La entrevista

A pesar de los quince años que Jesús llevaba como presentador de televisión, cada vez que se ponía delante de las cámaras sentía un hormigueo en el estómago. Esa tarde era la culminación de dos semanas de trabajos que empezaron cuando se recibió una carta en la redacción. El contenido de aquel sobre captó la atención, derivando luego al rechazo, y horrorizando al director del programa después de recibir una llamada autentificando la carta que había arrugado y lanzado a la papelera.

Jesús fue llamado al despacho para hacerse cargo de aquel sobre. Tras sentarse aceptó un Coñac para poder así afrontar lo que se le venía encima.

Una vez superado el susto, vieron la gran oportunidad que representaba aquella entrevista. Porque se trataba de eso, una entrevista a alguien a quien nunca en la historia se había realizado. El personaje en cuestión, que tuvo que identificarse, no puso ninguna condición, tampoco aportó ningún motivo antes de la entrevista, y apuntilló que respondería a cualquier pregunta fuera cual fuera su contenido e intención. Multitud de periodistas hubieran matado por formular las preguntas, pero solo uno debería hacerlas.

Tanto el director como Jesús se pusieron manos a la obra. Se debía realizar un cuestionario no muy avasallador, pero tampoco muy simple. Se debía dar la publicidad justa y atraer al máximo de televidentes. Contactar con el resto de las televisiones y radios pudiendo así contratar conexiones en todo el mundo. Las ganancias se contaban en cifras tan elevadas que eran difíciles de imaginar si no se usaba papel y lápiz.

Por fin llegó el día señalado. En la calle nadie. Las ciudades de todo el mundo parecían desiertas. La expectación fue total.

Los satélites se modificaron para poder obtener el máximo de cobertura. El planeta entero estaba pegado a los receptores de televisión. Las puertas de la cadena fueron cerradas, y el personal, en su totalidad, se concentró en el estudio donde se iba a realizar la entrevista.

Jesús sudaba bajo los focos; la maquilladora le aplicaba doble capa de maquillaje para evitar los brillos, al tiempo que él le decía que no importaba pues la imagen que aparecería en la televisión no sería la suya. El regidor gritó: «Cinco minutos». Todos miraron alrededor sin ver al personaje que iba a ser entrevistado.

Alguien pidió permiso, desde el fondo del estudio, para pasar, enseguida se le abrió un pasillo. Una mujer dolorosamente hermosa recorrió, con paso firme sobre sus tacones de aguja, el espacio abierto hasta el sillón que le esperaba bajo los focos.

Jesús se levantó para recibirla. Cuando llegó a su altura le ofreció un saludo caballeresco besando el dorso de su mano. Una sensación de frío recorrió su cuerpo al posar sus labios sobre la helada piel de la entrevistada.

Se sentaron uno frente al otro, y Jesús oyó por el pinganillo: «En el aire», y sin pensarlo dos veces realizó la primera pregunta totalmente improvisada.

—¿Cuál es su nombre?

La voz dulce, apacible y sensual de la invitada inundó el estudio.

—Mi nombre. Según los literatos, filósofos, sociólogos, médicos, doctos e intelectuales se me conoce por… La Limpia, La Blanca, La Tiznada, La Güera, La Novia fiel, La Impía, La Pelona, La Mocha, La Parca…, pero el más usado por el pueblo, gracias a los religiosos y pintores, es: La Muerte.

Un silencio sepulcral invadió aquel espacio donde horas antes se llenaba de algarabía y felicidad en un programa concurso. Nadie se atrevía, siquiera, a producir sonido alguno. Ni suspiros, ni carraspeos, ni respiraciones profundas.

El presentador, sudoroso, intento guardar la compostura ante aquel personaje representado en aquella belleza. Sin quererlo su mirada se fijo en el escote de su entrevistada, quien con un suave y rápido movimiento se desabrochó un botón, mostrando muy poco a la vista pero muchísimo para la mente.

Tras un carraspeo Jesús continuó:

—Siempre se la ha representado patética, tenebrosa, cruel; sin embargo en esta entrevista la vemos con una apariencia reluciente, bella, muy bella si me lo permite, y distinguida. Mostrando todo lo contrario que se esperaba encontrar en este plató. ¿Cuál es su verdadera imagen?

La invitada sonrió. Le dedicó una amplia y hermosa sonrisa a Jesús, luego con lentitud se volvió hacia la multitud congregada, ofreciéndoles otra distinta pero agradable. Después también con lentitud, y sin variar su sonrisa, fijó su mirada a la cámara que le enfocaba, y dijo:

—Mi imagen puede estar variando constantemente, pero siempre depende del corazón y de los ojos del que me mira.

—Señora, si me permite que la llame así —Jesús empezaba a sentirse cómodo con su entrevistada, y tras un leve movimiento de cabeza de ella, permitiendo, continuó—, su presencia siempre va ligada al final de la vida. Sin embargo está usted aquí a mi lado, y con todos los trabajadores de la cadena delante sin pasar nada, y con precaución lo digo. ¿Por qué propuso esta entrevista ante millones de espectadores, y en directo?

Ella, La Limpia, La Blanca, La Tiznada, La güera, La Impía, La pelona, La mocha, La Paveada, La parca, volvió su cabeza hacia la cámara que la enfocaba en un primer plano, y le dedicó una sonrisa pícara.

Multitud de explosiones con forma de hongo se sucedieron, una tras otra, en todo el planeta mientras en la retina de todos los televisores se registraba esa sonrisa sin precedentes.

El bello sonido del agua


Nunca he contado mis anhelos, alegrías y tristezas ocurridas a lo largo de mi vida. Nadie, ni mis más allegados pudieron imaginar mis deseos. Hoy, en el día más feliz de mi vida, siento la necesidad de compartir.

Nací, según mi madre, como todos. Llorando. A los pocos días una infección me quitó el sentido cuya ausencia marcaría mi vida. El oído.

Siempre me pregunté si existiría dolor peor que ver, oler, tocar y degustar sin oír.

Crecí sin dormirme al arrullo de una canción de cuna, sin tener miedo a los truenos. Sin hablar a escondidas por teléfono con una amiga. Cuando adolescente me vi reprimida de decirle a un chico: llámame. Nunca fui invitada al cine, ni a un concierto, ni… Las palabras de amor que se me podían susurrar, a la luz de la luna, eran silencio.

Acudí a un colegio ideado para niños con mi mismo problema. Allí me enseñaron a leer los labios, a hablar con signos, a enfadarme y decir te quiero con las manos.

Nos preparaban, decían, para convivir con las gentes que oían. Aún recuerdo las caras de burla y los empujones de los niños de mi vecindario al volver del colegio. ¿No tendrían que ser ellos los que aprendieran?

Mis padres me llevaron al parque el domingo que cumplí los diez años, a un concierto de la banda de música donde se enamoraron mientras compartían atril. El director, viejo amigo, me dejó sentarme entre los músicos.

Algo maravilloso ocurrió esa mañana. Mi cuerpo notó muchas agitaciones seguidas y con fuerza. Mi estómago, mi pecho y mis manos, todo mi ser vibraba siguiendo un ritmo. Al cerrar los ojos comprobé que escuchaba la música a través de mi piel. Un escalofrío me recorrió el cuerpo cual corriente eléctrica. Sentí verdaderos deseos de oír.

Al día siguiente apareció en mi casa un aparato de alta fidelidad, y a través de sus vibraciones volví a sentir la música. Aprendí de mis padres a leer una partitura, mientras mis manos me transportaban al corazón sus notas.

Transcurrió el tiempo, y un día nos enteramos de la existencia de unos implantes que permitían oír, acudimos al médico con la alegría que da la esperanza de abrir una puerta. La desilusión fue grande. Era una novedad que se aplicaba en niños, y mis dieciocho años superaban esa niñez.

Mis padres no se amedrentaron e insistieron. Se me realizaron pruebas. Varios especialistas me vieron. Muchos cerraron las puertas de la ilusión, pero uno dejó el pestillo sin pasar. Surgió de nuevo la esperanza. La medicina había evolucionado, y el daño que ocasionó aquella infección maldita podía repararse. Mi vida dio un vuelco.

La noche anterior a la operación apenas dormí. Mi pensamiento navegaba por un mar de ilusiones que habían estado prohibidas. Deseaba escuchar palabras de amor, enamorarme de un cantante, de un actor. ¡Oír! Olvidarme de las manos. Mirar unos labios con deseo y no para saber qué dicen.

Llegó el momento de entrar en quirófano. Aunque el cirujano no había prometido nada, mis anhelos se transformaron en mariposas que revoloteaban en mi estómago haciéndome sentir más viva que nunca. Cuando me sacaron del quirófano, totalmente borracha por el mágico éter, el médico hablaba con mis padres. Comprobé, por sus reacciones, que mis vendajes no eran muy atractivos. Me llevaron a la habitación en silencio. Otra vez. Quería oír algo, un ruido. Intenté dar una palmada, pero no acertaba a juntar mis manos. El estrés producido hizo saltar todas las alarmas, y me tranquilizaron con química.

Cuando desperté vi a mi madre dormida en una butaca. Todo estaba en penumbra. De nuevo el silencio. Di una palmada con todas mis fuerzas. Mi madre saltó del sillón donde se encontraba. Al acercarse para averiguar qué había ocurrido, descubrió mis lágrimas. Me había hecho daño en las manos, pero no había escuchado la palmada.

Ante el ruido, o quizás por el grito de mi madre, apareció una enfermera. Mi angustia y mi desilusión de no haber oído el ruido tranquilizó a la sanitaria, quien contó que todo era normal. El doctor lo explicaría. No se equivocó, el médico, que apareció a la mañana siguiente muy temprano, nos estuvo hablando de lo que se había conseguido, pero que tardaría unas horas antes de ver los resultados y oír.

Me quitaron las vendas y comenzó un calvario. Como dijo el doctor mi oído se había recuperado por completo, y poco a poco, muy despacio comenzaba a oír. Escuchaba a mi madre hasta cuando estaba de espaldas. Pero no entendía nada, o casi nada. En el colegio, la profesora del lenguaje nos hacía tocarle la garganta cuando hablaba para notar las vibraciones de su voz y poder así distinguir cada palabra, intención o cambio de actitud sin ver el gesto. Todo había cambiado. Oía sonidos pero no entendía qué me estaban diciendo si no acercaba mi mano a su garganta y leía sus bocas.

Fueron unos días de pesadilla. Tuve que aprender a escuchar, a encontrarme con mi propia voz, a descubrir la mía y a escapar del mundo del silencio. Una tarde, en uno de mis habituales paseos por el pasillo de la planta del hospital, oí cómo se despedazaba a alguien con las palabras. Me sentí avergonzada.

El tiempo pasaba y yo iba mejorando en audición y en comprensión. Mis paseos por las plantas del hospital llegaron a ser monótonos. Una mañana, una enfermera me informó que iba a salir al jardín. ¡Dios mío, el jardín!, mi coquetería me hizo arreglarme, para luego desvestirme porque no podía salir si no era con el batín del hospital, pero era igual, se trataba del jardín. Oler las flores, sentir el sol y la brisa del viento en mi cara. Un verdadero regalo.

Recorrí despacio aquel paraíso, fijándome en todos los rincones, intentando descubrir algún sonido nuevo, algún olor o color olvidado. Cualquier cosa me llenaba el alma de alegría, hasta lo más insignificante. Una mariposa cruzó delante de mí y la seguí con la mirada. Me pregunté si sus alas harían algún ruido e intenté agudizar el oído. No escuché nada por lo que llegué a la conclusión de que no hacían ruido. Me acordé de la fábula de la zorra y las uvas. Continué andando con una sonrisa en mis labios.

En mi paseo me llegó un sonido nuevo. La curiosidad me hizo buscar con ansiedad hasta encontrar su origen. Una pequeña fuente se mostraba ante mí y me descubría que… ¡El agua sonaba! Quedé petrificada. Era una dulce melodía, la más bella y rítmica que jamás escucharía en los años que vendrían.

Cuando me encontraron, un mar de lágrimas resbalaban por mi cara. Aquel chorrito, que se elevaba por encima de mi cabeza, me proporcionaba el mejor de todos los regalos recibidos desde que volví a oír.

Han pasado varios años y en ese tiempo encontré lo que deseaba, palabras de amor, alegrías y tristezas. Hoy he vuelto al hospital para tener mi primer hijo. El médico me ha dicho que no es sordo. Hoy he llorado como una tonta mientras me escuchaba a mí misma cantarle una nana.

Necroslogía, una antología de la muerte

Ha salido al mundo literario un libro de cuentos, una antología sobre la muerte.

Necroslogía, una antología de la muerte, del colectivo La tribu 11, los cuales tuvieron a bien invitarme a participar con un cuento.

Estoy orgulloso de haberlo hecho, y sobre todo lo estoy de pertenecer a este colectivo.

Nescrología es una antología de relatos sobre la muerte y los fantasmas que la rondan: el miedo, la ternura, la tristeza, el amor, las flaquezas, los deseos, las memorias y olvidos, e incluso el buen humor. En Necroslogía la vida y la muerte comparten la misma geografía, y no siempre está claro dónde termina una y dónde comienza la otra, ni siquiera si existe una fontera entre ambas.

Para mayor información visitad el enlace:

http://necroslogia.blogspot.com/


La huerta que se desvanece de Alex Hurtado

Os presento un gran libro de fotografías. Cuando digo grande no me estoy refiriendo a su tamaño (que bajo mi punto de vista es ideal:21cm x 21cm), si no a lo que narra.

El título ya nos anticipa lo que vamos a encontrar en el interior: "LA HUERTA QUE SE DESVANECE", El autor Alex Hurtado nos sitúa en la huerta valenciana: L´horta de Valencia, aquella que Don Blasco Ibañez nos describió en sus novelas de La Barraca y, Cañas y Barro.

Alex Hurtado navega con los textos de estas ilustres novelas, y nos enseña la realidad actual de esa huerta, la del siglo XXI.

Este libro no es solo de fotografías, es la realidad de una huerta, la valenciana, que como anticipa su título se desvanece.

Esta obra consta de cinco partes o capítulos donde podemos ver la belleza de una tierra, a sus hijos, las tradiciones ancestrales y la realidad actual.

Podremos observar la dura vida del labrador, y lo haremos a través de unas fotografías cuya profesionalidad se ve nada más abrirlo.

Un libro que habla de mi tierra, Valencia, de lo que fue y de lo que es. Para aquellos que la conozcan, se asombrarán y recordarán. Para los que no la conocen, una oportunidad de hacerlo.

El libro se puede adquirir a través de la Editorial Universidad Politécnica de Valencia.
Tel. 96 387 70 12
pedidos@editorial.upv.es

No os podeis perder esta parte de la historia de la huerta valenciana, que Alex Hurtado nos presenta con este libro.

Prosofagia nº 14

La revista literaria Prosofagia, en la que he participado en varias ocasiones, acaba de publicar su número 14.

Para aquellos que tengan la desgracia de no conocerla, he de decirles que es internacional, y lo es porque en ella intervienen escritores de varios países y continentes.

Podréis encontrar artículos muy interesantes sobre literatura, como el realizado por Teo Palacios. Una entrevista a Laura Gallego García realizada por Elisabet. El taller de Sea un buen albañil sobre el uso de la coma, por Esther. El humor de Nelo. El apartado de Literatura y tecnología Digital que nos muestra Zoquete. El análisis del relato que nos ofrece Elisabet, y un fabuloso artículo que nos presenta Melusina.

Veintidós grandes escritores participan en este número con un cuento o una poesía, autores como: Julio Maruri, Pedro, Natalia Rubio, Zoquete, Delia Aguiar, Manuel Pérez, Agustin Capeletto, Fernando Castellano, Lola Vicente, Plácido Fernandez, Harvey, Daniel A. Franco, Pedro de los Ángeles, Pepsi, Ricardo Durán, Vanessa Navarro, Boris Rudeiko, Sergio José Martinez, Janet Guerra, Edgardo Benitez, Esther y un servidor Jesús García, que participo en la página 116 con un cuento titulado: El bello sonido del agua.

Os dejo una dirección para que accedáis a esta maravillosa revista.

Y esta otra dirección para que podáis hacerlo al blog y ver otros números.
http://www.prosofagia.com/

Si algo se me ha escapado, lo siento, pero no lo sabréis hasta que leáis de cabo a rabo esta fabulosa revista.

Que las letras os acompañen.

Buena lectura

Bip, bip, bip.

Alzando la mano Cero decía adiós a su mejor amigo, Uno. Uno era siempre el más veloz de los dos en las carreras que se organizaban en la escuela. Ese día, por la mañana, comunicaron a Uno que tenía que unirse a un grupo muy, pero que muy largo. Cuando Cero preguntó qué era, se le dijo que eran muchas palabras que formaban una carta.

—¿Una carta, qué es eso?

—Hay Cero, parece que estás en el mundo para que haya de todo.

Fue su padre quien le contestó, un bit gordo y simpaticón que lo acompañó a la estación de salida y poder así despedirse de su amigo.

—Una carta es la forma que tienen los humanos para comunicarse entre ellos cuando están muy lejos.

—¡Aaaah! —dijo Cero sin estar convencido de haber entendido.

Después de la despedida volvió a su casa, un gran edificio al que le llamaban RAM. Cuando llegó la hora de acostarse su padre le contó una historia: «Los humanos escribían usando unos artilugios con tinta que se pegaba al papel allá por donde se deslizaba. Con el tiempo» —siguió contando—, «los humanos nos crearon a nosotros, unos insignificantes dígitos binarios, pero muy veloces. Nos enseñaron a agruparnos en palabras. Con muchas de ellas se formaban cartas. Éstas podían enviarse como hacían antes, o meternos a todos nosotros, bien ordenados, en una nave muy grande llamada Archivo, y mediante un tren E-mail llegar a su destino por el espacio».

Cero escuchaba muy atento. Su atención estaba dirigida a que en una determinada época del año los niños enviaban cartas de deseos a unos reyes que vivían en oriente. Aunque nadie sabía exactamente donde estaban sus palacios.

Cuando el padre de Cero terminó, lo arropó y dejó que durmiera, y entonces tuvo un sueño: Se encontraba en una nave que viajaba por el hiper-espacio dentro del tren E-mail. Cuando llegó a su destino pudo ver a través del cristal a un humano con barba que decía a otros que había un niño que deseaba un regalo pero que era muy pobre para pedirlo, y que a través de los Bits, alguien se lo había comunicado. Aquellos humanos comenzaron a construir un extraño artilugio que llevaba dos cosas redondas y… Sonó el despertador.

Habían pasado algún tiempo. Un día al salir de su casa Cero escuchó la alarma. Había que reunir a todos los Bits desocupados en ese momento para poder formar una carta muy urgente.

Cero preguntó, pero nadie le supo decir qué era lo que ocurría. En la distribución por Bytes, fue un viejo amigo de su padre quien le dijo que estaban en la época de los deseos. Cero se alegró, por fin iba a formar parte de una de esas cartas. Aquel sueño que tuvo tiempo atrás, se estaba convirtiendo en realidad.

Los grupos que se formaron no fueron muy grandes.

«Vaya», pensó. «Para una vez que voy a formar parte de una carta de deseos, no parece muy importante».

El e-mail salió a toda velocidad hacia su destino, y Cero pensó que por fin conocería de verdad a esos reyes magos, pero por los altavoces oyó que en pocos segundos llegarían al Polo Norte.

—¿Polo Norte? —Dijo Cero muy extrañado.

—Sí —dijo un bit mayor—, ahí vive otro mago que regala deseos, a este le llaman Santa, y que con un trineo los hace llegar a quienes han sido buenos, la noche anterior a Navidad. Día muy importante para los humanos.

—¡Aaaah!

Al poco vieron a través del cristal a un hombre con una barba muy blanca, que con los ojos muy abiertos apretó un botón sonando una alarma muy fuerte. Enseguida apareció otro humano, y Santa le explicó que un niño había escrito una carta a Melchor, y que por error le había llegado a él.

—Hay que reenviarla rápidamente a Melchor. Encárgate.

—Pero… —Titubeo su acompañante de orejas puntiagudas—, hay un corte de energía y no podemos enviar nada. Además, está cayendo tanta nieve que el transporte no puede salir.

—¿Atrapados?

—Sí, Santa, sin remedio.

Cero y el resto de Bits quedaron atónitos ante lo que acababan de oír. Si nadie lo remediaba habría un niño que no recibiría su deseo.

—Además, Santa —dijo el de orejas puntiagudas—, ese niño está en una zona de guerra, y ya sabes lo difícil que es llegar a esos sitios.

Zona de guerra. Cero conocía esa expresión. Cuando era pequeño hubo un ataque de unos virus. Muchos amigos de sus padres murieron en aquella guerra aunque la consiguieron ganar. Mala cosa era lo que estaba ocurriendo. Una carta de deseos había sido enviada a un destino equivocado, y como no se encontrara la forma de reenviarla al lugar correcto ese niño se quedaría sin deseo.

Cero organizó a sus compañeros para buscar una solución, pero había un inconveniente, la energía. Sin ella no podían moverse. Entonces Cero recordó una de las clases en la que se les dijo que el sol era una fuente de energía muy potente. Preguntó a uno de sus compañeros si se podía realizar alguna conexión con el sol y enviar la carta a ese tal Melchor. El compañero, que era un cerebrito, estuvo durante unos segundos pensando y dijo:

—Sí, existe la forma, puedo conectar parte de este ordenador atraer del sol la energía necesaria y enviar un aviso. Pero hay un inconveniente.

—¿Cuál? —Preguntó Cero.

—Podría destruirnos, por lo que tiene que ser de una duración de un nano-segundo, y sólo uno de nosotros puede ser enviado, con ello lo que conseguiremos es que suene una alarma en el destino. Además… si no está en ese momento viendo la pantalla no se dará cuenta y el esfuerzo habrá sido inútil.

—¡Es igual!, hay que intentarlo. Me ofrezco voluntario. Comienza a trabajar.

Así es como, mientras Santa y sus amigos buscaban la forma de solucionar el problema, su ordenador emitió un fuerte sonido. La pantalla se iluminó apareciendo un mapa con una línea roja que se dibujaba hacia el sur.

A través de hiper-espacio un Bit llamado Cero volaba gritando:«¡Bip, bip, bip!». Una vez en su destino, miró a través del cristal y pudo ver a un hombre con una corona que miraba extrañado la pantalla. Era Melchor. Aunque Cero le gritaba e intentaba explicarle el motivo de su llegada, no podía verlo ni oírlo. Melchor no comprendía que significaba aquel sonido extraño que había acompañado a un puntito rojo en medio de la pantalla. Al otro lado del cristal se amontonaban caras extrañas que por sus gestos no comprendían nada.

—¡Cero!

Aquel grito hizo que Cero callara y se volviera.

—¡Uno! —Gritó con alegría.

Su amigo, al que creía que no volvería a ver, estaba allí como una respuesta a un deseo no pronunciado. Después de la alegría del encuentro, Cero le explicó a Uno el motivo de su llegada. Sin perder un solo momento Uno organizó a todos sus compañeros formando grupos.

—¡Hey, mirad!

Melchor no podía creer lo que estaba viendo. En el ordenador apareció una carta no escrita por Santa, pero que explicaba la llamada extraña, así como todo el problema existente de los deseos del niño en la zona de guerra.

Todo el equipo de Melchor se puso a trabajar. Se contactó con los otros reyes Gaspar y Baltasar. Se preparó un plan para resolver el problema suscitado. Cuando la tormenta que rodeaba a Santa amainó hubo una reunión de urgencia, y se acordó repartir los deseos de todos esos niños que estaban bloqueados por la guerra.

La noche anterior a Navidad en la zona bélica el oscuro cielo se iluminó con ráfagas de ametralladora. Pero cuando dieron las doce una fuerte luz apareció como si fuera un amanecer. Todos, amigos y enemigos, quedaron absortos al ver como un gran trineo surcaba desde el norte dejando caer paquetes de deseos hacia a las manos de los niños. Por el oriente y cabalgando sobre camellos detrás de una gran estrella aparecieron tres reyes dejando caer regalos.

Fue así como un simple cero consiguió ponerse del lado correcto, en el que suma, y durante una noche los hombres dejaron de matarse.

La pregunta es: ¿Hay esperanza?

— ¡Siempre!, y si no dímelo, me llamo Cero.

FELIZ NAVIDAD

Y MUY

PROSPERO AÑO 2012

Publicidad

Andrés, cincuenta y nueve años, casado y con dos hijos. Una tarde de regreso a su casa del trabajo recoge el contenido del buzón. Entre los seis sobres hay uno pertenece a una editorial que, mediante publicidad, intenta venderle libros.

La curiosidad, y el ser un lector de los que se les denomina como devoradores de textos, le hacen abrir ese sobre el primero. Entre el catálogo de libros a la venta que acompaña a la publicidad hay una carta escrita a mano, cosa que le parece excepcional puesto que es una rareza, del gerente.

En su recorrido dentro del ascensor su cara va cambiando de gesto y color a medida que lee el contenido. Cuando el elevador se detiene en el piso seleccionado, Andrés está indignado, malhumorado y a punto de explotar.

Tras atravesar la puerta de su hogar, saludar a su familia y encerrarse en su despacho, lugar de trabajo o como lo llama su señora: “Leonera”. Enciende el ordenador y se presta a enviar un email dirigido al gerente de la editorial que le ha enviado la publicidad.

Muy señor mío:

Acabo de recibir, de usted, una carta donde se me expone el catálogo de su editorial por si quisiera comprar algún libro. He de decirle que estoy muy interesado en alguno de los libros que me ofrece. Por otro lado, quisiera hacerle ver algo muy importante para su negocio y su formación personal.

Verá, el diccionario de la Real Academia Española, así como el de María Moliner y otros muchos que su editorial ofrece, exponen claramente que: «Haber» es un verbo, que «A ver» es ir a mirar o expresa esa intención, y que «Haver» NO EXISTE. Que «Hay» pertenece al verbo haber, que «Ahí» denota un lugar, que «Ay» es o forma parte de una exclamación y siempre va entre admiraciones, pero que «Ahy» NO EXISTE. Que «Haya» pertenece también al verbo haber, que «Allá» indica un lugar, y que «Haiga» NO EXISTE.

¡Ah! Para su información, y que sugiero que se lo escriba en su libreta de nuevas palabras del día: «Valla» es una cerca, «Vaya» pertenece al verbo ir y que «Baya» es un fruto.

Para terminar le sugiero que la próxima carta se le dicte a su secretaria, que seguro que a pesar de cobrar menos que usted tiene más cultura.

Atentamente

Un lector