01 mayo 2026

El miedo


Tap, tap, tap. El ruido de los disparos se asemejaba a un petardo dentro de un cubilete cerrado. Tap, tap, tap. Otra vez los disparos. Por la cadencia del ruido, el tirador es experto; las ráfagas son cortas, seguramente precisas, no se oyen quejidos de ningún tipo, por lo que deduzco que o bien no está disparando contra alguien, o no estoy lo suficientemente cerca para oír caer el cuerpo.

Los disparos han cesado; no sé si atreverme a salir de mi agujero o esperar un poco más; quizás debería hacerlo a que la noche avanzara. No hay luna, lo que me favorece. Sí, esperaré un rato más.

La humedad del suelo me está calando; los pies apenas los noto. Estoy de barro hasta las rodillas. Comienzo a ponerme nervioso. Agudizo mi oído intentando adivinar si hay alguien cerca. No oigo nada. Mi cerebro me insiste en que salga y corra a un lugar más seguro, pero hay una vocecita dentro de mi, que me dice que espere un poco más, acaso hasta que se haga de día y pueda valorar mejor la situación.

¡Dios mío! Una rata se me acerca, mi musofobia me altera. ¡Es enorme! Se acerca husmeando todo su alrededor. Todavía no me ha visto u olido. ¡Dios mío! ¿Qué hago?

«Sal, sal», me dice la vocecita de mi conciencia. «No seas cobarde», me dice mi cerebro. «¿No ves que es un insignificante roedor? ¡tú puedes con él!». La rata se sigue acercando. Se ha parado, su ocio husmea con rapidez, parece que me ha detectado. Tap, tap, tap. Otra vez ese sonido; la rata también lo ha oído y se da media vuelta. ¡Huye! ¡Aleluya!, mi entusiasmo ha hecho que me pusiera de pie. Tap, tap, tap. Esta vez sí que he oído los disparos más fuertes y el sonido de un cuerpo al caer. 

Ensangrentado y con las entrañas ardiendo, noto cómo mi vida se va, mientras veo al tirador frente a mí, de pie, apuntándome con su arma. Un solo tap y todo acaba.

12 abril 2026

El juicio

Alrededor de la sala se reunían multitudes ansiosas de saber el transcurso del juicio: unos a favor de los acusados, otros, en cambio, un poco más alborotados, en contra. En el interior se respiraba silencio, un mutismo que mostraba solemnidad.

Iban a juzgar a una pareja a la que se acusaba del delito más vergonzoso existente en época navideña.

—¡Todos en pie!

El juez hacía acto de presencia en la sala. De repente, un grito esbozado por un espontáneo que, abriendo las puertas con un fuerte empujón, hizo que todos se volvieran hacia él.

—¡Culpables!

La actuación del juez fue rápida y contundente: «Que lo arresten y lo saquen de mi sala». Los aguaciles rápidamente lo maniataron y lo sacaron del recinto.

El fiscal comenzó sus alegaciones, describiendo los hechos. Aquella pareja, los acusados, escucharon con atención los delitos por los que les acusaban y pedían varios años de cárcel.

—Es un hecho, y así lo demostraremos, que los acusados destrozaron y robaron, pero no fue un robo cualquiera. No lo hicieron por comida o dinero, ¡no! —El fiscal daba énfasis a sus palabras para que las acusaciones fueran, ante los oídos del juez y todos los asistentes, más graves de lo que unas alegaciones normales serían—; el robo que organizaron y perpetraron fue cruel y despiadado. Le robaron la dignidad a un padre delante de su primogénito. Esta fiscalía demostrará que sin remordimiento alguno atacaron sin previo aviso…

Las alegaciones del ministerio fiscal se prolongaron, con gran teatralidad, durante tres cuartos de hora. Llegado el turno del abogado defensor, se produjo un silencio sepulcral.

—¡Señoría! —dijo el representante de los acusados—, mis clientes son culpables, y lo son por una causa indiscutible, y no es otra más que el hambre. ¡Sí!, el hambre, no se sabe lo que significa este sustantivo hasta que se padece. Cualquier cosa es aceptable con tal de calmarla. No me refiero a ese hambre que padece un estómago vacío, ni al que deja que se padezca un frío atroz, ni siquiera al que hace que el corrupto se llene los bolsillos; me refiero a ese hambre que lucha contra la desesperación, contra las ansias de realizar algo prohibido. El hambre de la miseria, de vivir en la inmundicia. Ese les hizo cometer a mis clientes todo eso de lo que se les acusa, pero habría que preguntarse: ¿Qué hace el poder establecido para eliminar esa ansiedad? ¿Por qué, en lugar de realizar un esfuerzo para calmar ese hambre, se les arrincona, se les hace desaparecer de la vista de los buenos ciudadanos, para que parezca que se vive en un mundo feliz?…

Mientras escuchaban a su abogado, los acusados se miraron, y ella empezó a hablar en voz baja.

—Ves, Risqui, ya te dije que era un buen abogado.

—Sí. ¿Y qué pena crees que nos caerá por haber roído calzones?

Reza un villancico popular que al portal de Belén han entrado dos ratones, y al bueno de San José le han roído los calzones…

08 marzo 2026

La casa vacía


Todos los días pasaba por delante de esa casa camino al instituto. Era una vieja vivienda del siglo pasado, algo deteriorada por lo abandonada que estaba, pero tenía un atractivo especial. Una mezcla de película de miedo y de relato decimonónico hacía que me interesara por el interior.

Cada vez que pasaba por delante, me paraba frente a ella y en mi mente me atizaba el deseo de incumplir la ley, esa ley que dice que entrar en una vivienda sin permiso está penado, pero siempre prevalecía mi sentido de la decencia y continuaba mi camino.

Por las noches, en la soledad de mi cuarto, soñaba con cómo sería aquella casa por dentro. Tendría, nada más entrar, un gran espacio donde al centro se encontraba una gran escalera de mármol que conduciría a los dormitorios de la planta superior. A su derecha, un salón con una enorme biblioteca; en la pared del fondo, una chimenea cuyo fuego crepitante calentaría toda la sala. Un sofá junto con unos sillones orejeros se encontrarían alrededor de una mesa baja donde se serviría el té o café. Aquel salón tendría una puerta lateral que conduciría a un comedor con una mesa para varios comensales; en sus extremos reposarían dos grandes candelabros iluminando el centro de frutas exóticas. Ese comedor comunicaría  a través de dos accesos con la cocina y con una sala de fumadores.

A la izquierda de la escalera de la entrada se hallaría un despacho que contaba con su chimenea propia. Una mesa de caoba ocuparía casi todo el espacio. Un sillón de cuero lo coronaría, y a su espalda una estantería con libros de todas clases. A los pies de la mesa, dos sillas a juego con la madera de la estantería rematarían la elegancia del despacho.

El fondo de la entrada daría a los espacios destinados al servicio, que se encontrarían en la parte baja de la casa, sin llegar a ser un sótano, al que se llegaría a la parte trasera de la casa.

Las habitaciones del piso superior serían en total tres. Uno, el principal; los otros dos para invitados o los menores de la casa.

El despertador me hizo abandonar mi sueño y prepararme para mi salida al instituto. Al doblar la esquina de la calle, observé una gran grúa que estaba derribando aquella casa a la que saludaba camino de mi obligación. Sin ningún pudor pregunté el motivo de aquel desastre; un obrero muy amable me informó que la casa hacía tiempo que estaba en venta, y que el nuevo dueño quería derribarla y construir una nueva en su lugar.

—¡Lástima! —exclamé—, me hubiera gustado saber cómo era por dentro.

—¡Bueno! —me dijo obrero que tenía pinta de todo menos de obrero—, ya no te la puedo enseñar, pero si quieres ver los planos de la nueva…

Dije que sí, sin que se me notara mucho mi entusiasmo, aunque creo que no lo conseguí.

El corazón casi me dio un vuelco al ver aquellos planos, en ellos estaba la casa que había soñado, una escalera en el centro, una biblioteca en un lateral y un despacho en el otro extremo, arriba las habitaciones, en total tres.

Me fui dándole vueltas a lo que había ocurrido, pero la sorpresa, la gran sorpresa fue cuando llegué a casa por la noche. Mi padre nos reunió a toda la familia para decirnos que había comprado esa casa vacía que estaban derribando.

08 febrero 2026

Un caso inaudito

Sobre las siete de la mañana, mi superintendente me informó de que al parecer, se había recibido una llamada muy inquietante sobre la desaparición de una persona que trabajaba en una importante restauración.

El tiempo que llevaba en el cuerpo me había enseñado que las llamadas de un superintendente había que tomárselas en serio, así que me dirigí a la dirección indicada, resultó ser un viejo parque de atracciones que a simple vista estaba en unas condiciones deplorables. Al llegar vi que dos coches patrulla se encontraban allí y ya habían comenzado las pesquisas. Estaban hablando con varias personas que daban la impresión, por sus ropas, que eran trabajadores.

––Buenos días, comisario ––dijo el primer policía con el que me encontré.

Después de corresponder al saludo, me contó lo que estaba ocurriendo. Al parecer, uno de los trabajadores había subido a las salas de las máquinas para comprobar el estado del sistema eléctrico; como tardaba, subieron dos de los operarios. Al no verlo, lo llamaron a voz en grito y oyeron una llamada de socorro en una de las habitaciones de la sala. Intentaron entrar, pero la puerta estaba cerrada; le indicaron que abriera, no respondió. Fueron corriendo al capataz para pedirle las llaves, pero éste les dijo que las suyas se las había llevado el trabajador.

––¿Quién es el capataz?

El policía me señaló a una persona de mediana edad que estaba hablando con otro de agente desplazado. 

––Buenos días. Soy el comisario García.

––Buenos días, comisario.

––¿Existe algún otro juego de llaves?

––No.

Según me contó el trabajador, le pidió las llaves de la sala de máquinas, para hacer una comprobación rutinaria del sistema eléctrico.

––¿Era precisa esa comprobación?

––Sí, lo era, íbamos a poner en marcha la iluminación del parque y, a pesar de que la semana pasada se comprobó, antes de darle al interruptor había que comprobar que todo estaba correcto.

Al llegar a la sala donde se encontraba la habitación, comprobé que la puerta era una de esas contra incendios; además, se abría hacia afuera, con lo cual era más complicado abrirla. Estaba cerrada, al parecer por dentro, lo que imposibilitaba su apertura.

Cuando llegaron los bomberos, consiguieron abrirla sin hacer mucha destroza. Lo que allí encontramos fue digno de una de esas novelas de misterio. Una habitación sin ventanas con unas estanterías donde se encontraban unos aparatos eléctricos de dimensiones…, aceptables, según corroboraron los bomberos; la puerta estaba cerrada por dentro mediante un pestillo. Encontramos un frasco de veneno, que corroboró el informe del forense, pero lo más sorprendente fue que el trabajador, llamado Andrés, estaba atado a una silla con las manos sujetas a la espalda. Existía una cuerda atada a la puerta y al muerto, tan tensa que al abrir la puerta ahogara o le rompiera el cuello al individuo.

El caso fue muy extraño. Una vez levantado el cadáver por el juez, la científica comenzó su trabajo. El informe lo complicaba más. No había huellas que no fueran del cadáver y las de éste se encontraban por toda la sala. Causa de la muerte: ahogamiento y rotura del cuello.

Las preguntas surgieron: ¿Suicidio? ¿Homicidio? No se encontró nada que hiciera sospechar un suicidio. Ninguna nota explicando el motivo, además, ¿cómo pudo atarse las manos a la espalda y luego a la silla? Por lo tanto, todo indicaba un asesinato, pero… ¿y el asesino?

No había ventanas ni puertas por donde hubiera podido huir. Un policía sugirió una posibilidad: la que estuviera escondido en la sala y cuando todos, bomberos, policías, etc., entraran se mezclara sin que nadie se percatara. Podría ser la solución a este enigma, pero es demasiado simple ¿No?

Usted qué piensa.

16 diciembre 2025

El destino de una estrella


Érase una vez…, una estrella muy, pero que muy pequeña. Sus 
hermanas se burlaban de ella por su minúsculo tamaño, y por la poca 
intensidad de luz que emitía en el firmamento.
—¿A dónde vas, enana? —le decían sin ningún miramiento.
Decidió, ante el rechazo, desplazarse a una galaxia cercana. Al 
verla llegar se rieron de ella.
—Pero si brilla menos que una linterna —comentaban unas.
—Aquí no tienes cabida —dictaminaban otras.
La pequeña estrella saltó de nebulosa en nebulosa, y siempre con 
el mismo recibimiento. Sola y desamparada se puso a llorar. Un 
agujero negro que pasaba por allí, le preguntó por su llanto, y ella 
contestó que nadie la quería por su diminuto cuerpo.
—No te preocupes, ven conmigo, yo te haré grande.
—¿De verdad? —preguntó entusiasmada.
—¡Claro! Te daré masa con la que podrás aumentar tu tamaño y tu 
luminosidad.
La estrellita sonrió y se dirigió hacia el agujero, pero a mitad del 
camino un meteorito le gritó: “¡No, cuidado, te engullirá como hizo 
con mis hermanos!”.
—No le hagas caso. Ven.
—¡No, estrellita! Si entras no regresarás nunca —le gritó el 
meteorito.
Estrellita miró al agujero, y al verlo tan negro se asustó alejándose 
de él.
—Ven conmigo, te enseñaré lugares que nunca habrías imaginado, 
dijo la piedra errante.
Al acercarse al asteroide, este comenzó a girar alrededor de ella.
—¿Qué haces? —preguntó algo mareada por seguirlo.
—La atracción gravitatoria. He entrado en tu campo de gravedad, 
y así estaré hasta que sea atraído por tu masa y forme parte de ella —
Gritó entusiasmado el meteorito.
—¿Y no te da miedo?
—¡Qué va, al contrario, es lo que estaba buscando! 
Estrellita y su amigo viajaron por el universo encontrándose con 
otras piedras que se unieron a ella. Poco a poco Estrellita fue 
ganando masa, y su luz cobró intensidad. Creyéndose mejorada 
volvió con sus hermanas, pero otra vez sintió el rechazo.
—Vete de aquí, nos deslumbras.
—¡Fuera! Eres demasiado grande, aquí no cabes.
Entristecida, buscó en el firmamento un lugar apartado donde 
pasar la vida solitaria a la que se veía condenada.
«No sirvo para nada, soy un fracaso como estrella», pensó, y se 
resignó a su soledad.
A través del telescopio, un rey descubrió a Estrellita. Realizó sus 
cálculos, y comprobó que siempre se movía en la misma dirección. Al 
Oeste.
El rey Baltasar recibió la visita de su amigo Melchor, ambos 
estudiaron aquella estrella, y llegaron a la misma conclusión. 
Decidieron seguirla.
En el camino se encontraron con Gaspar a quien también le había 
llamado la atención el cuerpo celeste. Los tres reyes se unieron en su 
trayecto.
Estrellita lloraba su aislamiento. Sus lágrimas, revoloteando detrás 
de ella, formaron una gran cola que, al reflejar su luz, le 
proporcionaba un aspecto majestuoso. De pronto una voz dulce y 
profunda la llamó.
—Estrellita.
—¿Quién me llama? —preguntó asustada.
—Soy tu creador —dijo la voz—, no tengas miedo. Tienes una 
misión que realizar.
—¿Una misión? 
—Sí, aquella para la que fuiste creada. Servir de guía.
—¿Guía, para quién?
—En aquel planeta azul hay tres reyes que siguiéndote 
encontrarán al que buscan.
—¿Otro rey?
—Sí, al Rey de reyes que ha nacido en un lugar llamado Belén.
—Belén, ¡qué bonito!
—Por ello serás conocida, a través de los tiempos, como la estrella 
que los guió. Serás la estrella de Belén.
Cada veinticuatro de diciembre, en el firmamento hay una estrella 
brillando más que las demás. Orgullosa y sonriente sirve de guía para 
aquellos que buscan su destino.

12 diciembre 2025

La visita turistica

¡Hola, me presento como su guía turístico! Así inicio mi labor cada mañana. ¿Aburrido? Tal vez sí, pero ¿qué vamos a hacer? A pesar de todo, siempre aparece algo imprevisto que hace que ese día sea único y menos monótono.

La historia que les voy a relatar sucedió hace una semana. Estaba revisando el mapa, debo reconocer que me lo he aprendido de memoria, pero lo he adoptado como tradición, y esas cosas no las curan los médicos. Como mencioné antes, estaba examinando el mapa cuando se me aproximó una joven acompañada de una señora de avanzada edad.

«Le presento a mi abuela», me dijo casi cantando. Me contó que hacía mucho tiempo que ella, la abuela, había visitado la ciudad, y que quería que yo la conociera, dado que ella, la joven, no salía mucho por razones académicas, habían planeado aquel viaje como una forma de distraerse.

«No le haga mucho caso a mi nieta», me comentó la señora. Se me acercó y en voz baja me dijo algo que me dejó casi sin habla: «Hace cuarenta años muy cerca de aquí yo cometí un asesinato, y quiero volver a ver el lugar». En principio me lo tomé a broma, pero al mirarla a los ojos descubrí que me estaba hablando muy en serio. Sin pretenderlo miré a su nieta buscando una explicación a lo que acababa de oír.

«¡Oh! ¡Vamos! Seguro que le ha contado lo del asesinato». Con los ojos abiertos como platos moví la cabeza afirmando. «No le haga caso, lo que ocurrió fue que atropelló un gato, y eso le marcó». La joven lo comentó sin dar importancia al hecho. «Mi abuela es muy mayor, ¿sabe? Y se le va la cabeza».

El día transcurrió como todos, sin sobresaltos, y por desgracia con pocos turistas, lo cual indicó que las propinas fueron escasas. Cuando llegamos al lugar donde, presumiblemente, se produjo el asesinato, según la señora mayor, esta se puso muy nerviosa y señaló el lugar del atropello, «ahí, ahí», señaló. Su nieta intentó calmarla para que no hiciera el numerito delante de todos, pero la señora no dejaba de repetir que en aquel lugar ella había matado a alguien. Después de lo que me había contado su nieta, también intervine para que aquello solo quedara en una anécdota, pero entonces ocurrió algo inesperado.

La señora seguía insistiendo en el asesinato a pesar de todo lo que la nieta hizo para que se calmara, pero en un instante la abuela sacó del bolso una pistola, y apuntándome con ella gritó «Lo hice de esta manera», y disparó.

Ni que decir tiene que caí al suelo como un muñeco con un tiro en la frente. Muerto, sí, muerto de lo más difunto.

Y así, durante cuarenta años estoy repitiendo mi asesinato, intentando averiguar el motivo que tuvo aquella señora para matarme.

17 noviembre 2025

Lamento

Quise escribir la novela más espectacular del mundo,

y me salió un relato de lo más trivial.


Quise pintar el cuadro mas hermoso del mundo,

y equivoqué los colores.


Quise esculpir la escultura mas perfecta, e 

hice un Ecce Homo.


Quise componer la canción mas pegadiza del mundo, y 

no encontré el instrumento.


Quise Construir la casa de mis sueños, y

duró en pie dos días.


Quise suicidarme, y sobreviví.


¡Ah! ¿Qué será de mí?

04 noviembre 2025

La discusion

Conozco este lugar donde un poeta y un narrador discutían sobre qué disciplina literaria podría describir mejor a la Muerte.

El narrador valora la brevedad de las frases sin metáforas. El poeta, con puntería, dirigía su argumento hacia los sentimientos y sensaciones.

––La poesía ––decía el poeta–– puede hacer sentir al lector que está muerto, mientras que el relato solo puede hacer que lo imagine.

––¡Ja! ––replicaba el narrador––, el relato envuelve al lector en el miedo que la presencia de la negra figura transmite.

Después de muchas discusiones, el narrador sacó de su bolsillo una llave y se dirigió a un buró que estaba cerrado con un candado. Aquella llave pequeña abría el candado que, por el tamaño de su cerradura, era, tambien pequeño. 

Al abrir el escritorio, sacó de uno de sus cajones una baraja de Tarot.

––¡Oh, vamos!––dijo el poeta ––¿No me dirás que crees en esas cosas?

––¿Y por qué no?

––No me extraña que pienses que el relato es mejor que la poesía.

El narrador barajó las cartas, y se las dio al poeta para que realizara el corte. El narrador destapó la primera «El Mago».

––El poder creativo. ¿Vamos a ver la siguiente?

El poeta miraba al creador con interés. «Acaso se creerá todo esto», pensaba, a la vez que estaba interesado en ver qué otra carta sacaría. «La muerte». El narrador abrió los ojos de par en par sin decir nada.

––¡Vamos! Dime qué significa eso. No me dirás que voy a morir.

––No, creo que debemos dejar esta tontería y seguir con nuestra discusión. Por cierto, ¿cómo describiría tu poesía esta situación?

El poeta sonrió e improvisó unos versos donde se describía la torpeza, la mentira y el miedo. El narrador se sintió ofendido y narró unas líneas en las que expresaba el miedo como conductor de un sentimiento transmitido por un solo dibujo.

Sentados en unos buenos y cómodos sofás, y con un vaso de buen néctar escocés en la mano, continuaban su discusión sin importar la cantidad de horas que llevaban.

Sonaron unos golpes en la puerta y al abrirla no encontraron a nadie. Cuando volvieron a los confortables sillones, una mujer, de una belleza insultante, les aguardaba para integrarse en el debate. Sorpresa, temor, miedo. Luego paz. Sentimientos surgidos al oír su nombre, y luego continuaron la discusión por toda la eternidad, en ese lugar que conozco muy bien.

26 octubre 2025

Recuerdos

Cuando oigo su música me hace sonreír, y recuerdo aquellos momentos pasados con buenos amigos.

—¿Con cuál empezamos?

Los nervios detrás del telón no se podían reprimir.

—¡Hombre! Llevamos dos meses ensayando todas las noches y…

Se levanta la tela mágica que nos separa del público al tiempo que oímos el nombre de nuestro grupo. Una voz susurrante nos indica por lo bajito: «Un, dos, tres y…».

La música surge como un torrente inundando toda la sala, y provocando un silencio solo roto por las notas de nuestros instrumentos.

Al terminar, aplausos. Dos horas de concierto que se hicieron interminables, después relajación, alegría y abrazos nerviosos.

—¿Te das cuenta? — dice bajo su capucha, y arrastrando su pesada guadaña—, los recuerdos hacen que volváis a estar todos juntos otra vez.

03 octubre 2025

El robo


El plan estaba muy claro, había que entrar y, coger todo lo que se pudiese y salir con la mayor aceleración posible. Con lo que nadie contaba era con lo que nos íbamos a encontrar nada más traspasar el umbral de la casa.

Andrés, el mas valiente de todos nosotros, fue el primero, pero también fue el primero en salir. Lo hizo con la cara desencajada, sin decir nada, y con una aceleración que nos dejó a todos paralizados. Nos miramos unos a otros intentando comprender qué fue lo que hizo que Andrés saliera de aquella manera.

Juan, el más joven, miraba el interior de la casa, oscura, sin un atisbo de luz. Aquel negro invitaba a entrar y averiguar algo de lo sucedido, pero también nos reprimía por la reacción de nuestro compañero.

—Bueno, ¿qué hacemos? ¿Entramos?

El silencio fue la respuesta a lo preguntado por Juan. Los tres, Manolo, Juan Y yo, miramos hacia el interior.

La noche no ayudaba, pues habíamos elegido una sin luna. Nos jugamos a piedra, papel o tijera, para ver quién era el primero en entrar. Ni que decir tiene que la suerte que nunca se ha aliado conmigo en esta ocasión lo hizo.

Tragué saliva y, despacio, muy despacio, me encaminé hacia el interior. Note la mano de uno de mis compañeros en la espalda. Tropecé con una madera en el suelo, una cerilla me dejó ver que era la pata de una silla, a su lado había un trapo de cocina. Ante el olvido de alguna linterna, improvisé una antorcha.

Aquella casa estaba decorada como en el siglo XIX, y el mal estado de los muebles, los cuadros, las paredes, las alfombras y la moqueta denotaban el abandono. En el lado derecho existía una escalera de mármol que daba acceso al piso superior.

—¡Vamos! Hagamos lo que hemos venido, a hacer y salgamos de aquí —susurró Manolo—, todo me da mala espina.

—Bien, las habitaciones deben estar arriba, yo veré qué puede haber aquí abajo.

Manolo y Juan subieron improvisando otra antorcha.

Entré en lo que parecía una biblioteca enorme. Estaba repleta de libros polvorientos, y al parecer por su encuadernación muy antiguos.

—¡Vaya! Un ladrón intelectual.

Ni que decir tiene que me asusté, miré para todos los lados sin encontrar de dónde procedía aquella voz femenina. Al guardar en su sitio el libro que había cogido y darme la vuelta, se me apareció una mujer, distinguida, vestida con ropas de las señoras pudientes del mil ochocientos. Me quedé paralizado y comprendí al instante qué fue lo que hizo que mi compañero Andrés saliera como alma que lleva el diablo.

—No temas, no puedo hacerte nada, salvo alguna cosa que te pueda asustar como hice con tu compañero. Aquí no vas a encontrar nada que tenga un valor como para que merezca la pena un robo sustancioso.

—Pero…, tú…, yo…

Mis pensamientos se alborotaban en mi cabeza. De repente el fantasma desapareció, enseguida me percaté el motivo. Mis compañeros entraron diciéndome que poco había en la parte de arriba, así que había que irse.

—Iros, si queréis, yo me quedo.

—¡Vaya! No me extraña ¡Menuda biblioteca!

Tras la observación de Manolo salieron de la casa, no sin antes aconsejarme que no estuviera mucho tiempo por si aparecía alguien, me guiño el ojo mientras decía la advertencia.

Al volver a quedarme, solo apareció el fantasma.

—Menudos compañeros tienes que te dejan solo.

—Son buenos chicos, por cierto ¿Cómo es que eres un fantasma? ¿Qué hiciste mal?

El fantasma me indicó que tomara asiento para contarme la historia. Resulta que intentaron violarla y, al defenderse, mató a los dos que lo intentaron. Me contó todos los detalles sin descartar ninguno. ¡Menuda mujer! Pensé.

—Me hicieron un juicio y el motivo de ser una mujer no tuvieron en cuenta los motivos de defensa propia, hasta un juez insinuó que no empleé demasiada resistencia o solo actué por venganza.

—¿Cómo? Y matarlos no fue suficiencia, resistencia, ¿no?

—Estábamos en el siglo XIX.

— Claro.

—Luego en el juicio final decidieron que purgara mi pecado por incumplir el “No matarás” y aquí estoy hasta que alguien rece un Padre Nuestro en una iglesia por mí.

Estuvimos hablando durante un largo tiempo, tanto que se hizo de día. Me dijo que, ya que había entrado allí con el ánimo de robar, que me llevara algún libro, y me aconsejó uno. Lo cogí y, después de quitarle el polvo, lo guardé en la bolsa que llevaba.

Nos despedimos y me fui algo contento por haber logrado algo insólito, haber hablado con un fantasma durante varias horas.

Al volver a casa pasé por delante de una iglesia y, parado delante de la puerta, decidí entrar tras un montón de tiempo que no lo hacía y rezar un padre nuestro por Andrea. Al salir fui a un anticuario para que me tasara el libro.

—No sé de dónde lo has sacado, pero esto que tienes es una joya, si lo subastamos pasarás el resto de tu vida sin dar golpe.

Y me fui a vivir a Miami, donde pasé lo que me quedaba de vida despreocupado de todo mal y rezando un padre nuestro todas las noches.

28 agosto 2025

La trampa

La moneda fue la causa de todos mis problemas. Cuando la encontré en la acera de aquella calle, sucia y pegajosa, nunca pensé que me metía en una trampa.

Al cogerla sentí un asco irremediable, pero aun así no la solté; jamás había tenido una moneda de ese valor, y no iba a deshacerme de ella.

Busqué un lugar donde limpiarla, descubrí al otro lado de la calle una fuente pública, y allí me dirigí sin importar el tráfico.

A punto estuvieron de atropellarme; gritos, insultos y bocinazos acompañaron mis pasos al cruzar la calle.

Al llegar a la fuente apreté el botón para que saliera el agua, y el chorro fue una bendición. Lavé con cuidado la moneda quitándole toda la mugre. Luego busqué en una papelera cercana algo para terminar de limpiarla y secarla. Unos papeles y un trozo de trapo me sirvieron para dejarla algo más reluciente de lo que estaba.

Con ella en la palma de mi mano la estuve observando y pensando qué podía hacer con ella, hasta que llegó un tipo diciendo que aquella moneda era suya, y que la había dejado en la acera porque estaban grabando un video para un programa “¡Cuanto duraría una moneda como aquella en la calle!”, ni que decir tiene que no le creí, al menos hasta que vi llegar a dos individuos  con cámaras de televisión donde se podía leer el nombre de un canal nacional muy conocido.

Hubo sus más y sus menos, yo no soltaba la moneda y ellos intentaban arrebatármela. Al fin llegamos a un acuerdo. La cadena permitiría que me quedase con la moneda si yo realizaba algo que ellos pudieran grabar para la televisión. Acepté.

Así me vi robando un coche aparcado no muy lejos, y esposado por la policía sin que ellos salieran en mi defensa.

Por la noche la cadena de televisión emitió un video donde se podía ver cómo se robaba un coche a plan luz del día.

A mí me robaron la moneda tras una cuchillada en la galería cuarta de la prisión estatal.


08 agosto 2025

El asesino



El cuchillo de grandes dimensiones lo sujetaba con fuerza en su mano derecha, mientras, goteaba sangre sobre una vieja libreta que, abierta por una página, rezaba en su parte superior:. «Cómo deshacerse de un cadáver».

Recogió aquel cuaderno y al intentar limpiarlo emborronó lo escrito en él.

—¡Maldita sea!

Lo intentó de nuevo, pero… Fue peor. Tomó la decisión de lavarse y fregar el cuchillo.

Una vez limpiado el arma, dio un repaso a la casa y en especial a la habitación donde el cadáver estaba tendido en el suelo boca arriba.

De repente sonó el teléfono móvil. A través del sonido buscó la ubicación. No se atrevió a cogerlo, pues no recordaba haberlo tenido entre sus manos; por lo tanto, no tendría sus huellas.

En el teléfono pudo leer «Editor». Lo dejó sonar, y en momento determinado saltó el contestador «Andrés, ¿cómo llevas la novela?». En la editorial se están poniendo nerviosos. «Llámame cuando puedas».

Nuestro asesino dio un repaso con la mirada por ver si había algo que se hubiera escapado. ¡Horror! Su pie izquierdo había pisado el charco de sangre y había dejado huellas de su zapato por todas las habitaciones.

La desesperación fue en aumento, los nervios fueron adueñándose de todo su ser. Comenzó a sudar. De pronto se acordó de la libreta «¿Dónde la había dejado?». Ya no importaban las huellas, la limpieza de la casa y, el que apareciera algún vecino. Nada. Solo aquel cuaderno que no solo tenía sus huellas en las tapas, sino también en la página emborronada.

La encontró encima de un mueble de la sala donde estaba el muerto. La cogió, la abrió por la página manchada «Ves cómo no es tan fácil», fue lo primero que leyó «Es más sencillo matar que ocultar las pruebas para que no te inculpen»

—Pero la culpa la tienes tú—, habló en voz alta—. Tú eres el autor, tú manejas a los personajes, o sea, a mí.

—No siempre. En ocasiones, el personaje debe guiar al autor, y en este caso deberías haberme guiado.

—¡Eso es!, ahora he de decirte lo que tus personajes deben hacer, o no hacer. He matado a un hombre, que por cierto no sé quién es, y va de negro como si supiera lo que fuera a ocurrirle y, se hubiera puesto de luto.  Tampoco sé por qué he tenido que matarlo. Al menos podrías decirme el motivo.

—Por droga.

—Por… ¿Acaso soy un camello?

—Ya lo descubrirás.

—¿Cómo? Yo hago lo que me dices que haga.

—No. No, amigo mío, hay ocasiones en que el personaje debe decidir qué hacer. En este caso no hay que ser tan patoso como lo has sido, y reflexionar cada actuación.

—¿¡Cómo!? ¿¡Patoso!?, haberme creado de otra forma, por cierto. ¿Cómo me has creado, acaso soy un sicario del este, un…? Ruso, para eso debería hablar de otra manera, no sé… No deberría haberrlo matado asii, ¿por qué estoy hablando como si fuera de Valladolid?

—Porque quiero que sea así y nada más.

—Pues vaya. No dices que el personaje debe guiar al escritor…

—Sí. Pero tú no me estás indicando nada que pueda…

—¡Un momento! Aquí hay algo que no cuadra. Me creas como un asesino patoso, y luego me recriminas. ¿A qué juegas?

—No juego a nada —escribió a modo de resignación—, lo único es…

—¡Nada! Estás jugando conmigo, y no me gusta. Si yo tengo que exponer algo para que mi personaje, o sea yo, funcione bien, he de decir que no me gusta cómo me estás creando y ¡Protesto!

—Protesta lo que quieras, pero si no me indicas nada seguirás siendo un patoso y lo que prometía un relato interesante se convertirá en uno mediocre. ¿Y sabes lo que pasará?

—¡Qué!

—Que te sustituiré.

—¡No! Espera, espera. Podemos llegar a un acuerdo. Dime por dónde quieres que vaya el asunto y te seguiré. Porque… No querrás llevarme a una isla desierta y dejarme allí tirado, ¿No?

—Pues mira… No es una mala idea.

—¡Je, je, je! Por cierto, ¿qué hago con esta caja de cerillas?

—¿Una caja de cerillas?

—¡Anda! Te he pillado… Sí, esta caja que dice «Morir no es lo importante, lo que de verdad importa es saber matar».

El escritor no contestó, se limitó a decir otra vez. «Saca el cuchillo y comencemos de nuevo, pero en esta ocasión apuñala tres veces… Y ten cuidado con las huellas, la libreta y la maldita caja de cerillas, si no ya sabes… La isla.


© Jesús García L.