02 septiembre 2021

El adiós

Estoy aquí…, no sé desde cuándo. El hospital es como mi casa. Prácticamente vivo en él. Conozco casi por su nombre a las mujeres de la limpieza, los turnos de las enfermeras y de los médicos. La rutina de todos ellos. Cada rincón y pasillo forma parte de mi hogar. Por el ruido que hacen las ruedas sé si el ocupante de una camilla está cerca de abandonar la vida. Al caer la noche me gusta disfrutar de la quietud que se respira en la sala de espera con su media iluminación. Desde allí puedo ver la puerta de mi amiga Lourdes, a quién La Enfermedad, que se la está comiendo poco a poco, la ha dejado en coma hace varios días.

Una noche de viernes, como es habitual en mí desde que vivo en ese lugar, aparecí con una borrachera de las que marcan época. Las enfermeras de turno acostumbradas a mis salidas de tono ni me miraron. Salí del ascensor a cuatro patas. Ciego por el alcohol y la marihuana que un colega me había regalado, era incapaz de andar erecto. Cuando conseguí, gracias al apoyo de la pared, erguirme sobre mis pies apunté al centro del pasillo que se movía como un barco de madera en un día de marejada. Tropezando con las paredes de aquel túnel con puertas a los lados conseguí llegar a la que me interesaba. No fue hasta un buen rato después que me di cuenta del equívoco de habitación. Todo surgió al intentar acostarme junto a mi amiga Lourdes, me caí al suelo desde la altura de esa cama de hospital. A punto estuve de romperme la cabeza, y como no lo conseguí casi lo hace el acompañante del enfermo. 

Cuando por fin encontré la habitación que buscaba, entré a oscuras. Me senté en el sillón, bueno, me dejé caer. Todo me daba vueltas. Intenté incorporarme, entonces la vi junto a la puerta. Alta, delgada, y vestida de negro. Quieta. Llevaba una capucha que le tapaba el rostro. A pesar de mi embriaguez supe de quién se trataba. Al principio me quedé sin saber qué hacer. Estaba claro el motivo de su presencia aunque mi mente se negara a aceptarlo.

No conseguía apartar la vista de ella, era como si estuviera hipnotizado. En la habitación había un silencio ensordecedor, roto únicamente por el sonido rítmico de la máquina conectada a la enferma. Aquel silencio me hizo hablar susurrando.

—¿Quién eres tú?

¡Claro que lo sabía!, pero algo debía decir, y esa pregunta me pareció perfecta a pesar de mi borrachera.

No obtuve respuesta, es más, continuaba inmóvil.

—Apártate de ahí o se te caerá un hueso si abren la puerta. Ja, ja. ¡Ssssch! Lourdes duerme. ¡Ssssch!

—¿Quieres un trago?

Levanté mi petaca ofreciéndosela. 

—¿Por qué vas de negro?

Sin saber cómo comencé a reír. Me levanté y tropecé con algo que al caer sonó como un Gong chino. Poniendo mi índice en los labios pedí silencio.

Llegué hasta ella y la miré a la cara, pero no pude ver nada, aquella maldita capucha me lo impedía. Levanté el brazo y se la quité.

—Eresss fea de cojonessss, tía.

Di la vuelta y me dirigí al sillón de nuevo, y otra vez volví a tropezar ruidosamente con algo. La puerta de la habitación se abrió, una enfermera me indicó silencio, y cerró.

Algo me pasó cuando oí el siseo de la sanitaria y vi que la puerta había atravesado a la figura de mi visitante sin ningún tipo de resistencia. Sin saber cómo formulé la pregunta.

—¿Estás aquí para llevártela? 

Aquel interrogante hizo despertar un mecanismo dentro de mí. Mi mente comenzó una carrera de cien metros intentando una sobriedad que, por desgracia, no llegó a alcanzar en su totalidad.

Me incorporé e intenté acercar el sillón y poder coger la mano de mi amiga Lourdes. Mi inestabilidad no me permitió moverlo. Me conformé con estrechar entre mis dedos un trozo de sábana al caer a plomo de nuevo en el sillón. Con toda la dignidad de la que fui capaz en mi estado comencé el mayor monólogo que jamás había pronunciado:

—Nunca pensé que verte fuera tan desagradable, aunque me lo estoy pasando bomba teniéndote como visita. ¡Claro!, no eres una visita, no son horas. Vienes por ella. ¿Verdad? Cuántas veces, al verla así, he pedido que esa maldita enfermedad se apoderara de mí, pero en la vida no se puede elegir. ¡Oh!, perdona, eres tú la que elige. ¡Ja, ja, ja! Ssssch, ssssch.

»¿En qué te basas? En esta ocasión no has elegido bien, ella merece vivir porque ha tenido mala suerte en su vida, ¡me gonoció a mí!, ssssch. Mira, estoy muy bebido y puede que no coordine bien, pero… egscucha con atención: llévame a mí, déjala tranquila, deja que se recupere. Yo no tengo importancia, siempre he sido un paria, el piojo en un ser sano, una escoria. Un borracho, ladrón y… un asesino. Sí, he matado para conseguir el dinero suficiente y traerla aquí. Aquí todos son muy amables, se ve que la quieren. No es que ganes mucho con el cambio, pero harás una buena acción.

»¿No me estás oyendo?, ¡Eh!, ssssch, te estoy proponiendo un cambio, y no, no es el alcohol el que habla por mí. ¿Qué quieres, que te lo pida de rodillas?, pues aquí me tienes, humillado y suplicándote. 

»Nada de lo que digo o hago te importa, ¿vergdad?, sigues dispuesta a coger lo que crees tuyo. Porque eso es lo que haces, arrebatar, robar con total impunidad la vida, no me extraña que te teman.

»¡Pero no lo conseguirás! ¿Sabes por qué? Ssssch, porque te odio. ¡Sí!, y lo hago con tanta fuerza que lucharé contra ti. ¿Qué ocurre, no te atreves? Ya veo, es la primera vez que te plantan cara. ¡Pues aquí estoy! Pensar que me he humillado... ¡Gracias a Dios que no puede oírnos!, ¿qué, no dices nada? Has cruzado la línea y me has encontrado. Tienes delante a un hombre que no teme tu presencia, capaz de cualquier cosa para que no llegues a su lecho y la cojas.

»Ahora que te miro con atención… más que miedo das asco, hueles mal y apareces en los momentos más bajos de la humanidad… ¡Vaya palabra! Humanidad. No la conoces porque eres la basura y la oscuridad del mundo.

»Escondes tu fealdad debajo de esa mugrienta capucha. ¿A dónde vas?, no te acerques o gritaré.»

—No grites, no hace falta, nadie excepto yo puede oírte desde un buen rato. ¿Qué ocurre? ¡Estás pálido!

—Pe… ro… ¿Qué…? ¡Socorroooo!

—Te lo he dicho, no te oyen. Hasta ahora solo has hablado tú y, ¡vaya si lo has hecho!, pero me toca a mí. Cuando llegué lo hice con la orden de llevármela, y yo siempre cumplo lo que se me indica, salvo que se den ciertas condiciones.

—…

—¿No preguntas cuáles son esas condiciones?

—Yo… no sé… si… debo… 

—¡Vaya!, la borrachera se te ha convertido en miedo. Hay una cosa que no aguanto de mi trabajo y es ese olor a muerto que aparece cuando se vienen conmigo, pero… ¡Ja, ja, ja!, todavía no he elegido, ¿es tuyo ese olor?

—Sí…

—¡No susurres, hombre, dímelo bien alto!, pregúntame por mis condiciones. ¡Es igual, te las diré!, estas son: si llegado el momento, alguien se ofrece, y lo hace con sensatez, se realiza el canje. ¿Agachas la cabeza? ¡Levántala con alegría!, porque tu deseo se ha cumplido. Ella vivirá y lo hará por muchos años más. A cambio tú ocuparás su lugar.

—¡Noooo!, ¡por favor! ¡No quiero morir!, no sabía qué decía, haré lo que quieras. Te traeré clientes, ¿eso quieres?, conmigo no te faltará trabajo… He matado y lo volveré a hacer las veces que me indiques, incluso haré horas extras.

 —¡Basta! Llévame a mí, me has dicho, y lo dijiste borracho, pero también con la sinceridad que da la amargura de perder al ser querido.

—¡Nooo, por favor!

—¡Vaya! Ya no eres tan valiente. Levanta y muestra más orgullo. ¡Cobarde! ¡Vamos!, se hace tarde. Despídete.


Un grito desgarrador se oyó en toda la planta. Las enfermeras del turno de noche corrieron pasillo arriba en busca del grito. 

Un segundo grito lo dio la enfermera que entró en la habitación de Lourdes y me vio desangrado en el suelo, y a mi amiga sentada en la cama diciendo:

—Adiós.


© Jesús García Lorenzo

22 agosto 2021

Son míos


La Nereida zarpa al rayar el alba como lo ha hecho durante veinticinco años. Es el último barco en salir. Seis mujeres susurran un hasta pronto. Un adiós bastaría para mentarla y la mala suerte siempre acude a la convocatoria.

El poblado, pequeño y pegado a la costa, reluce con la luz propia de los quinqués que realza la belleza de sus pequeñas casas encaladas. Detrás, majestuosa, se eleva la torre del campanario; en la iglesia, las mañanas que hay despedida el señor cura bendice a sus feligreses con una oración suave, como las que se realizan en la intimidad.

Cuando el sol sale, La Nereida está ya en el horizonte. Las seis mujeres no se moverán hasta que deje de verse la embarcación. Luego volverán a la rutina de la casa y más tarde, sentadas en las piedras de la playa, coserán, repararán y dejarán a punto las redes.

En cubierta los pescadores atienden las órdenes del patrón. Faenan pensando en lo dejado atrás. Manuel, el más joven, es la primera vez que se aleja de su esposa. Una semana casados. Siete días de amor. En su cabeza oye la dulce voz de Ana diciéndole: «Vuelve».

Pero la mar es mujer y también enamorada. Sus cabellos, espumosos, rizan el oleaje, y se siente plena al tenerlos en esa cáscara de nuez; complaciente los acuna, los mima, y La Nereida, mientras, se dirige aguas adentro buscando el banco más poblado, más vivo, más rico.

Quince veces llevan las aguas cambiando de color, del azul durante el día al negro de la noche. Los otros pesqueros regresaron sin noticias de La Nereida. El armador no habla, no dice. Su preocupación es manifiesta.

Al alba, la alarma repiquetea con furia en el campanario despertando al poblado; pescadores, mujeres, niños y ancianos acuden a la playa. Todos corren.

Al no poder distinguir mucho, el cura decide subir con su catalejo a la torre de la iglesia, no sin antes organizar una cadena humana. Un niño grita:

—¡La Nereida escora de babor! ¡Va a medio velamen!

El patrón sabe lo que lleva entre manos y larga la gavia al tiempo que pone proa a barlovento. El horizonte se va iluminando poco a poco. De pronto en la Mayor se despliega una bandera. El silencio se hace patente en la playa y en el embarcadero. Todos saben el significado. Vuelven con uno menos.

Seis mujeres se abrazan. No hablan, no lloran, ni siquiera pestañean.

El cielo se oscurece, el viento cobra furia, y la mar lanza un grito poderoso que imposibilita la salida del rescate. Un rayo rompe la Mayor y al caer arrastra su dañado velamen. En cubierta los hombres luchan, La Nereida vira poniéndose a sotavento. La cáscara de nuez resiste.

De entre las seis, la más joven grita: 

—¡Maldita seas, los traes para enseñarnos cómo te los llevas!

La Dama, encumbrando la embarcación con su ola más alta contesta:

—¡Ya eran míos cuando los conocisteis!

Nadie se mueve. No se atreven. Solo las seis mujeres la increpan acusándola de bruja pues los ha hechizado con tesoros, lugares maravillosos y cuentos.

—Tesoros que vosotras lucís orgullosas—replica La Dama—, lugares que ellos admiran y cuentos con los que dormís a vuestros hijos.

Una de ellas  arroja con rabia una piedra a las aguas gritando:

—¡Maldita perra!, los tienes en tus brazos mucho más tiempo que nosotras y nunca te hemos pedido nada ¿Qué quieres?

—¿Qué quiero? ¡Lo mismo que vosotras! Quiero respeto, amor y fidelidad, que sean míos en mente y alma cuando estén conmigo, que no piensen en vosotras, y si no lo consigo por las buenas…

—¡No! —Ana grita con el puño en alto— ¡Jamás te lo entregaré!

—Tú ya me lo has entregado.

Ana se desploma. Las demás acuden en su ayuda. La de más edad se arrodilla y con voz serena se dirige a La Dama.

—Nos castigas por amar a nuestros hombres. Por abrazarlos, por meterlos en nuestro lecho, por darles hijos…, ¡que también te llevarás! No podemos dejártelos. Como mujer deberías saberlo.

La mar, que sabe de amores imposibles, se acerca a la anciana y ve como le caen lágrimas que reconoce como suyas.

—Tus lágrimas son mías cuando ellos vuelven a puerto. ¿Qué sabéis vosotras de mi dolor? ¡Egoístas! Me llamáis ingrata. Robahombres. Cuando, en el fondo de vuestro corazón, sabéis perfectamente que los comparto con vosotras. ¡Son tan vuestros como míos! Ellos os añoran cuando faenan pero desean volver a mí cuando están en vuestros brazos.

—¿Y por eso te los llevas? —pregunta una de ellas.

—No los merecéis. Conmigo son felices.

—¡Y con nosotras! —dijeron varias.

La mar se acerca a las seis mujeres, las rodea, y les susurra:

—Yo quisiera ser vuestra amiga no vuestra enemiga pero no me dejáis.

—Si eso es verdad —dice la más anciana—, ¿por qué nos atormentas?

—No es cierto, no lo hago, respondo a vuestros envites, a vuestra furia. Soy como vosotras, lloro sin llorar, río sin reír y amo sin tener.

La experiencia de la edad hace que el rostro de la anciana se ilumine con una chispa de esperanza. Mira a La Dama, y ella, entendiendo su mirada, asiente.

En el muelle el resto de las mujeres intuyen que algo está pasando y se acercan decididas. Comienza entre ellas y La Dama una negociación. Son conscientes de que la vida de sus hombres está en peligro; La Dama pone sus condiciones, las mujeres las suyas. 

El párroco, con su catalejo, intenta averiguar qué está ocurriendo. Los hombres, niños y ancianos, observan sin atreverse a mover un solo músculo.

Se llega a un acuerdo. Las nubes se retiran, el sol vuelve a lucir, las aguas se calman. La Nereida entra en puerto con suavidad y recuperada toda su tripulación. Ana y Manuel se abrazan. La Dama, con su voz más serena lanzada al viento, dice:

—El trato está cerrado.

Los años transcurrieron. Los varones nacidos son pescadores. Todos, sin excepción, faenan sin pensar en lo dejado en tierra. Las embarcaciones siempre regresan a puerto rebosantes y con toda su tripulación.

En una ocasión, un forastero, al ver que las mujeres después de despedir a sus hombres gritaban: «¡Ahí los tienes!», preguntó:

—¿Qué ocurre?

—Están cumpliendo el acuerdo —dijo el más viejo del lugar.

—¿Acuerdo?

—Sí, entre las mujeres y la mar.

—¡Vamos, hombre! ¡Eso será un cuento! ¿No?

El anciano sonrió.


© Jesús García Lorenzo

16 agosto 2021

Las vacaciones


¡Por fin llegaron las vacaciones! Un año tras otro, fueron marcadas por fiestas nocturnas, hoteles caros, lugares claramente turísticos como Benidorm, y juergas innombrables.

En esta ocasión sería diferente. Tranquilidad, días de asueto olvidando el estrés y las aglomeraciones.

¡Y qué mejor lugar que un monasterio! Allí la paz estaba asegurada, así que comencé a buscar en internet y conseguí el lugar deseado. Antiguo, alejado, con piedras llenas de historia, calma y naturaleza.

¡Qué bonito!, ¿verdad? ¡Pues, no! Allí estaba yo con mi maleta llena de ilusión en la puerta del convento oyendo aquello de “¿Qué trae el hermano?”. Pero… ¿Qué es eso de qué trae el hermano? Hola, buenos días, buenas tardes o noches. “Pero no, ¿qué trae…? ¿Tenía que llevarles algo? ¡Encima del pastón que me ha costado! ¡Que luego dicen que los hoteles son caros!”. 

Bueno, bueno. La cosa no quedo ahí, ¡no! Me dijeron que el hecho de encontrarme en aquel lugar no debía afectar a las costumbres del monasterio, por lo que no iban a variarlas. ¡Ajá! Trampa mortal. Sí, sí, mortal de necesidad. Uno piensa que ellos harán su vida y que te dejarán a tu bola, ¡gran equivocación! Me di cuenta de ello a las tres de la mañana, cuando por el pasillo donde estaba ubicada mi celda, oí los cantos matutinos, o como quiera que le llamen los monjes. Al parecer era el único lugar en todo el monasterio donde se realizaban esos rezos y de una manera… Sutil, querían que me uniera.

No lo hice, el cansancio del viaje no me lo permitió, y cuando conseguí conciliar el sueño, tocaron a la puerta de mi celda para anunciarme que el desayuno estaba listo, miré el reloj ¡Eran las cuatro y media de la mañana! ¿Es que estos monjes no duermen nunca?

No entiendo como la mayoría estaban gordos. En los medios públicos están cansados de repetir, una y otra vez, que el desayuno es la comida más importante del día, ¡pero claro! Como estos… ¡Santos monjes!, no tienen televisión pues no se enteran.

Un trozo de pan duro, ¡sí, duro!, y un café con leche era todo el desayuno. En cuanto el pan tocó el café la taza se quedó vacía. Intenté que me pusieran otro café con leche, ¡já!

Después de tomarme el café con leche chupando el pan, me invitaron, haciendo una excepción, a realizar las labores habituales del monasterio con ellos. «¡Ah! Trabajar la tierra en el huerto, o realizar algún trabajo manual», pensé. ¡Y una mierda! Me dieron un mocho, que por su aspecto debía ser del siglo dieciocho, y un cubo sin escurridera, con lo que había que escurrirlo a mano, y me dijeron con amabilidad, que mantuviera limpia la celda, «que la higiene es la prevención de las enfermedades, y nuestro Señor nos quiere sanos», decían. Menos mal que aquella habitación no medía más de dos metros cuadrados, con una cama, un armario y un lavabo (no en balde le llaman celda).

Terminado el aseo de mi estancia salí al pasillo con mi cubo de agua usada, e hice lo que vi, ¡fregar el pasillo! Bueno, solo el trozo que enfrentaba a mi celda.

A las siete de la mañana, terminada mi labor higiénica, hecha mi cama y después de haberme lavado como los gatos, o sea, por trozos, porque meterme en la pila del lavabo fue imposible, decidí conocer aquel monasterio. 

Recorrí aquellos espacios con la expectación del que descubre algo nuevo. ¡Deslumbrante! ¡Precioso! Del siglo doce creo, las piedras centenarias me hablaban a cada paso que daba contándome sus secretos, su historia. O al menos así lo imaginé hasta que me di cuenta que a mi lado un monje famélico y calvo, me contaba que Don Rodrigo Díaz de Vivar, apodado El Cid, puso su glorioso pie, cansado y exiliado, en aquel lugar para pedir agua, y que debido al decreto Real se la negaron. ¡Hay que tener huev…!

Después del rezo del Ángelus, el cual duró una interminable hora y que por no hacerles un feo estuve acompañándolos, me comunicaron que hasta la hora de la comida podía descansar en mi celda, así los hermanos no me molestarían con sus habituales tareas. ¡Ósea! Que me confinaban en mi habitación ¡Eso sí!, con amabilidad y entre dos monjes que me acompañaron hasta la puerta.

La suculenta comida constaba de tres platos. El primero consistía en un hervido de cuatro patatas enanas y un trozo de pan, de la misma hornada que el del desayuno. El segundo un trozo de carne a la plancha, que seguramente al hermano cocinero se le habría olvidado que la tenía al fuego, porque una suela de zapato estaba más tierna que aquel trozo de vaca. Y el tercero, ¡ah, el tercero! una rodaja de melón del huerto propio, que para ser sinceros, estaba de muerte.

Después de comer, y nuevamente acompañado, me dispuse a realizar la sagrada siesta española en mi celda orientada al oeste, que fue interrumpida en multitud de ocasiones por los rezos de los santos hermanos y por el calor intenso de un día de poniente.

Después de una cena indescriptible por la ausencia de la misma, me fui agotado a la cama. La noche transcurrió entre los rugidos de mi estómago reclamando alimento, y los rezos matutinos.

La tercera noche, y el resto de mis vacaciones, las pasé en un abarrotado hotel de Benidorm, donde la tranquilidad brillaba por su ausencia, el aire acondicionado era el reposo del guerrero, las tres comidas del día abundantes, la siesta sagrada y la diversión asegurada.


© Jesús García Lorenzo

25 julio 2021

El bello sonido del agua


Nunca he contado mis anhelos, alegrías y tristezas ocurridas a lo largo de mi vida. Nadie, ni mis más allegados pudieron imaginar mis deseos. Hoy, en el día más feliz de mi vida, siento la necesidad de compartir.

Nací, según mi madre, como todos. Llorando. A los pocos días una infección me quitó el sentido cuya ausencia marcaría mi vida. El oído.

Siempre me pregunté si existiría dolor peor que ver, oler, tocar y degustar sin oír.

Crecí sin dormirme al arrullo de una canción de cuna, sin tener miedo a los truenos. Sin hablar a escondidas por teléfono con una amiga. Cuando adolescente me vi reprimida de decirle a un chico: llámame. Nunca fui invitada al cine, ni a un concierto, ni… Las palabras de amor que se me podían susurrar, a la luz de la luna, eran silencio.

Acudí a un colegio ideado para niños con mi mismo problema. Allí me enseñaron a leer los labios, a hablar con signos, a enfadarme y decir te quiero con las manos.

Nos preparaban, decían, para convivir con las gentes que oían. Aún recuerdo las caras de burla y los empujones de los niños de mi vecindario al volver del colegio. ¿No tendrían que ser ellos los que aprendieran?

Mis padres me llevaron al parque el domingo que cumplí los diez años, a un concierto de la banda de música donde se enamoraron mientras compartían atril. El director, viejo amigo, me dejó sentarme entre los músicos.

Algo maravilloso ocurrió esa mañana. Mi cuerpo notó muchas agitaciones seguidas y con fuerza. Mi estómago, mi pecho y mis manos, todo mi ser vibraba siguiendo un ritmo. Al cerrar los ojos comprobé que escuchaba la música a través de mi piel. Un escalofrío me recorrió el cuerpo cual corriente eléctrica. Sentí verdaderos deseos de oír.

Al día siguiente apareció en mi casa un aparato de alta fidelidad, y a través de sus vibraciones volví a sentir la música. Aprendí de mis padres a leer una partitura y a través de ella  transportar al corazón sus notas.

Transcurrió el tiempo, y un día nos enteramos de la existencia de unos implantes que permitían oír, acudimos al médico con la alegría que da la esperanza de abrir una puerta. La desilusión fue grande. Era una novedad que se aplicaba en niños, y mis dieciocho años superaban esa niñez.

Mis padres no se amedrentaron e insistieron. Se me realizaron pruebas. Varios especialistas me vieron. Muchos cerraron las puertas de la ilusión, pero uno dejó el pestillo sin pasar. Surgió de nuevo la esperanza. La medicina había evolucionado, y el daño que ocasionó aquella infección maldita podía repararse. Mi vida dio un vuelco.

La noche anterior a la operación apenas dormí. Mi pensamiento navegaba por un mar de ilusiones que habían estado prohibidas. Deseaba escuchar palabras de amor, enamorarme de un cantante, de un actor. ¡Oír! Olvidarme de las manos. Mirar unos labios con deseo y no para saber qué dicen.

Llegó el momento de entrar en quirófano. Aunque el cirujano no había prometido nada, mis anhelos se transformaron en mariposas que revoloteaban en mi estómago haciéndome sentir más viva que nunca. Cuando me sacaron del quirófano, totalmente borracha por el mágico éter, el médico hablaba con mis padres. Comprobé, por sus reacciones, que mis vendajes no eran muy atractivos. Me llevaron a la habitación en silencio. Otra vez. Quería oír algo, un ruido. Intenté dar una palmada, pero no acertaba a juntar mis manos. El estrés producido hizo saltar todas las alarmas, y me tranquilizaron con química.

Cuando desperté vi a mi madre dormida en una butaca. Todo estaba en penumbra. De nuevo el silencio. Di una palmada con todas mis fuerzas. Mi madre saltó del sillón donde se encontraba. Al acercarse para averiguar qué había ocurrido, descubrió mis lágrimas. Me había hecho daño en las manos, pero no había escuchado la palmada.

Ante el ruido, o quizás por el grito de mi madre, apareció una enfermera. Mi angustia y mi desilusión de no haber oído el ruido tranquilizó a la sanitaria quien contó que todo era normal. El doctor lo explicaría. No se equivocó, el médico, que apareció a la mañana siguiente muy temprano nos estuvo hablando de lo que se había conseguido pero que tardaría unas horas antes de ver los resultados y oír.

Me quitaron las vendas y comenzó un calvario. Como dijo el doctor mi oído se había recuperado por completo, y poco a poco, muy despacio comenzaba a oír. Escuchaba a mi madre hasta cuando estaba de espaldas. Pero no entendía nada, o casi nada. En el colegio la profesora del lenguaje nos hacía tocarle la garganta cuando hablaba para notar las vibraciones de su voz y poder así distinguir cada palabra, intención o cambio de actitud sin ver el gesto. Todo había cambiado. Oía sonidos pero no entendía qué me estaban diciendo si no acercaba mi mano a su garganta o leía sus bocas.

Fueron unos días de pesadilla. Tuve que aprender a escuchar, a encontrarme con mi propia voz y a escapar del mundo del silencio. Una tarde, en uno de mis habituales paseos por el pasillo de la planta del hospital, oí como se despedazaba a alguien con las palabras. Me sentí avergonzada.

El tiempo pasaba y yo iba mejorando en audición y en comprensión. Mis paseos por las plantas del hospital llegaron a ser monótonos. Una mañana, una enfermera me informó que iba a salir al jardín. ¡Dios mío, el jardín!, mi coquetería me hizo arreglarme, para luego desvestirme porque no podía salir si no era con el batín del hospital, pero era igual, se trataba del jardín. Oler las flores, sentir el sol y la brisa del viento en mi cara. Un verdadero regalo.

Recorrí despacio aquel paraíso, fijándome en todos los rincones, intentando descubrir algún sonido nuevo, algún olor o color olvidado. Cualquier cosa me llenaba el alma de alegría, hasta lo más insignificante. Una mariposa cruzó delante de mí y la seguí con la mirada. Me pregunté si sus alas harían algún ruido e intenté agudizar el oído. No escuché nada por lo que llegué a la conclusión de que no hacían ruido. Me acordé de la fábula de la zorra y las uvas. Continué andando con una sonrisa en mis labios.

En mi paseo me llegó un sonido nuevo. La curiosidad me hizo buscar con ansiedad hasta encontrar su origen. Una pequeña fuente se mostraba ante mí y me descubría que… ¡El agua sonaba! Quedé petrificada. Era una dulce melodía, la más bella y rítmica que jamás escucharía en los años que vendrían.

Cuando me encontraron, un mar de lágrimas resbalaban por mi cara. Aquel chorrito, que se elevaba por encima de mi cabeza, me proporcionaba el mejor de todos los regalos recibidos desde que volví a oír.

Han pasado varios años y en ese tiempo encontré lo que deseaba, palabras de amor, alegrías y tristezas. Hoy he vuelto al hospital para tener mi primer hijo. El médico me ha dicho que no es sordo. Hoy he llorado como una tonta mientras me escuchaba a mí misma cantarle una nana.


©Jesús García Lorenzo


Feliz verano a todos

17 julio 2021

La terrorífica llamada

Despertó en mitad de la noche, aterrorizado. Con los ojos abiertos en la oscuridad intentó, perturbado, captar algo de luz. Su corazón latía con fuerza, y su respiración entrecortada le hizo, como acto reflejo, llevarse su mano al pecho. Tiritaba al abandonar el lecho a causa del sudor que ya enfriaba su piel. O por pavura.

La pluma temblaba en su mano al tiempo que dibujaba notas en el pentagrama con desesperación. Silencios intensos marcando síncopas que reforzaban los tiempos. Las líneas de separación bien marcadas sin dar lugar a duda. No iba a permitir que nadie se atreviera a cambiar ni una de sus frases. Miedo, rabia, furia era lo que brotaba de sus dedos y no dejaría que se malograran.

Hojas numeradas en su margen derecho con signos romanos, caían al suelo una a una. Sin revisar, sin rectificar, ni siquiera sin intentar limpiar los borrones provocados por las gotas de tinta húmeda. Su alma las había oído con claridad y les dio el visto bueno. Escribía, y lo hacía narrando de la única manera que sabía, con sonidos. Ruidos medidos. Estallidos bien perfilados. Sentimientos a los que, como el maestro afilador, sacaba punta hasta un final indefinido.

Terminado el primer movimiento, y con el ánimo desbaratado, se arrodilló recogiendo lo escrito dispuesto a sosegar su ansia. Da Capo. Oía los fortes, los sostenutos y los legatos a medida que leía la orquestación. Los sonidos brotaban organizando el espacio. Los bajos gritaban, los violines acompañaban la desesperación a la vez que el resto de cuerdas les hacían el coro. Un oboe pedía clemencia, las cuerdas la rechazan. El corazón se aceleraba. Volvió a situar su mano en el pecho; signo inequívoco de que la pesadilla se había transcrito.

Los metales no daban tregua, la percusión, del lado de los fuertes, acrecentaba la furia aclamándola como vencedora. 

La intensidad y el esfuerzo empleado acabaron tumbándolo exhausto en el suelo. Un rayo de sol se atrevió a hacerle saber que los peligros de la noche habían desaparecido. Otra vez empapado por el sudor, recogió su trabajo dejándolo sobre el piano.

La mano del director golpeaba el aire con furia. Los instrumentos seguían sus movimientos marcando los tiempos. La sala se inundó de sonidos. La Filarmónica de Berlín vibraba con cada frase, con cada compás. Los músicos, llevados por su entusiasmo, hacían ademán de levantarse en cada golpe de staccato, de sforzando o de marcato.

—¡No, no, no! —gritó el director.

Todos se detuvieron. Atentos, expectantes a los motivos del enfado del maestro.

—¿Acaso nunca han interpretado este movimiento? ¡Da capo!

La irritación del director era manifiesta. Cogió la batuta, y sujetándola con fuerza, levantó los brazos y marcó el primer tiempo. Los bajos sonaron fuertes, con tres efes, como marcaba la partitura.

—¡No, no, y no!

El director lanzó con rabia su batuta hacia los músicos, bajó de su entarimado y se dirigió hacia la salida del escenario. Uno de los profesores que tocaba el oboe recibió el impacto en toda la cara marcándole la frente con un rasguño. Los compañeros de alrededor fueron en su ayuda. El resto permaneció en silencio.

Al cabo de unos pocos minutos, largos para la orquesta, volvió el director. Desde su tarima observó a los músicos, pidió perdón y se interesó por el estado de la víctima de su enfado que, con un gesto, restó importancia al hecho.

—Beethoven ideó estas cuatro notas como una llamada. La llamada de la muerte anunciando su presencia. ¡Imagínense el pánico que sentirían si sonaran en su puerta!... Sientan ese miedo, esa… ¡desesperación, ese tormento! Y acentúen cada nota, ¡cáguense encima! Y cuando lo consigan estarán en consonancia con el autor. ¡Da capo!

Levantó su dedo, miró a los músicos, y marcó con fuerza. Los bajos inundaron la sala de ensayo. El maestro, eufórico, detuvo a los intérpretes.

—¡Sí, así se hace! 

Y continuó:

—Nunca lo olviden. ¡Ah! Cinco minutos de descanso. Aquí huele mal.

Dos horas antes del concierto, en un plató de televisión, el director contestaba a las preguntas de un periodista que no contenía las ganas de aumentar su audiencia.

—…y siendo la primera vez que dirige a una orquesta tan importante como La Filarmónica, ¿cómo se ha sentido en los ensayos?

Una pequeña mueca en la cara de su entrevistado le dio pie a ahondar el dedo en lo que creía una herida; con una ironía cargada de pólvora buscó el estallido. 

—Tengo entendido que hubo momentos tensos, ¿no es así?

—Interpretar una obra, tal y como quiso el autor que se hiciera, es difícil cuando está muerto. En el conservatorio nos enseñan a meternos en la piel del creador estudiando su vida y milagros, cómo la vivía y por qué, para que cuando toquemos las notas que él plasmó en un papel sintamos su presencia y su aprobación…

Tras un breve instante, en tono calmado, y arrastrando las palabras:

 —A veces ocurre que la monotonía del trabajo hace que no se le dé la importancia que se debe.

—No ha contestado a mi pregunta… maestro. 

—Yo creo que sí, y ahora deberá perdonarme; tengo un concierto que dirigir. 

Y levantándose de su silla acabó con la entrevista.

El auditorio se encontraba abarrotado. Musicólogos, entendidos, periodistas y críticos melómanos, mezclados con aficionados, curiosos abonados solo por mantener una reputación, y estudiantes que tomaban como parte de su aprendizaje acudir a los conciertos. Todos inundaban la sala llenando de expectación el recinto.

Los músicos salieron al escenario ocupando sus lugares. Se inició entre el público un tímido aplauso que fue desbordándose hasta convertirse en caluroso. Las luces desfallecieron quedando sólo las del escenario. El director apareció en escena. Toda la orquesta se levantó dando así su saludo.

Se hizo el silencio. Los instrumentos preparados, los ojos de todos los profesores fijos en el maestro esperando el ansiado momento del comienzo. El director levantó los brazos y marcó el primer tiempo.

Cuatro notas hicieron temblar todo el auditorio. Cuatro sonidos intensos, firmes y trágicos.

Los críticos, en la oscuridad de la sala, buscaban algún tímido reflejo de luz con el que tomar las notas necesarias para escribir esa misma noche su artículo que sería publicado al día siguiente. Sin pudor alguno, las lágrimas de los aficionados resbalaban por sus rostros. Los estudiantes, futuros músicos, temblaban ante la impresionante interpretación; ninguna clase, ningún profesor les habían hablado de lo que allí estaban oyendo.

Acabada la obra, los músicos no separaron sus instrumentos de su cuerpo hasta que el maestro, su maestro, el cual había quedado inmóvil con los ojos cerrados, no levantó la cabeza y lo vieron respirar profundamente. En ese mismo momento la sala rompió en un clamoroso y atronador aplauso. El público en pie aclamaba la dirección y la interpretación de la orquesta. El director, sonriente y sin darse la vuelta hacia el respetable, miró a los músicos uno a uno. Ellos, pendientes, le oyeron, a duras penas, cómo les dirigía unas palabras antes de darles la orden de levantarse para corresponder a los aplausos del público.

—Tengan ustedes por seguro que Beethoven ha estado entre nosotros.

Las luces se apagaron, el auditorio debía quedar en silencio, olvidado y solitario hasta el próximo concierto. Pero en el escenario se oyeron unos pasos, tranquilos, recorriendo el espacio que antes ocuparon los músicos.

—¿Ves como a veces merece la pena plasmar una pesadilla? ¿No crees que aquí se haya vuelto a vivir?

—Un sueño, Ludwig, un sueño —contestó, sin abandonar la guadaña, su acompañante—, y sí, lo he vuelto a revivir. 


© Jesús García Lorenzo

09 julio 2021

La entrevista

A pesar de los quince años que Jesús llevaba como presentador de televisión, cada vez que se ponía delante de las cámaras sentía un hormigueo en el estómago. Esa tarde era la culminación de dos semanas de trabajos que empezaron cuando se recibió una carta en la redacción. El contenido de aquel sobre captó la atención del editor y del director del programa. Una llamada al director de la cadena autentificó la carta y después de sopesar los pros y los contras recogió el papel arrugado de la papelera.

Jesús fue llamado al despacho para hacerse cargo de aquel sobre tras contarle el contenido de la carta y la llamada recibida.

Superado el susto se vio la gran oportunidad que representaba aquella entrevista. Porque se trataba de eso; una entrevista a alguien a quien nunca en la historia se le había realizado. El personaje en cuestión, que supo identificarse sin ningún lugar a dudas, no puso ninguna condición y apuntilló que respondería a cualquier pregunta fuera cual fuera su contenido e intención. Multitud de periodistas hubieran matado por formular las preguntas.

Tanto el director como Jesús se pusieron manos a la obra. Se debía realizar un cuestionario no muy avasallador pero tampoco muy simple. Se debía dar la publicidad justa y al mismo tiempo atraer el máximo de televidentes. Contactar con el resto de las televisiones y radios pudiendo así realizar conexiones en todo el mundo. Las ganancias se contaban en cifras tan elevadas que eran difíciles de imaginar si no se usaba papel, lápiz y calculadora.

Por fin llegó el día señalado. Las calles vacías. Las ciudades de todo el mundo parecían desiertas. La expectación fue total.

Los satélites se modificaron para poder obtener el máximo de cobertura. El planeta entero estaba pegado a los receptores de televisión. Las puertas de la cadena fueron cerradas, y el personal en su totalidad se concentró en el estudio donde se iba a realizar la entrevista.

Jesús sudaba bajo los focos; la maquilladora le aplicaba doble capa de maquillaje para evitar los brillos, al tiempo que él le decía que no importaba pues la imagen que aparecería en la televisión no sería la suya. El regidor gritó: «¡Cinco minutos!». Todos miraron alrededor sin ver al personaje que iba a ser entrevistado.

Alguien pidió permiso desde el fondo del estudio y enseguida se le abrió un pasillo. Una mujer dolorosamente hermosa recorrió, con paso firme sobre sus tacones de aguja, el espacio abierto hasta el sillón que le esperaba bajo los focos.

Jesús se levantó para recibirla. Cuando llegó a su altura le ofreció un saludo caballeresco besando el dorso de su mano. Una sensación de frío recorrió su cuerpo al posar sus labios sobre la helada piel de la entrevistada.

Se sentaron uno frente al otro, y Jesús escuchó por el pinganillo: «En el aire», y sin pensarlo dos veces realizó la primera pregunta totalmente improvisada.

—¿Cuál es su nombre?

La voz dulce, apacible y sensual de la invitada inundó el estudio.

—¿Mi nombre? Según los literatos, filósofos, sociólogos, médicos, doctos e intelectuales se me conoce por… La Limpia, La Blanca, La Tiznada, La Güera, La Novia fiel, La Impía, La Pelona, La Mocha, La Parca…, pero el más usado por el pueblo, gracias a los religiosos y pintores, es: La Muerte.

Un silencio sepulcral invadió aquel espacio donde horas antes se llenaba de algarabía y felicidad en un programa concurso. Nadie se atrevía, siquiera, a producir sonido alguno. Ni suspiros, ni carraspeos, ni respiraciones profundas.

El presentador, sudoroso, intento guardar la compostura ante aquel personaje representado en aquella belleza. Sin quererlo su mirada se fijo en el escote de su entrevistada, quien con un suave y rápido movimiento se desabrochó un botón, mostrando muy poco a la vista pero muchísimo para la mente.

Tras un carraspeo Jesús continuó:

—Siempre se la ha representado patética, tenebrosa, cruel; sin embargo en esta entrevista la vemos con una apariencia reluciente, bella, muy bella si me lo permite, y distinguida. Mostrando todo lo contrario que se esperaba encontrar en este plató. ¿Cuál es su verdadera imagen?

La invitada sonrió. Le dedicó una amplia y hermosa sonrisa a Jesús, luego con lentitud se volvió hacia la multitud congregada. Después también con lentitud, y sin variar su sonrisa, fijó su mirada a la cámara que le enfocaba, y dijo:

—Mi imagen puede estar variando constantemente, pero siempre depende del corazón y de los ojos del que me mira.

—Señora, si me permite que la llame así —Jesús empezaba a sentir empatía con su entrevistada, y tras un leve movimiento de cabeza de ella, continuó—, su presencia siempre va ligada al final de la vida. Sin embargo está usted aquí a mi lado, y con todos los trabajadores de la cadena delante sin pasar nada, y con precaución lo digo. ¿Por qué propuso esta entrevista ante millones de espectadores, y en directo?

Ella, La Limpia, La Blanca, La Tiznada, La güera, La Impía, La pelona, La mocha, La Paveada, La parca, volvió su cabeza hacia la cámara que la enfocaba en un primer plano, y le dedicó una sonrisa pícara.

Multitud de explosiones con forma de hongo se sucedieron una tras otra en todo el planeta mientras en la retina de todos los televisores se registraba esa sonrisa sin precedentes.


 ©Jesús García Lorenzo

03 julio 2021

La rata

La verdad. Clarificadora, odiada y deseada. En ocasiones surge de improviso y, cuando lo hace, al incrédulo lo convierte en creyente. Al ciego le devuelve la vista y al soberbio la prudencia.

 Lo que voy a contar, aunque increíble, es mi verdad.

De camino a casa, después de varios meses de ausencia, sufrí el desfallecimiento de mi transporte. Mi coche, compañero de muchos años, acabó su vida en la cuneta de una carretera solitaria a altas horas de la noche, y cerca de un bosque para mí desconocido.

La oscuridad me obligó a buscar una linterna. Su luz fue breve, pero antes de morir, quizás en solidaridad con mi viejo amigo, me mostró el camino hacia una maravillosa casa colonial que, sin saber cómo, descubrí rodeada por abedules, castaños y una gran variedad de árboles pináceos. 

Me dirigí hacia ella creyéndola la salvación a mi desgracia. A medida que me acercaba mi admiración iba en aumento. Unas lámparas de petróleo iluminaban su porche sostenido por cuatro fabulosas columnas.

La puerta, de madera noble bien pulida, albergaba dos grandes aldabas que la embellecían. Al sonido seco y solemne del metal se respondió con la apertura de la entrada. Ni un alma salió a recibirme. Con prudencia entré dando voces para darme a conocer. Ninguna respuesta.

Su interior, apenas iluminado, mostraba una mansión digna de un terrateniente. En el lado derecho distinguí una ancha y elegante escalera. A la izquierda una puerta de doble hoja, abierta de par en par, albergaba una biblioteca apenas iluminada por el resplandor de una gran chimenea.

—¿Hay alguien aquí?

Volví a gritar. 

Observé junto a la escalera una mesita con un quinqué y un teléfono. Me acerqué, y levantando el auricular comprobé que tenía línea, e hice la llamada para mi rescate. En una hoja de papel, pues no quise ser descortés, escribí mi disculpa y mi agradecimiento por el uso del teléfono.

Pensé que el quinqué serviría para iluminarme el camino de vuelta. Avivé la llama y, al dirigirme a la salida, vi un gran marco en una de las paredes. Al acercarme levanté la lámpara. Una enorme rata peluda me miraba fijamente. La luz hacía brillar sus ojos de forma espeluznante. Abrió la boca, y presa del miedo salí corriendo sin reparar que dejaba las puertas de la casa abiertas.

Corrí y corrí hasta que mis pulmones, necesitados de una buena bocanada de aire, me hicieron parar. Entonces pude comprobar que la infesta rata no me seguía. Miré dónde me encontraba y descubrí que me había perdido. Cogiendo como referencia la casa, que había abandonado precipitadamente, me orienté lo mejor posible dirigiéndome al lugar donde creía se encontraba mi fallecido transporte. 

No podía quitarme de la cabeza la horrible imagen de la rata mirándome fijamente a los ojos, amenazante, dispuesta a saltar sobre mí. Con el vello erizado por el recuerdo continué caminando hasta que vi mi coche. Cuando faltaban unos dos metros para llegar pude distinguir en el cristal del parabrisas la enorme rata. Quedé paralizado. Horrorizado solté la lámpara que, al precipitarse contra el suelo, desparramó el líquido de su interior. En pocos segundos se produjo un incendio que me rodeó.

El fuego elevó sus tentáculos y pude verla con claridad. Su largo y puntiagudo hocico mostraba unos dientes enormes. Las uñas de sus garras, bien afiladas, estaban preparadas para rasgar la carne de su presa. Sus ojos se inundaron de sangre. Por su boca se deslizaba un débil hilo de saliva que, viscosa, tardaba en caer. El miedo me obligó a respirar profundamente el humo y me desmayé.

Cuando desperté apenas pude distinguir figura alguna debido a las vendas que cubrían mi rostro. Intenté llevarme las manos a la cara pero la voz dulce de una enfermera, y el dolor de las quemaduras, me hicieron desistir. Se me informó que me iban a quitar las vendas de la cabeza.

Con una gran excitación, que intentaba disimular, fui notando cómo desenrollaban, sin prisas, la fina tela. Cuando apenas quedaba una vuelta quise abrir los ojos, pero me reprimí. El médico me indicó que los abriera despacio.

—Hay mucha oscuridad —dije.

—No se preocupe, hemos dejado la habitación a oscuras. ¿Ve esta luz?

La luz de una linterna lápiz me buscaba un ojo y luego el otro.

—Sí, la veo.

—Bien —aseveró el doctor—, vamos a encender una lámpara que iluminará el fondo de la habitación donde hay un sillón, ¿puede decirme de qué color es?

Una luz muy suave iluminó la pared que tenía en frente, y apoyada en ella había, efectivamente, un sillón.

—Negro, es de color negro.


Ante la alegría manifestada por la enfermera giré la cabeza sonriendo. Cuando de repente todo se tornó negro y perdí el sentido.

Cuando recobré el conocimiento pude comprobar que me encontraba en una habitación blanca, iluminada por el sol que entraba a través de una ventana, y vi el sillón negro. Observé que seguía cubierto de vendas por todo el cuerpo, incluidas mis manos. En la mesita que tenía al lado había un pequeño espejo. Con gran esfuerzo logré cogerlo y depositarlo sobre mi pecho. Con miedo por descubrir horribles cicatrices en mi cara fui levantándolo poco a poco.

Un grito desgarrador salió de mi garganta inundando toda la planta del hospital. Me faltaba el aire, mi respiración profunda acompañaba a los fuertes latidos de mi corazón que, acelerados, luchaban por escapar. Mi pecho se convulsionaba, mi visión se nubló, y acto seguido sentí una gran paz como nunca había imaginado.

 En la lejanía pude oír al doctor y a la enfermera decir:

—Hora de la muerte las diez y media. 

—¡Pobrecita rata! ¡Lástima!

—Sí, señora comadreja —concluyó el doctor Panda—, lástima.


La verdad. Clarificadora. En ocasiones surge de improviso y, mostrándonos tal y como somos, nos arrebata lo que más queremos.