08 diciembre 2022

El matador

Hoy, al llegar a casa me encontré un sobre. Se había convertido en una costumbre desde hacia dos años, en él, siempre aparecían una fotografía, una dirección y dos mil euros en efectivo.

A mis setenta y ocho años, jubilado, solo y sin perrito que me ladrara mi vida se iba apagando poco a poco, todo consistía en un café por las mañanas, descafeinado por supuesto, y en pijama. Un paseo por la ciudad para ocupar el tiempo, comer en el bar de Juan, siesta mientras en la televisión emitían una película, vuelta al bar, una partida al dominó, cena y a dormir. Todo monotonía, todo aburrimiento, todo muerte lenta.

Un día a la vuelta del bar encontré un sobre que alguien, quizás por error, habían deslizado por debajo de mi puerta, no había ni remitente ni dirección, lo abrí y vi la foto de un hombre que me pareció conocido, acompañaba a la foto dos mil euros en billetes de cincuenta. Mi imaginación se desbordó ¿Acaso alguien quería ver muerto a ese hombre?,  ¿por qué?, y es más, ¿quería que lo matara yo?.

No dormí esa noche, mi cabeza le daba vueltas a quién quería ver muerto a aquel pobre hombre, pero lo que a las dos de la mañana me hizo levantarme y dar vueltas por todo mi piso era ¿Yo?.

Al día siguiente, con los nervios a flor de piel, llegué a plantearme, por un momento, cómo realizar el encargo, pero al pasar por el espejo del recibidor le pregunté a mi reflejo ¿Estás loco?

Pasados dos días de la recepción del sobre recibí una llamada de teléfono, una voz distorsionada me preguntaba el motivo de mi demora. No me dio tiempo a ninguna pregunta ni explicación, pues me daba dos días para ejecutar el encargo.

Sin saber porqué salí a dar un paseo como todos los días, pero en dirección a la calle del señalado. Para mi sorpresa lo vi salir del portal. Sin saber cómo ni porqué lo seguí durante una media hora hasta un parque donde jugaban muchos niños menores de diez años. Me senté en un banco desde dominaba una parte del parque un poco escondida, y vi porqué era el señalado. Me enfurecí tanto que sin dar crédito a mi razón fui hacia él, por fortuna aquel niño ya se había ido, lo empujé y como aún llevaba los pantalones por las rodillas se desequilibró y cayó golpeándose con la cabeza contra un bordillo del jardín. Murió en el acto.

La rabia de lo que había visto me impedía darme cuenta de que había matado a un hombre. Cuando llegué a casa se me apoderó una sensación de desasosiego tal que me serví una copa de coñac y me relajé en el sofá.

Mas tranquilo recibí una llamada telefónica donde la voz distorsionada me felicitaba por la realización del encargo.

En el noticiario del día siguiente daban por un ajuste de cuentas el asesinato de un pederasta al que la madre de un niño de seis años había denunciado a la policía por intento de abusos.

Me pareció que el caso estaba cerrado, sobre todo cuando al paso de los días nadie me buscó, ni preguntó, parecía que yo nunca hubiera estado allí.

Los sobres fueron llegando a lo largo de los meses, y no sé como cada vez me costaba menos realizar los encargos. El destino me ayudó en las realizaciones, pues de una forma u otra nunca tuve la necesidad de utilizar ningún instrumento para cumplir con lo pagado.

Hoy he vuelto a recibir el sobre. Quizás la fuerza de la costumbre, o el cambio de mi rutina, pero no le di ninguna importancia a la recepción de aquel sobre, así que después de acomodarme en el sofá abrí aquel dichoso sobre.

Mi cara dio un cambio al ver a quién se pretendía que matara, en aquella ocasión había una cantidad de cuatro mil euros y la fotografía era la mía.


©Jesús García Lorenzo

16 noviembre 2022

El diario

Ella guardó una rosa como recuerdo de su amor, una rosa entera sin deshojar. El tiempo la fue marchitando poco a poco. La falta de riego, de amor y la distancia fueron transformando sus hojas en quebradizas y de un color de muerte.

El diario donde ella escribía fue olvidándose. A las emocionadas páginas que describían una pasión siguieron otras de quejas y de desasosiego, hasta que el hastío dejó las páginas en blanco.

Un día ella volvió a enamorarse y la fiebre del amor surgió como una febril enfermedad. La pluma volvió a escribir apasionadamente olvidando la vida anterior. Páginas nuevas  donde se desbocaba la ilusión y el deseo.

Un día dejó de escribir, en la última página puso: “Me caso”.

Un anochecer de lluvia intensa se iluminó el desván, unas manos suaves y delicadas rebuscaron en un halcón. Las lágrimas, húmedas de añoranza, resbalaron por su mejilla  mojando aquella rosa grisácea que se deshacía entre los dedos de aquellas manos  deseosas  que el tiempo se hubiera detenido años atrás.

Me entristecí, al tiempo que sentí el calor de su pecho al ser abrazado. Mis páginas se estremecieron cuando su voz susurrante leía lo escrito sobre ellas.


 ©Jesús García Lorenzo

19 octubre 2022

Soy Don Juan

Andrés no podía imaginar mientras blandía su espada de plástico frente al espejo, que aquella noche, la de difuntos, acabaría siendo la más excepcional de toda su vida.

Enfundado en su viejo traje de tuno, que plegó y guardó con naftalina al acabar la carrera de Derecho, se imaginaba ser Don Juan Tenorio. Ese año acudiría a la fiesta de Halloween de tal guisa. Iba a dar el golpe esa noche. Seguro que nadie llevaría semejante vestimenta.

Con una boina negra por sombrero se dirigió a la puerta de la calle para ir a su destino. Al pasar por el espejo del recibidor se repasó de arriba abajo. Durante dos semanas se había afeitado dejándose un fino bigote y una espesa perilla, perfectos para el papel que representaba.

Decidió acudir a la fiesta andando. “Total no está tan lejos”, pensó y con paso firme y decidido comenzó su andadura.

El alboroto de la calle en Halloween le obligó a pensar que atajando por calles adyacentes llegaría antes. En una de esas calles la luz de las farolas se apagaron, de pronto quedó con la iluminación propia de la luna llena. 

—¿Don Juan. Sois vos?

La pregunta le sobresaltó. No sabía con exactitud de dónde procedía.

—¡Por mi espada que si no contestáis os haré probar una cuarta! ¿Sois Don Juan?

La oscuridad y su miopía no le permitían distinguir el origen de esa voz, por lo que optó por ponerse las gafas. No podía creer lo que estaba viendo. Ante él una figura se tapaba con su capa y que junto su sombrero de ala ancha, adornado con una pluma larga y caída hacia atrás, solo se le podía distinguir los ojos.

—¡Vive Dios, contestar de una vez que me impaciento!

—Me llamo Andrés —dijo algo tembloroso.

—¡¡Mentis!! Juro por lo más valioso que si no decís la verdad…

—¡No! Soy abogado, y me dirijo a una fiesta que…

—¿Fiesta? Os lo dije. Os lo rogué incluso faltando a mi hombría, y vos, con la burla que se os antoja…

—¿De qué me habla?

—¡¡Pardiez!! ¿Os burláis?, de Doña Ana de Pantoja.

—¿De quién?

—No me toméis por bobo. La hostería de Cristófano Buttarelli ¿Recordáis?

—Si hubiera estafo allí…

—A Don Luis Mejía.

El embozado apartó su capa descubriendo toda su figura al tiempo que su mano derecha se situaba en el mango de su espada. Andrés quedó pálido, tembloroso y levantando el brazo pidió calma.

—¿Rogais, o es cobardía? Vos Don Juan, el que a las cabañas bajó y a los palacios subió…

—Se equivoca caballero, si lo que quiere es dinero pues…

—¡Me insultais!

En un abrir y cerrar de ojos notó la punta de la espada de Don Luis en su garganta. No se atrevió a mover un solo músculo. “Este hombre está loco ¡Dios mío ayúdame!”

—Decidme, ¿quién sois?

—Soy… Don Juan.

La luz de la mañana descubrió un cuerpo, bañado en sangre, en el callejón trasero de un viejo y destartalado teatro que en su fachada aún conservaba el cartel de la última representación: Don Juan Tenorio.


©Jesús García Lorenzo

25 septiembre 2022

Un día de fiesta


Me he despertado realizando el típico bostezo, los estiramientos habituales con la dulce monotonía de todos los días.

Tras mi ración de agua matutina, el aire fresco de la mañana. Es reconfortante salir al balcón recién levantado el día, para respirar hondo y empapar los pulmones del olor penetrante de la ciudad.

Al salir a la calle te encuentras con esos amigos desconocidos a los que saludas por inercia “¿Qué tal? ¡Buenos días! ¿Cómo te va?” ¡Siempre igual!

Estamos en fiestas, por lo tanto mucha aglomeración de gente impidiendo andar normalmente por la calle. Música fuerte y algarabía en general.

Hoy es el día grande, el día en que consume todo, fuegos artificiales, petardos etc…, pues mañana todo acabará. Pero antes de que acabe, en casa se celebra con una gran comida a la que asiste toda la familia. En la cocina, las mujeres se esmeran en preparar manjares exquisitos, los niños juegan alegrando la casa con sus risas y sus travesuras, y los hombres hablan de la actualidad arreglando el mundo con sus comentarios.¡Aaah! Es estupendo ver a todo el mundo feliz y contento.

De la calle llega la deliciosa melodía de un pasodoble. Todos corren para hacerse con un lugar privilegiado para poder ver cómo los músicos pasean sus melodías alegrando la vida que mañana volverá a ser monótona y aburrida. Acompañando a los músicos van mujeres jóvenes luciendo trajes tradicionales llenos de colorido.

-Mira que traje más bonito.

-¿Y qué me dices de ese?

Todo el mundo asomado a las ventanas y balcones aplaude el paso de la juventud engalanada.

Una vez ha terminado el pasacalle vuelven todos a sus quehaceres. Alguien enciende el televisor y las noticias llenan la habitación. Mientras la mesa se llena de aperitivos, cerveza y alegría.

Da gusto ver a toda la familia alrededor de una mesa ¿Y yo? Pues como siempre recorro cada uno de los lugares ocupados para ver si alguien me da algo, pero en esta ocasión mi amo, acariciándome el lomo y a escondidas, me da un buen trozo de uno de los manjares que hay sobre la mesa. Y yo, moviendo el rabo contento y agradecido, me voy a mi manta, a saborear mi regalo.

©Jesús García Lorenzo

14 septiembre 2022

Lo evidente


Gotas de oro salpicaron el suelo una y otra vez. Pues el llanto de lo imposible debería cotizar en bolsa.

Sentirse ciego es peor que serlo, sobre todo cuando no te ven.

Su fino bastón blanco acompañaba, con sus suaves golpes, a su voz pidiendo el favor de alguien.

Autobús tras autobús y siempre la misma pregunta.

— Por favor, ¿Qué numero es éste?

Solo oía bullicio.

Jaime tan solo contaba con la experiencia que dan los veinte años. Medio tumbado en la cama de un hospital esperaba el diagnostico.

Su mente revivía una y otra vez, aquellas luces intensas, que acercándose a gran velocidad acabaron con las risas de una noche de asueto.

Por fin la voz del médico. Como un estallido retumbaron las palabras “Ceguera irreversible”

Su bastón, golpeaba el suelo mientras volvía a pedir indicación a la gente.

A través de su sentido mas desarrollado podía oír los exabruptos de una mujer que intentaba que sus hijos estuvieran quietos.

Sus lágrimas empaparon sus vendas. ¡Ciego! Ya no podría disfrutar del atardecer, ni del verde manto de la hierba. Su mente acumulaba imágenes en un desesperado intento de salvaguardar aquello que no volvería.

El humo de un puro le ahogaba. Por más que se retirara aquel hedor le perseguía. 

Notó un olor diferente. Un perfume de mujer penetrante que le hizo concebir esperanzas. A lo lejos el ruido tronador del motor de otro autobús.

- Por favor ¿Qué...?

No pudo acabar, los empujones lo separaron del lugar que ocupaba. Incluso tuvo que oír algún insulto por obstaculizar el paso.

Aquel motor volvió a rugir para poco a poco alejarse de él.

El día que le quitaron las vendas se sintió morir. No notó diferencia cuando le dijeron que estaba frente a una ventana en un día de sol.

Semanas intensas de rehabilitación. ¡Qué ironía! Como si la desesperación por lo perdido, se pudiera rehabilitar.

Buscó con resignación un lugar donde sentarse, su bastón no lo encontró. Aquella parada solo contaba con un poste indicador, donde pudo apoyar su espalda.

Seguía percibiendo aquel perfume intenso, pero se mezclaba con otro que el viento de repente le traía. Al principio no lo identificó pero luego fue muy claro.

Ese olor a ozono que precede a la tormenta, iba acrecentándose, anulando el perfume.

La visita de una amiga fue el detonante. Al principio le fue incomoda su presencia. Ciego, torpe y sin poder saber qué expresión tenía en cada momento, le hizo comportarse inadecuadamente. Pero Alicia tenía un Don, sabía cómo hacer que Jaime cambiara su actitud, y al rato de estar hablando con ella se sintió relajado y confiado.

Un gran chasquido ensordecedor le sacó toda duda que pudiera tener. Notó como las gotas de lluvia golpeaban con fuerza su cabeza.

Su bastón no acertaba a encontrar donde se pudiera guarecerse de la furia del cielo. Sus ropas se empaparon y sintió frio.

Cuando salió del hospital su casa fue su refugio y la seguridad de lo conocido. Solo cuando Alicia fue a buscarlo se decidió a salir.

El tiempo pasó y un día tomó la decisión, iría al centro y volvería. Sería la prueba final de su rehabilitación.

Bajo aquel diluvio y mojado hasta la medula oyó cómo se acercaba un autobús a la parada. Con voz temblorosa por el frío, volvió a hacer la pregunta.

Una voz femenina se dirigió a él.

-¿Que numero espera?

- El veintisiete.

- Lo siento, se ha equivocado de parada, aquí no para esa línea. 

- Entonces...

Su voz demostró hundimiento.

- Debe irse más abajo, a unos doscientos metros.

- ¿Hacia qué lado debo ir?

- A su derecha, Lástima ya han pasado tres.

Jaime, derrotado por la lluvia y la incomprensión, se alejó acompañado por su mejor amigo. Su bastón.


©Jesús García Lorenzo


24 agosto 2022

La decisión de las Musas


Calíope ejerciendo de hermana mayor argumentó todos los contras de la proposición de su hermana menor Urania.

—Algo de razón tiene. —apuntilló Talía.

Las demás estaban en silencio, esperando acontecimientos y observando cómo a su hermana mayor le iba subiendo su enfado mientras que Urania exponía sus pros.

La proposición estaba sobre la mesa, sin embargo y a pesar de la reacción adversa de Calíope se respiraba una aceptación generalizada que la hermana mayor acabó por asimilar.

—¡Yupi! Nos vamos de vacaciones.

Talía no pudo reprimirse y sus saltos y gritos de alegría fueron contagiosos, todas hasta Calíope lo festejaron, pero Clío verbalizó lo que todas pensaban y no se atrevían a decir en voz alta.

—¿Qué opinará nuestro padre?

— ¿Y si no se lo decimos? —Melpómene se atrevió casi como un susurro a exponer lo que pensaba.

Todas callaron, el silencio se hizo patente hasta que Euterpe con una sonrisa pícara y mirando a sus hermanas concluyó que si lo distraía alguien no se enteraría.

Hicieron cavalas, estudiaron posibilidades y llegaron a una conclusión: « Apolo » Fue unanime, hasta Terpsícore que era algo reticente con mentir, pero con el gusanillo de la tentación a flor de piel aceptó.

El acuerdo con Apolo fue duro de conseguir, pero lograron embaucarlo para que durante una temporada el gran Zeus estuviera tan distraído como para que no pensara en sus hijas.

Las Musas Griegas, la fuente de creación cultural, se tomaron unas vacaciones.

En la tierra algo se paralizó de repente. Los músicos no componían nuevas melodías, los escritores no entregaban sus obras a editar porque se habían quedado en blanco, los actores no improvisaban porque no sabían cómo, en el mundo de las ciencias los astrónomos les daba pereza mirar a las estrellas, los matemáticos les dolía la cabeza cada vez que veían números. En general la creación se había paralizado. El mundo entró en crisis.

Erato, tumbada en su hamaca  miraba con atención a los hombres que se lanzaban desde el trampolín de la piscina. « tienen cuerpos que se asemejan a Apolo », pensaba mientras saboreaba una bebida extraña pero cuyo sabor le agradaba. A su lado Clío con los ojos cerrados saboreaba como el sol acariciaba su piel, y pensaba en la cantidad de hombres a lo largo de la historia hubieran deseado estar como ella en ese momento.

Terpsícore fue sacada de una clase de bachata a rastras por su hermana Melpómene ante una urgente noticia que acababa de recibir de Apolo. Todas con una prisa inusual en ellas fueron corriendo al lugar donde se encontraban Erato y Clío. Tuvieron una reunión en la habitación del hotel y comenzaron a temblar cuando oyeron la voz de Zeus.

—El mundo está muriendo, —comenzó Zeus—la cultura ha desaparecido de la faz de la tierra, los habitantes del planeta están olvidando como se escribe, como se pinta, como se baila, como se hace música como se…

Las Musas estaban abrazadas unas a otras esperando el castigo que fue rotundo, y sin posibilidad de apelación.

En la tierra surgieron grandes cerebros, que publicaron novelas que siglos después aún se leen, hermosas pinturas que reflejaban hechos históricos y que todavía se pueden ver y disfrutar, poesías que engrandecen el alma, descubrimientos astronómicos y matemáticos que revolucionaron la tierra, obras musicales que enternecieron y enfurecieron, distrajeron y sosegaron, historiadores que enseñaron y oradores que maravillaron.

El castigo duró y duró, hoy en día las musas no paran de trabajar, y si en algún momento te ves con la mente aturdida, o deseas desafiar a la hoja en blanco, llámalas, tienen que cumplir un castigo.


©Jesús García Lorenzo

10 agosto 2022

El hombre que respiraba música

Cuando se jubiló en lugar de ver en ello una desgracia vio la puerta abierta a sus aficiones. Todo aquello que no pudo realizar durante su vida laboral lo podía hacer, tenía todo el tiempo del mundo.

El primer día se despertó a la hora habitual para acudir al trabajo, fue una decepción, pero poco a poco se habituó a poder abrir una ventana y mirar al sol en pijama.

El segundo día lo dedicó a limpieza general, abrir armarios y deshacerse de todo aquello que le recordara la vida laboral. Estaba en una etapa nueva, libre y esperanzadora.

En una caja forrada de polvo encontró un estuche que le devolvió a su juventud, en ella dormía un clarinete. A su lado otra caja contenía partituras, lengüetas de caña, vaselina y demás utensilios para el instrumento encontrado.

Lentamente montó el clarinete, adecuó la lengüeta de caña a la boquilla, apoyó su dedo pulgar de la mano derecha en su lugar, dispuso el resto de dedos y se llevó el instrumento a la boca.

El sonido que oyó fue desagradable. ¡Hace tanto tiempo!, se dijo excusando su torpeza. Lo intentó de nuevo y poco a poco fue sacando un sonido mejor que el anterior. Recordó que no muy lejos de su casa existía una unión musical y se preguntó si…

Acudió al local y vio que a él acudían niños con sus instrumentos, se decidió a entrar. Un espacio diáfano daba paso a lo que indicaba ser la secretaría, y a un pasillo desde donde se podía oír el sonido de varios instrumentos, un saxo, un clarinete, una trompeta, una tuba y varios instrumentos de viento.

—¿Deseaba alguna cosa?

Una voz femenina le devolvió al lugar y al motivo por el que estaba allí.

—Sí, verá, me preguntaba si daban clases a adultos.

—¡Claro que sí! —Le dijo con entusiasmo aquella mujer, e indicándole la secretaría— Pase siéntese y hablamos.

En cuestión de una semana acudió con su clarinete a su primera clase, en ella se encontraba su profesora que estaba calentando la madera de su instrumento con unas escalas. La primera clase fue mas bien de información, tanto para él como para su profesora que al comprobar que , aunque algo olvidado, conocía el clarinete, el solfeo y sólo necesitaba práctica y método.

El tiempo transcurrió, los ejercicios cada vez más complicados pero que no suponían una dificultad, poco a poco nuestro clarinetista fue recuperando la habilidad que de joven había aprendido. Era feliz interpretando partituras, e incluso llegó a unirse a varios compañeros para formar un grupo musical y poder disfrutar juntos de la música. Consiguieron que les concedieran un local donde reunirse para ensayar y tocar. Llegaron a hacerlo tan bien que alrededor de la puerta, que al final no se cerraba, se reunían gente para poder escucharlos.

Un día recibieron la noticia de que el ayuntamiento dejaba de subvencionar la música y que la unión musical debía cerrar sus puertas por falta de ingresos.

Nuestro jubilado comenzó una campaña en contra de aquel despropósito, consiguió publicar en los periódicos locales artículos defendiendo la música, participar en programas de radio y televisión, fue tal el escándalo que organizó que las autoridades optaron por la via más directa. Quedó prohibida la música.

En la puerta de urgencias del hospital apareció un hombre con las manos en la garganta, su cara reflejaba un leve color azul, una enfermera gritó pidiendo ayuda, al instante aparecieron médicos y auxiliares, le aplicaron oxígeno, pero éste se les moría ahogado. 

En el box junto al que se encontraba el ahogado, sonó un violín, una niña al que estaban escayolando una pierna le habían llevado sus padres su instrumento para que se calmara y desoyendo la orden municipal lo hizo sonar.

Los instrumentos médicos acoplados a nuestro jubilado indicaron que comenzaba a respirar. Ante la perplejidad de los sanitarios se levantó de la camilla y se encaminó al box donde la niña interpretaba a Mozart, y frente a ella respiro hondo.