01 septiembre 2012

El astronauta



Acaba de ser abducido por:

"El mundo desconocido de las letras"



El astronauta

«Aquí sigo dando vueltas. Tengo la esperanza que la fuerza de la gravedad me atraiga pronto y todo acabe en un instante. Cada vez que paso por encima de mi continente intento fijarme en ese punto minúsculo donde nací, viví y soñé con subir hasta aquí.
            »Está amaneciendo otra vez. ¡Qué poco duran los días!, como un suspiro, te hace pensar en lo insignificantes que somos…
            »No sé cuantas vueltas he dado a la Tierra, ya he perdido la cuenta. Solo hace unas pocas horas cuando comprendí que no volvería, al menos vivo. ¡Qué belleza! No me extraña que los tripulantes del Géminis 11 lo bautizaran como el planeta azul.
            »Mi receptor se estropeó en la colisión. Hay un silencio escalofriante. Pobre Toro, así llamábamos al comandante por su fanfarroneo a la hora de contar sus batallas con el sexo contrario, en una ocasión… ¡Pero que estoy diciendo!, él, perdido en la inmensidad del espacio y yo bromeando.
»Se acerca otro ocaso y con él la noche ¡Vaya, eso es nuevo! ¿Qué son esas luces? ¿Por dónde estoy pasando? ¡Eh, John mira! ¡Dios, mío! ¡Qué solo me encuentro! El copiloto está a mi lado como dormido desde el accidente. Te gustaría ver lo que tus compatriotas han hecho para saludarte, quizás estén escuchando, si es así en su nombre os doy las gracias ¡Gracias, Australia! También me gustaría despedirme de los míos. Resulta difícil resumir sentimientos. Aún recuerdo los consejos que se nos daban en la academia: «Lo que tengáis que decir hacerlo en pocas palabras», como si eso fuera fácil, pero en estas circunstancias intentaré hacer lo posible. Quisiera pedir perdón por aquello que hice mal, o por lo que debería haber hecho, incluso por lo que hice bien, porque seguro que haciéndolo dañé a alguien. ¡Nunca llueve a gusto de todos!
            »No se por qué me ha venido a la mente la imagen de la perrita rusa, ¿cómo se llamaba? ¡A sí! Laika. Pobre, encajada en una nave poco más grande que ella, conectada a toda clase de tubos, ¿pensaría lo mismo que yo al dar vueltas a este gran globo? ¡Que estoy diciendo!, ¡Je!, pero… ¿qué pensaría? Sobre todo cuando el calor intenso, ese que estoy empezando a notar, la hiciera beber en demasía hasta terminar con las existencias de agua. Espero que muriera rápidamente.
            »¿Por qué pienso en la muerte? ¡Qué estupidez! Está claro que es mi compañera en este viaje, aunque todavía no la haya visto. Espero que sea como la imagino una…
            »Me está entrando sueño. Siento que un gran cansancio se está apoderando de mí, debe ser el oxígeno que se está acabando ¿Dónde caeré? ¡Seré estúpido! Qué más da, con un poco de suerte la nave se desvanecerá al entrar en contacto con la atmósfera, y entonces desapareceremos, John, lo haremos como lo hace un papel de fumar impregnado en pólvora al acercarlo al fuego.
            »La fuerza de la gravedad me acerca cada vez más a mi destino. Noto que la Madre Tierra me llama. ¡Hola, mundo! ¡Adiós, mundo!»


            Una sala, llena de monitores y mentes sesudas, es testigo de las palabras del astronauta que gira alrededor de la Tierra esperando la muerte.
            En un monitor se ve un punto de luz que hace saltar varias lágrimas. Con las cabezas gachas, el alma encogida y un silencio recio, las mentes sesudas van apagando todos los aparatos electrónicos, despacio, como si de un ritual macabro se tratara.
            Ese mismo día las voces que buscan frases para la posteridad dijeron: «La tierra entrega a sus hijos al universo con una explosión de luz».

Mi modesto homenaje para Ray Bradbury

28 julio 2012

Magia


Al entrar aquí su mente acaba de ser poseída. 

Usted, sin remedio acaba de adentrarse en:

¡El mundo desconocido de las letras!






Magia



—¡Mira, papá!
     Sus ojos azules, grandes y brillantes se abrían más a cada paso que daba.
     —¡Jajá! ¡Qué risa!
     Los muñecos, de cartón-piedra, se mostraban como algo maravilloso que la transportaban a un mundo nuevo y  espectacular, donde la ilusión y la fantasía se mezclan ante los ojos de un niño.
     La noche inundó la ciudad. Aquellas obras de arte callejeras resplandecían más aún con la luz de los focos que las rodeaban.
     —¡De noche son más bonitas!
     Sus ojos no querían perderse detalle, por lo que seguían abiertos ante el maravilloso mundo creado por los artistas.
     Pero una noche, a la hora en que un día da paso al siguiente, una traca infernal encaminó su fuego vivaz hacia aquellos muñecos devorando con avidez sus cuerpos.
     —¡Papá, los están quemando! ¡No quiero!
     Aquellos ojos azules, grandes y brillantes se tornaron tristes desbordando lágrimas ante el espectáculo de las llamas.
     —No llores, esos muñecos han sido creados para esto.
     Ninguna explicación fue aceptada. Ningún razonamiento quiso comprenderse. La magia se había evaporado.
     Un día, al volver del colegio:
     —¡Mira, papá!
     Sus manitas me enseñaban un pequeño muñeco de cartón-piedra, regalo por la visita escolar al taller de un artista fallero.
     Aquellos ojos azules, volvieron a ser los de antes, abiertos, vivaces y llenos de ilusión. Se pasaba el día abrazada a él. Jugaba, comía y dormía sin separarlo de sus brazos. Fue su mejor juguete.
    
     Una noche los bomberos me arrastraron fuera de la casa, alejándome del furor del fuego que devoraba a mi niña abrazada a su muñeco. Mientras, en mi delirio escuché: “Hemos sido creados para esto”.

¿Ha quedado sin palabras?

21 julio 2012

Un sueño hecho realidad




¡No! No entre aquí. Se lo advierto. Al hacerlo se está adentrando en un mundo que nunca olvidará. Uno que le transportará a otros y a otros…

En este momento su voluntad está siendo minada, su mente anhela leer y alimentar su espíritu.

Acaba de adentrarse sin remedio en:

¡El mundo desconocido de las letras!





Un sueño hecho realidad

            En España hay un lugar cuya orografía ha facilitado la creación de películas del Oeste Americano, es conocido como el desierto de Almería.
            Un viejo coche ronronea sobre una carretera solitaria. Cuarenta grados al sol hacen difícil circular por parajes de celuloide. Con las ventanillas abiertas espera una bocanada de aire que alivie la calina abrasadora.
            El conductor se llama Juan, es un apasionado de las películas antiguas y siente un platónico amor por una famosa de la época.
            Juan en busca un lugar donde refrescarse ha salido de la autopista. Maldice su suerte mientras seca el sudor con un pañuelo empapado. Un remolino de viento levanta una gran cantidad de polvo acumulado a los lados de la carretera. Rápidamente sube los cristales del coche para evitar que el interior se inunde, y se detiene.
            Pasada la pequeña tormenta lo que ve a su alrededor le deja sin habla. Se encuentra en mitad del Oeste. Caballos, carretas y hombres armados le rodean.  
            «Seguro que me he despistado y me he metido en medio de una película. En cualquier momento aparece el director exigiéndome una compensación por haber estropeado la toma». Buscaba así una explicación a lo que estaba viendo. Un hombre le apuntaba con un arma mientras le gritaba que saliera de aquel condenado artefacto. Llevaba una estrella reluciente y casi cegadora, por el reflejo del sol, en el pecho.
            Con calma abrió la puerta y salió del vehículo alzando los brazos.
            —Su nombre forastero— le gritó el de la estrella.
            Juan intentó decir unas palabras, pero la boca reseca y el miedo lo paralizaron. El silencio se adueñó del lugar, y tras unos segundos el del rifle  le susurró:
            —El texto, di el texto.
            «¿Realmente estoy en medio de una película?», pensó. De pronto se oyó: “¡Corten!”. Ante la orden todo el mundo comenzó a relajarse abandonando la calle en busca del refugio de la sombra. Con las manos aún en alto, Juan ve como se acercan dos hombres algo pintorescos vestidos con pantalones bombachos, camisa a cuadros y gorra ancha, uno de ellos lleva en la mano un gran cono a modo de megáfono.
            —Pero vamos a ver ¿Por qué no ha dicho su texto? Y…
Se interrumpió al observar la matrícula del vehículo, luego desvió la mirada hacia Juan recorriéndolo de arriba a abajo con lentitud
— ¿De dónde cojones ha salido usted? ¡Baje los brazos hombre!
            —Yo… voy camino de Murcia y no sé cómo he llegado hasta aquí.
            El acompañante le dice unas palabras en inglés que le hacen sonreír.
            —No, no señor. Estoy perdido, no soy un perdido.
            Las palabras de Juan en inglés hicieron que el acompañante se diera la vuelta con gesto serio. El director, como más tarde se identificó, dio la orden de un descanso de treinta minutos. Juan decidió buscar el cobijo de una sombra. Al acercarse a una de las falsas paredes del decorado observó el periódico que leía un actor, miró con atención la fecha. 1960. Preguntó si el diario era de attrezzo, el lector se le quedó mirando extrañado al tiempo que lo negaba.
            La cabeza de Juan comenzó a dar vueltas. No era posible, según lo que acababa de descubrir la tormenta le había trasportado a cincuenta años atrás. Miró a su alrededor con atención todo lo que estaba ocurriendo, escuchó una la emisión de radio a través de un receptor que le pareció de museo. «Aquí el diario hablado de las dos de la tarde del seis de junio de mil novecientos sesenta». Su mente no pudo asimilarlo y se desmayó.
            Cuando despertó comprobó que se encontraba en una caravana. Una voz femenina intentó calmarlo. Sus ojos se abrieron tanto que casi se le salieron de sus órbitas. Tenía ante sí a la gran actriz Marta Astud a la que había visto en viejas películas. Ella se acercó y con voz suave le preguntó si se encontraba bien. Apenas un hilo de voz salió de su garganta para confirmarlo.
            —Este calor es infernal ¿Cómo se llama?
            —Juan.
            —¿Sólo Juan?
            —Juan García.
            La puerta de la caravana se abrió de pronto y gritaron: “¡A escena!”
            La actriz se disculpó y le pidió cenar con él, a lo que Juan estuvo encantado. Cuando se quedó solo no podía creer lo que estaba pasando, había estado hablando, e iba a cenar con Marta Astud, su ídolo. La de veces que había soñado…Pero aquello no podía estar pasando según sus cálculos Marta Astud murió antes de que él naciera ¿Cómo era posible que estuviera allí, tan joven y bella. «Esto es de locos», se repetía mientras observaba las fotografías de la actriz.
            Al llegar la tarde todos los actores fueron ocupando los asientos de un autobús para volver a la ciudad, Juan subió a su coche y condujo detrás hasta un hotel de carretera no muy lejos de una población. Después de aparcar el vehículo la curiosidad le llevó a la puerta del hotel. Un deportivo americano paró a su lado, conducía Marta Astud, le recordó la cena y le hizo subir.
            La noche transcurrió como un sueño al lado de aquella mujer a la que observaba embobado mientras intentaba no parecer un idiota. Terminada la cena salieron del restaurante, Marta iba bebida y se cogía al brazo de Juan para mantenerse estable y disimular. Al llegar al coche Juan quiso impedir que Marta condujera, pero ella se impuso y se sentó al volante, él no quiso dejarla sola y se sentó a su lado.
            La noche era oscura, sin luna, los faros del deportivo iluminaban la carretera parcialmente. Marta reía, Juan se preocupaba. La velocidad subía con rapidez. De pronto un bulto grande delante se volvió dando un gran mugido. Marta dio un fuerte volantazo y todo comenzó a dar vueltas. Juan se levantó del suelo y comprobó que había sido despedido del coche, lo buscó en la oscuridad, y vio las luces. Se dirigió hacia el deportivo que se encontraba boca abajo.
            Se acercó a la puerta del conductor buscando a la mujer. La encontró sangrando, le buscó el pulso y no lo halló. Estaba muerta. Oyó una sirena. Gritó desesperado pidiendo ayuda. Vio como bajaban el terraplén por el que habían caído a varios hombres con linternas. Iluminaron el interior del coche y entonces lo que vio lo paralizó por completo.
            En el asiento del acompañante estaba él con un cristal del parabrisas clavado en su garganta. Mientras veía horrorizado aquella imagen de sí mismo recordó una crónica de la época relatando la muerte de la famosa actriz junto a un desconocido en un accidente de tráfico. La fama promiscua de la actriz, y el intento de no malograr su imagen hizo que se escondiera la identidad del desafortunado acompañante.

            El deseo, a veces inconfesable, de pasar unas horas con nuestros ídolos puede acarrear la visión de nuestro destino.

Se lo advertí.
        No vuelva.

21 junio 2012

La autopsia




      El escalpelo se hunde sin dificultad. Una gran “i” griega abre el pecho y abdomen del inerte protagonista.
      Los más íntimos secretos salen a la luz: bebedor empedernido, fumador compulsivo, un cáncer…, el forense y su ayudante se afanan en escrutar con verdadero ahínco los entresijos de aquel cuerpo. Su hígado es pesado, su estómago y su contenido revisado y anotado. El intestino es cortado longitudinalmente después de haber sido medido, sopesado y fotografiado.
            Una pequeña pero potente sierra circular corta, una a una, las costillas hasta dejar los pulmones sin su jaula. Con mucho cuidado son separados del cuerpo. Primero el izquierdo, luego el derecho.
            Otra vez el bisturí entra en acción segando de un solo tajo los tubos a los que está unido el corazón. La báscula alberga aquel importante músculo.
            —Doscientos setenta gramos —dice un ayudante.
            —Doctor —Una voz ajena a la sala de necropsias pregunta— ¿Causa de la muerte?
            —Todavía no estoy seguro, pero… yo diría que por el alto contenido en  sulfato ferroso y ácido tánico…
            —Eso es tinta ¿no?
            —Correcto por eso digo que, y solo es una primera impresión, este ser murió envenenado en una imprenta que experimentaba con distintas tintas.
            —¿Una qué…?
            —Ja,ja,ja, es usted muy joven. Consulte su libro electrónico, y pierda miedo, su pantalla no mancha.

            «¡Atención, atención!» Por los altavoces una voz femenina reclama ser escuchada. «En diez segundos se iniciará el despegue».
            Una gran nave circular se eleva dejando atrás una de las lunas de Júpiter. Mientras se acercan a la tierra, el forense y sus ayudantes continúan su investigación.

21 mayo 2012

Campanas de lágrimas



Las campanas de la iglesia tocan a muerto. No, no hay misa de difuntos. El campanero mayor del pueblo hacía el toque con el corazón roto.
            José, hombre jubilado, sin oficio ni beneficio, y con una pensión de las denominadas de risa, tuvo la fortuna de contar con la amistad del cura y del farmacéutico, quienes, en reunión secreta y con nocturnidad acordaron convencer al alcalde, y al resto de las fuerzas vivas del pueblo para que se le concediera un título y así incrementar su pensión. De la risa a la carcajada.
            Una mañana de mayo mientras se afeitaba oyó en la radio la noticia. No lo dudó un instante, se vistió con rapidez y dirigiéndose al campanario tocó a difunto.
            Ante tal desatino, el cura acudió alarmado, el médico saltó de la cama. El cabo, el farmacéutico y el alcalde se asomaron a la plaza para intentar averiguar lo que ocurría.
            —Pero, hombre de Dios. ¿Qué haces? ¿Quién se ha muerto?
            —Mi juventud, padre. Mi juventud.
            Las lágrimas del campanero mayor rodaban por sus mejillas sin control. Los recuerdos se amontonaban en su mente tropezando unos con otros, atropellándose y dando motivos para deshacerse en llanto.
            El cura al verlo en ese estado se asustó, y acercándose a él intentó serenarlo, infundirle ánimos e intentar averiguar quién era el difunto.
            En misa de doce el cura, en su homilía, recordó su juventud, y la de José, y la de muchos de los presentes. Todos recordarían aquel día como uno para no olvidar.
Terminada la misa José volvió a casa, y cogiendo un disco de vinilo lo puso en la vieja gramola que adornaba un rincón del salón. El espacio fue ocupado por las notas de Stayin’ Alive de los Bee Gees.
            El cielo se inunda con voz de falsete, y los ángeles bailan bajo las luces que el sol hace llegar al girar su gran bola de fuego.
            Descansa en paz Robin Gibb.

22 abril 2012

La deuda


Tras un día estresante, echaba de menos el calor del hogar, una reparadora ducha, un vaso de espléndido licor y un buen libro. Pero el asfixiante viaje en metro se hacía interminable. Cuando por fin salí al exterior, respiré el refrescante aire contaminado de la ciudad.
     Al llegar revisé el buzón. Estaba a rebosar de publicidad y recibos, pero entre ellos un sobre extraño, sin remite. Llamó mi atención por el tipo de letra gótica utilizada para escribir mi nombre. Mi primera reacción fue abrirlo, pero la repentina aparición de algunos vecinos me hizo desistir.
Una vez acomodado y en batín, recogí el contenido del buzón que había casi olvidado en el mueble del recibidor junto con las llaves. Volví a sostener el dichoso sobre. El papel era de un tipo extraño, grueso y áspero. Admiré la letra escrita, al parecer por los rasgos gruesos y corridos, con pluma y tintero. Pensé: «¿Quién en los tiempos que corren puede hacer uso de tal instrumento de escritura?».
Imaginaba al autor escogiendo, entre varias, la pluma de ave adecuada, con el grosor justo para que al biselar la punta retuviera la tinta necesaria y poder escribir, al menos, dos o tres palabras completas. Imaginé que se trataría de alguien que conocía muy bien la letra gótica y su técnica para dibujarla. La tinta empleada no parecía la habitual que se puede comprar en una papelería, tenía un color ocre, y cada palabra estaba rematada con un giro, a modo de punto, que no hacía ligera su lectura.
Leí mi nombre y primer apellido, no había más, ni dirección ni nada que indicara qué persona la enviaba. Sin embargo, llevaba un matasellos en la parte superior, de esos que se estampan en las cartas sin sello. ¡El sello! No había caído en ese detalle. No llevaba ninguno, al menos pegado, pero sí lo tenía dibujado, con gran esmero, con la misma tinta y trazos.
Le di la vuelta y volví a comprobar que no figuraba ningún remite que pudiera mostrar el origen. También me llamó la atención el tipo de cierre empleado en el sobre. Vi restos de un pegamento que en un principio me pareció pasta. Una mezcla de harina y agua.
Estaba tan fascinado con el sobre que no quise rasgar ni un milímetro de aquel papel, por lo que me empleé a fondo con el abrecartas. Cuando conseguí abrirlo, extraje la carta del interior del mismo material que el sobre.
Me quedé helado al ver, con una caligrafía excelente, el inicio de esa carta: «Valencia, a cuatro de Mayo del año del Señor de mil ochocientos diez. Vuestra Merced que, cuando lea esta carta vivirá, es mi deseo, en Gracia con Dios, y aunque en los años venideros, que a este humilde servidor le cuesta calcular…»
Una sensación extraña provocó que dejara rápidamente aquel sobre y su contenido encima de la mesita baja que tenía enfrente. Me hice mil y una preguntas, ¿quién, cómo, cuándo, por qué? La volví a coger con la intención de aclarar todas las dudas.
Me llevó un tiempo acostumbrarme a la letra pero conseguí enterarme de su contenido. Al parecer un tal Don Alfredo de Castellnova y García, tenía una deuda con un antepasado mío que no pudo resarcir debido a la repentina muerte de éste a manos de unos nativos del Brasil. Intentó encontrar a alguien de su familia sin éxito, y como era un hombre de palabra, encargó a su bufete que en cuanto se encontrara un descendiente vivo, se le entregara esta carta, y se le compensara la deuda.
A la mañana siguiente, sin haber conciliado el sueño, me desplacé al centro de la ciudad donde un anticuario, amigo de toda la vida, tenía su negocio. Quedó fascinado al examinar el sobre en la trastienda. Me dijo que ese papel era original, que no se fabricaba desde hacía ochenta años, y que la pasta con la que estaba pegada la solapa era, como imaginaba, una mezcla de harina y agua en la proporción adecuada para que sirviera de adhesivo.
En la oficina de correos después de dar muchas patadas, y comprar lotería para los funcionarios jubilados, me indicaron que según el registro postal la carta la había enviado un despacho de abogados. Con la dirección en la mano salí dispuesto a que se me aclarara el significado de todo aquello.
La sensación de recibir una herencia que acabara con todos los males económicos por los que pasaba, inundó mi corazón y mi mente. En un taxi me dirigí a la dirección indicada por la oficina postal; previamente había anunciado mi visita adelantándola a través del teléfono.
La decoración del bufete era espléndida, señorial, sobria a la vez que elegante. Me hicieron pasar a un espacioso despacho donde extrañamente el único mobiliario eran unas estanterías en las paredes. Una amable señorita me indicó que muy pronto me atenderían.
La primera estocada me atravesó el costado. La quemazón de la punzada me dejó sin aire e hizo que me inclinara hacia adelante sujetándome la herida. El tirador, acompañado por dos personas serias y correctamente vestidas, aparentaba tener aproximadamente mi edad y me hablaba de cobrar la deuda de la misma manera que lo habría hecho su antepasado.
 La segunda, rápida y certera, me seccionó en dos el corazón, y antes de que el acero del florete abandonara mi cuerpo, pude ver con toda claridad la satisfacción en la cara de mi matador. 

23 marzo 2012

El hipnotizador


—Se dice que para dejar de fumar primero hay que desearlo, pero no un deseo banal, de capricho, no. Hay que proponérselo de verdad, con ganas. Claro que esto lo dicen aquellos que nunca han sido fumadores, y no han sentido el poder de la nicotina nublando la voluntad, los sentidos…

El ponente captó, con esta breve introducción, la atención del personal que abarrotaba la sala del teatro Altear, donde mostraría que con la hipnosis se podía curar la adicción a todas las drogas. Tras dos horas exponiendo razones, estudios y toda clase de experimentos realizados por las más prestigiosas universidades, se dispuso a poner en práctica su teoría con una demostración que daría mucho que hablar.

—¿Cuántos de ustedes quieren dejar de fumar?

Pocas manos se alzaron pero el conferenciante escogió a tres y los hizo subir al escenario a la vez que pedía un aplauso.

Sus ayudantes colocaron a dos de los voluntarios en los extremos y al tercero en el centro. Mientras tanto, el ponente se dirigía al público.

—Para que este experimento pueda ser creíble, y no se piense que es una farsa, uno de ellos no abandonará su adicción al tabaco, mientras que los otros dos vomitarán cada vez que enciendan un cigarrillo. ¿Alguien conoce a alguno de estos caballeros?

Una persona se levantó del asiento contiguo a dos de los que quedaron vacíos, entre las chanzas de los que le rodeaban.

—Yo conozco a dos —dijo con risa entrecortada.

—Señáleme uno.

Con una mueca, que intentaba disimular una incipiente risotada, señaló al situado al extremo derecho del escenario.

—¿Es muy fumador?

—¡Ya lo creo, se lo fuma todo! —dijo soltando una gran carcajada acompañada por las de sus acompañantes.

—Muy bien, a partir de hoy no lo volverá a hacer.

Se pidió silencio en la sala. Se bajaron las luces quedando sólo la intensa iluminación de unos focos sobre las cabezas de los voluntarios. El conferenciante, con la parsimonia que requería la ocasión, fue uno a uno hablándoles en voz baja y tranquilizadora, mirándoles a los ojos con fijeza y sin blandir ningún objeto frente a ellos.

Al cabo de pocos minutos los tres hombres, objeto del experimento, sudaban visiblemente. Cuando el ponente acabó pidió que las luces volvieran a iluminar el escenario. No parecía que hubiera pasado nada. Los voluntarios estaban de pie sin muestras de sumisión, adormecimiento u otro síntoma de haber sido hipnotizados. El conferenciante los hizo bajar y ocupar sus asientos, al tiempo que se dirigía al público invitándoles a que averiguaran quién de los tres seguiría fumando.

Un murmullo inundó la sala. Los responsables del acto, en previsión, difundían por megafonía que dentro del teatro no estaba permitido fumar. Los gritos de “Fraude”, “Embaucador”, fueron algunos de los que se oyeron mientras las luces del escenario se apagaban, concluyendo el acto sin más explicaciones por parte del protagonista de la conferencia.

En la calle los tres voluntarios fueron rodeados por el público que salía del teatro. A uno de ellos se le ofreció un cigarrillo; lo cogió y se lo llevó a la boca. Risas y burlas se exteriorizaron, pero cuando al encender el cigarrillo el humo inundó sus pulmones, un gran vómito manchó el pecho de algunos de los escépticos que lo rodeaban.

Lo mismo ocurrió con otro de los voluntarios, mientras que al tercero se le vio disfrutar de aquel tabaco. Entre la gente comenzó una pequeña discusión. Unos pasaron a ser creyentes, mientras que otros se mantenían en su escéptica opinión de que se había llegado a un acuerdo con ellos.

El atestado de la policía narraba los hechos tal y como los testigos lo relataron. El juez dio orden de arresto contra el ponente de aquella conferencia, y pocas horas después lo tuvo ante su presencia.

—Dígame. ¿Qué les hizo?

—Nada —contestó—, en tan breve tiempo no pude hipnotizarlos, además uno de ellos me dijo que no creía en esas cosas, y si alguien no está dispuesto no se le puede hipnotizar.

—¿Me está diciendo que la hipnosis es un cuento?

—No. Le digo que la hipnosis requiere tiempo, y sobre todo estar preparado para ello.

—Entonces, ¿cómo explica los hechos?

—No es difícil. Dos de ellos se habían pasado con el alcohol antes de la conferencia, el olor que emanaban los delataba, y el calor de los focos aumentó el mareo. Cuando salieron a la calle el cigarrillo ofrecido fue el detonante. Sume usted embriaguez, mareo y añada un golpe de tos…

—Y, ¿qué me dice del tercero?

—El tercero era un delincuente, un hombre de baja estofa al que pagué para que se presentara voluntario. Siempre lo hago, por si falla el público.

—¡Ya! ¿Y cómo explica que fuera el punto de mira, el objetivo?

—No tengo explicación para eso.

—Así qué suben al escenario tres voluntarios, dos ebrios y otro pagado por usted. A sabiendas de que no podía hipnotizarlos, hace… el paripé, desaparece haciendo creer a todos que los había metido en trance, y ya está.

—Correcto, señor.

—Luego salen a la calle, y dos de ellos después de encender un cigarrillo y vomitar se lanzan sobre el tercero, y en el furor de la riña acaban en medio de la calzada siendo atropellados por un vehículo que no pudo esquivarlos, teniendo como resultado dos muertos y uno muy grave. ¿Y usted me dice que todo eso ocurrió así, sin más, por enajenación transitoria de personas que no se conocían de nada?

—Si usted lo dice…

El juez dio por concluido el interrogatorio. Al no encontrar nada que pudiera señalarlo como causante de los hechos le permitió que se marchara, no sin antes decirle que estuviera a disposición del juzgado por si necesitaba volver a interrogarlo.

El conferenciante fue directo al hotel donde estaba alojado. Al llegar a su habitación llamó por teléfono. Al otro lado contestó una mujer.

—Hecho —dijo.

—Gracias.

El conductor del vehículo, ejecutor de la muerte de dos de los voluntarios, titubeaba ante las preguntas del instructor del juzgado. Sus declaraciones se contradecían a medida que avanzaba el interrogatorio. El juez concluyó que el conductor era parte activa de un asesinato, por lo que ordenó que se le detuviera, al menos, durante setenta y dos horas.

Posteriormente el juez se desplazó al hospital donde se encontraba el único superviviente de los tres voluntarios. El médico de guardia permitió que fuera interrogado.

El hombre herido relató que el ponente le ofreció bastante dinero para que fingiera ser un voluntario en un experimento de hipnosis.

—Me dijo que no me hipnotizaría y que solo tendría que fingir.

—¿Qué pasó en la calle?

—No lo sé, se lo juro, de pronto se abalanzaron sobre mí y comenzaron a golpearme. Estaban locos, fuera de sí.

—¿Y en el escenario, qué le dijo mientras simulaba hipnotizarlo?

La respuesta del herido fue el desencadenante de una operación que llevó a la detención del conferenciante. Se le acusó, junto al conductor del vehículo, de incitar al asesinato de dos personas, y del intento de una tercera. El juez instructor redactó un informe en el que se detallaba cómo se preparó la venganza contra los tres hombres causantes de que una mujer fuera violada, robada y abandonada a su suerte.

En el juicio quedó demostrado que el acusado buscó, encontró y pagó a los tres voluntarios para que subieran al escenario, y que una vez allí hipnotizó a dos de ellos, no sólo para quitarles el vicio de fumar sino para que, cuando vieran fumar al tercero pensaran que se encontraban solos en el callejón oscuro y solitario donde se perpetró la violación, debiendo entonces eliminarlo, pues tenía intención de denunciarlos por tan execrable delito. Y que el verdugo, un sicario pagado por el acusado, debía esperar con su furgoneta el momento más adecuado, siguiéndolos si fuera preciso, para atropellarlos y matarlos simulando un accidente. Acto que realizó al ver que en el furor de la pelea se lanzaron en mitad de la calzada.

Los declararon culpables. La sentencia fue firme. Fueron condenados al máximo de pena que la ley indicaba para aquel delito. Pero algo sorprendente ocurrió antes de que el juez rubricara, con su golpe de mazo, aquella sentencia. Al grito de “justicia”, dado por uno de los acusados, el policía que los custodiaba sacó su arma y allí, delante de testigos, descerrajó dos tiros al tercer voluntario.

A través del gran tumulto que se organizó en la sala de lo penal número once, una mujer se abrió paso hasta el hipnotizador, y susurrándole al oído le dijo: “Ahora sí que ha cumplido el trato”.