16 mayo 2026

El dominico


Una mañana entró en mi despacho una mujer joven. Se identificó como Estenóloga Forense. Dejó sobre la mesa un dosier; después, sin decir palabra, la vi marcharse.

Pasé la noche junto a la chimenea leyendo con intriga cada párrafo escrito que comenzaba…

«Un día, me llegaron unos huesos encontrados en una cuneta. Lo extraordinario fue que la cabeza estaba separada del resto del cuerpo. Mis superiores quisieron saber si la cabeza y el cuerpo pertenecían a la misma persona. Al realizar las pruebas, dieron como resultado que sí lo eran, y pertenecientes al siglo XVIII. 

»Con el cuerpo encontré  tejidos de una vestimenta de monje de la época. Aquel cuerpo tenía señales de haber padecido tortura.

»Realicé una extracción de la médula para que los patólogos pudieran indicar la posibilidad de alguna enfermedad. Al realizar el raspado, tuve la desgracia de hacerme una pequeña herida a la que no di importancia, pero que contaminó la muestra con mi sangre.

»El resultado no indicó nada, salvo por un detalle que me hizo repetir la prueba. El ADN indicaba una concordancia con la muestra de la sangre que la acompañaba. Aquello me hizo recordar mi pequeña herida. El resultado del segundo examen coincidió. ¿Acaso aquellos huesos pertenecían a un antepasado mío? La curiosidad me llevó a investigar entre mi familia. No encontré nada que indicara la existencia de un religioso, salvo cuando hablé con mi abuela. En principio negó la existencia, pero insistí y se rindió.»

Llegado este punto, me dispuse a descubrir una parte que la familia de la doctora ocultó durante siglos.

»1753. A un joven dominico recién salido del seminario se le asignó el caso de una mujer a la que se le acusaba de ser una bruja. El joven dominico interrogó a la mujer con los métodos habituales en la Santa Inquisición. Torturas inaguantables para un ser humano. La mujer lo confesó todo.»

»Un día conoció a una joven que le atrajo e intentó que le diera  lo que él creía suyo, pero la joven se lo negó; entonces lo tomó por la fuerza. Para esconder lo ocurrido, la acusó de bruja. Pronto fue interrogada. El interrogatorio no rompió su voluntad, por lo que la táctica cambió. Llevaron ante ella a su hermano de diez años de edad; cuando el potro le hizo gritar de dolor, la joven cambió. Durante el tiempo que la joven estuvo en la prisión, él fue aprovechándose de ella.

»Un día fue él el acusado de ser un discípulo de Lucifer. Por su condición de miembro de la Santa Inquisición no fue interrogado.

»En el juicio los acusadores presentaron a una joven que afirmó que había participado en un aquelarre. Describió con exactitud una señal en su nalga izquierda. Al ser preguntada cómo lo sabía, dijo que en el aquelarre iba desnudo. Le arrancaron la ropa y sonó un aplauso pues la señal era exacta. También describió su transformación en Lucifer y cómo fue adorado por las brujas. El dominico hizo memoria y la recordó. Era ella la presa que  tomó por la fuerza en la celda después de torturar a su hermano.

»Tras aquello no cabía duda. Era un brujo, o Lucifer o ambas cosas. El tribunal, con gran rapidez, lo condenó a morir en la horca. 

»Siguiendo las instrucciones del libro de actuación que poseía la Santa Inquisición ante la ejecución de un monje, le cortaron la cabeza, y fue enterrada, separada del resto del cuerpo.» 

¿Realmente aquel libro de la Santa Inquisición existía? ¿Y dónde podría encontrarlo?

Unos días después apareció en mi despacho la doctora con magulladuras en la cara claramente visibles.

—¿Qué le ha pasado?

—Fui atacada en mi laboratorio y se llevaron la cabeza y el resto del cuerpo.

—¿Por quién?

—No lo sé, pero todos llevaban un tatuaje de una cruz rota en el brazo.

Le hablé del libro y manifesté mi deseo de averiguar si existía.

—¿Para qué? Ya no tengo el cuerpo. Dejémoslo tranquilo en su infierno.

—Se trata de amor propio.

—De acuerdo, avíseme si lo encuentra. 

Llegué a descubrir que el libro existía. Me costó un buen dinero conseguirlo, pero al tenerlo entre mis manos sentí que una hoja de metal muy afilada segó mi garganta con tanta habilidad que, antes de que la vida me abandonara, pude ver con claridad el tatuaje de la cruz rota en su antebrazo. Arrancó de mis manos el libro, pero por su vestimenta, no había duda, mi asesino era un dominico.

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