22 abril 2012

La deuda


Tras un día estresante, echaba de menos el calor del hogar, una reparadora ducha, un vaso de espléndido licor y un buen libro. Pero el asfixiante viaje en metro se hacía interminable. Cuando por fin salí al exterior, respiré el refrescante aire contaminado de la ciudad.
     Al llegar revisé el buzón. Estaba a rebosar de publicidad y recibos, pero entre ellos un sobre extraño, sin remite. Llamó mi atención por el tipo de letra gótica utilizada para escribir mi nombre. Mi primera reacción fue abrirlo, pero la repentina aparición de algunos vecinos me hizo desistir.
Una vez acomodado y en batín, recogí el contenido del buzón que había casi olvidado en el mueble del recibidor junto con las llaves. Volví a sostener el dichoso sobre. El papel era de un tipo extraño, grueso y áspero. Admiré la letra escrita, al parecer por los rasgos gruesos y corridos, con pluma y tintero. Pensé: «¿Quién en los tiempos que corren puede hacer uso de tal instrumento de escritura?».
Imaginaba al autor escogiendo, entre varias, la pluma de ave adecuada, con el grosor justo para que al biselar la punta retuviera la tinta necesaria y poder escribir, al menos, dos o tres palabras completas. Imaginé que se trataría de alguien que conocía muy bien la letra gótica y su técnica para dibujarla. La tinta empleada no parecía la habitual que se puede comprar en una papelería, tenía un color ocre, y cada palabra estaba rematada con un giro, a modo de punto, que no hacía ligera su lectura.
Leí mi nombre y primer apellido, no había más, ni dirección ni nada que indicara qué persona la enviaba. Sin embargo, llevaba un matasellos en la parte superior, de esos que se estampan en las cartas sin sello. ¡El sello! No había caído en ese detalle. No llevaba ninguno, al menos pegado, pero sí lo tenía dibujado, con gran esmero, con la misma tinta y trazos.
Le di la vuelta y volví a comprobar que no figuraba ningún remite que pudiera mostrar el origen. También me llamó la atención el tipo de cierre empleado en el sobre. Vi restos de un pegamento que en un principio me pareció pasta. Una mezcla de harina y agua.
Estaba tan fascinado con el sobre que no quise rasgar ni un milímetro de aquel papel, por lo que me empleé a fondo con el abrecartas. Cuando conseguí abrirlo, extraje la carta del interior del mismo material que el sobre.
Me quedé helado al ver, con una caligrafía excelente, el inicio de esa carta: «Valencia, a cuatro de Mayo del año del Señor de mil ochocientos diez. Vuestra Merced que, cuando lea esta carta vivirá, es mi deseo, en Gracia con Dios, y aunque en los años venideros, que a este humilde servidor le cuesta calcular…»
Una sensación extraña provocó que dejara rápidamente aquel sobre y su contenido encima de la mesita baja que tenía enfrente. Me hice mil y una preguntas, ¿quién, cómo, cuándo, por qué? La volví a coger con la intención de aclarar todas las dudas.
Me llevó un tiempo acostumbrarme a la letra pero conseguí enterarme de su contenido. Al parecer un tal Don Alfredo de Castellnova y García, tenía una deuda con un antepasado mío que no pudo resarcir debido a la repentina muerte de éste a manos de unos nativos del Brasil. Intentó encontrar a alguien de su familia sin éxito, y como era un hombre de palabra, encargó a su bufete que en cuanto se encontrara un descendiente vivo, se le entregara esta carta, y se le compensara la deuda.
A la mañana siguiente, sin haber conciliado el sueño, me desplacé al centro de la ciudad donde un anticuario, amigo de toda la vida, tenía su negocio. Quedó fascinado al examinar el sobre en la trastienda. Me dijo que ese papel era original, que no se fabricaba desde hacía ochenta años, y que la pasta con la que estaba pegada la solapa era, como imaginaba, una mezcla de harina y agua en la proporción adecuada para que sirviera de adhesivo.
En la oficina de correos después de dar muchas patadas, y comprar lotería para los funcionarios jubilados, me indicaron que según el registro postal la carta la había enviado un despacho de abogados. Con la dirección en la mano salí dispuesto a que se me aclarara el significado de todo aquello.
La sensación de recibir una herencia que acabara con todos los males económicos por los que pasaba, inundó mi corazón y mi mente. En un taxi me dirigí a la dirección indicada por la oficina postal; previamente había anunciado mi visita adelantándola a través del teléfono.
La decoración del bufete era espléndida, señorial, sobria a la vez que elegante. Me hicieron pasar a un espacioso despacho donde extrañamente el único mobiliario eran unas estanterías en las paredes. Una amable señorita me indicó que muy pronto me atenderían.
La primera estocada me atravesó el costado. La quemazón de la punzada me dejó sin aire e hizo que me inclinara hacia adelante sujetándome la herida. El tirador, acompañado por dos personas serias y correctamente vestidas, aparentaba tener aproximadamente mi edad y me hablaba de cobrar la deuda de la misma manera que lo habría hecho su antepasado.
 La segunda, rápida y certera, me seccionó en dos el corazón, y antes de que el acero del florete abandonara mi cuerpo, pude ver con toda claridad la satisfacción en la cara de mi matador. 

23 marzo 2012

El hipnotizador


—Se dice que para dejar de fumar primero hay que desearlo, pero no un deseo banal, de capricho, no. Hay que proponérselo de verdad, con ganas. Claro que esto lo dicen aquellos que nunca han sido fumadores, y no han sentido el poder de la nicotina nublando la voluntad, los sentidos…

El ponente captó, con esta breve introducción, la atención del personal que abarrotaba la sala del teatro Altear, donde mostraría que con la hipnosis se podía curar la adicción a todas las drogas. Tras dos horas exponiendo razones, estudios y toda clase de experimentos realizados por las más prestigiosas universidades, se dispuso a poner en práctica su teoría con una demostración que daría mucho que hablar.

—¿Cuántos de ustedes quieren dejar de fumar?

Pocas manos se alzaron pero el conferenciante escogió a tres y los hizo subir al escenario a la vez que pedía un aplauso.

Sus ayudantes colocaron a dos de los voluntarios en los extremos y al tercero en el centro. Mientras tanto, el ponente se dirigía al público.

—Para que este experimento pueda ser creíble, y no se piense que es una farsa, uno de ellos no abandonará su adicción al tabaco, mientras que los otros dos vomitarán cada vez que enciendan un cigarrillo. ¿Alguien conoce a alguno de estos caballeros?

Una persona se levantó del asiento contiguo a dos de los que quedaron vacíos, entre las chanzas de los que le rodeaban.

—Yo conozco a dos —dijo con risa entrecortada.

—Señáleme uno.

Con una mueca, que intentaba disimular una incipiente risotada, señaló al situado al extremo derecho del escenario.

—¿Es muy fumador?

—¡Ya lo creo, se lo fuma todo! —dijo soltando una gran carcajada acompañada por las de sus acompañantes.

—Muy bien, a partir de hoy no lo volverá a hacer.

Se pidió silencio en la sala. Se bajaron las luces quedando sólo la intensa iluminación de unos focos sobre las cabezas de los voluntarios. El conferenciante, con la parsimonia que requería la ocasión, fue uno a uno hablándoles en voz baja y tranquilizadora, mirándoles a los ojos con fijeza y sin blandir ningún objeto frente a ellos.

Al cabo de pocos minutos los tres hombres, objeto del experimento, sudaban visiblemente. Cuando el ponente acabó pidió que las luces volvieran a iluminar el escenario. No parecía que hubiera pasado nada. Los voluntarios estaban de pie sin muestras de sumisión, adormecimiento u otro síntoma de haber sido hipnotizados. El conferenciante los hizo bajar y ocupar sus asientos, al tiempo que se dirigía al público invitándoles a que averiguaran quién de los tres seguiría fumando.

Un murmullo inundó la sala. Los responsables del acto, en previsión, difundían por megafonía que dentro del teatro no estaba permitido fumar. Los gritos de “Fraude”, “Embaucador”, fueron algunos de los que se oyeron mientras las luces del escenario se apagaban, concluyendo el acto sin más explicaciones por parte del protagonista de la conferencia.

En la calle los tres voluntarios fueron rodeados por el público que salía del teatro. A uno de ellos se le ofreció un cigarrillo; lo cogió y se lo llevó a la boca. Risas y burlas se exteriorizaron, pero cuando al encender el cigarrillo el humo inundó sus pulmones, un gran vómito manchó el pecho de algunos de los escépticos que lo rodeaban.

Lo mismo ocurrió con otro de los voluntarios, mientras que al tercero se le vio disfrutar de aquel tabaco. Entre la gente comenzó una pequeña discusión. Unos pasaron a ser creyentes, mientras que otros se mantenían en su escéptica opinión de que se había llegado a un acuerdo con ellos.

El atestado de la policía narraba los hechos tal y como los testigos lo relataron. El juez dio orden de arresto contra el ponente de aquella conferencia, y pocas horas después lo tuvo ante su presencia.

—Dígame. ¿Qué les hizo?

—Nada —contestó—, en tan breve tiempo no pude hipnotizarlos, además uno de ellos me dijo que no creía en esas cosas, y si alguien no está dispuesto no se le puede hipnotizar.

—¿Me está diciendo que la hipnosis es un cuento?

—No. Le digo que la hipnosis requiere tiempo, y sobre todo estar preparado para ello.

—Entonces, ¿cómo explica los hechos?

—No es difícil. Dos de ellos se habían pasado con el alcohol antes de la conferencia, el olor que emanaban los delataba, y el calor de los focos aumentó el mareo. Cuando salieron a la calle el cigarrillo ofrecido fue el detonante. Sume usted embriaguez, mareo y añada un golpe de tos…

—Y, ¿qué me dice del tercero?

—El tercero era un delincuente, un hombre de baja estofa al que pagué para que se presentara voluntario. Siempre lo hago, por si falla el público.

—¡Ya! ¿Y cómo explica que fuera el punto de mira, el objetivo?

—No tengo explicación para eso.

—Así qué suben al escenario tres voluntarios, dos ebrios y otro pagado por usted. A sabiendas de que no podía hipnotizarlos, hace… el paripé, desaparece haciendo creer a todos que los había metido en trance, y ya está.

—Correcto, señor.

—Luego salen a la calle, y dos de ellos después de encender un cigarrillo y vomitar se lanzan sobre el tercero, y en el furor de la riña acaban en medio de la calzada siendo atropellados por un vehículo que no pudo esquivarlos, teniendo como resultado dos muertos y uno muy grave. ¿Y usted me dice que todo eso ocurrió así, sin más, por enajenación transitoria de personas que no se conocían de nada?

—Si usted lo dice…

El juez dio por concluido el interrogatorio. Al no encontrar nada que pudiera señalarlo como causante de los hechos le permitió que se marchara, no sin antes decirle que estuviera a disposición del juzgado por si necesitaba volver a interrogarlo.

El conferenciante fue directo al hotel donde estaba alojado. Al llegar a su habitación llamó por teléfono. Al otro lado contestó una mujer.

—Hecho —dijo.

—Gracias.

El conductor del vehículo, ejecutor de la muerte de dos de los voluntarios, titubeaba ante las preguntas del instructor del juzgado. Sus declaraciones se contradecían a medida que avanzaba el interrogatorio. El juez concluyó que el conductor era parte activa de un asesinato, por lo que ordenó que se le detuviera, al menos, durante setenta y dos horas.

Posteriormente el juez se desplazó al hospital donde se encontraba el único superviviente de los tres voluntarios. El médico de guardia permitió que fuera interrogado.

El hombre herido relató que el ponente le ofreció bastante dinero para que fingiera ser un voluntario en un experimento de hipnosis.

—Me dijo que no me hipnotizaría y que solo tendría que fingir.

—¿Qué pasó en la calle?

—No lo sé, se lo juro, de pronto se abalanzaron sobre mí y comenzaron a golpearme. Estaban locos, fuera de sí.

—¿Y en el escenario, qué le dijo mientras simulaba hipnotizarlo?

La respuesta del herido fue el desencadenante de una operación que llevó a la detención del conferenciante. Se le acusó, junto al conductor del vehículo, de incitar al asesinato de dos personas, y del intento de una tercera. El juez instructor redactó un informe en el que se detallaba cómo se preparó la venganza contra los tres hombres causantes de que una mujer fuera violada, robada y abandonada a su suerte.

En el juicio quedó demostrado que el acusado buscó, encontró y pagó a los tres voluntarios para que subieran al escenario, y que una vez allí hipnotizó a dos de ellos, no sólo para quitarles el vicio de fumar sino para que, cuando vieran fumar al tercero pensaran que se encontraban solos en el callejón oscuro y solitario donde se perpetró la violación, debiendo entonces eliminarlo, pues tenía intención de denunciarlos por tan execrable delito. Y que el verdugo, un sicario pagado por el acusado, debía esperar con su furgoneta el momento más adecuado, siguiéndolos si fuera preciso, para atropellarlos y matarlos simulando un accidente. Acto que realizó al ver que en el furor de la pelea se lanzaron en mitad de la calzada.

Los declararon culpables. La sentencia fue firme. Fueron condenados al máximo de pena que la ley indicaba para aquel delito. Pero algo sorprendente ocurrió antes de que el juez rubricara, con su golpe de mazo, aquella sentencia. Al grito de “justicia”, dado por uno de los acusados, el policía que los custodiaba sacó su arma y allí, delante de testigos, descerrajó dos tiros al tercer voluntario.

A través del gran tumulto que se organizó en la sala de lo penal número once, una mujer se abrió paso hasta el hipnotizador, y susurrándole al oído le dijo: “Ahora sí que ha cumplido el trato”.

23 febrero 2012

La entrevista

A pesar de los quince años que Jesús llevaba como presentador de televisión, cada vez que se ponía delante de las cámaras sentía un hormigueo en el estómago. Esa tarde era la culminación de dos semanas de trabajos que empezaron cuando se recibió una carta en la redacción. El contenido de aquel sobre captó la atención, derivando luego al rechazo, y horrorizando al director del programa después de recibir una llamada autentificando la carta que había arrugado y lanzado a la papelera.

Jesús fue llamado al despacho para hacerse cargo de aquel sobre. Tras sentarse aceptó un Coñac para poder así afrontar lo que se le venía encima.

Una vez superado el susto, vieron la gran oportunidad que representaba aquella entrevista. Porque se trataba de eso, una entrevista a alguien a quien nunca en la historia se había realizado. El personaje en cuestión, que tuvo que identificarse, no puso ninguna condición, tampoco aportó ningún motivo antes de la entrevista, y apuntilló que respondería a cualquier pregunta fuera cual fuera su contenido e intención. Multitud de periodistas hubieran matado por formular las preguntas, pero solo uno debería hacerlas.

Tanto el director como Jesús se pusieron manos a la obra. Se debía realizar un cuestionario no muy avasallador, pero tampoco muy simple. Se debía dar la publicidad justa y atraer al máximo de televidentes. Contactar con el resto de las televisiones y radios pudiendo así contratar conexiones en todo el mundo. Las ganancias se contaban en cifras tan elevadas que eran difíciles de imaginar si no se usaba papel y lápiz.

Por fin llegó el día señalado. En la calle nadie. Las ciudades de todo el mundo parecían desiertas. La expectación fue total.

Los satélites se modificaron para poder obtener el máximo de cobertura. El planeta entero estaba pegado a los receptores de televisión. Las puertas de la cadena fueron cerradas, y el personal, en su totalidad, se concentró en el estudio donde se iba a realizar la entrevista.

Jesús sudaba bajo los focos; la maquilladora le aplicaba doble capa de maquillaje para evitar los brillos, al tiempo que él le decía que no importaba pues la imagen que aparecería en la televisión no sería la suya. El regidor gritó: «Cinco minutos». Todos miraron alrededor sin ver al personaje que iba a ser entrevistado.

Alguien pidió permiso, desde el fondo del estudio, para pasar, enseguida se le abrió un pasillo. Una mujer dolorosamente hermosa recorrió, con paso firme sobre sus tacones de aguja, el espacio abierto hasta el sillón que le esperaba bajo los focos.

Jesús se levantó para recibirla. Cuando llegó a su altura le ofreció un saludo caballeresco besando el dorso de su mano. Una sensación de frío recorrió su cuerpo al posar sus labios sobre la helada piel de la entrevistada.

Se sentaron uno frente al otro, y Jesús oyó por el pinganillo: «En el aire», y sin pensarlo dos veces realizó la primera pregunta totalmente improvisada.

—¿Cuál es su nombre?

La voz dulce, apacible y sensual de la invitada inundó el estudio.

—Mi nombre. Según los literatos, filósofos, sociólogos, médicos, doctos e intelectuales se me conoce por… La Limpia, La Blanca, La Tiznada, La Güera, La Novia fiel, La Impía, La Pelona, La Mocha, La Parca…, pero el más usado por el pueblo, gracias a los religiosos y pintores, es: La Muerte.

Un silencio sepulcral invadió aquel espacio donde horas antes se llenaba de algarabía y felicidad en un programa concurso. Nadie se atrevía, siquiera, a producir sonido alguno. Ni suspiros, ni carraspeos, ni respiraciones profundas.

El presentador, sudoroso, intento guardar la compostura ante aquel personaje representado en aquella belleza. Sin quererlo su mirada se fijo en el escote de su entrevistada, quien con un suave y rápido movimiento se desabrochó un botón, mostrando muy poco a la vista pero muchísimo para la mente.

Tras un carraspeo Jesús continuó:

—Siempre se la ha representado patética, tenebrosa, cruel; sin embargo en esta entrevista la vemos con una apariencia reluciente, bella, muy bella si me lo permite, y distinguida. Mostrando todo lo contrario que se esperaba encontrar en este plató. ¿Cuál es su verdadera imagen?

La invitada sonrió. Le dedicó una amplia y hermosa sonrisa a Jesús, luego con lentitud se volvió hacia la multitud congregada, ofreciéndoles otra distinta pero agradable. Después también con lentitud, y sin variar su sonrisa, fijó su mirada a la cámara que le enfocaba, y dijo:

—Mi imagen puede estar variando constantemente, pero siempre depende del corazón y de los ojos del que me mira.

—Señora, si me permite que la llame así —Jesús empezaba a sentirse cómodo con su entrevistada, y tras un leve movimiento de cabeza de ella, permitiendo, continuó—, su presencia siempre va ligada al final de la vida. Sin embargo está usted aquí a mi lado, y con todos los trabajadores de la cadena delante sin pasar nada, y con precaución lo digo. ¿Por qué propuso esta entrevista ante millones de espectadores, y en directo?

Ella, La Limpia, La Blanca, La Tiznada, La güera, La Impía, La pelona, La mocha, La Paveada, La parca, volvió su cabeza hacia la cámara que la enfocaba en un primer plano, y le dedicó una sonrisa pícara.

Multitud de explosiones con forma de hongo se sucedieron, una tras otra, en todo el planeta mientras en la retina de todos los televisores se registraba esa sonrisa sin precedentes.

29 enero 2012

El bello sonido del agua


Nunca he contado mis anhelos, alegrías y tristezas ocurridas a lo largo de mi vida. Nadie, ni mis más allegados pudieron imaginar mis deseos. Hoy, en el día más feliz de mi vida, siento la necesidad de compartir.

Nací, según mi madre, como todos. Llorando. A los pocos días una infección me quitó el sentido cuya ausencia marcaría mi vida. El oído.

Siempre me pregunté si existiría dolor peor que ver, oler, tocar y degustar sin oír.

Crecí sin dormirme al arrullo de una canción de cuna, sin tener miedo a los truenos. Sin hablar a escondidas por teléfono con una amiga. Cuando adolescente me vi reprimida de decirle a un chico: llámame. Nunca fui invitada al cine, ni a un concierto, ni… Las palabras de amor que se me podían susurrar, a la luz de la luna, eran silencio.

Acudí a un colegio ideado para niños con mi mismo problema. Allí me enseñaron a leer los labios, a hablar con signos, a enfadarme y decir te quiero con las manos.

Nos preparaban, decían, para convivir con las gentes que oían. Aún recuerdo las caras de burla y los empujones de los niños de mi vecindario al volver del colegio. ¿No tendrían que ser ellos los que aprendieran?

Mis padres me llevaron al parque el domingo que cumplí los diez años, a un concierto de la banda de música donde se enamoraron mientras compartían atril. El director, viejo amigo, me dejó sentarme entre los músicos.

Algo maravilloso ocurrió esa mañana. Mi cuerpo notó muchas agitaciones seguidas y con fuerza. Mi estómago, mi pecho y mis manos, todo mi ser vibraba siguiendo un ritmo. Al cerrar los ojos comprobé que escuchaba la música a través de mi piel. Un escalofrío me recorrió el cuerpo cual corriente eléctrica. Sentí verdaderos deseos de oír.

Al día siguiente apareció en mi casa un aparato de alta fidelidad, y a través de sus vibraciones volví a sentir la música. Aprendí de mis padres a leer una partitura, mientras mis manos me transportaban al corazón sus notas.

Transcurrió el tiempo, y un día nos enteramos de la existencia de unos implantes que permitían oír, acudimos al médico con la alegría que da la esperanza de abrir una puerta. La desilusión fue grande. Era una novedad que se aplicaba en niños, y mis dieciocho años superaban esa niñez.

Mis padres no se amedrentaron e insistieron. Se me realizaron pruebas. Varios especialistas me vieron. Muchos cerraron las puertas de la ilusión, pero uno dejó el pestillo sin pasar. Surgió de nuevo la esperanza. La medicina había evolucionado, y el daño que ocasionó aquella infección maldita podía repararse. Mi vida dio un vuelco.

La noche anterior a la operación apenas dormí. Mi pensamiento navegaba por un mar de ilusiones que habían estado prohibidas. Deseaba escuchar palabras de amor, enamorarme de un cantante, de un actor. ¡Oír! Olvidarme de las manos. Mirar unos labios con deseo y no para saber qué dicen.

Llegó el momento de entrar en quirófano. Aunque el cirujano no había prometido nada, mis anhelos se transformaron en mariposas que revoloteaban en mi estómago haciéndome sentir más viva que nunca. Cuando me sacaron del quirófano, totalmente borracha por el mágico éter, el médico hablaba con mis padres. Comprobé, por sus reacciones, que mis vendajes no eran muy atractivos. Me llevaron a la habitación en silencio. Otra vez. Quería oír algo, un ruido. Intenté dar una palmada, pero no acertaba a juntar mis manos. El estrés producido hizo saltar todas las alarmas, y me tranquilizaron con química.

Cuando desperté vi a mi madre dormida en una butaca. Todo estaba en penumbra. De nuevo el silencio. Di una palmada con todas mis fuerzas. Mi madre saltó del sillón donde se encontraba. Al acercarse para averiguar qué había ocurrido, descubrió mis lágrimas. Me había hecho daño en las manos, pero no había escuchado la palmada.

Ante el ruido, o quizás por el grito de mi madre, apareció una enfermera. Mi angustia y mi desilusión de no haber oído el ruido tranquilizó a la sanitaria, quien contó que todo era normal. El doctor lo explicaría. No se equivocó, el médico, que apareció a la mañana siguiente muy temprano, nos estuvo hablando de lo que se había conseguido, pero que tardaría unas horas antes de ver los resultados y oír.

Me quitaron las vendas y comenzó un calvario. Como dijo el doctor mi oído se había recuperado por completo, y poco a poco, muy despacio comenzaba a oír. Escuchaba a mi madre hasta cuando estaba de espaldas. Pero no entendía nada, o casi nada. En el colegio, la profesora del lenguaje nos hacía tocarle la garganta cuando hablaba para notar las vibraciones de su voz y poder así distinguir cada palabra, intención o cambio de actitud sin ver el gesto. Todo había cambiado. Oía sonidos pero no entendía qué me estaban diciendo si no acercaba mi mano a su garganta y leía sus bocas.

Fueron unos días de pesadilla. Tuve que aprender a escuchar, a encontrarme con mi propia voz, a descubrir la mía y a escapar del mundo del silencio. Una tarde, en uno de mis habituales paseos por el pasillo de la planta del hospital, oí cómo se despedazaba a alguien con las palabras. Me sentí avergonzada.

El tiempo pasaba y yo iba mejorando en audición y en comprensión. Mis paseos por las plantas del hospital llegaron a ser monótonos. Una mañana, una enfermera me informó que iba a salir al jardín. ¡Dios mío, el jardín!, mi coquetería me hizo arreglarme, para luego desvestirme porque no podía salir si no era con el batín del hospital, pero era igual, se trataba del jardín. Oler las flores, sentir el sol y la brisa del viento en mi cara. Un verdadero regalo.

Recorrí despacio aquel paraíso, fijándome en todos los rincones, intentando descubrir algún sonido nuevo, algún olor o color olvidado. Cualquier cosa me llenaba el alma de alegría, hasta lo más insignificante. Una mariposa cruzó delante de mí y la seguí con la mirada. Me pregunté si sus alas harían algún ruido e intenté agudizar el oído. No escuché nada por lo que llegué a la conclusión de que no hacían ruido. Me acordé de la fábula de la zorra y las uvas. Continué andando con una sonrisa en mis labios.

En mi paseo me llegó un sonido nuevo. La curiosidad me hizo buscar con ansiedad hasta encontrar su origen. Una pequeña fuente se mostraba ante mí y me descubría que… ¡El agua sonaba! Quedé petrificada. Era una dulce melodía, la más bella y rítmica que jamás escucharía en los años que vendrían.

Cuando me encontraron, un mar de lágrimas resbalaban por mi cara. Aquel chorrito, que se elevaba por encima de mi cabeza, me proporcionaba el mejor de todos los regalos recibidos desde que volví a oír.

Han pasado varios años y en ese tiempo encontré lo que deseaba, palabras de amor, alegrías y tristezas. Hoy he vuelto al hospital para tener mi primer hijo. El médico me ha dicho que no es sordo. Hoy he llorado como una tonta mientras me escuchaba a mí misma cantarle una nana.

15 enero 2012

Necroslogía, una antología de la muerte

Ha salido al mundo literario un libro de cuentos, una antología sobre la muerte.

Necroslogía, una antología de la muerte, del colectivo La tribu 11, los cuales tuvieron a bien invitarme a participar con un cuento.

Estoy orgulloso de haberlo hecho, y sobre todo lo estoy de pertenecer a este colectivo.

Nescrología es una antología de relatos sobre la muerte y los fantasmas que la rondan: el miedo, la ternura, la tristeza, el amor, las flaquezas, los deseos, las memorias y olvidos, e incluso el buen humor. En Necroslogía la vida y la muerte comparten la misma geografía, y no siempre está claro dónde termina una y dónde comienza la otra, ni siquiera si existe una fontera entre ambas.

Para mayor información visitad el enlace:

http://necroslogia.blogspot.com/


11 enero 2012

La huerta que se desvanece de Alex Hurtado

Os presento un gran libro de fotografías. Cuando digo grande no me estoy refiriendo a su tamaño (que bajo mi punto de vista es ideal:21cm x 21cm), si no a lo que narra.

El título ya nos anticipa lo que vamos a encontrar en el interior: "LA HUERTA QUE SE DESVANECE", El autor Alex Hurtado nos sitúa en la huerta valenciana: L´horta de Valencia, aquella que Don Blasco Ibañez nos describió en sus novelas de La Barraca y, Cañas y Barro.

Alex Hurtado navega con los textos de estas ilustres novelas, y nos enseña la realidad actual de esa huerta, la del siglo XXI.

Este libro no es solo de fotografías, es la realidad de una huerta, la valenciana, que como anticipa su título se desvanece.

Esta obra consta de cinco partes o capítulos donde podemos ver la belleza de una tierra, a sus hijos, las tradiciones ancestrales y la realidad actual.

Podremos observar la dura vida del labrador, y lo haremos a través de unas fotografías cuya profesionalidad se ve nada más abrirlo.

Un libro que habla de mi tierra, Valencia, de lo que fue y de lo que es. Para aquellos que la conozcan, se asombrarán y recordarán. Para los que no la conocen, una oportunidad de hacerlo.

El libro se puede adquirir a través de la Editorial Universidad Politécnica de Valencia.
Tel. 96 387 70 12
pedidos@editorial.upv.es

No os podeis perder esta parte de la historia de la huerta valenciana, que Alex Hurtado nos presenta con este libro.

03 enero 2012

Prosofagia nº 14

La revista literaria Prosofagia, en la que he participado en varias ocasiones, acaba de publicar su número 14.

Para aquellos que tengan la desgracia de no conocerla, he de decirles que es internacional, y lo es porque en ella intervienen escritores de varios países y continentes.

Podréis encontrar artículos muy interesantes sobre literatura, como el realizado por Teo Palacios. Una entrevista a Laura Gallego García realizada por Elisabet. El taller de Sea un buen albañil sobre el uso de la coma, por Esther. El humor de Nelo. El apartado de Literatura y tecnología Digital que nos muestra Zoquete. El análisis del relato que nos ofrece Elisabet, y un fabuloso artículo que nos presenta Melusina.

Veintidós grandes escritores participan en este número con un cuento o una poesía, autores como: Julio Maruri, Pedro, Natalia Rubio, Zoquete, Delia Aguiar, Manuel Pérez, Agustin Capeletto, Fernando Castellano, Lola Vicente, Plácido Fernandez, Harvey, Daniel A. Franco, Pedro de los Ángeles, Pepsi, Ricardo Durán, Vanessa Navarro, Boris Rudeiko, Sergio José Martinez, Janet Guerra, Edgardo Benitez, Esther y un servidor Jesús García, que participo en la página 116 con un cuento titulado: El bello sonido del agua.

Os dejo una dirección para que accedáis a esta maravillosa revista.

Y esta otra dirección para que podáis hacerlo al blog y ver otros números.
http://www.prosofagia.com/

Si algo se me ha escapado, lo siento, pero no lo sabréis hasta que leáis de cabo a rabo esta fabulosa revista.

Que las letras os acompañen.

Buena lectura