20 junio 2013

Enemistad


            Lo nuestro era algo más que una amistad. Era darlo todo. Aún recuerdo la primera vez. Yo tímido, tú con los brazos abiertos. Desde aquel día supe que tenía que entregarte los mejores años de mi vida. Y así lo hice, sin importarme el tiempo que invertía en ti, o las noches en vela buscando la forma de mejorar nuestra relación.
            Nunca me quejé, tú también lo diste todo; dentro de tus condiciones, eso sí, que dejaste claras desde el primer momento. Pero a mí no me importó.
            Los años pasaron y nuestra relación era la envidia de muchos, hasta que el tiempo blanqueó mis cabellos, arrugó mis facciones y encorvó mi espalda. Mi juventud llegaba a su fin, y a ti te importó, sobre todo cuando empezaste a mirar con deseo a otros más jóvenes, más fuertes y más maleables.
Unas palmaditas en la espalda, buenas palabras y un dinero en pago es todo lo que me diste.
            Ahora me llaman “parado”, y formo parte de una estadística macabra donde solo los desterrados y olvidados lloran una amistad perdida.
            En tu puerta, y bajo unas grandes letras que muestran tu nuevo nombre: “Multinacional”, yace mi cuerpo ensangrentado por una bala, con la que sentencié nuestra enemistad. 

23 mayo 2013

La tecnología nos facilita la vida




Los avances tecnológicos nos han hecho la vida más cómoda. Atrás quedan épocas donde el paso por una centralita era obligatorio para hablar con la familia, los amigos….
         ¡Ah, qué tiempos aquellos! Hoy en día la tecnología nos evita los inconvenientes de esperar a tener una conferencia, o guardar dinero en casa para cuando pase el cobrador del gas o la luz. Hoy todo es más fácil.
         —¿Oiga, señorita? ¡Maldita sea! Ya estoy hablando otra vez con un ordenador.
         —Pues la llamadita te va a costar más que si les enviaras una carta, o fueras personalmente.
         Como siempre mi mujer tenía razón, así que a la mañana siguiente me presenté en la oficina telefónica.
         —Buenos días.
         —Buenos días, caballero. ¿En qué puedo servirle?
         —Pues verá, tengo problemas con mi conexión a Internet y…
     —Lo siento caballero, pero para reclamaciones, averías, revisión de facturas y otras consideraciones, contacte con la compañía a través del teléfono o por internet.
         —Pero, vamos a ver señorit…
         —Lo siento, caballero para reclamaciones, averías…
         —¡Óigame, por favor, le estoy diciendo…!
         —Lo siento, caballero, pero para reclamaciones…
         —¡Pero, vamos a ver! ¡¿Es que no hay nadie que pueda atenderme sin parecer un robot?!
         —Lo,lo,lo. Sient… to,to,to.
         Ante mis ojos la señorita, amable y redundante, comenzó a derretirse cual muñeco de cera, rodeada de un sinfín de chispas y humo. Con horror comprobé el poder de mis gritos cuando sonó una alarma repitiendo: “¡Atención, humano en la sala!”.

16 abril 2013

Mi mejor amigo







           Ha muerto mi mejor amigo. Mis ojos se han secado de tanto llorar.

            El dolor, transformado, no deja de hacer daño.

           Ya han pasado quince días y apenas me alimento. Cualquier cosa me recuerda su amistad, y a él.

            Estoy hospitalizado con goteros. No quiero vivir, no sin mi amigo.

            Una gran somnolencia me está invadiendo, y a lo lejos, sin mucha nitidez, me parece verlo. Oigo su voz llamándome. El alma se me alborota. Lleva en la mano la correa, y muevo el rabo mientras corro hacia él.

            «Ven chico», me dice al acercarme. «Ahora estaremos juntos para siempre»

05 marzo 2013

La rata

El relato que a continuación vais a leer fue galardonado con una mención de honor en el primer concurso de relatos del foro literario de Prosófagos 2010.


Espero que disfrutéis leyéndolo, para mi sería un placer que os hiciera sentir asco, miedo y repelús (risa siniestra), ja,ja,ja,ja,ja,ja.





La rata


La verdad. Clarificadora, odiada y deseada. En ocasiones surge de improviso y, cuando lo hace, al incrédulo lo convierte en creyente. Al ciego le devuelve la vista y al soberbio la prudencia.


         Lo que voy a contar, aunque increíble, es mi verdad.
         De camino a casa, después de varios meses de ausencia, sufrí el desfallecimiento de mi transporte. Mi coche, compañero de muchos años, acabó su vida en la cuneta de una carretera solitaria a altas horas de la noche, y cerca de un bosque para mí desconocido.
         La oscuridad me obligó a buscar una linterna. Su luz fue breve, pero antes de morir, quizás en solidaridad con mi viejo amigo, me mostró el camino hacia una maravillosa casa colonial que, sin saber cómo, descubrí rodeada por abedules, castaños y una gran variedad de árboles pináceos.
         Me dirigí hacia ella creyéndola la salvación a mi desgracia. A medida que me acercaba mi admiración iba en aumento. Unas lámparas de petróleo iluminaban su porche sostenido por cuatro fabulosas columnas.
         La puerta, de madera noble bien pulida, albergaba dos grandes aldabas que la embellecían. Al sonido seco y solemne del metal se respondió con la apertura de la entrada. Ni un alma salió a recibirme. Con prudencia entré dando voces para darme a conocer. Ninguna respuesta.
         Su interior, apenas iluminado, mostraba una mansión digna de un terrateniente. En el lado derecho distinguí una ancha y elegante escalera. A la izquierda una puerta de doble hoja, abierta de par en par, albergaba una biblioteca apenas iluminada por el resplandor de una gran chimenea.
         —¿Hay alguien aquí?

         Volví a gritar.
         Observé junto a la escalera una mesita con un quinqué y un teléfono. Me acerqué, y levantando el auricular comprobé que tenía línea, e hice la llamada para mi rescate. En una hoja de papel, pues no quise ser descortés, escribí mi disculpa y mi agradecimiento por el uso del teléfono.
         Pensé que el quinqué serviría para iluminarme el camino de vuelta. Avivé la llama y, al dirigirme a la salida, vi un gran marco en una de las paredes. Al acercarme levanté la lámpara. Una enorme rata peluda me miraba fijamente. La luz hacía brillar sus ojos de forma espeluznante. Abrió la boca, y presa del miedo salí corriendo sin reparar que dejaba las puertas de la casa abiertas.
         Corrí y corrí hasta que mis pulmones, necesitados de una buena bocanada de aire, me hicieron parar. Entonces pude comprobar que la infesta rata no me seguía. Miré dónde me encontraba y descubrí que me había perdido. Cogiendo como referencia la casa, que había abandonado precipitadamente, me orienté lo mejor posible dirigiéndome al lugar donde creía se encontraba mi fallecido transporte.
         No podía quitarme de la cabeza la horrible imagen de la rata mirándome fijamente a los ojos, amenazante, dispuesta a saltar sobre mí. Con el vello erizado por el recuerdo continué caminando hasta que vi mi coche. Cuando faltaban unos dos metros para llegar pude distinguir en el cristal del parabrisas la enorme rata. Quedé paralizado. Horrorizado solté la lámpara que, al precipitarse contra el suelo, desparramó el líquido de su interior. En pocos segundos se produjo un incendio que me rodeó.
         El fuego elevó sus tentáculos y pude verla con claridad. Su largo y puntiagudo hocico mostraba unos dientes enormes. Las uñas de sus garras, bien afiladas, estaban preparadas para rasgar la carne de su presa. Sus ojos se inundaron de sangre. Por su boca se deslizaba un débil hilo de saliva que, viscosa, tardaba en caer. El miedo me obligó a respirar profundamente el humo y me desmayé.
         Cuando desperté apenas pude distinguir figura alguna debido a las vendas que cubrían mi rostro. Intenté llevarme las manos a la cara pero la voz dulce de una enfermera, y el dolor de las quemaduras, me hicieron desistir. Se me informó que me iban a quitar las vendas de la cabeza.
         Con una gran excitación, que intentaba disimular, fui notando cómo desenrollaban, sin prisas, la fina tela. Cuando apenas quedaba una vuelta quise abrir los ojos, pero me reprimí. El médico me indicó que los abriera despacio.
         —Hay mucha oscuridad —dije.
         —No se preocupe, hemos dejado la habitación a oscuras. ¿Ve esta luz?
         La luz de una linterna lápiz me buscaba un ojo y luego el otro.
         —Sí, la veo.
         —Bien —aseveró el doctor—, vamos a encender una lámpara que iluminará el fondo de la habitación donde hay un sillón, ¿puede decirme de qué color es?
         Una luz muy suave iluminó la pared que tenía en frente, y apoyada en ella había, efectivamente, un sillón.
         —Negro, es de color negro.

         Ante la alegría manifestada por la enfermera giré la cabeza sonriendo. Cuando de repente todo se tornó negro y perdí el sentido.
         Cuando recobré el conocimiento pude comprobar que me encontraba en una habitación blanca, iluminada por el sol que entraba a través de una ventana, y vi el sillón negro. Observé que seguía cubierto de vendas por todo el cuerpo, incluidas mis manos. En la mesita que tenía al lado había un pequeño espejo. Con gran esfuerzo logré cogerlo y depositarlo sobre mi pecho. Con miedo por descubrir horribles cicatrices en mi cara fui levantándolo poco a poco.
         Un grito desgarrador salió de mi garganta inundando toda la planta del hospital. Me faltaba el aire, mi respiración profunda acompañaba a los fuertes latidos de mi corazón que, acelerados, luchaban por escapar. Mi pecho se convulsionaba, mi visión se nubló, y acto seguido sentí una gran paz como nunca había imaginado.
         En la lejanía pude oír al doctor y a la enfermera decir:
         —Hora de la muerte las diez y media.
         —¡Pobrecita rata! ¡Lástima!
         —Sí, señora comadreja —concluyó el doctor Panda—, lástima.

         La verdad. Clarificadora. En ocasiones surge de improviso y, mostrándonos tal y como somos, nos arrebata lo que más queremos.