11 febrero 2013

El libro del año: Del Miedo y otras Islas


Tengo el placer de presentaros el libro del año "Del Miedo y otras Islas", nueva antología de La Tribu.

Tras el éxito de su primera antología Necroslogía, una Antología de la muerte La Tribu ataca de nuevo con Del Miedo y otras Islas, que está llena de miedos que harán disfrutar al lector con sus catorce relatos ubicados en un archipiélago de islas desconocidas.

El colectivo de La Tribu formado por autores de México, España, Argentina y El Salvador amantes de las letras ha querido aportar su granito de arena a una buena causa y dedicar los beneficios de este libro a la Fundación Ademo

Podéis adquirir un ejemplar o dos, o todos los que queráis en:

En papel, en CreateSpace y Amazon:

https://www.createspace.com/4110634 (CreateSpace)

http://www.amazon.com/Miedo-otras-Islas-Spanish-Edition/dp/1482067153 (amazon.com)

http://www.amazon.es/Del-Miedo-y-otras-Islas/dp/1482067153 (amazon.es)

Los autores queremos agradeceros de antemano vuestra aportación

Antonio Romero Montilla (Harvey)
Edgardo Benítez (Edgardo)
Esther González (Esther)
Fernando Castellano Ardiles (Gothian)
Jesús García Lorenzo (clarinete)
Manuel Navarro Seva (Boris Rudeiko)
Manuel Pérez Recio (Nelo)
Montse de Paz (Elisabet)
Natalia Rubio (Natts)
pepsi
Plácido Fernandez González (Plásido)
Rafael Homar Ferragut (Rafa)
Sergio José Martínez Valls (Valls)
Zoquete

06 enero 2013

La nueva tecnología

LA NUEVA TECNOLOGÍA


Cómodamente sentado en mi sillón favorito admiraba mi nueva adquisición. Desde el momento que me puse frente a ella quedaron olvidados todos los esfuerzos y privaciones realizados para poder conseguir aquella maravilla. Noventa pulgadas en pantalla plana de Plasma, muy alta definición, 3D y sonido surround.
        Casi temblándome las manos cogí el mando y encendí aquel presente de ciencia ficción. Al instante apareció un documental que me transportó a una selva maravillosa. El sonido envolvente reproducía los bellos silbidos de las diferentes aves que poblaban aquel lugar, plagado en su totalidad de toda la gama de colores existentes en el arco iris. Las tres dimensiones me situaban en el centro de aquella naturaleza exuberante.
        En la esquina superior derecha de la pantalla apareció un mensaje: “Pulse la tecla OLF para percibir olores”, la busqué con ansia en el mando. Al pulsarla se pulverizaron aromas que inundaron todo el espacio de un salón donde ya no existía el sofá de tres cuerpos, ni la mesita baja, ni siquiera la librería que tantos buenos momentos me hizo pasar con sus historias.
        Una voz; la del narrador, me describía con detalle todo lo que me rodeaba. Pude ver a la marmota tomando el sol, a esa mariquita de color rojo salpicada de motas negras volar de una rama a otra, o aquella extraña oruga que se deslizaba por una hoja verde y fresca. Aves llenas de colorido lanzar al viento sus bellos cánticos, mientras que otras revoloteaban a mí alrededor.
        De pronto todo quedó en silencio. Las aves alzaron el vuelo alejándose de la escena, la mariquita cerró sus alas con la intención de pasar desapercibida, la oruga se hizo una bola y la marmota se ocultó con rapidez. ¿Qué ocurre?
        El narrador gritó: ¡Cuidado!
        Al girar la cabeza observé, con pavura, como algo enorme y rayado se abalanzaba sobre mí.
        Al tiempo que aparecían los créditos finales del documental, el narrador decía: “Y aquí termina un nuevo y apasionante episodio de cómo alimentar a las fieras en tiempo de crisis”.

08 diciembre 2012

El destino de una estrella


En esta ocasión abandono “El mundo desconocido de las letras” para ser el primero en desearos una feliz navidad con un cuento que ya publiqué hace unos años.
            Quisiera dedicarlo —con vuestro permiso— a mi nieto David, con la esperanza de que algún día pueda leerlo.
            También a todos los nietos del mundo, incluido el de mi maestro Don Miguel Morellá.



¡Feliz Navidad a todos!




El destino de una estrella



            Érase una vez…, una estrella muy, pero que muy pequeña. Sus hermanas se burlaban de ella por su minúsculo tamaño, y por la poca intensidad de luz que emitía en el firmamento.
            —¿A dónde vas, enana? —le decían sin ningún miramiento.
            Decidió, ante el rechazo, desplazarse a una galaxia cercana. Al verla llegar se rieron de ella.
            —Pero si brilla menos que una linterna —comentaban unas.
            —Aquí no tienes cabida —dictaminaban otras.
            La pequeña estrella saltó de nebulosa en nebulosa, y siempre con el mismo recibimiento. Sola y desamparada se puso a llorar. Un agujero negro que pasaba por allí le preguntó por su llanto, y ella contestó que nadie la quería por su diminuto cuerpo.
            —No te preocupes, ven conmigo, yo te haré grande.
            —¿De verdad? —preguntó entusiasmada.
            —¡Claro! Te daré masa con la que podrás aumentar tu tamaño y tu luminosidad.
            La estrellita sonrió y se dirigió hacia el agujero, pero a mitad del camino un meteorito le gritó: “¡No, cuidado, te engullirá como hizo con mis hermanos!”.
            —No le hagas caso. Ven.
            —¡No, estrellita! Si entras no regresarás nunca —le gritó el meteorito.
            Estrellita miró hacia el agujero, y al verlo tan negro se asustó alejándose de él.
            —Ven conmigo, te enseñaré lugares que nunca habrías imaginado —dijo la piedra errante.
            Al acercarse al asteroide éste comenzó a girar alrededor de ella.
            —¿Qué haces? —preguntó algo mareada por seguirlo.
            —La atracción gravitatoria. He entrado en tu campo de gravedad, y así estaré hasta que sea atraído por tu masa y forme parte de ella —gritó entusiasmado el meteorito.
            —¿Y no te da miedo?
            —¡Que va, al contrario, es lo que estaba buscando!
            Estrellita y su amigo viajaron por el universo encontrándose con otras piedras que se unieron a ella. Poco a poco Estrellita fue ganando masa, y su luz cobró intensidad. Creyéndose mejorada volvió con sus hermanas, pero otra vez sintió el rechazo.
            —Vete de aquí, nos deslumbras.
            —¡Fuera! Eres demasiado grande, aquí no cabes.
            Entristecida, buscó en el firmamento un lugar apartado donde pasar la vida solitaria a la que se veía condenada.
            «No sirvo para nada, soy un fracaso como estrella», pensó, y se resignó a su soledad.
            A través del telescopio, un rey descubrió a Estrellita. Realizó sus cálculos, y comprobó que siempre se movía en la misma dirección. Al Oeste.
            El rey Baltasar recibió la visita de su amigo Melchor, ambos estudiaron aquella estrella, y llegaron a la misma conclusión. Decidieron seguirla.
            En el camino se encontraron con Gaspar a quien también le había llamado la atención el cuerpo celeste. Los tres reyes se unieron en su trayecto.
            Estrellita lloraba su aislamiento. Sus lágrimas, revoloteando detrás de ella, formaron una gran cola que, al reflejar su luz, le proporcionaba un aspecto majestuoso. De pronto una voz dulce y profunda la llamó.
            —Estrellita.
            —¿Quién me llama? —preguntó asustada.
            —Soy tu creador —dijo la voz—, no tengas miedo. Tienes una misión que realizar.
            —¿Una misión?
            —Sí, aquella para la que fuiste creada. Servir de guía.
            —¿Guía, para quién?
            —En aquel planeta azul, hay tres reyes de oriente, que siguiéndote encontrarán al que buscan.
            —¿Otro rey?
            —Sí, al Rey de reyes, que ha nacido en un lugar llamado Belén.
            —Belén, ¡qué bonito!
            —Por ello serás conocida, a través de los tiempos, como la estrella que los guió. Serás la estrella de Belén.
            Cada veinticuatro de diciembre, en el firmamento hay una estrella brillando más que las demás. Orgullosa y sonriente sirve de guía para aquellos que buscan su destino.

23 noviembre 2012

Altanez



 Esto es:
 ¡El mundo desconocido de las letras!




Altanez


Con una mirada impertinente, gesto desairado, postura altiva y envidiosa, andaba Alicia por este mundo. Gustaba de esos programas de televisión donde los tertulianos destrozan a cualquier famoso con sus comentarios gratuitos.
     Tenía una niña que creció con esa escuela. Si algo no se conseguía no era por falta de medios, posibilidades o de esfuerzo, era porque los Hados se habían confabulado en su  contra. Pero si alguien de su entorno, fuera quien fuera, lo alcanzaba, se aplicaba rápidamente la ley del favoritismo o la compra, y así se destrozaba verbalmente y con rapidez a quien no interesaba. No fallaba nunca.
     No contaba con amigos. Todos eran enemigos. «¡Hasta ahí podríamos llegar!» Se repetía con orgullo manifiesto, y a continuación decía: «Criados servirme que de buena cuna vengo, las clases sociales se crearon por algo, y no precisamente para ser mezcladas». Este pensamiento era su lema y su fuerza.
     —¿Te leo la mano niña?
     —¡Déjela en paz!
     —¡No, mamá!
     —Pero, ¿qué dices?
     La gitana, de ojos negros y cabello azabache, cogió con rapidez y fortaleza la manita que se extendía hacia ella. Paseó, sin rozar su piel, sus dedos sobre la palma, y levantando lentamente la cabeza, dirigió a la madre una mirada penetrante. Alicia se sintió insultada, aquellos ojos hablaban solos y le decían algo que no quería oír.  Con un fuerte tirón apartó la mano de su hija, y entre lloros y a la fuerza se la llevó lejos.
     —¿Qué has visto? —preguntó una joven gitana.
     —Algo que nunca tendrás —contestó la adivina sin dejar de observar cómo se alejaba Alicia y su hija.
     —¿Riquezas, posición, un novio…?
     —Un corazón negro.
     Una risa histérica y repleta de carcajadas, acompañaba a los golpes de cuchillo que en el pecho recibía Alicia de manos de su hija ya adolescente. Un hombre, de raza gitana, miraba espantado desde el alféizar de la puerta, la respuesta que se daba a la negativa de boda. 

25 octubre 2012

¿Dónde estás Tenorio?



                                   ¡El mundo desconocido de las letras!


¿Dónde estás Tenorio?


La mano temblorosa limpia con esmero la foto que preside la lápida.
            Una vez a la semana, desde hace diez años, la misma rutina. Rito que si llegara a abandonarlo no se lo perdonaría ni su Herminia ni él, que para eso le juró amor eterno.
            Después, despacio, ocupa un banco no distante de la tumba. Allí le cuenta sus cosas. Las ocurridas los siete días anteriores, y las que posiblemente sucederán, porque como él dice: “La vida en su rutina se la ve venir hasta en su final”.
            Vienen a su memoria tiempos pasados en los que juntos salían al escenario a representar personajes que otros habían inventado. «Qué felices éramos, ¿recuerdas? ¡Vivíamos tantas vidas!», le comenta pausadamente.
            Las horas pasan de prisa para su edad avanzada. El frío no es buena compañía y menos en noviembre. El sol se pone en el cementerio y Eusebio, muy a su pesar, debe retirarse. Se despide como siempre, lanzando un beso al aire. En su mente ve como ella lo recoge.
            Paso a paso, sin prisas, apoyado en su bastón se aleja de Herminia, ocupando sus pensamientos con ella. Al cabo de un rato, al mirar a su alrededor, se siente desorientado, no conoce el lugar, y es cuando se da cuenta que se ha perdido. «Todas las calles del cementerio son iguales, ¿cómo no voy a perderme?», se dice como un reproche.
            Al pasar por una de las lápidas lee: “Juan Tenorio González”, una leve sonrisa ilumina su arrugada cara. Más adelante ve a un hombre junto a un nicho.
            —Perdone, caballero —le dice con calma—, ¿podría indicarme la salida? Siento decir que me he perdido. 
            — ¡No faltaba más! –Contesta el desconocido—, voy a hacer algo mejor, si le apetece y no le importa lo acompaño, aquí ya he terminado.
            Juntos recorren el lugar, mientras, hablan de cosas intrascendentes hasta que el acompañante hace una pregunta directa: “¿Qué le parece a usted eso del halloween?”.
            Eusebio lo mira con curiosidad, y después de un segundo de reflexión le contesta con una apología del daño hecho a la tradición y al respeto por los que se han ido.
            —Comparto su opinión —dice el desconocido—, yo también añoro aquellos tiempos en los que ir al teatro a ver a Don Juan, le daba sentido a esta noche. Parecía como si se volviera a nacer, como si todo…
            — ¿Lo malo no hubiera ocurrido?
            —Sí… —susurró mientras esbozaba una sonrisa—, una sensación extraña.
            La conversación poco a poco declina en la obra de Zorrilla, repasan versos, actores, interpretaciones y ríen.
            El recorrido los lleva a una plaza muy iluminada. Eusebio está cansado, muy cansado, y le pide a su acompañante sentarse y descansar un rato, éste accede muy cordialmente. La charla continúa más entusiasmada, llegando incluso a realizar gestos mientras recitan.
            — ¡Aaah, Tenorio! ¿Dónde estás? —Eusebio suspira—, te quedaste entre los panteones de tus victimas, olvidado, relegado por disfraces grotescos y fiestas que recuerdan más a los carnavales que a los difuntos.
            —Así es, amigo mío. Olvidado.
            — ¡Por cierto! ¿Cuál es su nombre? Llevamos un buen rato hablando y no sé cómo llamarlo.
            —Me llamo Juan –dice el desconocido.
            —Encantado. ¡Bueno! Vamos hacia la salida, ya debe ser muy tarde y hace frío.
            —No, Eusebio, no. Esta noche la pasaremos juntos, aquí, entre estos muros, recordando.
            — ¿Pero, qué dice? ¡Vamos, hombre! Déjese de historias y vámonos a casa.
            —¿A casa? Esta es mi casa.
            Eusebio mira a Juan con ojos muy abiertos cuando acompañaba, lo dicho, con un gesto de sus brazos abarcando todo el lugar. De pronto aparece en escena el vigilante cruzando la plaza. En silencio, con su linterna, sigue camino sin hacerles caso. Eusebio al verlo se levanta y lo llama a gritos al ver que se aleja. El vigilante, ajeno a los ocupantes del banco situado en aquel lugar del cementerio, continua su recorrido perdiéndose entre la oscuridad de una de las calles.
            —No te esfuerces. Ni te ve, ni te oye.
            Eusebio comienza a sentir miedo. «¿Qué está ocurriendo?», se pregunta.
 A lo lejos se escucha un cántico. Eusebio intenta distinguir quién lo realiza. Mira guiñando los ojos buscando un atisbo de claridad. No consigue nada. Se adelanta con unos pasos para poder observar mejor, pero éstos son detenidos por la voz de su acompañante.
            —No hace falta que acudas, vienen hacia aquí, se reunirán con nosotros enseguida.
            — ¿Con nosotros?, ¿por qué?
            —Porque son La Santa Compaña. Todas las noches de difuntos acuden para recoger a Don Juan Tenorio y a su acompañante.

11 octubre 2012

Fantasmagoría




Sí, esto es:

¡El mundo desconocido de las letras!





Fantasmagoría

            Todas las mañanas lo mismo: que si no arreglo mi cuarto, que si esto, que si aquello. Cualquier cosa era motivo para llamarme la atención.
            ¿Los desayunos?, insoportables. Los únicos sonidos perceptibles eran el crujir de las hojas del periódico, o el tintineo de la cucharita de café intentando disolver el azúcar.
            El momento feliz: el de la comida, siempre que fuera sentado a la sombra de un árbol, en el césped con ella al lado. Mi chica. A pesar de estar rodeados de gente y en medio del campus, era fantástico.
            Se llama Eloísa. Eloísa, qué nombre más poético. Es bonita e inteligente ¿Cuál será el motivo por el que está conmigo? ¿Por qué me eligió? A veces tengo la tentación de preguntárselo, pero me da miedo.
            Un día nos tomamos un descanso lejos de la ciudad. Descalzos paseamos por la playa. Los rayos del Sol nos acariciaban, mimaban e invitaban a hablar. Ella contó sus problemas y yo los míos.
            De vuelta a casa, más de lo mismo: arregla tu cuarto, estudia…
            Una noche recibí la llamada de Eloísa, estaba alterada, nerviosa y llorando. No pregunté. Salí de casa como una exhalación sin decir nada, sin dar ninguna explicación. Oí reproches y quejas tras de mí. Cuando llegué encontré lo inesperado.
            Al abrir la puerta llevaba el vestido hecho jirones, marcas de golpes en la cara y sangre, mucha sangre. La abracé intentando calmarla, pero entre sollozos, dijo: «Está ahí». Pasé al salón y lo vi, boca abajo con la cabeza rota «¿Qué has hecho?», susurré.
            Acurrucada en el suelo y llorando, me lo contó: su padrastro, ebrio y fuera de sí intento abusar de ella. En la lucha consiguió zafarse de él y coger algo con qué defenderse. Sin pensar, en un instinto de supervivencia, le golpeó varias veces hasta que se desplomó. Al caer vio la sangre, se asustó e intentó reanimarle, pero ya estaba muerto.
            Pregunté si había llamado a su madre, que se encontraba en casa de su abuela, y no obtuve respuesta, así que fui al baño en busca de una toalla para limpiarle la sangre, y encontré algo aterrador. La madre de Eloísa se encontraba en la bañera. Me acerque y comprobé que estaba muerta. Había sido ahogada. Horrorizado y hecho un manojo de nervios me dirigí al salón, y la  vi como nunca imagine verla. Su pelo rubio cayéndole por los hombros tapándole media cara, su figura perfecta, insinuante y sexi. Sonriente me llamaba con dulzura: «ven, cariño, amor mío».
            Fue más que una atracción fatal. Fue hipnotismo, amor, seducción y… dolor. Mucho dolor al notar como entraba en mi cuerpo la afilada hoja del cuchillo que…

            —¡Un momento, tronco! ¿Pero a qué estás jugando? Yo soy el Prota, tío ¿Y se te ocurre matarme? ¿Qué has fumado?
—Perdona ¿Cómo dices?
—¡Pues está claro! Que cambies el desarrollo de la historia. Que ella no puede matar al Prota ¿Entiendes?
—Okey. A ver qué te parece esto.
Fue la más fatal de las atracciones. En el preciso momento que quiso clavarme el cuchillo, mi gran adiestramiento la desarmó. Mi caballerosidad me impidió matarla, y la entregué a la policía con una nota que decía: «Aquí les dejo, maniatada, una joya. Los dos cuerpos son de su cosecha, como lo demostrarán las pruebas científicas. Atentamente 009, con licencia para todo»
—¡Muy bien, tronco! Así me… ¿Pero, qué haces? ¡No, la tecla suprimir no!

            El doctor, sentado, chupaba su pipa con tranquilidad mientras escuchaba a su paciente.
—Desde que borré de mi ordenador aquella novela, cuando intento empezar una nueva, se me aparece una y otra vez el mismo personaje ¡Quiere ser el protagonista! ¿Qué hago, doctor?
—¿A intentado matarlo?
—Sí, pero vuelve a surgir. No sé qué puedo hacer.
            El doctor quitándose la pipa de la boca dijo:
—Pues darme el papel de Prota, tronco. 

30 septiembre 2012

¡Extra, extra! Ha salido Prosofagia-16


En esta ocasión, y porque así esta lo merece, interrumpo la serie de El mundo desconocido de las letras para referirme a una revista literaria en la que en ocasiones he participado con algún cuento y un artículo, me refiero a la revista PROSOFAGIA que ha publicado su número 16, o si lo preferís: dieciséis.
            En su reciente publicación podréis encontrar, como siempre, artículos interesantes, no sólo para aquellos que escribir una palabra detrás de la otra, en su correcto orden, represente una obsesión, sino para todos los que desean aprender a leer y escribir cada día un poquito mejor, como un servidor.
            Existe un artículo que, particularmente, me parece interesantísimo, y no especialmente por lo bien escrito que está (como todo lo que publica esta revista), sino por lo que se aprende de él. Me refiero al que trata el leísmo, laísmo y el loísmo. Sí ya sé, muchos diréis que eso depende de la región de España, o del país al que se pertenezca por nacimiento y aprendizaje, pero estaréis conmigo que a la hora de escribir se hace mal uso, y precisamente por eso: La costumbre. ¡Pues bien! En este artículo comprobaréis que a veces metemos, y yo el primero, la pata en su totalidad.
            Ni que decir tiene (bueno, llegado este punto, he de manifestar que algunos de vosotros, por no decir muchos, ya conocéis esta super- revista), que  posee PROSOFAGIA en sus páginas interiores (esto me ha salido muy periodístico), entrevistas con Martínez de Sousa y Ángela Valhey, y un artículo sobre un personaje algo especial, me refiero a Fernando Arrabal, hombre que ha dado mucho que hablar aquí y allá, por sus rarezas que, sin llegar a conocerlo, son casi (y digo casi porque son incomparables) semejantes a las de Dalí.
            Encontraréis también humor, literario por supuesto, poesía y cuentos, así como fotografías con una calidad visual perfecta, y con motivos que abren la puerta a la inventiva de un poema o una narración.
            ¡En fin! Una revista literaria digna de tener en cuenta, para ser leída con atención, y tenerla como referencia para consulta.
            Simplemente para terminar deciros que os dejo el link para que podáis leerla. Ojalá os cause tan buena impresión como me la ha causado a mí.