


Al entrar aquí su mente acaba de ser poseída. 

Usted, sin remedio acaba de adentrarse en:

¡El mundo desconocido de las letras!






Magia



—¡Mira, papá!
     Sus ojos azules, grandes y brillantes se abrían más a cada paso que daba.
     —¡Jajá! ¡Qué risa!
     Los muñecos, de cartón-piedra, se mostraban como algo maravilloso que la transportaban a un mundo nuevo y  espectacular, donde la ilusión y la fantasía se mezclan ante los ojos de un niño.
     La noche inundó la ciudad. Aquellas obras de arte callejeras resplandecían más aún con la luz de los focos que las rodeaban.
     —¡De noche son más bonitas!
     Sus ojos no querían perderse detalle, por lo que seguían abiertos ante el maravilloso mundo creado por los artistas.
     Pero una noche, a la hora en que un día da paso al siguiente, una traca infernal encaminó su fuego vivaz hacia aquellos muñecos devorando con avidez sus cuerpos.
     —¡Papá, los están quemando! ¡No quiero!
     Aquellos ojos azules, grandes y brillantes se tornaron tristes desbordando lágrimas ante el espectáculo de las llamas.
     —No llores, esos muñecos han sido creados para esto.
     Ninguna explicación fue aceptada. Ningún razonamiento quiso comprenderse. La magia se había evaporado.
     Un día, al volver del colegio:
     —¡Mira, papá!
     Sus manitas me enseñaban un pequeño muñeco de cartón-piedra, regalo por la visita escolar al taller de un artista fallero.
     Aquellos ojos azules, volvieron a ser los de antes, abiertos, vivaces y llenos de ilusión. Se pasaba el día abrazada a él. Jugaba, comía y dormía sin separarlo de sus brazos. Fue su mejor juguete.
    
     Una noche los bomberos me arrastraron fuera de la casa, alejándome del furor del fuego que devoraba a mi niña abrazada a su muñeco. Mientras, en mi delirio escuché: “Hemos sido creados para esto”.

¿Ha quedado sin palabras?

21 julio 2012

Un sueño hecho realidad




¡No! No entre aquí. Se lo advierto. Al hacerlo se está adentrando en un mundo que nunca olvidará. Uno que le transportará a otros y a otros…

En este momento su voluntad está siendo minada, su mente anhela leer y alimentar su espíritu.

Acaba de adentrarse sin remedio en:

¡El mundo desconocido de las letras!





Un sueño hecho realidad

            En España hay un lugar cuya orografía ha facilitado la creación de películas del Oeste Americano, es conocido como el desierto de Almería.
            Un viejo coche ronronea sobre una carretera solitaria. Cuarenta grados al sol hacen difícil circular por parajes de celuloide. Con las ventanillas abiertas espera una bocanada de aire que alivie la calina abrasadora.
            El conductor se llama Juan, es un apasionado de las películas antiguas y siente un platónico amor por una famosa de la época.
            Juan en busca un lugar donde refrescarse ha salido de la autopista. Maldice su suerte mientras seca el sudor con un pañuelo empapado. Un remolino de viento levanta una gran cantidad de polvo acumulado a los lados de la carretera. Rápidamente sube los cristales del coche para evitar que el interior se inunde, y se detiene.
            Pasada la pequeña tormenta lo que ve a su alrededor le deja sin habla. Se encuentra en mitad del Oeste. Caballos, carretas y hombres armados le rodean.  
            «Seguro que me he despistado y me he metido en medio de una película. En cualquier momento aparece el director exigiéndome una compensación por haber estropeado la toma». Buscaba así una explicación a lo que estaba viendo. Un hombre le apuntaba con un arma mientras le gritaba que saliera de aquel condenado artefacto. Llevaba una estrella reluciente y casi cegadora, por el reflejo del sol, en el pecho.
            Con calma abrió la puerta y salió del vehículo alzando los brazos.
            —Su nombre forastero— le gritó el de la estrella.
            Juan intentó decir unas palabras, pero la boca reseca y el miedo lo paralizaron. El silencio se adueñó del lugar, y tras unos segundos el del rifle  le susurró:
            —El texto, di el texto.
            «¿Realmente estoy en medio de una película?», pensó. De pronto se oyó: “¡Corten!”. Ante la orden todo el mundo comenzó a relajarse abandonando la calle en busca del refugio de la sombra. Con las manos aún en alto, Juan ve como se acercan dos hombres algo pintorescos vestidos con pantalones bombachos, camisa a cuadros y gorra ancha, uno de ellos lleva en la mano un gran cono a modo de megáfono.
            —Pero vamos a ver ¿Por qué no ha dicho su texto? Y…
Se interrumpió al observar la matrícula del vehículo, luego desvió la mirada hacia Juan recorriéndolo de arriba a abajo con lentitud
— ¿De dónde cojones ha salido usted? ¡Baje los brazos hombre!
            —Yo… voy camino de Murcia y no sé cómo he llegado hasta aquí.
            El acompañante le dice unas palabras en inglés que le hacen sonreír.
            —No, no señor. Estoy perdido, no soy un perdido.
            Las palabras de Juan en inglés hicieron que el acompañante se diera la vuelta con gesto serio. El director, como más tarde se identificó, dio la orden de un descanso de treinta minutos. Juan decidió buscar el cobijo de una sombra. Al acercarse a una de las falsas paredes del decorado observó el periódico que leía un actor, miró con atención la fecha. 1960. Preguntó si el diario era de attrezzo, el lector se le quedó mirando extrañado al tiempo que lo negaba.
            La cabeza de Juan comenzó a dar vueltas. No era posible, según lo que acababa de descubrir la tormenta le había trasportado a cincuenta años atrás. Miró a su alrededor con atención todo lo que estaba ocurriendo, escuchó una la emisión de radio a través de un receptor que le pareció de museo. «Aquí el diario hablado de las dos de la tarde del seis de junio de mil novecientos sesenta». Su mente no pudo asimilarlo y se desmayó.
            Cuando despertó comprobó que se encontraba en una caravana. Una voz femenina intentó calmarlo. Sus ojos se abrieron tanto que casi se le salieron de sus órbitas. Tenía ante sí a la gran actriz Marta Astud a la que había visto en viejas películas. Ella se acercó y con voz suave le preguntó si se encontraba bien. Apenas un hilo de voz salió de su garganta para confirmarlo.
            —Este calor es infernal ¿Cómo se llama?
            —Juan.
            —¿Sólo Juan?
            —Juan García.
            La puerta de la caravana se abrió de pronto y gritaron: “¡A escena!”
            La actriz se disculpó y le pidió cenar con él, a lo que Juan estuvo encantado. Cuando se quedó solo no podía creer lo que estaba pasando, había estado hablando, e iba a cenar con Marta Astud, su ídolo. La de veces que había soñado…Pero aquello no podía estar pasando según sus cálculos Marta Astud murió antes de que él naciera ¿Cómo era posible que estuviera allí, tan joven y bella. «Esto es de locos», se repetía mientras observaba las fotografías de la actriz.
            Al llegar la tarde todos los actores fueron ocupando los asientos de un autobús para volver a la ciudad, Juan subió a su coche y condujo detrás hasta un hotel de carretera no muy lejos de una población. Después de aparcar el vehículo la curiosidad le llevó a la puerta del hotel. Un deportivo americano paró a su lado, conducía Marta Astud, le recordó la cena y le hizo subir.
            La noche transcurrió como un sueño al lado de aquella mujer a la que observaba embobado mientras intentaba no parecer un idiota. Terminada la cena salieron del restaurante, Marta iba bebida y se cogía al brazo de Juan para mantenerse estable y disimular. Al llegar al coche Juan quiso impedir que Marta condujera, pero ella se impuso y se sentó al volante, él no quiso dejarla sola y se sentó a su lado.
            La noche era oscura, sin luna, los faros del deportivo iluminaban la carretera parcialmente. Marta reía, Juan se preocupaba. La velocidad subía con rapidez. De pronto un bulto grande delante se volvió dando un gran mugido. Marta dio un fuerte volantazo y todo comenzó a dar vueltas. Juan se levantó del suelo y comprobó que había sido despedido del coche, lo buscó en la oscuridad, y vio las luces. Se dirigió hacia el deportivo que se encontraba boca abajo.
            Se acercó a la puerta del conductor buscando a la mujer. La encontró sangrando, le buscó el pulso y no lo halló. Estaba muerta. Oyó una sirena. Gritó desesperado pidiendo ayuda. Vio como bajaban el terraplén por el que habían caído a varios hombres con linternas. Iluminaron el interior del coche y entonces lo que vio lo paralizó por completo.
            En el asiento del acompañante estaba él con un cristal del parabrisas clavado en su garganta. Mientras veía horrorizado aquella imagen de sí mismo recordó una crónica de la época relatando la muerte de la famosa actriz junto a un desconocido en un accidente de tráfico. La fama promiscua de la actriz, y el intento de no malograr su imagen hizo que se escondiera la identidad del desafortunado acompañante.

            El deseo, a veces inconfesable, de pasar unas horas con nuestros ídolos puede acarrear la visión de nuestro destino.

Se lo advertí.
        No vuelva.

21 junio 2012

La autopsia




      El escalpelo se hunde sin dificultad. Una gran “i” griega abre el pecho y abdomen del inerte protagonista.
      Los más íntimos secretos salen a la luz: bebedor empedernido, fumador compulsivo, un cáncer…, el forense y su ayudante se afanan en escrutar con verdadero ahínco los entresijos de aquel cuerpo. Su hígado es pesado, su estómago y su contenido revisado y anotado. El intestino es cortado longitudinalmente después de haber sido medido, sopesado y fotografiado.
            Una pequeña pero potente sierra circular corta, una a una, las costillas hasta dejar los pulmones sin su jaula. Con mucho cuidado son separados del cuerpo. Primero el izquierdo, luego el derecho.
            Otra vez el bisturí entra en acción segando de un solo tajo los tubos a los que está unido el corazón. La báscula alberga aquel importante músculo.
            —Doscientos setenta gramos —dice un ayudante.
            —Doctor —Una voz ajena a la sala de necropsias pregunta— ¿Causa de la muerte?
            —Todavía no estoy seguro, pero… yo diría que por el alto contenido en  sulfato ferroso y ácido tánico…
            —Eso es tinta ¿no?
            —Correcto por eso digo que, y solo es una primera impresión, este ser murió envenenado en una imprenta que experimentaba con distintas tintas.
            —¿Una qué…?
            —Ja,ja,ja, es usted muy joven. Consulte su libro electrónico, y pierda miedo, su pantalla no mancha.

            «¡Atención, atención!» Por los altavoces una voz femenina reclama ser escuchada. «En diez segundos se iniciará el despegue».
            Una gran nave circular se eleva dejando atrás una de las lunas de Júpiter. Mientras se acercan a la tierra, el forense y sus ayudantes continúan su investigación.