20 julio 2015

El deseo

La tarde en que Juan celebraba su sesenta cumpleaños  sintió un fuerte dolor en su brazo.
Esa noche en la habitación del hospital, mientras su mujer dormía a su lado en una butaca, la vio con semblante fresco y sonriente.
—No despertará —dijo refiriéndose a su mujer.
—¿Quién eres?
—Alguien que hará realidad tu deseo.
—No comprendo.
—¿Recuerdas tu petición al apagar las velas?
Quedó pensativo y sonrió.
—Veo que te acuerdas ¿Sigues deseándolo?
Miró a su mujer y pensó en los años felices.
—Sí, deseo borrar todos mis errores.
—De acuerdo. Qué seas feliz.
Un gran sopor le dejó dormido. 
Al despertar estaba sólo en la habitación de hospital.
Entró una enfermera sonriente que revisó su pulso y su presión sanguínea.
—Parece que todo está correcto.
—¿Dónde está mi…?
—¡Ah, su pareja! Al decir el doctor que no corría peligro, bajó un momento a desayunar ¡Mire ya está aquí!.
Miró hacia la puerta y vio a un hombre joven con barba de dos días que se le acercaba sonriente dispuesto a darle un beso. Levantó los brazos para detenerlo.
—¿Quién es usted? Y ¿Dónde está mi mujer?

La enfermera le dedicó una amplia sonrisa mientras sus pupilas se tornaban bermellón y en la habitación aparecía el olor inconfundible del azufre.

© Jesús García Lorenzo

12 junio 2015

Benixent

Fui creado en una hoja en blanco cuya virginidad fue rasgada por una pluma experimentada. Mi nombre da igual, mi creador todavía no me lo ha asignado, pero es el caso que estoy aquí para contarles un cuento. Sí, un cuento o una leyenda, pero juzguen ustedes.

El califa Amur Bel Aldib se enamoró de la hija del Emir. Alfara era tan bella que las estrellas eran las únicas que competían con ella. Cuando Amur y Alfara se conocieron, sus almas jóvenes y trepadoras se lanzaron al desenfreno del amor.
Pero la joven fue prometida a otro hombre por su padre el Emir. De nada sirvieron regalos y ruegos.
Una noche las estrellas y la luna se confabularon, y como una trepidante música de jazz en Si bemol, Amur escaló la verja de su amor y la raptó.
El Emir clamó venganza por su honor mancillado y el castillo de Amur fue asediado. Doscientos cincuenta habitantes del castillo murieron por el hambre. 
Alfara dio a luz a un varón, pero la debilidad no la dejo sobrevivir. El Emir furioso al enterarse de la muerte de su hija en el parto lanzó un ataque feroz.
Amur conocedor de que no podría contener el ataque llamó a una de sus sirvientas y le entregó a su hijo.
La batalla brutal causó la muerte de trescientos diez seres humanos. Amur fue capturado, torturado y ejecutado. Durante el interrogatorio el Emir sólo hacía una pregunta: “¿Dónde está mi nieto?”, la respuesta siempre fue: “¿Nieto, qué nieto?”.
El heredero de Amur fue buscado sin éxito.  Desconocedor del drama de su nacimiento creció de casa en casa; varios maestros le enseñaron y el pueblo lo llamó I-ben-i-gent, hijo de la gente.
Cuando los cristianos llegaron al lugar lo hicieron sin resistencia, su rey sorprendido por la facilidad de la conquista quiso averiguar el motivo.
Un grupo de ancianos se presentó ante él y le dijeron que en la ciudad no había ejército, sólo administradores elegidos por el pueblo entre los más sabios.
Aquel cristiano, astuto e inteligente, se interesó por los valores y la cultura de aquel pueblo sin dueño y señor. Dos días estuvieron departiendo los ancianos con aquel rey. Dos días enriquecedores. Al final de la segunda jornada los ancianos oyeron la pregunta que esperaban desde el principio : “¿Quién?”, a los que todos respondieron: “I-ben-i-gent”, “Bien ¿Y donde está?”, el más anciano se acercó a la puerta de la tienda cristiana y abriéndola señaló hacia el exterior, y con voz susurrante contestó: “Mi señor. Sus tropas lo están pisando”.
El transcurrir del tiempo y la mala utilización del lenguaje hizo que a aquel lugar lo llamaran Benixent.

¡No!, no intenten buscar ustedes en el mapa la ubicación de aquel lugar, no lo encontraran, pues al igual que la Atlántida hizo un viaje sin retorno, lo que acabo de  narrarles solo es un cuento o una leyenda que la pluma de mi creador me ha permitido contar.

© Jesús García Lorenzo

26 abril 2015

Furia desatada

E
l viento alcanza su máxima velocidad, girando sobre sí crea una espiral en forma de garganta hambrienta que va tragando casas, granjas y hasta una ciudad entera.
La fuerza de la naturaleza se desata provocando el pánico.
—¡A cenar!
—¡Ya voy, mami!
Juanito desconecta su trabajo de ciencias, y se dispone a lavarse las manos para cenar.

La naturaleza se queda en calma.


Este es uno de los relatos que podréis encontrar en el libro "Brelatos" en Amazon.

23 abril 2015

BRELATOS

Brelatos es el título de mi primer libro. un libro de relatos que, con seguridad,  llevará al lector a la línea en la que se juntan la realidad y la fantasía, y navegará teniendo a babor y estribor a la una y la otra.

Os adelanto unos párrafos de uno de los relatos:

L
a Nereida zarpa al rayar el alba como lo ha hecho durante veinticinco años. Es el último barco en salir. Seis mujeres susurran un hasta pronto. Un adiós bastaría para mentarla y la mala suerte siempre acude a la convocatoria.
El poblado, pequeño y pegado a la costa, reluce con la luz propia de los quinqués que realza la belleza de sus pequeñas casas encaladas. Detrás, majestuosa, se eleva la torre del campanario; en la iglesia, las mañanas que hay despedida el señor cura bendice a sus feligreses con una oración suave, como las que se realizan en la intimidad.

Cuando el sol sale, La Nereida está ya en el horizonte. Las seis mujeres no se moverán hasta que deje de verse la embarcación. Luego volverán a la rutina de la casa y más tarde, sentadas en las piedras de la playa, coserán, repararán y dejarán a punto las redes.

El resto de este relato y 34 más lo podéis encontrar en El libro "Brelatos" en la página de Amazon:



©Jesús García Lorenzo

05 enero 2015

La carta de Andrés

«Queridos Reyes Magos:
»Soy un niño de sesenta y tres años, y me he portado bien. Esta noche entrareis en millones de hogares para dejar regalos y hacer felices a muchos niños. La última vez que os escribí ¡Dios mío!, hace ya tanto tiempo.
»Esta mañana revolviendo entre cajas con la intención de hacer limpieza encontré una carta inacabada y recordé porqué. 
»Un día unos señores llegaron con la policía y nos echaron de  casa, y vosotros no aparecisteis para impedirlo. A partir de aquel año os olvidasteis de mi.
»Hoy he decidido escribir para pedir que no os olvidéis de esos niños que, como yo aquel día, hoy dormirán fuera de su casa porque alguien ha decidido que ya no es suya, aunque hayan nacido y crecido en ella. 
»Vosotros sois magos y podréis encontrarlos allí donde estén y hacer que se olviden, al menos por un momento, de que no están en su casa.
»He encontrado por internet un correo electrónico al que os envío mi carta en forma de email; seguro que no tendréis problema con esto.
»Siempre vuestro.»
Al día siguiente Andrés, mientras desayunaba puso la radio, y escuchó:
“La policía ayer se negó a desalojar a veinte familias en otras tantas ciudades españolas. Según aseguró el portavoz del Cuerpo de Seguridad del Estado estaban cumpliendo órdenes recibidas por un correo electrónico. Ante tal hecho hoy se reunirá de urgencia el comité de crisis del estado.”

Andrés se acercó al belén que tenía en el salón y a las figuras de los Reyes Magos les susurró: “Gracias”, y los tres volviéndose hacia él le contestaron: “De nada”.

22 octubre 2014

Miedo


Andrés tecleaba en su ordenador un artículo para el suplemento del domingo. 
Un ruido le distrajo del trabajo. Con lentitud y preocupación se volvió hacia la puerta. La luz existente en la habitación procedía de una pequeña lámpara situada en el escritorio y que alumbraba el teclado, el resto de se sumergía en la oscuridad. Achinó los ojos y vislumbró una figura que le hizo dar un pequeño respingo en la silla que ocupaba.
—¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado? ¿Qué quiere?
Las preguntas se sucedieron como el traqueteo de una ametralladora.
—No tenga miedo —dijo la sombra—, no era mi intención asustarle.
Andrés se levantó y fue hacia la pared para activar el interruptor que haría que se iluminara toda la habitación. Cuando luz inundó el espacio apareció ante él un hombre vestido como los tunos de la universidad pero con mucha más elegancia. El color negro predominaba en su vestimenta, se cubría con una capa española que a través de sus pliegues se podía distinguir el color rojo bermellón de su interior. El pecho estaba rodeado por una gran hebilla que formaba parte de una ancha correa que acababa en su cintura izquierda de donde pendía una espada.
—Si busca dinero no tengo nada —La voz le tembló en la última parte de la frase.
—¡No! No, Andrés, no busco dinero.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—¿Su nombre? Sois bien conocido de donde yo vengo. Luchador a ultranza contra las costumbres anglosajonas del comienzo del mes de noviembre y defensor de una tradición ya olvidada por los jóvenes por el respeto a los muertos, de los deliciosos huesitos de santo y de la representación de la inolvidable obra de Zorrilla.
—¿Quién es usted?
Andrés temblaba, su mano tanteó entre el escritorio algo con lo que defenderse sin perder de vista a su visitante. Aferró un abrecartas con fuerza a pesar del miedo que sentía.
—No te hace falta eso —dijo la figura al ver como sujetaba Andrés su arma—, no os deseo ningún mal ni tampoco os lo voy hacer, aunque por otro lado poco podríais contra mi espada.
Andrés comprendió que era cierto y soltó el abrecartas sobre la mesa.
—Me presentaré, pues las normas de la cortesía no se deben reñir con las de la educación. Me llamo Don Juan, o si lo preferís solo Juan pues estoy dispuesto a concederos ese favor, y estoy aquí porque, como ya he dicho, sois famoso por la defensa a ultranza de una tradición, y yo, soldado y caballero español, he sido designado para presentarme ante vos y he de añadir que ardía en deseos de conocerle.
Andrés quedó atónito, examinó con detenimiento al personaje que se encontraba ante él y una palabra inundo toda su mente.
—¿Tenorio? —La pregunta salió como un suspiro de asombro. Al momento en una muestra de enfado por lo que significaba aquella intromisión preguntó:
— ¿Qué clase de broma es esta?
—¿Broma? —dijo algo irritado Tenorio por no causar en Andrés el efecto que esperaba—A lo largo de mi vida he sido un maestro, qué digo, el maestro en la práctica de la mofa y el escarnio, pero jamás mi sinceridad se puso en duda, caballero. Mi apellido es Tenorio por parte de padre y Juan mi nombre de pila porque así lo quisieron mis progenitores ¡Sí, señor! ¡Yo soy Don Juan Tenorio!.
Andrés palideció cuando vio que el personaje echaba mano a la empuñadura de su espada mientras mostraba su enfado.
—¡Está bien, caballero! —se apresuró a decir Andrés para calmar el ambiente.
La figura apartó su mano de la espada y sacó de su manga un pañuelo de hilo que comenzó a oler. Se acercó con paso decidido al ordenador para ver que estaba escribiendo Andrés. Al dar los primeros pasos en la habitación se escuchó el ruido de las espuelas golpeando el suelo y se preguntó como no lo había oído acercársele.
—¡Uhm! —exclamó aquel singular personaje—, veo que tus letras son punzantes como una daga.
—¿De verdad eres Tenorio? —El asombro se estaba adueñando de Andrés.
—¡Caballero, la duda ofende!
—Pero… Tú eres un personaje de ficción y…
—¿Y? —replicó ofendido—, ¿acaso no lo son también los personajes de Victor Hugo?, sin embargo continuamente veis miserables por doquier y no os lo planteáis
—Está bien, está bien, dime ¿Por qué hablas así?
—¿Cómo?
—Pues… con tratamiento y con familiaridad a la vez.
—¿Lo hago?
Tenorio quedó algo aturdido y pensativo para luego mirar fijamente a los ojos de Andrés.
—Ya me lo advirtió Don luis.
—¿Mejía?
—¡¿Acaso hay otro Don Luis?! —alzó la voz tornándola al instante amistosa—,¡Bien! Te dejaré terminar el escrito antes de que nos marchemos.
—¿Marcharnos?, ¿dónde?
—¡Ah, claro! —suspiro antes de continuar—, he venido no sólo a conoceros sino también para irnos a…
—¿Irnos? ¿Dónde?
Tenorio no respondió. La insistencia de Andrés, pues repitió sus dos preguntas, le hizo acercarse mirándolo de frente.
—Al lugar donde todos vamos al final de nuestro camino y tú ya has terminado.
Tenorio se mostró sosegado no así Andrés a quien se le aceleraba el corazón a medida que Tenorio habría la boca.
—¿Terminado? Pero… ¡Vamos! Esto es una broma ¿Verdad? —Andrés se tranquilizó por un instante pensando que todo aquello no era más que una falacia de alguno de sus amigos con el objetivo de hacerle caer en el ridículo y tener chanza para varios meses y casi en tono de burla continuó— Además ¿Eso no es trabajo de otro? ¿Le estás intentando quitarle el puesto?
Tenorio se acercó despacio y serio, el gesto de su cara reflejaba furia contenida y cuando se encontraba a un palmo de la cara de Andrés le dijo en voz baja y serena:
—La Impía me ha permitido esta deferencia y no seré yo quién la defraude pues la palabra dada por Don Juan Tenorio es, y será siempre, digna de respeto por cumplida. Debéis venir conmigo.
La lentitud de sus últimas palabras y el brillo extraño que vio en los ojos de Tenorio hicieron que las piernas de Andrés se volvieran de plomo. El pulso se le aceleró y con un acto reflejo movió la cabeza en silencio negándose a realizar aquello que se le pedía.
—¡Aparta piedra fingida! —Algo en su interior le hizo alzar la voz. El miedo, la angustia o el sentir que no tenía escapatoria— ¡Sal de aquí!, yo aún tengo cosas que hacer, muchas por las que luchar, el halloween todavía no ha sido vencido ¿Acaso tú no quieres volver?
—Andrés —Tenorio le llamó por su nombre para tranquilizarlo, La Parca le había aconsejado que ante esa respuesta se mostrara amistoso y comprensivo—, no tengas miedo pues esa fiesta pagana terminará y si no llega a desaparecer, ¡da igual!, porque siempre habrá quien, como tú, se emocione o incluso se enfurezca al leer un libro y con el tiempo dejarán a un lado monstruos y brujas, disfraces y locuras para sumergirse entre sus páginas. Y yo volveré junto con los demás cada vez que alguien lea en voz alta nuestros nombres y en ese momento tú habrás vencido. Ahora, Andrés, ven conmigo pues quienes tu no olvidaste te esperan.

Andrés asintió y aceptando la mano que Don Juan Tenorio le tendía recorrió a su lado el  camino que les llevaba a la eternidad.

06 junio 2014

El funeral


—Todo esto me parece una parafernalia difícil de creer.
—¿Por qué?
—¡¿Pero es que no lo ves?! Jamás hubiera pensado que un día como hoy lloraría tanta gente. Es más. Creo que la mayoría está fingiendo. Habría que buscar a quién está pagando tanta plañidera.
—No seas tan desconfiado, los hombres también están llorando…
—¿Qué pasa, no pueden existir plañideros? Además no conozco a la mayoría, al menos después de tanto tiempo sin verlos. 
—¡Ah! ¿Y eso los hace parecer falsos y sin sentimientos?
—¡No seas absurda!, lo que ocurre es que nunca los había visto con ese… ¡Sofocón!
—¿Por eso fingen?
—¿Me tomas el pelo? —le dijo mientras la miraba a esa falta de ojos— Imagino que a lo largo de los muchos años que tienes te habrás encontrado con más de un plañidero.
—Sí, es cierto —dijo con una sonrisa en la cara—, los he visto.
—¡Basta, por favor! El ser tu la causante ni te da derecho, ni me gusta, ni me parece apropiado sonreír en mi funeral.

© Jesús García Lorenzo