Estoy aquí…, no sé desde cuándo. El hospital es como mi casa. Prácticamente vivo en él. Conozco casi por su nombre a las mujeres de la limpieza, los turnos de las enfermeras y de los médicos. La rutina de todos ellos. Cada rincón y pasillo forma parte de mi hogar. Por el ruido que hacen las ruedas sé si el ocupante de una camilla está cerca de abandonar la vida. Al caer la noche me gusta disfrutar de la quietud que se respira en la sala de espera con su media iluminación. Desde allí puedo ver la puerta de mi amiga Lourdes, a quién La Enfermedad, que se la está comiendo poco a poco, la ha dejado en coma hace varios días.
Una noche de viernes, como es habitual en mí desde que vivo en ese lugar, aparecí con una borrachera de las que marcan época. Las enfermeras de turno acostumbradas a mis salidas de tono ni me miraron. Salí del ascensor a cuatro patas. Ciego por el alcohol y la marihuana que un colega me había regalado, era incapaz de andar erecto. Cuando conseguí, gracias al apoyo de la pared, erguirme sobre mis pies apunté al centro del pasillo que se movía como un barco de madera en un día de marejada. Tropezando con las paredes de aquel túnel con puertas a los lados conseguí llegar a la que me interesaba. No fue hasta un buen rato después que me di cuenta del equívoco de habitación. Todo surgió al intentar acostarme junto a mi amiga Lourdes, me caí al suelo desde la altura de esa cama de hospital. A punto estuve de romperme la cabeza, y como no lo conseguí casi lo hace el acompañante del enfermo.
Cuando por fin encontré la habitación que buscaba, entré a oscuras. Me senté en el sillón, bueno, me dejé caer. Todo me daba vueltas. Intenté incorporarme, entonces la vi junto a la puerta. Alta, delgada, y vestida de negro. Quieta. Llevaba una capucha que le tapaba el rostro. A pesar de mi embriaguez supe de quién se trataba. Al principio me quedé sin saber qué hacer. Estaba claro el motivo de su presencia aunque mi mente se negara a aceptarlo.
No conseguía apartar la vista de ella, era como si estuviera hipnotizado. En la habitación había un silencio ensordecedor, roto únicamente por el sonido rítmico de la máquina conectada a la enferma. Aquel silencio me hizo hablar susurrando.
—¿Quién eres tú?
¡Claro que lo sabía!, pero algo debía decir, y esa pregunta me pareció perfecta a pesar de mi borrachera.
No obtuve respuesta, es más, continuaba inmóvil.
—Apártate de ahí o se te caerá un hueso si abren la puerta. Ja, ja. ¡Ssssch! Lourdes duerme. ¡Ssssch!
—¿Quieres un trago?
Levanté mi petaca ofreciéndosela.
—¿Por qué vas de negro?
Sin saber cómo comencé a reír. Me levanté y tropecé con algo que al caer sonó como un Gong chino. Poniendo mi índice en los labios pedí silencio.
Llegué hasta ella y la miré a la cara, pero no pude ver nada, aquella maldita capucha me lo impedía. Levanté el brazo y se la quité.
—Eresss fea de cojonessss, tía.
Di la vuelta y me dirigí al sillón de nuevo, y otra vez volví a tropezar ruidosamente con algo. La puerta de la habitación se abrió, una enfermera me indicó silencio, y cerró.
Algo me pasó cuando oí el siseo de la sanitaria y vi que la puerta había atravesado a la figura de mi visitante sin ningún tipo de resistencia. Sin saber cómo formulé la pregunta.
—¿Estás aquí para llevártela?
Aquel interrogante hizo despertar un mecanismo dentro de mí. Mi mente comenzó una carrera de cien metros intentando una sobriedad que, por desgracia, no llegó a alcanzar en su totalidad.
Me incorporé e intenté acercar el sillón y poder coger la mano de mi amiga Lourdes. Mi inestabilidad no me permitió moverlo. Me conformé con estrechar entre mis dedos un trozo de sábana al caer a plomo de nuevo en el sillón. Con toda la dignidad de la que fui capaz en mi estado comencé el mayor monólogo que jamás había pronunciado:
—Nunca pensé que verte fuera tan desagradable, aunque me lo estoy pasando bomba teniéndote como visita. ¡Claro!, no eres una visita, no son horas. Vienes por ella. ¿Verdad? Cuántas veces, al verla así, he pedido que esa maldita enfermedad se apoderara de mí, pero en la vida no se puede elegir. ¡Oh!, perdona, eres tú la que elige. ¡Ja, ja, ja! Ssssch, ssssch.
»¿En qué te basas? En esta ocasión no has elegido bien, ella merece vivir porque ha tenido mala suerte en su vida, ¡me gonoció a mí!, ssssch. Mira, estoy muy bebido y puede que no coordine bien, pero… egscucha con atención: llévame a mí, déjala tranquila, deja que se recupere. Yo no tengo importancia, siempre he sido un paria, el piojo en un ser sano, una escoria. Un borracho, ladrón y… un asesino. Sí, he matado para conseguir el dinero suficiente y traerla aquí. Aquí todos son muy amables, se ve que la quieren. No es que ganes mucho con el cambio, pero harás una buena acción.
»¿No me estás oyendo?, ¡Eh!, ssssch, te estoy proponiendo un cambio, y no, no es el alcohol el que habla por mí. ¿Qué quieres, que te lo pida de rodillas?, pues aquí me tienes, humillado y suplicándote.
»Nada de lo que digo o hago te importa, ¿vergdad?, sigues dispuesta a coger lo que crees tuyo. Porque eso es lo que haces, arrebatar, robar con total impunidad la vida, no me extraña que te teman.
»¡Pero no lo conseguirás! ¿Sabes por qué? Ssssch, porque te odio. ¡Sí!, y lo hago con tanta fuerza que lucharé contra ti. ¿Qué ocurre, no te atreves? Ya veo, es la primera vez que te plantan cara. ¡Pues aquí estoy! Pensar que me he humillado... ¡Gracias a Dios que no puede oírnos!, ¿qué, no dices nada? Has cruzado la línea y me has encontrado. Tienes delante a un hombre que no teme tu presencia, capaz de cualquier cosa para que no llegues a su lecho y la cojas.
»Ahora que te miro con atención… más que miedo das asco, hueles mal y apareces en los momentos más bajos de la humanidad… ¡Vaya palabra! Humanidad. No la conoces porque eres la basura y la oscuridad del mundo.
»Escondes tu fealdad debajo de esa mugrienta capucha. ¿A dónde vas?, no te acerques o gritaré.»
—No grites, no hace falta, nadie excepto yo puede oírte desde un buen rato. ¿Qué ocurre? ¡Estás pálido!
—Pe… ro… ¿Qué…? ¡Socorroooo!
—Te lo he dicho, no te oyen. Hasta ahora solo has hablado tú y, ¡vaya si lo has hecho!, pero me toca a mí. Cuando llegué lo hice con la orden de llevármela, y yo siempre cumplo lo que se me indica, salvo que se den ciertas condiciones.
—…
—¿No preguntas cuáles son esas condiciones?
—Yo… no sé… si… debo…
—¡Vaya!, la borrachera se te ha convertido en miedo. Hay una cosa que no aguanto de mi trabajo y es ese olor a muerto que aparece cuando se vienen conmigo, pero… ¡Ja, ja, ja!, todavía no he elegido, ¿es tuyo ese olor?
—Sí…
—¡No susurres, hombre, dímelo bien alto!, pregúntame por mis condiciones. ¡Es igual, te las diré!, estas son: si llegado el momento, alguien se ofrece, y lo hace con sensatez, se realiza el canje. ¿Agachas la cabeza? ¡Levántala con alegría!, porque tu deseo se ha cumplido. Ella vivirá y lo hará por muchos años más. A cambio tú ocuparás su lugar.
—¡Noooo!, ¡por favor! ¡No quiero morir!, no sabía qué decía, haré lo que quieras. Te traeré clientes, ¿eso quieres?, conmigo no te faltará trabajo… He matado y lo volveré a hacer las veces que me indiques, incluso haré horas extras.
—¡Basta! Llévame a mí, me has dicho, y lo dijiste borracho, pero también con la sinceridad que da la amargura de perder al ser querido.
—¡Nooo, por favor!
—¡Vaya! Ya no eres tan valiente. Levanta y muestra más orgullo. ¡Cobarde! ¡Vamos!, se hace tarde. Despídete.
Un grito desgarrador se oyó en toda la planta. Las enfermeras del turno de noche corrieron pasillo arriba en busca del grito.
Un segundo grito lo dio la enfermera que entró en la habitación de Lourdes y me vio desangrado en el suelo, y a mi amiga sentada en la cama diciendo:
—Adiós.