08 marzo 2026

La casa vacía


Todos los días pasaba por delante de esa casa camino al instituto. Era una vieja vivienda del siglo pasado, algo deteriorada por lo abandonada que estaba, pero tenía un atractivo especial. Una mezcla de película de miedo y de relato decimonónico hacía que me interesara por el interior.

Cada vez que pasaba por delante, me paraba frente a ella y en mi mente me atizaba el deseo de incumplir la ley, esa ley que dice que entrar en una vivienda sin permiso está penado, pero siempre prevalecía mi sentido de la decencia y continuaba mi camino.

Por las noches, en la soledad de mi cuarto, soñaba con cómo sería aquella casa por dentro. Tendría, nada más entrar, un gran espacio donde al centro se encontraba una gran escalera de mármol que conduciría a los dormitorios de la planta superior. A su derecha, un salón con una enorme biblioteca; en la pared del fondo, una chimenea cuyo fuego crepitante calentaría toda la sala. Un sofá junto con unos sillones orejeros se encontrarían alrededor de una mesa baja donde se serviría el té o café. Aquel salón tendría una puerta lateral que conduciría a un comedor con una mesa para varios comensales; en sus extremos reposarían dos grandes candelabros iluminando el centro de frutas exóticas. Ese comedor comunicaría  a través de dos accesos con la cocina y con una sala de fumadores.

A la izquierda de la escalera de la entrada se hallaría un despacho que contaba con su chimenea propia. Una mesa de caoba ocuparía casi todo el espacio. Un sillón de cuero lo coronaría, y a su espalda una estantería con libros de todas clases. A los pies de la mesa, dos sillas a juego con la madera de la estantería rematarían la elegancia del despacho.

El fondo de la entrada daría a los espacios destinados al servicio, que se encontrarían en la parte baja de la casa, sin llegar a ser un sótano, al que se llegaría a la parte trasera de la casa.

Las habitaciones del piso superior serían en total tres. Uno, el principal; los otros dos para invitados o los menores de la casa.

El despertador me hizo abandonar mi sueño y prepararme para mi salida al instituto. Al doblar la esquina de la calle, observé una gran grúa que estaba derribando aquella casa a la que saludaba camino de mi obligación. Sin ningún pudor pregunté el motivo de aquel desastre; un obrero muy amable me informó que la casa hacía tiempo que estaba en venta, y que el nuevo dueño quería derribarla y construir una nueva en su lugar.

—¡Lástima! —exclamé—, me hubiera gustado saber cómo era por dentro.

—¡Bueno! —me dijo obrero que tenía pinta de todo menos de obrero—, ya no te la puedo enseñar, pero si quieres ver los planos de la nueva…

Dije que sí, sin que se me notara mucho mi entusiasmo, aunque creo que no lo conseguí.

El corazón casi me dio un vuelco al ver aquellos planos, en ellos estaba la casa que había soñado, una escalera en el centro, una biblioteca en un lateral y un despacho en el otro extremo, arriba las habitaciones, en total tres.

Me fui dándole vueltas a lo que había ocurrido, pero la sorpresa, la gran sorpresa fue cuando llegué a casa por la noche. Mi padre nos reunió a toda la familia para decirnos que había comprado esa casa vacía que estaban derribando.

08 febrero 2026

Un caso inaudito

Sobre las siete de la mañana, mi superintendente me informó de que al parecer, se había recibido una llamada muy inquietante sobre la desaparición de una persona que trabajaba en una importante restauración.

El tiempo que llevaba en el cuerpo me había enseñado que las llamadas de un superintendente había que tomárselas en serio, así que me dirigí a la dirección indicada, resultó ser un viejo parque de atracciones que a simple vista estaba en unas condiciones deplorables. Al llegar vi que dos coches patrulla se encontraban allí y ya habían comenzado las pesquisas. Estaban hablando con varias personas que daban la impresión, por sus ropas, que eran trabajadores.

––Buenos días, comisario ––dijo el primer policía con el que me encontré.

Después de corresponder al saludo, me contó lo que estaba ocurriendo. Al parecer, uno de los trabajadores había subido a las salas de las máquinas para comprobar el estado del sistema eléctrico; como tardaba, subieron dos de los operarios. Al no verlo, lo llamaron a voz en grito y oyeron una llamada de socorro en una de las habitaciones de la sala. Intentaron entrar, pero la puerta estaba cerrada; le indicaron que abriera, no respondió. Fueron corriendo al capataz para pedirle las llaves, pero éste les dijo que las suyas se las había llevado el trabajador.

––¿Quién es el capataz?

El policía me señaló a una persona de mediana edad que estaba hablando con otro de agente desplazado. 

––Buenos días. Soy el comisario García.

––Buenos días, comisario.

––¿Existe algún otro juego de llaves?

––No.

Según me contó el trabajador, le pidió las llaves de la sala de máquinas, para hacer una comprobación rutinaria del sistema eléctrico.

––¿Era precisa esa comprobación?

––Sí, lo era, íbamos a poner en marcha la iluminación del parque y, a pesar de que la semana pasada se comprobó, antes de darle al interruptor había que comprobar que todo estaba correcto.

Al llegar a la sala donde se encontraba la habitación, comprobé que la puerta era una de esas contra incendios; además, se abría hacia afuera, con lo cual era más complicado abrirla. Estaba cerrada, al parecer por dentro, lo que imposibilitaba su apertura.

Cuando llegaron los bomberos, consiguieron abrirla sin hacer mucha destroza. Lo que allí encontramos fue digno de una de esas novelas de misterio. Una habitación sin ventanas con unas estanterías donde se encontraban unos aparatos eléctricos de dimensiones…, aceptables, según corroboraron los bomberos; la puerta estaba cerrada por dentro mediante un pestillo. Encontramos un frasco de veneno, que corroboró el informe del forense, pero lo más sorprendente fue que el trabajador, llamado Andrés, estaba atado a una silla con las manos sujetas a la espalda. Existía una cuerda atada a la puerta y al muerto, tan tensa que al abrir la puerta ahogara o le rompiera el cuello al individuo.

El caso fue muy extraño. Una vez levantado el cadáver por el juez, la científica comenzó su trabajo. El informe lo complicaba más. No había huellas que no fueran del cadáver y las de éste se encontraban por toda la sala. Causa de la muerte: ahogamiento y rotura del cuello.

Las preguntas surgieron: ¿Suicidio? ¿Homicidio? No se encontró nada que hiciera sospechar un suicidio. Ninguna nota explicando el motivo, además, ¿cómo pudo atarse las manos a la espalda y luego a la silla? Por lo tanto, todo indicaba un asesinato, pero… ¿y el asesino?

No había ventanas ni puertas por donde hubiera podido huir. Un policía sugirió una posibilidad: la que estuviera escondido en la sala y cuando todos, bomberos, policías, etc., entraran se mezclara sin que nadie se percatara. Podría ser la solución a este enigma, pero es demasiado simple ¿No?

Usted qué piensa.