19 noviembre 2013

Tu nombre

Te vi pasar en una ocasión cerca de mi, casi me rozaste. Tu presencia no pasó desapercibida puesto que me volví, para observarte, una vez me rebasaste. Te vi de nuevo en la televisión, en el cine y otros lugares más donde era imposible notarte tan cerca como en aquella ocasión.
            Siempre me he arrepentido de no haberte dicho algo cuando te tuve tan cerca. Haberte piropeado, llamado, susurrado ¡Algo!, pero me limite a verte pasar, sin más. Durante toda mi vida ha sido igual, y eso me ha conducido a lo que soy, un pobre ser falto de todo: Afecto, tranquilidad, sosiego.
            Ahora, en el último trayecto de mi vida hago repaso de lo que fue, y descubro con tristeza lo que pudo ser. Todos esos lugares que no pude visitar, todas las alegrías que no disfruté, las tristezas que no compartí, los dolores que amasé, los odios que esparcí y la angustia con la que me cubrí en algunos momentos de soledad.
            Llegas tarde, aunque como se suele decir: Más vale tarde que nunca, porque aunque sólo sea ahora te deseo y te anhelo con endemoniada avaricia. ¡No!, no hace falta que me digas quién eres, lo sé, te conozco muy bien. Te he visto en muchas caras, en demasiadas formas de vida, en lugares maravillosos. Situaciones deseadas por lo lejanas que se veían.
            ¿Tu nombre? ¡Ah! Felicidad, Dicha, Bienestar, Prosperidad, Fortuna, Bonanza. Tantos nombres que se hace complicado pronunciar cuando se han querido gritar ante la imposibilidad de sentirlos.

            Me voy de este mundo sabiendo que tú siempre llegas aunque, como en esta ocasión, sea con mi último suspiro.

31 octubre 2013

¡Cuál gritan esos malditos!



            En mi lugar de origen, desde hace mucho tiempo, al llegar noviembre, se saborean unos pastelitos de mazapán a los que se les llama: “Huesitos de santo”. Hubo una época en que se comían después de una buena cena y,  sobretodo, viendo la obra de Zorrilla: “Don Juan Tenorio”.
            Durante siglos, en otoño, al llegar la fiesta de difuntos, ese infame burlador, ese sevillano astuto, ese…, personaje envidado por todos los hombres, como dijo en una ocasión Ortega y Gasset, se deshace de amor por la única mujer que supo pararle los pies: “Doña Inés”.
El teatro de José Zorrilla y Moral, ese vallisoletano amigo de escritores ilustres como Espronceda o Dumas, creó a Don Juan Tenorio, pecador empedernido, cuyo perdón agradece el público con el triunfo del amor.
El siglo XX trajo la televisión. Gran invento. Sin salir de casa podías tener en el salón espectáculos musicales, teatrales y deportivos. A través de ese medio Don Juan siempre fue fiel a su cita, creando tradición.
            Fue tal la audiencia, que las calles quedaban desiertas. Año tras año se creaba expectación por saber quién representaría a Don Juan y quién a Doña Inés.
            ¡No hay mal que cien años dure! Esto es lo que debieron pensar aquellos a los que el amor entre una novicia y un arrogante vividor, sólo les provocaba hastío.  Y fue así como se importó la diversión y el desenfreno de Halloween. Olvidando el drama de la salvación de una condena eterna a Don Juan por el amor de Doña Inés.
            Zorrilla fue relegado por máscaras y disfraces de monstruos y brujas, que se divierten en discotecas y fiestas privadas. Lugares donde el alcohol corre como un rio sin retorno, y la falsa felicidad está asegurada con sólo desinhibirse de la realidad. Pero yo me pregunto: ¿Aparte de los disfraces, en qué se diferencia esta fiesta de cualquier otra? ¿Qué tienen que ver las brujas, los zombis, el miedo y las calabazas con el amor y el perdón?
            Siento no conocer la respuesta. Así lo hice saber ante el comité que, como castigo, me devolvió a la tierra para averiguar el motivo de mi olvido ¡Sí! Mi olvido, y junto al mío el de mi amada, Don Luis Mejía y hasta el de mi fiel Ciutti, del que ya nadie recuerda ni su nombre de pila.
            Y así, relegados, vivimos entre las tapas de un libro que un día se cerró para abrirse sólo en caso de aburrimiento.

 ¡Pero mal rayo me parta
 si en concluyendo la carta
no pagan caro sus gritos!

¡Noviembre es el mes de Don Juan Tenorio!

¡Volveré!

02 octubre 2013

La cacería


—¡Nunca, nunca hagas eso!
            —Pero…
            —¡Nunca! En la caza debes ser el más inteligente.
            —Vamos, ya lo asimilará —dijo ella—, ya es tarde, mañana seguiréis. Y tú, trasto, aprovecha ahora para jugar un rato.
            —¡Todas las madres iguales! Vete, anda ¡Pero no tardes!
            El padre estaba preocupado, la comida escaseaba y cada vez era más difícil dar de comer a su familia.
            —No te preocupes, nuestro pequeño aprenderá.
            —Tiene que hacerlo, necesito su ayuda. Estoy ya viejo.
            El sol brillaba en lo alto del bosque. Padre e hijo habían salido de caza. Encontraron el rastro de unos conejos. Se trataba de dos, tres quizás. Las huellas se amontonaban tanto que, había que ser un experto rastreador para poder distinguir el número de piezas.
            Recorrieron el terreno durante dos horas. Sigilosos, prevenidos y hambrientos. Al llegar a un claro el padre detuvo a su hijo. Sin sonido, sólo una seña. El joven se colocó con rapidez en su posición, atento a las indicaciones de su padre.
            La noche anterior había escuchado, por fin, las palabras que tanto deseaba oír.
            —Hace falta comida. Mañana saldremos a por ella.
            Tuvo el impulso de saltar de alegría, gritar, pero se contuvo.
            Le costó conciliar el sueño pensando en su primer día. Recordaba las palabras de su padre: «El primer día que vengas a cazar, será tuya la primera pieza. Así lo hizo mi padre conmigo, y así lo haré contigo».
            Inmóviles esperaron a que la pieza estuviera segura. La respiración calmada, los músculos tensos, el ánimo templado y dispuesto.
            Tres eran los conejos. Las orejas levantadas, el hocico husmeando el ambiente. Presentían el peligro, y permanecían inmóviles. Hasta que no supieran dónde estaba el riesgo no sabrían hacia dónde correr.
            De pronto una urraca sobrevoló el claro gritando: “¡El hombre, el hombre!”. Los conejos echaron a correr intentando esconderse. Se oyeron dos disparos. Solo uno de los conejos alcanzó la maleza salvando así la vida.
            Dos pares de botas se acercaron a los gazapos mortalmente heridos. Sin mediar palabra, los cazadores fueron con rapidez tras el escapado.
            La luna iluminó el bosque. La madre Lince vio cómo su esposo, acompañado de su hijo, llegaba con las manos vacías. Esa noche no cenaron. Al día siguiente regresarían para intentarlo de nuevo. Si el hombre no se interponía, otra vez, en su supervivencia.

02 septiembre 2013

Amor


En una ocasión un amigo me dijo que somos irremediablemente propiedad de la muerte y, que al nacer nos deja en las manos de una niñera, La vida, hasta que maduramos. Y nació este micro.

Amor

Yo no le tengo miedo a la muerte. Cuando era niño, mientras dormía se me apareció una oscura figura que, sujetando en su esquelética mano izquierda una guadaña y con la cara oculta por una gran capucha, me dijo con voz tranquilizadora:

—Oirás muchas cosas sobre mí, pero nunca tengas miedo, porque a lo largo de la historia las madres jamás han hecho daño a sus hijos.

11 agosto 2013

Unas vacaciones


Hay muchas formas de pasar las vacaciones, lo habitual es buscar lugares desconocidos, exóticos, o aquellos que aunque no tengan un gran atractivo aquel verano lo pasaste de miedo y quieres repetir. Pero en esta ocasión quise probar algo nuevo, elegante, distinguido, fuera de lo normal.
        Gracias a que uno es deportista y amigo de deportistas, tuve la oportunidad de optar a una plaza de socorrista en una piscina. Era algo singular, no muy distinguido pero elegante donde lo halla.
            Pasé unas pruebas y conseguí el puesto. El lugar asignado fue un hotel, el mejor de la ciudad. Y allí que fui. Previamente fui de compras. Un vigilante no podía ir de cualquier manera, y más cuando tenía que estar atento a machitos, y admirar esculturales jovencitas. Para ello estrené un bañador algo ajustado y de color rojo (por lo de llamar la atención al lugar… Correcto), gafas de sol, gorra y mi frasco de crema, que da distinción y evita quemaduras. ¿Mi misión? ¡Relax!, tomar el sol, y ligar si se terciaba. ¡Ah, bueno! Y prestar ayuda a quien lo necesitara, hacer cumplir las normas del hotel en materia de seguridad, y unas cuantas cositas más.
            ¿La piscina? ¡Grande, muy grande! Como pertenecía al hotel era sólo para clientes. La ecuación se presentaba muy favorecedora. Hotel caro + piscina enorme = mujeres preciosas.
 Mi primera sorpresa. Pocas toallas y muy desperdigadas, ocupadas por señoras tomando el sol, que a juzgar por las arrugas que las inundaban deberían ser de la cuarta, quinta o ¡Vaya usted a saber qué edad!
            ¡Tranquilidad absoluta!, la piscina intacta, transparente, ¡pero claro! La humedad aumenta los rizos, y aquellas pasas no estaban para fruncirse más. Las amables ancianas no hicieron otra cosa que acercarse y preguntar por mi salud. ¡Cosas de viejecitas!
            Al día siguiente estaba limpiando la piscina—, con otro bañador, tipo la serie de TV—, cuando aparecieron las ancianitas del día anterior acompañadas por unas cuantas amigas, todas de la misma arruga más o menos. Muy amables ellas, e interesadas en saber cosas sobre mi labor. “¿Ha salvado muchas vidas?”; “¿Sabe hacer el boca a boca?”. Las más atrevidas me perseguían con preguntas un poco… “¿Tiene el paquete… De salvamento preparado?”; “¿Me pone crema?”. O se les oía comentar sin pudor. “Es muy joven. ¿No?”; “¡Uy! Casi podría ser tu nieto, tonta! ¡Sólo casi ¡Eh!”; “El otro bañador le sentaba mejor”; “Pero ¿No es el mismo?”; “No, es distinto”; “¿Ah, sí? No me había fijado”.
            A cada paso que daba siempre había alguna pregunta. ¡Y el agua sin tocar! Ahí estaba, cristalina, pura. Cuando llegó la hora de comer me acerqué a ellas para decirles que la piscina se cerraba durante tres horas. «Cuando se vayan me daré un bañito antes de la comida». Pensé. ¡Já, já! ¡A rastras tuve que sacarlas! Tanto tardé que sólo me quedó tiempo para comer.
            Aún no había terminado mi almuerzo cuando mi jefe me indicó que en la entrada a la piscina había clientas pidiendo que se abriera. “Come aprisa y abre”. “¿Y mi descanso?”, repliqué. “¿Descanso? ¡Anda que te dan trabajo esas señoras!”, me contestó. Con la comida en la garganta fui a mi puesto.
            Como medida de precaución, por aquello de los cortes de digestión, me senté en el borde de la piscina con los pies en el agua. ¡Grave error! En pocos instantes estaban todas dentro, rodeándome e intentando que me echara.
            —Tírate, no tengas miedo yo te cojo.
            —Me estoy mareando, ayúdame.
            —¿Cómo es el boca a boca?
            ¡Vaya tarde! Larga, como la piscina.
            Al tercer día las viejecitas acudieron en masa. ¡Vamos, que en el hotel no quedaba una! Algunas se atrevieron hasta con biquini, pero no uno normal. ¡Noo! Uno de esos mini, mini. ¡Dios mío!
            Esa mañana el sol quemaba con más fuerza que otros. Como verdaderas gambas se pusieron algunas. ¡No daba abasto! Hay que ver que manías tenían algunas de ellas. Se quitaban la parte de arriba para evitar rayas ¡Señor! Y además pretendían que les pusiera crema en las… ¡Bueno!, en lo que quedaba de ellas.
            Esa mañana sí, el agua se estrenó. Desde el primer momento se tiraron a la piscina. ¡Dios, mío! ¡Qué sueldo más bien ganado! Y digo yo. ¿Si no saben nadar por qué se tiran donde más cubre? Cuándo conseguía llevarlas donde hacían pie me rodeaban, me manoseaban, me pedían que les hiciera el boca a boca. ¡Y hasta me…! ¡Pero, señora!
            Lo peor fue cuando aparecieron sus maridos. ¡Bueno!, las que aún lo conservaban, claro. Ellos no dejaban de observarme vigilantes, atentos a todos mis movimientos. Mientras que ellas, con el morro torcido, no hacían más que preguntarles, con sorna, si esa mañana no jugaban la partida. Las otras, las solitarias, las singles (como se dice ahora), fueron las que organizaron todo, incluido el motivo de mi despido.
            —Soy viuda, ¿sabe?
—Yo divorciada
—¿Me ve alguna raya?
Y yo pensaba: ¿Raya? ¿Sin contar las de los pliegues?
            Lo peor comenzó cuando una de ellas se me abalanzó.
—¡Hay hijo, te vas a quemar! ¿Te pongo crema?
            Y digo lo peor porque las demás empezaron una guerra por la que es difícil mediar: “¡Atrevida!”; “¡Buscona!”; “¡Guarra!”; “¡Vieja!”; “¡Tápate esos colgajos, asquerosa!”.
            Me gané el sueldo ¡Y un ojo morado! Intentando separar aquellas fieras, y en medio del alboroto que se organizó, uno de los maridos me acusó de meterle mano a su mujer, y lo hizo ayudado por los otros. Mientras, ellas gritaban para que me dejaran, al tiempo que los golpeaban.
            Acabamos todos dentro del agua. Yo intentando huir, los hombres queriendo darme caza, y las viejecitas peleándose entre ellas. ¡Nunca aquella piscina estuvo tan llena!
            Con mi finiquito y mi carta de despido en la mano, me marché. Pero antes quise pasar por la puerta de la piscina para; de alguna manera, despedirme. ¡Y la vi! Hermosa, esbelta, reluciente, limpia, intacta y con el agua transparente. Llena a rebosar por todos los viejecitos del hotel, que no dejaban en paz a mi sustituta, a quien le faltaban manos para apartar las que se lanzaban sobre ella. Sonreí, y me marché pensando en qué ocupar el tiempo que me quedaba de vacaciones. Pero eso es motivo para otra historia.